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La chica del tambor

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La chica del tambor
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-��Lo has encontrado? Ya te dije que tuvieras cuidado.

-�Si, Joseph.

Charlie lo hab�a encontrado.

-�Lev�ntala con cuidado. No tiene el seguro puesto. Michel no tiene la costumbre de avisar, antes de disparar. La pistola es como nuestro hijo. Comparte la cama con nosotros. La llamamos �nuestro hijo�. Incluso cuando hacemos apasionadamente el amor jam�s tocamos esa almohada y jam�s olvidamos qu� hay debajo de ella. Esta es la manera en que vivimos. �Te das cuenta de que no soy vulgar?

Charlie mir� la pistola que sosten�a en la palma de la mano. Era peque�a, de color casta�o y de bonitas proporciones. Joseph pregunt�:

-��Has manejado alguna vez un arma como �sta?

-�A menudo.

-��D�nde? �Contra qui�n?

-�En el escenario, noche tras noche.

Charlie entreg� la pistola a Joseph y vio c�mo se la met�a en un bolsillo del blazer tan tranquilamente como si fuera el billetero. Detr�s de Joseph, Charlie baj� la escalera. La casa estaba desierta y sorprendentemente fr�a. El Mercedes esperaba en el patio. Al principio, Charlie s�lo quer�a irse, ir a cualquier sitio, salir, ir hacia la carretera y hacia la compa��a entre los dos. La pistola le hab�a atemorizado y Charlie necesitaba moverse. Pero en el momento en que el autom�vil comenz� a alejarse a lo largo del sendero, algo indujo a Charlie a volver la vista atr�s y a mirar el resquebrajado yeso amarillento, las rojas flores, las ventanas cerradas, y las viejas tejas rojas. Y se dio cuenta, demasiado tarde, de lo bonito que era aquello, de lo acogedor que le parec�a precisamente en el momento en que se iba. Decidi�: �Es la casa de mi juventud, de una de las muchas juventudes que jam�s he tenido. Es la casa de la que nunca sal� para casarme. Si, Charlie vestida de blanco y no de azul, con mi madre llorando, y yo diciendo adi�s a todo eso.�

En el momento en que el autom�vil se un�a al torrente circulatorio de la tarde, Charlie pregunt�:

-��Existimos tambi�n nosotros? �O s�lo existen los otros dos? Una vez m�s, Joseph dej� pasar cierto tiempo, antes de contestar. Por fin dijo:

-�Claro que existimos. �Por qu� no vamos a existir?

Y esboz� su encantadora sonrisa, aquella sonrisa que hubiera inducido a Charlie a hacer cualquier cosa. Joseph dijo:

-�Somos berkeleyanos, �sabes? Si nosotros no existi�ramos, �c�mo podr�an existir los otros dos?

Charlie se pregunt� qu� diablos era un berkeleyano. Pero su orgullo le impidi� preguntarlo.

Joseph llevaba veinte minutos, de acuerdo con el reloj de cuarzo del salpicadero, sin decir palabra. Sin embargo, Charlie no hab�a advertido que Joseph se relajara, sino antes bien algo parecido a una preparaci�n para pasar al ataque.

De repente, Joseph dijo:

-�Bueno, Charlie, �est�s dispuesta?

-�Si, Joseph, estoy dispuesta.

-�El d�a veintis�is de junio, viernes, t� estabas interpretando la Santa Juana, en el teatro Barrie de Nottingham. Pero t� no actuabas con tus compa�eros habituales. Llegaste en el �ltimo instante para sustituir a una actriz que hab�a incumplido su contrato. Llegas tarde, la iluminaci�n a�n no es completa, te has pasado el d�a entero ensayando, y dos actores padecen gripe. Por el momento, �recuerdas claramente todo lo anterior?

-�V�vidamente.

Desconfiando de la ligereza con que Charlie hab�a contestado, Joseph le dirigi� una mirada inquisitiva, pero, al parecer, nada censurable descubri�. Oscurec�a r�pidamente, pero la concentraci�n de Joseph ten�a la fuerza inmediata de la luz solar. Charlie pens�: �Est� en su elemento; esto es lo mejor que hace en su vida; este impulso implacable es la explicaci�n que hasta el momento faltaba.�

-�Minutos antes de que se levantara el tel�n te dejaron en la puerta de artistas unas orqu�deas doradas y casta�as, con una nota dirigida a Joan, Juana, que dec�a: �Joan, te quiero infinito.�

-�No hay puerta de artistas.

-�Hay una puerta trasera para entregar material de escenario. Tu admirador llam� a la puerta y dej� las orqu�deas en manos de un portero, un tal se�or Lemon, juntamente con un billete de cinco libras. El se�or Lemon qued� debidamente impresionado por semejante propina, y prometi� entregarte las orqu�deas al instante. �Lo hizo?

-�Entrar en los camerinos de las se�oras sin anunciarse previamente es la especialidad de Lemon.

