La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
-��Atr�s! -exclam� Pencroff-. No tenemos m�s que perdigones en los fusiles, y los perdigones para animales como los que se oyen rugir ser�an como granos de sal.
El marino, asiendo a Harbert por el brazo, le llev� al abrigo de las rocas en el momento en que un magn�fico animal se mostr� en la boca de la caverna.
Era un jaguar del tama�o de sus cong�neres de Asia, es decir, que med�a m�s de cinco pies, desde el extremo de la cabeza hasta el nacimiento del rabo. Su pelaje leonado, rayado de manchas negras regularmente espaciadas, contrastaba con el pelo blanco de su vientre. Harbert reconoci� en �l a ese feroz rival del tigre, mucho m�s temible que el cuguar, rival del lobo.
El jaguar dio un paso, mir� en torno suyo, con el pelo erizado y la vista encendida, como si no fuera aqu�lla la primera vez que ve�a al hombre.
En aquel momento el periodista doblaba las altas rocas, y Harbert, creyendo que no hab�a visto al jaguar, hizo un movimiento para lanzarse hacia �l; pero Gede�n Spilett le detuvo haci�ndole una se�a con la mano y continu� adelante. No era el primer tigre que encontraba, y, llegando hasta diez pasos del animal, se qued� inm�vil despu�s de haberse echado la carabina a la cara y sin que se alterase ninguno de sus m�sculos.
El jaguar se recogi� sobre s� mismo y salt� sobre el cazador; pero en aquel momento una bala le hiri� entre los dos ojos y cay� muerto.
Harbert y Pencroff se precipitaron hacia el jaguar. Nab y Ciro Smith acudieron tambi�n y permanecieron por algunos momentos contemplando el animal tendido en el suelo, cuya magn�fica piel deb�a servir de adorno en el sal�n del Palacio de granito.
-��Se�or Spilett, le admiro y le envidio! -exclam� Harbert en un acceso de entusiasmo muy natural.
-�Gracias, muchacho -dijo el periodista-, pero t� hubieras hecho otro tanto. -�Yo? No tendr�a semejante serenidad.
-�Fig�rate que un jaguar es una liebre y le tiras lo m�s tranquilamente que se puede tirar.
-��Claro! -respondi� Pencroff-; todo consiste en figurarse eso.
-�Y ahora -dijo Gede�n Spilett-, puesto que el jaguar ha abandonado su cueva, no veo inconveniente, amigos, en que la ocupemos por esta noche. -�Pero pueden venir otros! -dijo Pencroff.
-�Bastar� encender una hoguera a la entrada de la caverna -dijo el corresponsal- y no se atrever�n a asomarse a la boca.
-��Vamos, a la casa de los jaguares! -dijo el marino arrastrando en pos de s� el cad�ver del animal.
Los colonos se dirigieron a la cueva abandonada y, mientras Nab desollaba el jaguar, sus compa�eros amontonaban a la entrada gran cantidad de le�a seca, que les suministr� el bosque.
Ciro Smith vio entonces el bosquecillo de bamb�es y cort� una buena cantidad, con la que aument� el combustible de la hoguera. Hecho esto, se instalaron todos en la gruta, cuya arena estaba sembrada de huesos de animales. Cargaron las armas, para el caso de una agresi�n repentina; se cen� y, cuando lleg� el momento de descansar, se dio fuego al mont�n de le�a apilado a la entrada de la caverna.
Inmediatamente estallaron unas detonaciones en el aire. Eran los bamb�es, que chisporroteaban como fuegos artificiales. Aquel ruido habr�a bastado para espantar a las fieras m�s audaces.
Ese medio de producir vivas detonaciones no era invenci�n de Ciro, porque, seg�n Marco Polo, los t�rtaros lo empleaban desde hace siglos para alejar de sus campamentos las fieras del Asia central.
5. Encuentran el globo y s�ntomas de que hay alguien
Ciro Smith y sus compa�eros durmieron como inocentes lirones en la caverna que el jaguar tan cort�smente les hab�a cedido.
