La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Pronto el flujo ces completamente, ya porque la marea bajase, en efecto deba estar bajando a aquella hora, ya porque no se hiciese sentir a tal distancia de la desembocadura del ro de la Merced. Fue preciso armar los remos; Nab y Harbert se pusieron en su banco; Pencroff empu la espadilla y as continuaron subiendo por el ro.
Pareca que el bosque se aclaraba un poco hacia el Far-West. Los rboles eran menos espesos y a veces aparecan aislados; pero precisamente por hallarse ms espaciados gozaban ms libremente del aire puro que circulaba alrededor y ganaban mucho en magnificencia.
Qu esplndidos ejemplares de la flora de aquella latitud! Seguramente que su aspecto slo habra bastado a un botnico para determinar sin vacilacin el paralelo que la isla Lincoln atravesaba.
-Eucaliptos! -exclam Harbert.
Esos soberbios vegetales, ltimos gigantes de la zona extratropical, eran congneres de los eucaliptos de Australia y de Nueva Zelanda, pases ambos situados en la misma latitud que la isla Lincoln. Algunos tenan hasta doscientos pies de elevacin; su tronco meda veinte pies de circunferencia en la base, y su corteza, surcada por una red de resina perfumada, llegaba a tener hasta cinco pulgadas de espesor. Nada ms maravilloso ni tampoco ms singular que aquellos enormes ejemplares de la familia de las mirtceas, cuyo follaje, presentndose de perfil a la luz, dejaba penetrar hasta el suelo los rayos del sol.
Al pie de aquellos eucaliptos una fresca hierba alfombraba el suelo y de entre la espesura de sus ramas salan bandadas de pajarillos, que resplandecan como carbunclos alados en rayos solares.
-Magnficos rboles! -exclam Nab-. Sirven para algo?
-Bah! -dijo Pencroff-. Con los vegetales gigantes debe suceder lo mismo que con los hombres gigantes: no sirven ms que para ensearlos en las ferias.
-Creo que est en un error, Pencroff -repuso Geden Spilett-, pues empieza a usarse muy ventajosamente la madera de eucalipto en la ebanistera.
-Y yo aadir -dijo Harbert-que esos eucaliptos pertenecen a una familia que cuenta muchos miembros tiles: el guayabo, que produce las guayabas; el rbol del clavo, que da clavos de la especia; el granado; la Eugenia cauliflora, cuyos frutos sirven para hacer un vino regular; el mirto ugni, que contiene un excelente licor alcohlico; el mirto carifzlo, cuya corteza constituye una canela estimada; la Eugenia pimienta, de donde procede la pimienta de Jamaica; el mirto comn, cuyas bayas pueden reemplazar a este producto; el Eucaliptus robusta, que produce una especie de man excelente; el Eucaliptus Gunei, cuya savia se transforma en cerveza por la fermentacin; y, en fin, todos esos rboles conocidos bajo el nombre de rboles de vida o palo de hierro, que pertenecen a esta familia de las mirtceas, de la cual se conocen cuarenta y seis gneros y mil trescientas especies.
Los colonos dejaban decir al joven sin interrumpirle mientras recitaba su leccin de botnica. Ciro Smith le escuchaba sonriendo y Pencroff con una sensacin de orgullo.
-Muy bien, Harbert -dijo Pencroff-, pero apostara a que esos ejemplares tiles que acabas de citar no son rboles gigantescos como stos.
-Pues no lo son, Pencroff.
-Lo cual viene en apoyo de lo que yo he dicho -aadi el marino-, a saber: que los gigantes no sirven para nada.
-Se equivoca, Pencroff -intervino el ingeniero-; precisamente estos gigantescos eucaliptos que nos dan sombra son muy tiles para una cosa.
-Para qu?
-Para sanear el pas donde crecen. Sabe usted cmo les llaman en Australia y en Nueva Zelanda?
-No, seor Ciro. -Les llaman rboles de la fiebre. -Porque la ocasionan? -No, porque la impiden.
-Bien -dijo el corresponsal-, voy a anotar eso.
