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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Pero pronto la piragua roz el fondo pedregoso del ro, cuya anchura a

la sazn no pasaba de veinte pies. Una capa espesa de verdor tapizaba su lecho y sus orillas, y le envolva en una semioscuridad. Oase tambin el ruido bastante claro de un salto de agua, que indicaba a algn centenar de pasos ms arriba la existencia de una barrera natural.

Al volver el ltimo recodo del ro, apareci una cascada a travs de los rboles. La canoa toc fondo y poco despus estaba amarrada a un tronco cerca de la orilla derecha.

Eran aproximadamente las cinco de la tarde. Los ltimos rayos del sol, penetrando a travs del espeso ramaje, heran oblicuamente la pequea cascada, cuyo polvo hmedo resplandeca con todos los colores del prisma. Ms all, el lecho del ro de la Merced desapareca bajo la espesura, donde se alimentaba con algn oculto manantial. Los diversos riachuelos, sus afluentes, le transformaban ms abajo en un verdadero ro, pero a aquella altura era un arroyo lmpido y nada profundo.

Se levant el campamento en aquel mismo sitio, que era delicioso. Los colonos desembarcaron y encendieron lumbre, al abrigo de un grupo de grandes almeces, entre cuyas ramas Ciro Smith y sus camaradas hubieran podido, en caso de necesidad, encontrar asilo aquella noche.

La cena se despach pronto, porque el apetito era grande y cada cual deseaba dormir. Pero habiendo odo, al caer la noche, algunos rugidos sospechosos, fue preciso mantener viva la llama de la hoguera toda la noche para que protegiese el sueo de los colonos. Pencroff y Nab hicieron centinela, turnndose en este servicio y no economizando el combustible. Tal vez no se engaaron cuando creyeron ver sombras de animales vagando alrededor del campamento entre los troncos, entre las ramas de los rboles; pero la noche transcurri sin novedad, y al da siguiente, 31 de octubre, a las cinco de la maana, todos estaban en pie dispuestos a la marcha.

4. Siguen explorando la isla y encuentran un jaguar

A las seis de la maana, despus del desayuno, los colonos se pusieron en marcha con intencin de llegar lo ms pronto posible a la costa occidental de la isla. Cunto tiempo podran tardar? Ciro Smith haba calculado dos horas, pero dependa indudablemente de los obstculos que se presentaran. Aquella parte del Far-West pareca cubierta de espessimos bosques, como un soto inmenso compuesto de las especies ms variadas. Era probable que se necesitara abrir camino a travs de las hierbas, la maleza, los bejucos, y marchar con el hacha en la mano, e incluso con el fusil, a juzgar por los rugidos feroces odos durante la noche.

Por la situacin del monte Franklin haba podido determinarse la posicin exacta del campamento y, puesto que el volcn se levantaba al norte a menos de tres millas, haba que tomar una direccin rectilnea hacia el sudoeste para llegar derechamente a la costa occidental.

Emprendieron la marcha despus de haber asegurado slidamente las amarras de la piragua. Pencroff y Nab llevaban provisiones para la manutencin de la pequea caravana para dos das por lo menos. No se trataba de cazar y el ingeniero recomend que se abstuviesen de disparar sus armas, para no denunciar su presencia en las cercanas del litoral.

Los primeros hachazos cayeron sobre la maleza en medio de una espesura de lentiscos, un poco ms arriba de la cascada; y Ciro Smith, con la brjula en la mano, indic el rumbo que deba seguirse.

El bosque se compona, en aquellos parajes, de los mismos rboles observados en las inmediaciones del lago y de la meseta de la Gran Vista. Eran deodaras, duglasias, casuarinas, gomeros, eucaliptos, dragos, hibiscos, cedros y otras especies, por lo comn de mediana altura, porque su abundancia haba perjudicado a su desarrollo. Los colonos pudieron adelantar lentamente por el camino que iban abriendo y que el ingeniero pensaba unir despus con el del arroyo Rojo.

Desde su partida haban comenzado a descender la laderas bajas, que constituan el sistema orogrfico de la isla, marchando por un terreno muy seco pero cuya frondosa vegetacin haca presumir la existencia o de una red hidrogrfica en el subsuelo o del curso cercano de algn arroyo ms o menos caudaloso. Sin embargo, Ciro Smith no recordaba haber observado, el da de su expedicin al crter, ms corrientes de agua que el arroyo Rojo y el ro de la Merced.

