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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-Atrs! -exclam Pencroff-. No tenemos ms que perdigones en los fusiles, y los perdigones para animales como los que se oyen rugir seran como granos de sal.

El marino, asiendo a Harbert por el brazo, le llev al abrigo de las rocas en el momento en que un magnfico animal se mostr en la boca de la caverna.

Era un jaguar del tamao de sus congneres de Asia, es decir, que meda ms de cinco pies, desde el extremo de la cabeza hasta el nacimiento del rabo. Su pelaje leonado, rayado de manchas negras regularmente espaciadas, contrastaba con el pelo blanco de su vientre. Harbert reconoci en l a ese feroz rival del tigre, mucho ms temible que el cuguar, rival del lobo.

El jaguar dio un paso, mir en torno suyo, con el pelo erizado y la vista encendida, como si no fuera aqulla la primera vez que vea al hombre.

En aquel momento el periodista doblaba las altas rocas, y Harbert, creyendo que no haba visto al jaguar, hizo un movimiento para lanzarse hacia l; pero Geden Spilett le detuvo hacindole una sea con la mano y continu adelante. No era el primer tigre que encontraba, y, llegando hasta diez pasos del animal, se qued inmvil despus de haberse echado la carabina a la cara y sin que se alterase ninguno de sus msculos.

El jaguar se recogi sobre s mismo y salt sobre el cazador; pero en aquel momento una bala le hiri entre los dos ojos y cay muerto.

Harbert y Pencroff se precipitaron hacia el jaguar. Nab y Ciro Smith acudieron tambin y permanecieron por algunos momentos contemplando el animal tendido en el suelo, cuya magnfica piel deba servir de adorno en el saln del Palacio de granito.

-Seor Spilett, le admiro y le envidio! -exclam Harbert en un acceso de entusiasmo muy natural.

-Gracias, muchacho -dijo el periodista-, pero t hubieras hecho otro tanto. -Yo? No tendra semejante serenidad.

-Figrate que un jaguar es una liebre y le tiras lo ms tranquilamente que se puede tirar.

-Claro! -respondi Pencroff-; todo consiste en figurarse eso.

-Y ahora -dijo Geden Spilett-, puesto que el jaguar ha abandonado su cueva, no veo inconveniente, amigos, en que la ocupemos por esta noche. -Pero pueden venir otros! -dijo Pencroff.

-Bastar encender una hoguera a la entrada de la caverna -dijo el corresponsal- y no se atrevern a asomarse a la boca.

-Vamos, a la casa de los jaguares! -dijo el marino arrastrando en pos de s el cadver del animal.

Los colonos se dirigieron a la cueva abandonada y, mientras Nab desollaba el jaguar, sus compaeros amontonaban a la entrada gran cantidad de lea seca, que les suministr el bosque.

Ciro Smith vio entonces el bosquecillo de bambes y cort una buena cantidad, con la que aument el combustible de la hoguera. Hecho esto, se instalaron todos en la gruta, cuya arena estaba sembrada de huesos de animales. Cargaron las armas, para el caso de una agresin repentina; se cen y, cuando lleg el momento de descansar, se dio fuego al montn de lea apilado a la entrada de la caverna.

Inmediatamente estallaron unas detonaciones en el aire. Eran los bambes, que chisporroteaban como fuegos artificiales. Aquel ruido habra bastado para espantar a las fieras ms audaces.

Ese medio de producir vivas detonaciones no era invencin de Ciro, porque, segn Marco Polo, los trtaros lo empleaban desde hace siglos para alejar de sus campamentos las fieras del Asia central.

5. Encuentran el globo y sntomas de que hay alguien

Ciro Smith y sus compaeros durmieron como inocentes lirones en la caverna que el jaguar tan cortsmente les haba cedido.

