La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Las provisiones embarcadas por Nab se componan de conservas de carne y algunos azumbres de cerveza y licor fermentado; es decir, alimento para cuatro das, espacio de tiempo mayor del necesario, a juicio de Ciro Smith, para la exploracin. Por lo dems, en caso de urgencia, contaban los colonos con encontrar caza por el camino, y Nab tuvo cuidado de no olvidar el hornillo porttil.
En cuanto a herramientas, llevaron las dos hachas de leador que deban servir para abrirse paso en el bosque, y respecto a instrumentos, el catalejo y la brjula de bolsillo.
Entre las armas se escogieron los dos fusiles de chispa, ms tiles en la isla que los de pistn, porque no necesitaban sino piedra slice, fcil de reemplazar, mientras que estos ltimos exigan tambin pistones, que se acabaran pronto si se haca un uso frecuente de ellos. Sin embargo, se llevaron tambin una carabina y algunos cartuchos. Respecto a la plvora, de la cual los barriles contenan 50 libras, fue preciso llevar una buena provisin; pero el ingeniero se propona elaborar ms adelante una sustancia explosiva que la sustituyera. Unieron a las armas de fuego cinco machetes con sus buenas vainas de cuero, y as preparados los colonos podan aventurarse por el interior de aquel vasto bosque, con grandes probabilidades de dominar todos los peligros que pudieran presentarse.
Es intil decir que Pencroff, Harbert y Nab iban armados hasta los dientes, aunque Ciro Smith les haba hecho prometer que no dispararan sino en caso de necesidad.
A las seis de la maana echaron al mar la piragua y todos se embarcaron, incluso Top, dirigindose a la desembocadura del ro de la Merced.
Haca media hora que estaba subiendo la marea; por tanto, los viajeros tenan algunas horas de navegacin que convena aprovechar, porque despus del reflujo sera difcil la subida por el ro. El flujo era ya fuerte, pues la luna deba entrar en su lleno a los tres das, y la piragua, con slo el cuidado de mantenerla en la corriente, bog con rapidez entre las dos altas orillas, sin que hubiese necesidad de acrecentar su marcha con los remos.
En pocos minutos los exploradores llegaron al recodo que formaba el ro de la Merced y precisamente al ngulo donde siete meses antes Pencroff haba dispuesto su primer cargamento de lea.
Despus de formar aquel ngulo, bastante agudo, el ro, describiendo una curva, se diriga hacia el sudeste, dilatndose su cuerpo a la sombra de grandes conferas, siempre verdes.
El aspecto de las orillas del ro de la Merced era magnfico. Ciro Smith y sus compaeros tenan que admirar los hermosos efectos que la naturaleza tan fcilmente obtiene con el agua y con los rboles. A medida que se adelantaban se iba modificando el gnero de las plantas forestales. A la izquierda de la corriente del ro lucan magnficas ulmceas, esos preciosos lamos, tan buscados por los constructores y que tienen la propiedad de conservarse largo tiempo en el agua. Despus venan numerosos
grupos de la misma familia, entre otros los almeces, cuya almendra da un aceite muy til. Ms lejos, Harbert observ algunas lardizableas, cuyas ramas flexibles, maceradas en el agua, dan excelente cordelera; y dos o tres troncos de ebenceas de un hermoso color negro, rayado de caprichosas venas.
De cuando en cuando, en ciertos parajes donde el desembarco era fcil, la piragua se detena y entonces Geden Spilett, Harbert y Pencroff, armados de fusiles y precedidos de Top, hacan una batida por la orilla. Sin contar la caza, poda encontrarse tambin alguna planta til que no deba despreciarse, y el joven naturalista se encontr en este punto servido a pedir de boca, porque descubri una especie de espinacas silvestres de la familia de las quenopdeas y muchos ejemplares de crucferas del gnero col, que sin duda sera fcil civilizar mediante el trasplante; eran berros, rbanos, ms o menos silvestres, y en fin, unos tallos ramosos y ligeramente velludos y de un metro de altura, que producan granos parduscos.
Sabes t qu planta es sa? -pregunt Harbert al marino.
-Tabaco! -grit Pencroff, que evidentemente no haba visto su planta predilecta ms que en el agujero de su pipa. -No, Pencroff -dijo Harbert-, no es tabaco, es mostaza.