En las primeras horas de la excursin volvieron a verse bandadas de monos, que daban muestras de la mayor sorpresa a la vista de aquellos hombres, cuyo aspecto era nuevo para ellos. Geden Spilett deca, rindose, que quiz aquellos cuadrumanos giles y robustos consideraban a los viajeros hermanos degenerados. Pues stos, marchando a pie, molestados a cada paso por la maleza, detenidos por los bejucos y por los rboles,

no brillaban ventajosamente sobre aquellos flexibles animales que saltaban de rama en rama, sin que nada los detuviera en su marcha.

Los monos eran muchos, mas por fortuna no manifestaron disposiciones hostiles.

Vieron tambin jabales, agutes, canguros y otros roedores y dos o tres koulas, a los cuales Pencroff habra enviado de buen grado algunos perdigones.

-Pero no -exclam-, la caza est vedada. Saltad, brincad, volad en paz, amigos mos. Ya os diremos dos palabras a la vuelta.

A las nueve y media de la maana, el camino, que iba abrindose hacia el sudoeste, se encontr interrumpido por un riachuelo desconocido. Tena de treinta a cuarenta pies de anchura, y su viva corriente, impulsada por la pendiente de su lecho y agitada por la multitud de rocas de que estaba sembrado, se precipitaba con gran ruido. Aquel riachuelo era profundo y claro, pero no era navegable.

-Ya estamos cortados! -exclam Nab. -No -repuso Harbert-, es un riachuelo y podremos pasarlo a nado. -Para qu? -pregunt Smith-. Es evidente que este riachuelo corre hacia el mar.

Continuemos por su orilla izquierda, donde estamos, y nos conducir a la costa. Adelante!

-Un momento -dijo el periodista-. No damos nombre a este riachuelo, amigos? No dejemos nuestra geografa incompleta. -Es justo -repuso Pencroff.

-Dale el nombre que quieras, hijo mo -dijo el ingeniero, dirigindose al joven.

-No es mejor esperar a que lo hayamos descubierto hasta su desembocadura? -pregunt Harbert.

-Conformes -repuso Ciro Smith-. Sigmoslo, pero sin tardar. -Esperad un momento! -dijo Pencroff. -Qu pasa? -pregunt el periodista.

-Aunque la caza est vedada, supongo que la pesca estar permitida contest el marino.

-No tenemos tiempo que perder -dijo el ingeniero.

-No pido ms que cinco minutos -replic Pencroff-; cinco minutos en inters de nuestro almuerzo.

Y Pencroff, tendindose sobre la orilla, meti los brazos en las aguas vivas, e hizo saltar inmediatamente algunas docenas de hermosos cangrejos, que hormigueaban entre las rocas. -Esto ser estupendo! exclam Nab acudiendo a ayudar al marino.

-Cuando digo yo que, excepto tabaco, se encuentra todo en esta isla! -murmur Pencroff dando un suspiro.

En menos de cinco minutos se hizo una pesca prodigiosa, porque los cangrejos pululaban en el ro. Se llen un saco de aquellos crustceos que tenan el caparazn de un color azul cobalto y estaban armados de un dientecillo. Se continu la marcha.

Los colonos, desde que tomaron la orilla de aquel curso de agua, caminaban con mayor rapidez y facilidad. Por lo dems, las mrgenes de uno y otro lado aparecan vrgenes de toda planta humana. De vez en cuando se vean huellas de grandes animales, que sin duda iban habitualmente a beber en aquel arroyo; pero no se vea ms y sin duda no era tampoco en aquella parte del Far-West donde el sano haba recibido el perdign que haba costado una muela a Pencroff.

Ciro Smith, contemplando aquella rpida corriente que hua hacia el mar, comenz a sospechar que l y sus compaeros estaban mucho ms lejos de lo que crean de la costa occidental. En efecto, en aquella hora suba la marea en el litoral y, si la desembocadura del riachuelo hubiera estado a pocas millas, ya se habra dejado sentir en l el flujo, haciendo retroceder la corriente. Sin embargo, no se notaba aquel efecto; el agua segua

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