-�Muy bien. �Y qu� hiciste al recibir las orqu�deas?

Charlie, despu�s de dudar, pregunt�:

-�La firma era �M�.

-�Efectivamente. �Qu� hiciste?

-�Nada.

-�Tonter�as.

Charlie, picada, contest�:

-��Qu� iba a hacer? Faltaban diez segundos para que me llamaran a escena.

Un cami�n cubierto de polvo avanzaba velozmente hacia ellos, invadiendo su carril. Con mayest�tica indiferencia, Joseph meti� el Mercedes en el suave margen de la carretera y aceler� para evitar el patinazo. Dijo:

-�O sea que arrojaste unas orqu�deas que val�an treinta libras a la papelera, encogiste los hombros y saliste a escena. Perfecto, te felicito.

-�Las puse en agua.

-��Y d�nde pusiste el agua?

La imprevista pregunta tuvo la virtud de avivar la memoria de Charlie:

-�Una jarra pintada. Por las ma�anas, el teatro Barrie es una escuela de artes pl�sticas.

-�Es decir, encontraste una jarra, la llenaste de agua pusiste las orqu�deas en el agua. Bien. �Y qu� era lo que sent�as mientras hac�as esto? �Te sent�as impresionada? �Excitada?

La pregunta pill� a Charlie en un momento de indefensa desorientaci�n:

-�Pues segu� la comedia. -Y solt� una risita, sin quererlo. Luego a�adi�-: Esper� a ver qui�n ven�a a visitarme.

Se hab�an detenido ante un sem�foro. La quietud cre� una nueva intimidad. Joseph pregunt�:

-�Y el �te amo�, �qu�?

-�Esto es teatro, �no? En el teatro todo el mundo ama a todo el mundo, en alg�n momento u otro. Sin embargo, el �infinitamente� me gust�. Si, era una demostraci�n de clase.

La luz del sem�foro cambi�, y reanudaron la marcha.

-��No se te ocurri� examinar al publico a ver si hab�a alg�n conocido?

-�No ten�a tiempo.

-��Y en el entreacto?

-�En el entreacto mir�, pero no vi a conocido alguno.

-�Y despu�s de la representaci�n, �qu� hiciste?

-�Regres� a mi camerino, me cambi�, esper� un poco. Pens�: ��Al cuerno!�, y me fui a

casa.

-�Al decir �a casa�, �quieres decir al hotel Astral Commercial, cerca de la estaci�n del ferrocarril?

Charlie hab�a perdido, hac�a ya tiempo, la capacidad de que Joseph la sorprendiera. Repuso:

-�S�, �casa� significa el Astral Commercial, cerca de la estaci�n.

-��Y las orqu�deas?

-�Me las llev� al hotel.

-�Sin embargo, no preguntaste al se�or Lemon c�mo era la persona que te hab�a obsequiado con las orqu�deas.

-�Lo hice al d�a siguiente. No la misma noche.

-��Y qu� te contest� el se�or Lemon?

-�Me dijo que era un caballero extranjero, pero respetable. Le pregunt� la edad. Me dirigi� una sonrisa picaresca y repuso que ten�a la edad adecuada. Intent� recordar a un M extranjero, pero no lo consegu�.

-��En toda tu colecci�n de individuos no encontraste ni un solo M extranjero? Me defraudas.

-�Ni uno.

Los dos sonrieron durante un breve instante, pero no se sonrieron el uno al otro.

-�Bueno, Charlie, y ahora pasemos al segundo d�a, el s�bado, con sus dos sesiones.

-�S�, all� estuviste t�, en medio de la primera fila, con tu blazer rojo, la mar de elegante, rodeado de sucios colegiales, todos tosiendo y yendo al retrete cada dos por tres.

Irritado por la ligereza de la contestaci�n de Charlie, Joseph condujo en silencio, centrando su atenci�n en la carretera durante un rato. Y cuando Joseph volvi� a la carga con sus preguntas, lo hizo con unos acentos preocupados que ten�an su reflejo en el gesto de cejas fruncidas, un poco al estilo de un maestro de escuela. Dijo:

-�Me gustar�a que me dijeras con exactitud cu�les eran tus sentimientos, Charlie. Es media tarde, la sala recibe un poco de luz del d�a debido a la mala calidad de las cortinas. Antes parece que estamos en un aula grande que en una sala teatral. Yo me encuentro en primera fila, tengo aspecto claramente extranjero, o, por lo menos, modales extranjeros, con ropas extranjeras. Se me ve de una forma muy destacada, all�, rodeado de colegiales. T� tienes la descripci�n que Lemon dio de m� y, adem�s, yo no aparto la vista de ti ni un instante. �No sospechaste en momento alguno que yo era el que te hab�a obsequiado con las orqu�deas, el extra�o individuo que se firm� �M� y que dijo amarte infinitamente?

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