Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
1 ... 52 53 54 55 56 57 58 59 60 ... 131
Перейти на страницу:

– Así me gusta -oyó decir al Honorable Harold-. Nada de lo que hayas planeado puede ser más importante que esto para el banco. Ah, hay algo que no he mencionado: el Gran George mandará su avión particular a buscarnos.

Heyward se entusiasmó.

– ¿De veras? ¿Es bastante grande como para un viaje rápido?

– Es un 707. Pensé que iba a gustarte -dijo Harold Austin, con una risita-. Saldremos de aquí el jueves a mediodía, pasaremos todo el viernes en las Bahamas y volveremos el sábado. A propósito ¿cómo son los nuevos informes de la SuNatCo?

– Los he estado estudiando -Heyward miró la mezcolanza de datos financieros tendidos alrededor de su asiento-. El paciente parece en buena salud; de verdad muy sano.

– Si tú lo dices -contestó Austin-, con eso me basta.

Al dejar el teléfono Heyward se permitió una muda y leve sonrisa. El viaje pendiente, su propósito y el hecho de ir a las Bahamas en un avión privado sería un comentario agradable para dejar caer casualmente en la conversación la semana próxima. También, si la cosa daba algún resultado, su propio status ante la Dirección iba a acrecentarse… y esto era algo que nunca perdía de vista en la actualidad, al recordar la naturaleza interina del nombramiento de Jerome Patterton como presidente del FMA.

También le gustaba el regreso aéreo planeado para el sábado. Esto significaba que no dejaría de presentarse en su iglesia -la de San Atanasio- donde era uno de los lectores laicos, y daba su lección, clara y solemne, todos los domingos.

La idea le recordó la lectura de mañana, que había decidido preparar por adelantado, como siempre hacía. Sacó una pesada Biblia familiar de un estante y la abrió en una página, ya doblada. La página era de los Proverbios, donde la lectura de mañana incluía un versículo que era el favorito de Heyward: La virtud exalta a una nación; pero el pecado es un reproche para cualquier pueblo.

Para Roscoe Heyward la excursión a las Bahamas fue una enseñanza.

No desconocía por cierto lo que era vivir en gran tren. Como la mayoría de los banqueros, Heyward había tenido contactos sociales con clientes y otras personas que usaban libremente el dinero, que lo usaban incluso agresivamente para comodidades principescas y diversiones. Casi siempre había envidiado aquella libertad financiera.

Pero G. G. Quartermain los sobrepasaba a todos.

El jet 707, identificado por una gran «Q» en el fuselaje y en la cola, aterrizó en el aeropuerto internacional de la ciudad como había sido previsto, ni un minuto más ni un minuto menos. Se estacionó en una terminal privada, donde el Honorable Harold y Heyward dejaron la limousine que les había traído desde el centro y fueron conducidos a bordo, penetrando por la parte trasera.

En un saloncito como un vestíbulo de hotel en miniatura, un cuarteto les saludó: un hombre de edad mediana, con pelo gris y una mezcla de autoridad y deferencia que le señalaba como mayordomo, y tres mujeres jóvenes.

– Bien venidos a bordo, señores -dijo el mayordomo. Heyward asintió, pero apenas notó al hombre, ya que su atención se había concentrado en las mujeres, unas muchachas bonitas como para cortar el aliento, de unos veintitantos años, y todas sonreían amablemente. A Roscoe Heyward se le ocurrió que la organización de Quartermain debía haber reunido a las camareras más bonitas de las compañías TWA, United y American, y que, luego, debía haber seleccionado a estas tres, como la crema de la leche más rica. Una de las muchachas tenía el pelo color miel, otra era una llamativa morena, la tercera una pelirroja de pelo largo. Eran de piernas largas, sinuosas, sanamente tostadas por el sol. El tostado contrastaba con sus elegantes y estrictos uniformes beige pálido.

El uniforme del mayordomo era del mismo material elegante que los de las muchachas. Los cuatro llevaban una «Q» bordada sobre el bolsillo delantero izquierdo.

– Buenas tardes, míster Heyward -dijo la pelirroja. Su voz, gratamente modulada, tenía una calidad suave, casi seductora. Prosiguió-: Me llamo Avril. Si me acompaña le mostraré su cuarto.

