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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Las provisiones embarcadas por Nab se compon�an de conservas de carne y algunos azumbres de cerveza y licor fermentado; es decir, alimento para cuatro d�as, espacio de tiempo mayor del necesario, a juicio de Ciro Smith, para la exploraci�n. Por lo dem�s, en caso de urgencia, contaban los colonos con encontrar caza por el camino, y Nab tuvo cuidado de no olvidar el hornillo port�til.

En cuanto a herramientas, llevaron las dos hachas de le�ador que deb�an servir para abrirse paso en el bosque, y respecto a instrumentos, el catalejo y la br�jula de bolsillo.

Entre las armas se escogieron los dos fusiles de chispa, m�s �tiles en la isla que los de pist�n, porque no necesitaban sino piedra s�lice, f�cil de reemplazar, mientras que estos �ltimos exig�an tambi�n pistones, que se acabar�an pronto si se hac�a un uso frecuente de ellos. Sin embargo, se llevaron tambi�n una carabina y algunos cartuchos. Respecto a la p�lvora, de la cual los barriles conten�an 50 libras, fue preciso llevar una buena provisi�n; pero el ingeniero se propon�a elaborar m�s adelante una sustancia explosiva que la sustituyera. Unieron a las armas de fuego cinco machetes con sus buenas vainas de cuero, y as� preparados los colonos pod�an aventurarse por el interior de aquel vasto bosque, con grandes probabilidades de dominar todos los peligros que pudieran presentarse.

Es in�til decir que Pencroff, Harbert y Nab iban armados hasta los dientes, aunque Ciro Smith les hab�a hecho prometer que no disparar�an sino en caso de necesidad.

A las seis de la ma�ana echaron al mar la piragua y todos se embarcaron, incluso Top, dirigi�ndose a la desembocadura del r�o de la Merced.

Hac�a media hora que estaba subiendo la marea; por tanto, los viajeros ten�an algunas horas de navegaci�n que conven�a aprovechar, porque despu�s del reflujo ser�a dif�cil la subida por el r�o. El flujo era ya fuerte, pues la luna deb�a entrar en su lleno a los tres d�as, y la piragua, con s�lo el cuidado de mantenerla en la corriente, bog� con rapidez entre las dos altas orillas, sin que hubiese necesidad de acrecentar su marcha con los remos.

En pocos minutos los exploradores llegaron al recodo que formaba el r�o de la Merced y precisamente al �ngulo donde siete meses antes Pencroff hab�a dispuesto su primer cargamento de le�a.

Despu�s de formar aquel �ngulo, bastante agudo, el r�o, describiendo una curva, se dirig�a hacia el sudeste, dilat�ndose su cuerpo a la sombra de grandes con�feras, siempre verdes.

El aspecto de las orillas del r�o de la Merced era magn�fico. Ciro Smith y sus compa�eros ten�an que admirar los hermosos efectos que la naturaleza tan f�cilmente obtiene con el agua y con los �rboles. A medida que se adelantaban se iba modificando el g�nero de las plantas forestales. A la izquierda de la corriente del r�o luc�an magn�ficas ulm�ceas, esos preciosos �lamos, tan buscados por los constructores y que tienen la propiedad de conservarse largo tiempo en el agua. Despu�s ven�an numerosos

grupos de la misma familia, entre otros los almeces, cuya almendra da un aceite muy �til. M�s lejos, Harbert observ� algunas lardizab�leas, cuyas ramas flexibles, maceradas en el agua, dan excelente cordeler�a; y dos o tres troncos de eben�ceas de un hermoso color negro, rayado de caprichosas venas.

De cuando en cuando, en ciertos parajes donde el desembarco era f�cil, la piragua se deten�a y entonces Gede�n Spilett, Harbert y Pencroff, armados de fusiles y precedidos de Top, hac�an una batida por la orilla. Sin contar la caza, pod�a encontrarse tambi�n alguna planta �til que no deb�a despreciarse, y el joven naturalista se encontr� en este punto servido a pedir de boca, porque descubri� una especie de espinacas silvestres de la familia de las quenop�deas y muchos ejemplares de cruc�feras del g�nero col, que sin duda ser�a f�cil civilizar mediante el trasplante; eran berros, r�banos, m�s o menos silvestres, y en fin, unos tallos ramosos y ligeramente velludos y de un metro de altura, que produc�an granos parduscos.

�Sabes t� qu� planta es �sa? -pregunt� Harbert al marino.

-��Tabaco! -grit� Pencroff, que evidentemente no hab�a visto su planta predilecta m�s que en el agujero de su pipa. -No, Pencroff -dijo Harbert-, no es tabaco, es mostaza.

