La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Pero pronto la piragua roz� el fondo pedregoso del r�o, cuya anchura a
la saz�n no pasaba de veinte pies. Una capa espesa de verdor tapizaba su lecho y sus orillas, y le envolv�a en una semioscuridad. O�ase tambi�n el ruido bastante claro de un salto de agua, que indicaba a alg�n centenar de pasos m�s arriba la existencia de una barrera natural.
Al volver el �ltimo recodo del r�o, apareci� una cascada a trav�s de los �rboles. La canoa toc� fondo y poco despu�s estaba amarrada a un tronco cerca de la orilla derecha.
Eran aproximadamente las cinco de la tarde. Los �ltimos rayos del sol, penetrando a trav�s del espeso ramaje, her�an oblicuamente la peque�a cascada, cuyo polvo h�medo resplandec�a con todos los colores del prisma. M�s all�, el lecho del r�o de la Merced desaparec�a bajo la espesura, donde se alimentaba con alg�n oculto manantial. Los diversos riachuelos, sus afluentes, le transformaban m�s abajo en un verdadero r�o, pero a aquella altura era un arroyo l�mpido y nada profundo.
Se levant� el campamento en aquel mismo sitio, que era delicioso. Los colonos desembarcaron y encendieron lumbre, al abrigo de un grupo de grandes almeces, entre cuyas ramas Ciro Smith y sus camaradas hubieran podido, en caso de necesidad, encontrar asilo aquella noche.
La cena se despach� pronto, porque el apetito era grande y cada cual deseaba dormir. Pero habiendo o�do, al caer la noche, algunos rugidos sospechosos, fue preciso mantener viva la llama de la hoguera toda la noche para que protegiese el sue�o de los colonos. Pencroff y Nab hicieron centinela, turn�ndose en este servicio y no economizando el combustible. Tal vez no se enga�aron cuando creyeron ver sombras de animales vagando alrededor del campamento entre los troncos, entre las ramas de los �rboles; pero la noche transcurri� sin novedad, y al d�a siguiente, 31 de octubre, a las cinco de la ma�ana, todos estaban en pie dispuestos a la marcha.
4. Siguen explorando la isla y encuentran un jaguar
A las seis de la ma�ana, despu�s del desayuno, los colonos se pusieron en marcha con intenci�n de llegar lo m�s pronto posible a la costa occidental de la isla. �Cu�nto tiempo podr�an tardar? Ciro Smith hab�a calculado dos horas, pero depend�a indudablemente de los obst�culos que se presentaran. Aquella parte del Far-West parec�a cubierta de espes�simos bosques, como un soto inmenso compuesto de las especies m�s variadas. Era probable que se necesitara abrir camino a trav�s de las hierbas, la maleza, los bejucos, y marchar con el hacha en la mano, e incluso con el fusil, a juzgar por los rugidos feroces o�dos durante la noche.
Por la situaci�n del monte Franklin hab�a podido determinarse la posici�n exacta del campamento y, puesto que el volc�n se levantaba al norte a menos de tres millas, hab�a que tomar una direcci�n rectil�nea hacia el sudoeste para llegar derechamente a la costa occidental.
Emprendieron la marcha despu�s de haber asegurado s�lidamente las amarras de la piragua. Pencroff y Nab llevaban provisiones para la manutenci�n de la peque�a caravana para dos d�as por lo menos. No se trataba de cazar y el ingeniero recomend� que se abstuviesen de disparar sus armas, para no denunciar su presencia en las cercan�as del litoral.
Los primeros hachazos cayeron sobre la maleza en medio de una espesura de lentiscos, un poco m�s arriba de la cascada; y Ciro Smith, con la br�jula en la mano, indic� el rumbo que deb�a seguirse.
El bosque se compon�a, en aquellos parajes, de los mismos �rboles observados en las inmediaciones del lago y de la meseta de la Gran Vista. Eran deodaras, duglasias, casuarinas, gomeros, eucaliptos, dragos, hibiscos, cedros y otras especies, por lo com�n de mediana altura, porque su abundancia hab�a perjudicado a su desarrollo. Los colonos pudieron adelantar lentamente por el camino que iban abriendo y que el ingeniero pensaba unir despu�s con el del arroyo Rojo.
Desde su partida hab�an comenzado a descender la laderas bajas, que constitu�an el sistema orogr�fico de la isla, marchando por un terreno muy seco pero cuya frondosa vegetaci�n hac�a presumir la existencia o de una red hidrogr�fica en el subsuelo o del curso cercano de alg�n arroyo m�s o menos caudaloso. Sin embargo, Ciro Smith no recordaba haber observado, el d�a de su expedici�n al cr�ter, m�s corrientes de agua que el arroyo Rojo y el r�o de la Merced.