-Bien por la mostaza! -repuso el marino-. Si se presenta una planta de tabaco, no la desprecies.
-Ya la encontraremos algn da -dijo Geden Spilett.
-De veras? -exclam Pencroff-. Ese da no s qu faltar ya en nuestra isla.
Aquellas diversas plantas arrancadas cuidadosamente con races fueron trasladadas a la piragua, donde permaneca an Ciro Smith, absorto en sus reflexiones.
El periodista, Harbert y Pencroff desembarcaron muchas veces en la orilla derecha o en la izquierda del ro de la Merced, sta ltima menos acantilada y ms cubierta de rboles. El ingeniero, consultando la brjula de bolsillo, pudo comprobar que el ro, desde el primer recodo, tomaba sensiblemente la direccin sudoeste y nordeste y la segua casi en lnea recta por espacio de unas tres millas. Pero era de suponer que se modificase esta direccin ms lejos y que el ro subiese luego al noroeste, hacia los contrafuertes del monte Franklin, que deban alimentarse con sus aguas.
Durante una de estas excursiones Geden Spilett consigui apoderarse de dos parejas de gallinceas vivas. Eran voltiles de pico largo y delgado, cuellos prolongados, alas cortas y sin apariencia de cola. Harbert les dio con razn el nombre de tinames y se decidi que seran los primeros huspedes del futuro corral.
Hasta entonces los fusiles no haban hablado, y la primera detonacin que se oy en aquella selva del Far-West fue consecuencia de la aparicin de un ave hermossima, que anatmicamente se pareca a un martn pescador.
-La conozco! -exclam Pencroff y solt el tiro a pesar suyo. -A quin conoce? -pregunt el periodista.
-A esa ave que se nos escap en la primera excursin, cuyo nombre hemos puesto a esa parte de la selva.
-Un jacamar! -exclam Harbert.
Era un jacamar, hermosa ave, cuyo plumaje espeso est revestido de un brillo metlico.
Algunos perdigones le haban hecho caer a tierra y Top lo llev a la piragua, al mismo tiempo que una docena de turacos loris, especie de trepadores del tamao de una paloma, pintarrajeados de verde, con una parte de las alas de color carmes y un moo prominente, festoneado de blanco.
El joven le felicit por aquel certero disparo; el marino estaba orgulloso de su triunfo. Los loris son un manjar preferible al jacamar, cuya carne es un poco coricea; pero difcilmente se habra persuadido a Pencroff de que no haba matado al rey de los voltiles comestibles.
Eran las diez de la maana, cuando la piragua lleg a un segundo recodo del Merced, a unos cinco minutos de su desembocadura. Se pararon a almorzar y la detencin se prolong por espacio de media hora al abrigo de grandes y hermosos rboles.
El ro contaba en aquel paraje de sesenta a setenta pies de anchura y de cinco a seis de profundidad. El ingeniero haba observado que muchos afluentes aumentaban el caudal de sus aguas, pero eran simples riachuelos no navegables. En cuanto al bosque, tanto bajo el nombre de bosque del Jacamar como el de selva del Far-West, se extenda ms all del alcance de la vista. En ninguna parte, ni entre los altos rboles, ni entre los que poblaban las orillas del ro de la Merced, se vea rastro de la presencia del hombre. Los exploradores no pudieron hallar ni una huella sospechosa; y era evidente que ni el hacha del leador haba tocado nunca aquellos rboles, ni el machete del cazador haba cortado bejucos tendidos de un tronco a otro en medio de la espesa maleza y de las altas hierbas. Si algunos nufragos haban tomado tierra en la isla deban de hallarse todava en el litoral y no se deban buscar bajo aquella densa bveda de follajes.
El ingeniero manifest cierta impaciencia por llegar a la costa occidental de la isla Lincoln, distante, segn su clculo, unas cinco millas. Continu la navegacin; y aunque el ro, por el curso que entonces llevaba, pareca dirigirse no hacia el litoral, sino hacia el monte Franklin, se convino en no dejar la piragua mientras hubiese bajo la quilla bastante agua para mantenerla a flote. As se ganaba tiempo y se ahorraba trabajo, porque de otro modo habra sido preciso abrirse camino con las hachas a travs de la espesura.