Al salir el sol, todos estaban en la orilla del mar, al lmite del promontorio, y sus miradas se dirigieron de nuevo al horizonte, que era visible en las dos terceras partes de su circunferencia. Por ltima vez el ingeniero pudo cerciorarse de que ninguna vela, ningn casco de buque aparecan en el mar; ni con el catalejo pudo descubrir en toda la extensin a que alcanzaba punto alguno sospechoso. Nada haba en el litoral, al menos en la parte rectilnea que formaba la costa sur del promontorio en una longitud de tres millas, porque ms all una escotadura del terreno ocultaba el resto de la costa. Aun desde el extremo de la pennsula Serpentina no poda divisarse el cabo de la Garra, oculto por altas rocas.

Quedaba por explorar la orilla meridional de la isla. Ahora bien, debera emprenderse inmediatamente esta exploracin dedicando a ella aquel da, 2 de noviembre?

Esto no entraba en el proyecto primitivo. En efecto, cuando los colonos dejaron la piragua en las fuentes del ro de la Merced, convinieron en que, despus de haber examinado la costa oeste, volveran por ella y regresaran por el ro al Palacio de granito. Ciro crea entonces que la costa occidental podra ofrecer refugio a un buque en peligro o a una embarcacin cualquiera, pero, visto que aquel litoral no presentaba ningn punto de desembarco, haba que buscar en el sur de la isla lo que no se haba encontrado en el oeste.

Geden Spilett propuso continuar la exploracin para resolver la cuestin del presunto naufragio y pregunt a qu distancia poda hallarse el cabo de la Garra del extremo de la Pennsula.

-A unas treinta millas -contest el ingeniero-, teniendo en cuenta las curvas de la costa.

-Treinta millas! -repuso Geden Spilett-. Un da. Sin embargo, opino que debemos volver al Palacio de granito siguiendo la costa del sur.

-Pero -observ Harbert-, desde el cabo de la Garra al Palacio de granito hay que contar otras diez millas por lo menos.

-Pongamos cuarenta millas en todo -dijo el periodista-. No importa, hay que recorrerlas. As examinaremos ese litoral desconocido y no tendremos que volver a empezar la exploracin.

-Justo -dijo Pencroff-, pero y la piragua?

-La piragua, ya que se ha quedado sola durante un da en el nacimiento del ro de la Merced, bien podr permanecer dos. Hasta ahora no podemos decir que la isla est infestada de ladrones.

-Sin embargo -repuso el marino-, cuando me acuerdo de la jugarreta que nos hizo la tortuga, no las tengo todas conmigo.

-La tortuga! La tortuga! -repiti el corresponsal-. No sabe usted que el mar la volvi a su posicin natural?

-Vaya usted a saber! -murmur el ingeniero.

-Pero -dijo Nab.

El negro tena algo que decir, porque abra la boca para hablar, aunque no profera palabra.

-Qu te ocurre, Nab? -le pregunt el ingeniero.

-Digo que, si volvemos por la orilla hasta el cabo de la Garra -contest Nab-, despus de doblar el cabo nos encontraremos detenidos

-Por el ro de la Merced! En efecto -dijo Harbert-, y no tendremos ni puente ni barca para atravesarlo.

-No importa -observ Pencroff-, con unos cuantos troncos flotantes pasaremos el ro. -De todos modos -dijo Geden Spilett-, habr que construir un puente, si queremos tener un acceso fcil para el Far-West.

-Un puente! -exclam Pencroff-; gran cosa! El seor Smith no es ingeniero de profesin? El nos har un puente, cuando queramos; entretanto yo me encargo de trasladar a todos al otro lado del ro de la Merced sin mojar una hilacha de la ropa de nadie. An tenemos vveres para un da y es todo lo que necesitamos, adems que no nos faltar caza hoy, como no nos ha faltado ayer. En marcha!

La proposicin del corresponsal, vivamente sostenida por el marino, obtuvo la aprobacin general, porque todos deseaban con ardor disipar sus dudas y, regresando por el cabo de la Garra, la exploracin se completaba. Pero no haba tiempo que perder, porque una etapa de cuarenta millas era larga, y no era posible llegar al Palacio de granito antes que anocheciera.

A las seis de la maana la caravana se puso en marcha. En previsin de algn mal encuentro de animales de dos o cuatro pies, se cargaron los fusiles con bala. Top, que deba abrir la marcha, recibi orden de registrar la linde del bosque.

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