La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Quilley, conocido en el oficio con el nombre de el Desesperante Quilley, quien jam�s hab�a ocultado la antipat�a que sent�a por Alastair, y que Alastair era la mala influencia que llevaba a Charlie a la adopci�n de reprobables ideas pol�ticas. En consecuencia, Alastair hab�a visitado personalmente a Quilley, con la idea de retorcerle el pescuezo. Sin embargo, despu�s de haber tomado unas cuantas tazas de caf�, Quilley comenz� a manifestar su imperecedera admiraci�n hacia su visitante, y, por fin, orden� a la se�ora Longmore que llamara un taxi porque ten�a que irse urgentemente.
Aquel mismo d�a, al atardecer, mientras Quilley estaba sentado en el jard�n tomando el sol muriente, antes de la cena -los Quilley hab�an gastado dinero, recientemente, en unos cuantos decentes muebles para tener al aire libre, de hierro fundido, pero siguiendo los originales modelos victorianos-, Marjory escuch� gravemente el relato de su marido, y despu�s, con gran indignaci�n por parte de Ned, Marjory se ech� a re�r. Luego, Marjory dijo:
-��Qu� traviesa es esa chica! �Seguramente ha encontrado un amante rico que, pagando, la ha desembarazado de Alastair!
A continuaci�n, Marjory vio la cara de su marido: empresas norteamericanas sin domicilio, n�meros de tel�fonos que no con-testan, cineastas que no se encuentran� Y todo ello ocurr�a alrededor de Charlie y de Ned.
En el colmo de la desdicha, Quilley dijo:
-�Y hay cosas peores.
-��Por ejemplo?
-�Han robado todas las cartas de Charlie.
-��Qu�?
Quilley dijo que hab�an robado todas las cartas manuscritas de Charlie. Las cartas fechadas en el curso de los �ltimos cinco a�os o m�s. Todas sus �ntimas notitas, escritas mientras se hallaba de gira o en un momento de soledad. Notas maravillosas. Retratos de productores teatrales o de compa�eros. Dibujitos que a Charlie le gustaba trazar cuando se sent�a feliz. Todo desaparecido. Lo sacaron de los archivos. Lo hicieron aquellos horrendos norteamericanos que no quisieron beber; s�, el tal Karman y su sacasillas. A la se�ora Longmore le dio un ataque. Y la se�ora Ellis se puso enferma.
Marjory aconsej� a su marido que les escribiera una carta dej�ndolos como chupa de d�mine.
En el colmo de la desdicha, Quilley dijo:
-��Para qu�? �Y a qu� se�as?
Marjory le dijo que hablase con Brian.
Si; bueno, Brian era su abogado, pero �qu� diablos pod�a hacer un abogado?
Laciamente, Quilley entr� en su casa, se sirvi� un buen trago, y conect� la televisi�n, s�lo para ver, en el bolet�n de noticias de �ltima hora de la tarde, un reportaje sobre el �ltimo bestial atentado con bombas, que hab�a tenido lugar en alg�n lugar u otro. Ambulancias, polic�as llev�ndose a los heridos� Pero Quilley no estaba de humor para tan fr�volas distracciones. No hac�a m�s que repetirse, en su fuero interno, que hab�an saqueado literalmente el historial de Charlie. �Y ha sido un cliente, maldita sea! �Y en mi propio despacho! Y el hijo del viejo Quilley estaba sentado en su despacho, haciendo una siestecilla, mientras aquella gente actuaba� Hac�a muchos a�os que no se llevaba un disgusto parecido.
Si so��, no tuvo recuerdo de ello al despertar. 0 quiz�, al igual que Ad�n, al despertar descubri� que su sue�o se hab�a convertido en realidad, puesto que lo primero que vio fue un vaso con naranjada reci�n hecha, junto a la cama, y lo segundo que vio fue a Joseph yendo muy decidido de un lado para otro, abriendo alacenas, y descorriendo las cortinas para que entrara la luz del sol. Fingiendo seguir dormida, Charlie le observ� con los p�rpados entornados, tal como hab�a hecho anteriormente en la playa. Vio la l�nea de su espalda herida. La primera y leve escarcha del paso del tiempo en las sienes, sobre su cabello negro. Y, una vez m�s, la camisa de seda, con sus gemelos de oro.
Charlie pregunt�:
-��Qu� hora es?
-�Las tres. -Tir� de la cortina y a�adi�-: De la tarde. Ya has dormido bastante. Tenemos que ponernos en marcha.
Y Charlie crey� ver, tambi�n, una cadena de oro en el cuello, con la medalla metida debajo de la camisa. Charlie pregunt�:
-��C�mo sigue el labio?
-�Parece que no podr� volver a cantar.
Se acerc� a un viejo armario pintado del que extrajo un caft�n azul que dej� sobre una silla. Charlie no vio se�ales en la cara de Joseph, aunque s� marcadas ojeras de cansancio. Charlie pens� que Joseph seguramente no se hab�a acostado, y record� lo absorto que hab�a estado con sus papeles sobre la mesa. Si, seguramente hab�a terminado aquel trabajo.