Al salir el sol, todos estaban en la orilla del mar, al l�mite del promontorio, y sus miradas se dirigieron de nuevo al horizonte, que era visible en las dos terceras partes de su circunferencia. Por �ltima vez el ingeniero pudo cerciorarse de que ninguna vela, ning�n casco de buque aparec�an en el mar; ni con el catalejo pudo descubrir en toda la extensi�n a que alcanzaba punto alguno sospechoso. Nada hab�a en el litoral, al menos en la parte rectil�nea que formaba la costa sur del promontorio en una longitud de tres millas, porque m�s all� una escotadura del terreno ocultaba el resto de la costa. Aun desde el extremo de la pen�nsula Serpentina no pod�a divisarse el cabo de la Garra, oculto por altas rocas.
Quedaba por explorar la orilla meridional de la isla. Ahora bien, �deber�a emprenderse inmediatamente esta exploraci�n dedicando a ella aquel d�a, 2 de noviembre?
Esto no entraba en el proyecto primitivo. En efecto, cuando los colonos dejaron la piragua en las fuentes del r�o de la Merced, convinieron en que, despu�s de haber examinado la costa oeste, volver�an por ella y regresar�an por el r�o al Palacio de granito. Ciro cre�a entonces que la costa occidental podr�a ofrecer refugio a un buque en peligro o a una embarcaci�n cualquiera, pero, visto que aquel litoral no presentaba ning�n punto de desembarco, hab�a que buscar en el sur de la isla lo que no se hab�a encontrado en el oeste.
Gede�n Spilett propuso continuar la exploraci�n para resolver la cuesti�n del presunto naufragio y pregunt� a qu� distancia pod�a hallarse el cabo de la Garra del extremo de la Pen�nsula.
-�A unas treinta millas -contest� el ingeniero-, teniendo en cuenta las curvas de la costa.
-��Treinta millas! -repuso Gede�n Spilett-. Un d�a. Sin embargo, opino que debemos volver al Palacio de granito siguiendo la costa del sur.
-�Pero -observ� Harbert-, desde el cabo de la Garra al Palacio de granito hay que contar otras diez millas por lo menos.
-�Pongamos cuarenta millas en todo -dijo el periodista-. No importa, hay que recorrerlas. As� examinaremos ese litoral desconocido y no tendremos que volver a empezar la exploraci�n.
-�Justo -dijo Pencroff-, pero �y la piragua?
-�La piragua, ya que se ha quedado sola durante un d�a en el nacimiento del r�o de la Merced, bien podr� permanecer dos. Hasta ahora no podemos decir que la isla est� infestada de ladrones.
-�Sin embargo -repuso el marino-, cuando me acuerdo de la jugarreta que nos hizo la tortuga, no las tengo todas conmigo.
-��La tortuga! �La tortuga! -repiti� el corresponsal-. �No sabe usted que el mar la volvi� a su posici�n natural?
-��Vaya usted a saber! -murmur� el ingeniero.
-�Pero� -dijo Nab.
El negro ten�a algo que decir, porque abr�a la boca para hablar, aunque no profer�a palabra.
-��Qu� te ocurre, Nab? -le pregunt� el ingeniero.
-�Digo que, si volvemos por la orilla hasta el cabo de la Garra -contest� Nab-, despu�s de doblar el cabo nos encontraremos detenidos�
-��Por el r�o de la Merced! En efecto -dijo Harbert-, y no tendremos ni puente ni barca para atravesarlo.
-�No importa -observ� Pencroff-, con unos cuantos troncos flotantes pasaremos el r�o. -De todos modos -dijo Gede�n Spilett-, habr� que construir un puente, si queremos tener un acceso f�cil para el Far-West.
-��Un puente! -exclam� Pencroff-; �gran cosa! �El se�or Smith no es ingeniero de profesi�n? El nos har� un puente, cuando queramos; entretanto yo me encargo de trasladar a todos al otro lado del r�o de la Merced sin mojar una hilacha de la ropa de nadie. A�n tenemos v�veres para un d�a y es todo lo que necesitamos, adem�s que no nos faltar� caza hoy, como no nos ha faltado ayer. �En marcha!
La proposici�n del corresponsal, vivamente sostenida por el marino, obtuvo la aprobaci�n general, porque todos deseaban con ardor disipar sus dudas y, regresando por el cabo de la Garra, la exploraci�n se completaba. Pero no hab�a tiempo que perder, porque una etapa de cuarenta millas era larga, y no era posible llegar al Palacio de granito antes que anocheciera.
A las seis de la ma�ana la caravana se puso en marcha. En previsi�n de alg�n mal encuentro de animales de dos o cuatro pies, se cargaron los fusiles con bala. Top, que deb�a abrir la marcha, recibi� orden de registrar la linde del bosque.