La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
La costa, a partir del extremo del promontorio que formaba la cola de la pen�nsula, se redondeaba por espacio de cinco millas, distancia que fue r�pidamente recorrida sin que las investigaciones m�s minuciosas revelaran el menor vestigio de desembarco antiguo ni reciente, ni presentara un resto cualquiera de buque, ni de campamentos, ni cenizas de hoguera encendida, ni huella de pie humano.
Cuando llegaron los colonos al �ngulo donde terminaba la curva para seguir la direcci�n nordeste formando la bah�a de Washington, pudieron abarcar con la vista el litoral sur de la isla en toda su extensi�n. A veinticinco millas de aquel punto, la costa terminaba en el cabo de la Garra, que apenas se divisaba entre la bruma de la ma�ana y que, por un fen�meno de espejismo, parec�a que estaba suspendido entre la tierra y el agua. Entre el sitio que ocupaban los colonos y el centro de la inmensa bah�a la costa se compon�a primero de una extrema playa muy unida y muy llana, bordeada en segundo t�rmino de una fila de �rboles; despu�s, haci�ndose muy irregular, proyectaba puntas agudas de rocas cubiertas por el mar, y en fin, ven�a una acumulaci�n pintoresca y desordenada de rocas negruzcas, que terminaba en el cabo de la Garra.
Tal era el desarrollo de aquella parte de la isla, que los exploradores ve�an por primera vez y que recorrieron con la mirada despu�s de haber descansado un instante.
-��Un buque que se metiera aqu� sin precauci�n -dijo Pencroff-, se perder�a irremisiblemente! �Bancos de arena se prolongan hasta el mar, y, m�s lejos, escollos! �Mal paraje!
-�Pero al menos quedar�a algo de ese buque -observ� el periodista. -Pedazos de madera en los arrecifes, pero nada en la arena -dijo el marino. -�Por qu�?
Porque estas arenas, m�s peligrosas todav�a que las rocas, se tragan todo lo que se les echa, y pocos d�as bastan para que el casco de un buque de muchos centenares de toneladas desaparezca en ellas enteramente.
-�As�, pues, Pencroff -pregunt� el ingeniero-, si se hubiera perdido un buque en estos bancos, �cree que no tendr�a nada de extra�o que no quedase de �l ning�n vestigio?
-�Nada tendr�a de particular, se�or Smith, sobre todo con ayuda del tiempo y de la tempestad. Sin embargo, aun en este caso, ser�a sorprendente que no hubiesen sido arrojados algunos restos de m�stiles a sitios libres de los ataques del mar.
-�Continuemos, pues, nuestras investigaciones -dijo Ciro Smith.
A la una de la tarde los colonos llegaron al centro de la bah�a de Washington, habiendo andado hasta entonces unas veinte millas.
Hicieron alto para almorzar.
All� comenzaba una costa irregular, extra�amente recortada y festoneada por una larga l�nea de escollos que suced�an a los bancos de arena y que tardar�an en quedar descubiertos por la marea. Se ve�an romperse las suaves ondulaciones del mar en las crestas de aquellas rocas y extenderse luego en anchas franjas de espuma. Desde aquel punto hasta el cabo de la Garra era la playa poco espaciosa y estaba encerrada entre la l�nea de los arrecifes y la del bosque.
La marcha iba a ser dif�cil en adelante, porque obstru�an la playa innumerables cantos rodados. La muralla de granito tend�a tambi�n a levantarse y de los �rboles que la coronaban en su parte posterior no se pod�a ver m�s que las verdosas cimas, inm�viles porque no las agitaba el menor soplo de brisa.
Despu�s de media hora de descanso, los colonos volvieron a ponerse en marcha, sin dejar su vista un punto por explorar, ni de los arrecifes ni de la playa. Pencroff y Nab llegaron a aventurarse entre los escollos, siempre que alg�n objeto atra�a su mirada, pero no encontraban despojos, convenci�ndose de que se hab�an enga�ado por alguna extra�a conformaci�n de las rocas. Observaron que la costa era abundante en moluscos comestibles, pero no pod�a ser explorada con fruto, mientras no se estableciese una comunicaci�n entre las dos orillas del r�o de la Merced y no se perfeccionasen los medios de transporte.
As�, pues, nada de lo que ten�a relaci�n con el presunto naufragio pudo verse en el litoral y, sin embargo, un objeto de alguna importancia, el casco de un buque, por ejemplo, hubiera sido visible, si sus restos hubieran sido arrojados a la orilla como aquel caj�n encontrado a menos de veinte millas de all�, pero no hab�a nada.