-Antelo, querido Spilett, porque parece demostrado que la presencia de los eucaliptos basta para neutralizar los miasmas paldicos. Se han hecho ensayos de este preservativo natural en ciertas regiones del medioda de Europa y del norte de Africa, cuyo suelo era muy malsano, y por ese medio se ha ido mejorando poco a poco el estado sanitario de sus habitantes. En las comarcas cubiertas de bosques de esas mirtceas no hay fiebres intermitentes; ste es un hecho que est fuera de duda y que pone a los colonos de la isla Lincoln en circunstancias favorables.
-Ah, qu isla! Qu isla tan bendita! -exclam Pencroff-. Cuando les digo que no le falta nada excepto!
-Ya vendr, Pencroff, ya lo encontraremos -interrumpi el ingeniero-; pero continuemos nuestra navegacin hasta donde pueda llevarnos la piragua.
La exploracin continu durante dos millas por lo menos, atravesando un paraje cubierto de eucaliptos, rbol que dominaba en todos los bosques de aquella isla. El espacio que cubran se extenda hasta perderse de vista a los dos lados del ro de la Merced, cuyo lecho, bastante sinuoso, se abra entre las dos altas orillas de verdor, y a trechos velase obstruido por altas hierbas y hasta rocas agudas que hacan penosa la navegacin y dificultaban la accin de los remos hasta el punto de tener Pencroff que valerse de un palo para impeler la canoa.
Se conoca que el fondo iba subiendo poco a poco y que no estaba lejos el momento en que la canoa tuviera que detenerse por falta de agua. El sol declinaba al horizonte y proyectaba sobre el suelo la sombra desmesurada de los rboles. Ciro Smith, viendo que sera imposible llegar de da a la costa occidental de la isla, resolvi acampar en el sitio mismo en que la embarcacin, por falta de agua, se encontrase forzosamente detenida. Calculaba que la costa deba distar todava cinco
o seis millas, distancia demasiado grande para atravesarla de noche por entre bosques desconocidos.
Empujaron la embarcacin sin descanso a travs del bosque, que poco a poco iba volviendo a espesarse y a presentarse tambin ms poblado, pues, si los ojos del marino no le engaaban, haba bandadas de monos, que corran entre los rboles. Algunas veces dos o tres se detuvieron a distancia de la piragua y miraron a los colonos sin manifestar ningn miedo, como si viendo hombres por la primera vez no hubiesen aprendido todava a temerlos. Habra sido fcil matar a tiros algunos de aquellos cuadrmanos, pero Ciro Smith se opuso a aquella matanza intil, que tentaba un poco la codicia de Pencroff. Por otra parte, era prudente abstenerse de tirar, porque aquellos monos vigorosos y dotados de una gran agilidad, podran hacerse temibles, y vala ms no provocar su furor con una agresin inoportuna.
Es verdad que el marino consideraba al mono desde el punto de vista puramente alimenticio y, en efecto, aquellos animales, que son nicamente herbvoros, constituyen una caza excelente, pero ya que abundaban las provisiones, no deban gastarse las municiones en balde.
Hacia las cuatro de la tarde la navegacin del ro de la Merced se hizo muy difcil, por estar su curso completamente obstruido por plantas acuticas y piedras. Las orillas se elevaban ms, y el lecho del ro se abra entre los primeros contrafuertes del monte Franklin. Sus fuentes no podan estar lejos, pues se alimentaban de todas las aguas de las laderas meridionales de la montaa.
-Antes de un cuarto de hora -dijo el marino-tendremos que detenernos, seor Ciro. -Pues bien, nos detendremos, Pencroff, y organizaremos un campamento para pasar la noche.
-A qu distancia estaremos del Palacio de granito? -pregunt Harbert. -A siete millas, poco ms o menos -contest el ingeniero-, pero teniendo en cuenta los rodeos del ro, que nos han llevado hacia el noroeste. -Continuaremos adelante? -pregunt el periodista.
-S -contest Ciro-, continuaremos todo lo que podamos. Maana, al romper el da, dejaremos la canoa. Creo que en dos horas podremos atravesar la distancia que nos separa de la costa y tendremos libre casi todo el da para explorar el litoral. -Adelante! -grit Pencroff.