-��Recuerdas la conversaci�n que tuvimos antes de que te acostaras, esta ma�ana? Cuando te levantes, te ruego que te pongas este vestido, as� como la ropa interior que encontrar�s en esta caja. Quiero que hoy vayas vestida de azul y que lleves el cabello suelto, sin mo�os.
Charlie le corrigi�:
-�Trenzas.
Joseph hizo caso omiso de la correcci�n. Dijo:
-�Esta ropa es un regalo que te hago, y tendr� sumo placer en decirte lo que debes llevar y el aspecto que debes tener. Si�ntate en la cama, por favor, y mira bien este cuarto.
Charlie iba desnuda. Poni�ndose la s�bana junto a la barbilla, se incorpor� cautelosamente, quedando sentada en la cama. Una semana atr�s, en la playa, Joseph hubiera podido estudiar el cuerpo de Charlie cuanto hubiera querido. S�, pero de ello hac�a va una semana. Joseph dijo:
-�Apr�ndete de memoria todo lo que veas en este cuarto. Somos amantes en secreto, y �ste es el dormitorio en el que hemos pasado la noche. Si, la cosa pas� as�: nos reunimos en Atenas, vinimos a esta casa y la encontramos desierta. Sin Marty, sin Mike, sin nadie; s�lo t� y yo.
-��Y t� qui�n eres?
-�Aparcamos el autom�vil donde lo aparcamos. Cuando llegamos, hab�a una luz en el porche. Abr� la puerta, y, cogidos de la mano, subimos corriendo la ancha escalinata.
-��Y el equipaje qu�?
-�Dos piezas. Mi cartera de negocios, y tu bolsa de viaje. Yo llev� las dos piezas.
-�En este caso, �c�mo te las arreglaste para cogerme la mano?
Charlie pens� que quiz� se estaba excediendo con sus preguntas, pero la precisi�n de las mismas pareci� agradar a Joseph, quien dijo:
-�Llevaba la bolsa para colgar del hombro, con la correa rota, debajo del brazo derecho, y la cartera en la mano del mismo lado. Yo iba a tu derecha, y mi mano izquierda estaba libre. Encontramos el cuarto exactamente tal como est� ahora, con todo dispuesto. Tan pronto hubimos cruzado la puerta nos abrazamos. No pod�amos contener nuestro deseo ni un segundo m�s.
En dos pasos, Joseph se acerc� a la cama, y comenz� a buscar por entre las revueltas s�banas, hasta que encontr� la blusa de Charlie, que sostuvo ante la cara de �sta para que la viera. Estaba desgarrada en la parte correspondiente a todos sus ojales, y faltaban dos botones.
Joseph dijo:
-�Frenes�. -Y lo dijo como si �frenes�� fuera el nombre del d�a de la semana, con la misma indiferencia. A�adi�-: �Es �sta la palabra adecuada?
-�Es una de las palabras adecuadas.
-�Bueno, pues frenes�.
Ech� la blusa a un lado y se permiti� sonre�r levemente. Dijo: -�Quieres caf�?
-�Me parece una estupenda idea.
-��Pan? �Yogur? �Aceitunas?
-�S�lo caf�.
Joseph hab�a ya llegado a la puerta, cuando Charlie le dijo en voz m�s alta:
-�Lamento mucho haberte raptado, Joseph. Hubieras debido montar una de esas contraofensivas que montan los israel�es y derrotarme antes de que se me ocurriera la idea.
La puerta se cerr�, y Charlie oy� los pasos de Joseph alej�ndose por el pasillo. Charlie se pregunt� si alg�n d�a volver�a. Sinti�ndose absolutamente irreal, salt� cautelosamente de la cama. �Es una pantomima�, pens�. Trenzas de oro, en la cueva de los osos. Las pruebas de su imaginaria noche de amor se encontraban en todas partes: una botella de vodka, de la que faltaba un tercio del l�quido, flotando en el agua de una cubitera, dos vasos usados, dos cuencos con fruta, dos platos con restos de tarta de manzana y semillas de uvas, el blazer rojo sobre una silla, la elegante cartera de cuero negro, con bolsillos a los lados, que formaba parte del equipo de virilidad de todo joven ejecutivo que se precie, colgando de la puerta un kimono de karate, Hermes de Par�s, tambi�n de Joseph, de gruesa seda negra. En el cuarto de ba�o, el neceser de colegiala de Charlie, de piel de becerro, junto a sus esponjas. Charlie pod�a elegir entre dos toallas, eligi� la que estaba seca. Cuando examin� su caft�n azul pudo comprobar que era relativamente lindo, de gruesa tela de algod�n, con el cuello p�dicamente alto, y teniendo todav�a, dentro, el papel de seda de la tienda, que era Zelide, Roma y Londres. La ropa interior era propia de una fulana cara, negra y de la medida de Charlie. En el suelo hab�a una bolsa para llevar colgada al hombro, nueva, de cuero, y un par de elegantes sandalias sin tac�n. Se prob� una Le sentaba a la perfecci�n. Charlie se visti�, y estaba cepill�ndose el cabello cuando Joseph regres� al dormitorio con una bandeja en la que llevaba el caf�. Joseph pod�a moverse pesadamente, y tambi�n pod�a moverse con tal levedad que parec�a que la pel�cula se hab�a quedado sin banda sonora. Era una persona dotada de una amplia gama de pesos y levedades.