-��Bien por la mostaza! -repuso el marino-. Si se presenta una planta de tabaco, no la desprecies.

-�Ya la encontraremos alg�n d�a -dijo Gede�n Spilett.

-��De veras? -exclam� Pencroff-. Ese d�a no s� qu� faltar� ya en nuestra isla.

Aquellas diversas plantas arrancadas cuidadosamente con ra�ces fueron trasladadas a la piragua, donde permanec�a a�n Ciro Smith, absorto en sus reflexiones.

El periodista, Harbert y Pencroff desembarcaron muchas veces en la orilla derecha o en la izquierda del r�o de la Merced, �sta �ltima menos acantilada y m�s cubierta de �rboles. El ingeniero, consultando la br�jula de bolsillo, pudo comprobar que el r�o, desde el primer recodo, tomaba sensiblemente la direcci�n sudoeste y nordeste y la segu�a casi en l�nea recta por espacio de unas tres millas. Pero era de suponer que se modificase esta direcci�n m�s lejos y que el r�o subiese luego al noroeste, hacia los contrafuertes del monte Franklin, que deb�an alimentarse con sus aguas.

Durante una de estas excursiones Gede�n Spilett consigui� apoderarse de dos parejas de gallin�ceas vivas. Eran vol�tiles de pico largo y delgado, cuellos prolongados, alas cortas y sin apariencia de cola. Harbert les dio con raz�n el nombre de tinam�es y se decidi� que ser�an los primeros hu�spedes del futuro corral.

Hasta entonces los fusiles no hab�an hablado, y la primera detonaci�n que se oy� en aquella selva del Far-West fue consecuencia de la aparici�n de un ave hermos�sima, que anat�micamente se parec�a a un mart�n pescador.

-��La conozco! -exclam� Pencroff y solt� el tiro a pesar suyo. -�A qui�n conoce? -pregunt� el periodista.

-�A esa ave que se nos escap� en la primera excursi�n, cuyo nombre hemos puesto a esa parte de la selva.

-��Un jacamar! -exclam� Harbert.

Era un jacamar, hermosa ave, cuyo plumaje espeso est� revestido de un brillo met�lico.

Algunos perdigones le hab�an hecho caer a tierra y Top lo llev� a la piragua, al mismo tiempo que una docena de turacos loris, especie de trepadores del tama�o de una paloma, pintarrajeados de verde, con una parte de las alas de color carmes� y un mo�o prominente, festoneado de blanco.

El joven le felicit� por aquel certero disparo; el marino estaba orgulloso de su triunfo. Los loris son un manjar preferible al jacamar, cuya carne es un poco cori�cea; pero dif�cilmente se habr�a persuadido a Pencroff de que no hab�a matado al rey de los vol�tiles comestibles.

Eran las diez de la ma�ana, cuando la piragua lleg� a un segundo recodo del Merced, a unos cinco minutos de su desembocadura. Se pararon a almorzar y la detenci�n se prolong� por espacio de media hora al abrigo de grandes y hermosos �rboles.

El r�o contaba en aquel paraje de sesenta a setenta pies de anchura y de cinco a seis de profundidad. El ingeniero hab�a observado que muchos afluentes aumentaban el caudal de sus aguas, pero eran simples riachuelos no navegables. En cuanto al bosque, tanto bajo el nombre de bosque del Jacamar como el de selva del Far-West, se extend�a m�s all� del alcance de la vista. En ninguna parte, ni entre los altos �rboles, ni entre los que poblaban las orillas del r�o de la Merced, se ve�a rastro de la presencia del hombre. Los exploradores no pudieron hallar ni una huella sospechosa; y era evidente que ni el hacha del le�ador hab�a tocado nunca aquellos �rboles, ni el machete del cazador hab�a cortado bejucos tendidos de un tronco a otro en medio de la espesa maleza y de las altas hierbas. Si algunos n�ufragos hab�an tomado tierra en la isla deb�an de hallarse todav�a en el litoral y no se deb�an buscar bajo aquella densa b�veda de follajes.

El ingeniero manifest� cierta impaciencia por llegar a la costa occidental de la isla Lincoln, distante, seg�n su c�lculo, unas cinco millas. Continu� la navegaci�n; y aunque el r�o, por el curso que entonces llevaba, parec�a dirigirse no hacia el litoral, sino hacia el monte Franklin, se convino en no dejar la piragua mientras hubiese bajo la quilla bastante agua para mantenerla a flote. As� se ganaba tiempo y se ahorraba trabajo, porque de otro modo habr�a sido preciso abrirse camino con las hachas a trav�s de la espesura.

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