Hacia las tres de la tarde Ciro Smith y sus compa�eros llegaron a una estrecha cala bien cerrada, en la cual no desaguaba ning�n arroyo. Formaba un verdadero puerto natural invisible desde alta mar, a la cual daba acceso por un estrecho paso abierto entre los escollos.
En el centro de aquella cala alguna violenta convulsi�n hab�a roto la l�nea de roca y desde la rotura una pendiente suave comunicaba con la meseta superior, que pod�a estar situada a menos de diez millas en l�nea recta de la meseta de la Gran Vista.
Gede�n Spilett propuso a sus compa�eros hacer alto en aquel paraje. Aceptaron, porque la marcha les hab�a abierto el apetito, y, aunque no era hora de comer, nadie se
neg� a tomar un bocado de carne fiambre. Con aquel refrigerio pod�an aguardar a cenar hasta que llegasen al Palacio de granito.
Pocos minutos despu�s, sentados a la sombra de un grupo de pinos mar�timos, los colonos devoraban las provisiones que Nab hab�a sacado de su morral.
El sitio estaba elevado a cincuenta o sesenta pies sobre el nivel del mar. Era el radio visual bastante extenso y, pasando sobre las �ltimas rocas del cabo, iba a perderse a lo lejos de la bah�a de la Uni�n. Pero ni el islote ni la meseta de la Gran Vista eran visibles, ni pod�an serlo desde all�, porque la elevaci�n del suelo y la cortina de los grandes �rboles ocultaban el horizonte del norte.
Huelga a�adir que, no obstante la extensi�n del mar que los exploradores pod�an abarcar con la vista y a pesar de que el catalejo del ingeniero recorri� punto por punto toda la l�nea circular donde se confund�an el cielo y el agua, no se divis� ning�n buque.
De la misma manera en toda aquella parte del litoral que quedaba todav�a por explorar, el anteojo registr� con el mayor cuidado la playa y los arrecifes, sin que pareciese en el campo del instrumento resto alguno de naufragio.
-�Vamos -dijo Gede�n Spilett-, hay que tomar una determinaci�n y consolarnos pensando que nadie nos vendr� a disputar la posesi�n de la isla Lincoln.
-�Pero �y ese grano de plomo? -pregunt� Harbert-. Me parece que no es imaginario.
-��Mil diablos! �No lo es! -exclam� Pencroff, pensando en su muela ausente.
-�Entonces, �qu� consecuencia hemos de sacar? -interrog� el periodista.
-�Esta -contest� el ingeniero-: hace tres meses, al m�ximo, un buque, voluntaria o involuntariamente, vino a estos sitios�
-��C�mo! �Supondr� usted, Ciro, que ha sido tragado por el mar sin dejar rastro? -dijo el periodista.
-�No, querido Spilett; pero observe usted que, si es cierto que un ser humano ha puesto el pie en esta isla, no parece menos cierto, por otra parte, que no est� ya en ella.
-�Entonces, si no le entiendo mal, se�or Ciro -dijo Harbert-, el buque se habr� hecho de nuevo a la mar�
-�Evidentemente.
-��Y habremos perdido sin remedio una ocasi�n de volver a nuestra patria? -dijo Nab. -Irremisiblemente, temo.
-�Pues bien, ya que se ha perdido la ocasi�n, �en marcha! -exclam� Pencroff, que ansiaba hallarse en el Palacio de granito.
Pero, apenas se hab�a levantado, resonaron con fuerza los ladridos de Top, y el perro sali� del bosque llevando en la boca un pedazo de tela manchada de barro. Nab arranc� aquella tela de los dientes del perro� Era un pedazo de un tejido muy fuerte.
Top segu�a ladrando y con sus idas y venidas parec�a invitar a su amo a que le siguiera al bosque.
-�Algo hay all� que tal vez podr�a explicar mi grano de plomo -dijo Pencroff. -�Alg�n n�ufrago! -exclam� Harbert. -Herido quiz� -dijo Nab. -O muerto -a�adi� el corresponsal.
Todos se precipitaron detr�s del perro, que los llev� entre los altos pinos que formaban la primera cortina del bosque. Ciro Smith y sus compa�eros hab�an preparado sus armas para todo evento.
Adelantaron un gran trecho por el bosque, pero con disgusto notaron que no hab�a la menor huella de pasos. Los arbustos y los bejucos estaban intactos, y hubo que abrirse camino con el hacha como en las espesuras m�s profundas del bosque. Era, pues, dif�cil suponer que hubiese pasado por all� una criatura humana y, sin embargo, Top iba y