En las primeras horas de la excursi�n volvieron a verse bandadas de monos, que daban muestras de la mayor sorpresa a la vista de aquellos hombres, cuyo aspecto era nuevo para ellos. Gede�n Spilett dec�a, ri�ndose, que quiz� aquellos cuadrumanos �giles y robustos consideraban a los viajeros hermanos degenerados. Pues �stos, marchando a pie, molestados a cada paso por la maleza, detenidos por los bejucos y por los �rboles,
no brillaban ventajosamente sobre aquellos flexibles animales que saltaban de rama en rama, sin que nada los detuviera en su marcha.
Los monos eran muchos, mas por fortuna no manifestaron disposiciones hostiles.
Vieron tambi�n jabal�es, agut�es, canguros y otros roedores y dos o tres koulas, a los cuales Pencroff habr�a enviado de buen grado algunos perdigones.
-�Pero no -exclam�-, la caza est� vedada. Saltad, brincad, volad en paz, amigos m�os. Ya os diremos dos palabras a la vuelta.
A las nueve y media de la ma�ana, el camino, que iba abri�ndose hacia el sudoeste, se encontr� interrumpido por un riachuelo desconocido. Ten�a de treinta a cuarenta pies de anchura, y su viva corriente, impulsada por la pendiente de su lecho y agitada por la multitud de rocas de que estaba sembrado, se precipitaba con gran ruido. Aquel riachuelo era profundo y claro, pero no era navegable.
-��Ya estamos cortados! -exclam� Nab. -No -repuso Harbert-, es un riachuelo y podremos pasarlo a nado. -�Para qu�? -pregunt� Smith-. Es evidente que este riachuelo corre hacia el mar.
Continuemos por su orilla izquierda, donde estamos, y nos conducir� a la costa. �Adelante!
-�Un momento -dijo el periodista-. �No damos nombre a este riachuelo, amigos? No dejemos nuestra geograf�a incompleta. -Es justo -repuso Pencroff.
-�Dale el nombre que quieras, hijo m�o -dijo el ingeniero, dirigi�ndose al joven.
-��No es mejor esperar a que lo hayamos descubierto hasta su desembocadura? -pregunt� Harbert.
-�Conformes -repuso Ciro Smith-. Sig�moslo, pero sin tardar. -�Esperad un momento! -dijo Pencroff. -�Qu� pasa? -pregunt� el periodista.
-�Aunque la caza est� vedada, supongo que la pesca estar� permitida contest� el marino.
-�No tenemos tiempo que perder -dijo el ingeniero.
-�No pido m�s que cinco minutos -replic� Pencroff-; cinco minutos en inter�s de nuestro almuerzo.
Y Pencroff, tendi�ndose sobre la orilla, meti� los brazos en las aguas vivas, e hizo saltar inmediatamente algunas docenas de hermosos cangrejos, que hormigueaban entre las rocas. -�Esto ser� estupendo! exclam� Nab acudiendo a ayudar al marino.
-��Cuando digo yo que, excepto tabaco, se encuentra todo en esta isla! -murmur� Pencroff dando un suspiro.
En menos de cinco minutos se hizo una pesca prodigiosa, porque los cangrejos pululaban en el r�o. Se llen� un saco de aquellos crust�ceos que ten�an el caparaz�n de un color azul cobalto y estaban armados de un dientecillo. Se continu� la marcha.
Los colonos, desde que tomaron la orilla de aquel curso de agua, caminaban con mayor rapidez y facilidad. Por lo dem�s, las m�rgenes de uno y otro lado aparec�an v�rgenes de toda planta humana. De vez en cuando se ve�an huellas de grandes animales, que sin duda iban habitualmente a beber en aquel arroyo; pero no se ve�a m�s y sin duda no era tampoco en aquella parte del Far-West donde el sa�no hab�a recibido el perdig�n que hab�a costado una muela a Pencroff.
Ciro Smith, contemplando aquella r�pida corriente que hu�a hacia el mar, comenz� a sospechar que �l y sus compa�eros estaban mucho m�s lejos de lo que cre�an de la costa occidental. En efecto, en aquella hora sub�a la marea en el litoral y, si la desembocadura del riachuelo hubiera estado a pocas millas, ya se habr�a dejado sentir en �l el flujo, haciendo retroceder la corriente. Sin embargo, no se notaba aquel efecto; el agua segu�a