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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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La piragua sigui�, pues, la costa a distancia de dos cables, evitando los escollos de que aquel paraje estaba sembrado y que la marea ascendente comenzaba a cubrir. La muralla iba deprimi�ndose desde la desembocadura del r�o hasta la punta. Era una aglomeraci�n de rocas de granito caprichosamente distribuidas, muy diferentes de la cortina que formaba la meseta de la Gran Vista y de un aspecto muy agreste. Parec�a que se hab�a descargado un enorme carro de piedras. No hab�a vegetaci�n alguna en aquella punta agud�sima, que se prolongaba por espacio de dos millas, a contar desde el bosque, semejante al brazo de un coloso saliendo de una manga de verdor.

La piragua, impelida por los dos remos, avanzaba sin trabajo. Gede�n Spilett, con el l�piz en una mano y el cuaderno en la otra, sacaba el dibujo de la costa a grandes rasgos. Nab, Pencroff y Harbert conversaban examinando aquella parte de sus dominios, nueva para ellos; y a medida que la piragua bajaba hacia el sur, parec�a que los dos cabos Mand�bula cambiaban de lugar y cerraban m�s estrechamente la bah�a de la Uni�n.

Ciro Smith no hablaba, miraba y, a juzgar por la desconfianza pintada en su rostro, parec�a observar alg�n pa�s extra�o.

Al cabo de tres cuartos de hora de navegaci�n, la piragua hab�a llegado al extremo de la punta y Pencroff se preparaba a doblarla, cuando Harbert, levant�ndose, se�al� con la mano un punto negro, diciendo:

-��Qu� es aquello que se ve all� en la playa?

Todos miraron hacia el punto indicado por Harbert.

-�Es verdad -dijo el periodista-, all� hay algo. Parecen restos de naufragio arrojados por el mar a la costa y medio sepultados en la arena. -�Ah! -exclam� Pencroff-, ya veo lo que es.

-��Qu�? -pregunt� Nab.

-��Barriles, barriles quiz� llenos! -contest� el marino. -�Ala orilla, Pencroff! -grit� Ciro Smith.

Despu�s de unos cuantos golpes de remo, la piragua toc� tierra en una peque�a ensenada y los pasajeros saltaron a la playa.

Pencroff no se hab�a enga�ado. Dos barriles aparecieron medio hundidos en la arena, pero s�lidamente atados a un caj�n, que, sostenido por ellos, hab�a flotado sin duda hasta el momento de encallar en la orilla.

-��Habr� habido alg�n naufragio en estos parajes de la isla? -pregunt� Harbert. -Evidentemente -contest� Gede�n Spilett.

-�Pero �qu� hay en ese caj�n? -exclam� Pencroff, pose�do de una impaciencia muy natural-. Est� cerrado y no tenemos con qu� romper la tapa. Con una buena piedra�

El marino levant� una piedra e iba a dar un fuerte golpe con ella en el caj�n, cuando el ingeniero le detuvo diciendo:

-�Pencroff, �puede usted moderar su impaciencia por una hora?

-�Pero, se�or Ciro, considere que tal vez dentro de este caj�n hay todo lo que necesitamos.

-�Pronto lo sabremos, Pencroff -repuso el ingeniero-; pero no rompa ese caj�n, puede sernos �til; llev�moslo al Palacio de granito, donde podremos abrirlo f�cilmente sin romperlo. Est� preparado para viajar y, puesto que ha flotado hasta aqu�, podr� flotar un poco m�s hasta la desembocadura del r�o.

-�Tiene usted raz�n, se�or Ciro. Iba a hacer un disparate, pero no siempre es uno due�o de s� mismo.

El consejo del ingeniero era prudente. La piragua probablemente no habr�a podido llevar los objetos contenidos en aquel caj�n, que deb�a ser pesado, pues se hab�a juzgado necesario sostenerlo a flote por medio de dos barriles vac�os. Val�a m�s remolcarlo hasta el Palacio de granito.

�Pero de d�nde ven�an aquellos despojos? Era una cuesti�n de suma importancia. Ciro Smith y sus compa�eros miraron atentamente alrededor y recorrieron la playa en un radio de muchos centenares de pasos; pero no se present� a su vista ning�n otro objeto extra�o a los lugares que recorr�an. Examinaron el mar: Harbert y Nab se subieron encima de una roca elevada, pero el horizonte estaba desierto; nada se ve�a, ni un buque desamparado, ni una vela.

Sin embargo no hab�a duda que hab�a ocurrido un naufragio. �Este incidente ten�a alguna conexi�n con el del grano de plomo? �Quiz�s algunos n�ufragos hab�an tomado tierra en otro punto de la isla y estaban todav�a en ella? De todos modos, pensaron los colonos que estos n�ufragos no pod�an ser piratas malayos, porque aquellos despojos eran americanos o europeos.

Volvieron todos adonde estaba el caj�n, que med�a cinco pies de largo y tres de ancho. Era de madera de encina y estaba cuidadosamente cerrado y forrado de cuero duro, mantenido por clavos de cobre. Los dos grandes barriles herm�ticamente tapados, y vac�os seg�n indicaba el sonido, estaban atados a los lados del caj�n por medio de fuertes cuerdas anudadas con nudos que Pencroff calific� inmediatamente de "nudos de marinero". El caj�n parec�a hallarse en un estado de conservaci�n perfecto, lo cual se explicaba por el hecho de haber chocado contra la arena donde hab�a encallado y no contra escollos; y aun afirmarse, bien examinado, que no hab�a estado mucho tiempo en el mar ni tampoco en la playa. El agua no parec�a haber penetrado dentro y los objetos que conten�a deb�an estar intactos.

Era evidente que aquel caj�n hab�a sido arrojado al mar desde un buque desamparado que correr�a hacia la costa y que los pasajeros, con la esperanza de que llegar�a a la playa y lo podr�an recoger despu�s, hab�an tomado la precauci�n de aligerar su peso por medio de un aparato flotante.

-�Vamos a remolcarlo hasta el Palacio de granito -dijo el ingeniero-y all� haremos el inventario de lo que contenga; despu�s, si descubrimos en la isla algunos de los presuntos n�ufragos que hayan sobrevivido a la cat�strofe, lo entregaremos a sus due�os. Si no hallamos a nadie�

-��Nos lo apropiaremos! -exclam� Pencroff-. Pero, Dios m�o, �qu� habr� ah� dentro?

La marea comenzaba a llegar hasta los despojos, que evidentemente deb�a flotar en plena mar. Se desat� una de las cuerdas que sujetaban los barriles, la cual sirvi� de amarra para unir el aparato flotante a la piragua. Despu�s Pencroff y Nab cavaron la arena con sus remos para facilitar el movimiento del caj�n, y pronto la piragua, llev�ndolo a remolque, comenz� a doblar la punta, a la cual se dio el nombre de Punta del Pecio, por los despojos encontrados en ella.

El remolque fue pesado: los barriles apenas pod�an sostener la caja a flor de agua, por lo cual el marino tem�a que se desatara y se fuese a fondo. Mas por fortuna sus temores no se consumaron y hora y media despu�s de su partida, tiempo que fue necesario para recorrer la distancia de tres millas, la piragua se deten�a en la playa delante del Palacio de granito.

Canoa y despojos fueron depositados sobre la arena y, como el mar se retiraba, no tardaron en encontrarse en seco. Nab fue en busca de herramientas para abrir el caj�n, para que se estropease lo menos posible, y despu�s se procedi� a su inventario.

El marino comenz� por desatar los dos barriles, que, como es de suponer, hall�ndose en buen estado, pod�an ser muy �tiles; despu�s se forzaron las cerraduras con un cortafr�o y se alz� inmediatamente la tapa. El caj�n estaba forrado de cinc y dispuesto para que los objetos que conten�a se salvaran de la humedad.

-��Ah! -exclam� Nab-. �Habr� conservas dentro? -Me parece que no -dijo el periodista. -Si hubiese� -murmur� el marino a media voz. -�Qu�? -pregunt� Nab, que le oy�.

-�Nada.

Recortaron la capa de cinc en toda su longitud y, recogidas ambas mitades sobre los costados del caj�n, se fueron sacando y depositando sobre la arena varios objetos de diferente naturaleza. A cada nuevo objeto, Pencroff lanzaba nuevos hurras, Harbert palmoteaba y Nab bailaba� como un negro. Hab�a libros, capaces de volver loco de alegr�a a Harbert, y utensilios de cocina, que Nab habr�a cubierto de besos de buena gana.

Los colonos experimentaron gran satisfacci�n, porque el caj�n conten�a �tiles, armas, instrumentos, ropas y libros. V�ase su nomenclatura, tal como fue anotada en el cuaderno de Gede�n Spilett. Herramientas 3 navajas de varias hojas. 2 limas.

2 hachas para cortar le�a.

3 martillos.

2 hachas de carpintero.

3 barrenas.

3 cepillos de carpintero. 2 taladros. 2 azuelas.

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