Heyward la siguió, sorprendido ante la referencia a un «cuarto», y el Honorable Harold fue recibido por la rubia.

La elegante Avril precedió a Heyward por un corredor que le extendía por uno de los lados del avión. Varias puertas se abrían sobre el corredor.

Por encima del hombro, ella anunció:

– Míster Quartermain está tomando una sauna y un masaje. Se reunirá más tarde con usted en la sala.

– ¿Una sauna? ¿Aquí?

– Oh, sí. Hay una directamente detrás de la cubierta de vuelo. También un cuarto para baños de vapor. A míster Quartermain le gusta tomar una sauna o un baño turco donde quiera que esté, y su masajista siempre le acompaña -Avril lanzó una deslumbrante sonrisa-. Si desea usted tomar un baño y masaje tendrá tiempo para hacerlo durante el vuelo. Me gustaría encargarme de eso.

– No, gracias.

La muchacha se detuvo ante una puerta.

– Éste es su cuarto, míster Heyward -mientras hablaba, el avión se puso en marcha, iniciando el recorrido. Ante el movimiento inesperado, Heyward trastabilló.

– ¡Uy! -Avril tendió el brazo, le ayudó a mantener el equilibrio y, por un momento, ambos estuvieron muy cerca. Él fue consciente de unos largos dedos finos, de unas uñas lacadas de naranja oscuro, de un contacto firme y leve y de una oleada de perfume.

Ella siguió con la mano apoyada en el brazo de él.

– Es mejor que le ponga el cinturón para cuando despeguemos. El capitán siempre es muy rápido. A míster Quartermain no le gusta demorarse en los aeropuertos.

Él tuvo la rápida impresión de una salita suntuosa, donde la muchacha le hizo pasar, después quedó sentado en un asiento blando y cómodo, mientras los dedos, de los que ya era consciente, sujetaban hábilmente una correa alrededor de su cintura. Incluso a través de la correa podía sentir el movimiento de los dedos. La sensación no era desagradable.

– ¡Listo! -el avión corría ahora. Avril dijo-: Si no le molesta me quedaré hasta que despeguemos.

Se sentó junto a él en el asiento y se ajustó otra correa.

– No -dijo Roscoe Heyward. Se sentía absurdamente deslumbrado-. No me molesta en lo más mínimo.

Al mirar alrededor percibió más detalles. La sala o cabina, como nunca había visto en otro avión, había sido diseñada para una utilización eficiente y lujosa del espacio. Tres de las paredes tenían paneles con una «Q» tallada en una hermosa hoja de oro. La cuarta pared estaba ocupada casi totalmente por un espejo, que ingeniosamente volvía el compartimiento más grande de lo que era. En un nicho de la pared de la izquierda había un escritorio de oficina compactamente organizado, con una consola telefónica y teletipos protegidos con un cristal. Cerca había empotrado un pequeño bar, con una fila de botellas en miniatura.

Metida en la pared del espejo, que enfrentaba a Heyward y Avril, había una pantalla de televisión, con un doble juego de controles, al alcance de la mano, a ambos lados del asiento. Una puerta detrás comunicaba, presumiblemente, con un cuarto de baño.

– ¿Quiere ver cómo despegamos? -preguntó Avril. Sin esperar respuesta tocó los controles de la televisión que tenía cerca, y una imagen, nítida y en color, surgió a la vida. Evidentemente había una cámara al frente del avión y, en la pantalla, vieron el recorrido hasta llegar a una amplia pista, que pudo verse completamente cuando el 707 se precipitó en ella. Sin perder tiempo el avión avanzó y simultáneamente la pista empezó a correr bajo ellos, después, lo que quedaba de ella se inclinó hacia abajo, cuando el gran jet se puso en ángulo, y estuvieron en el aire. Heyward tuvo una sensación de altura, y no sólo a causa de la imagen de la televisión. Con sólo el cielo y las nubes al frente. Avril apagó la TV.

– Los canales regulares de televisión están allí, si desea verlos. -Informó ella, después señaló el teleprinter-. Allí puede usted comunicarse con la Dow Jones, la Ap, la UP o la Telex. Simplemente telefonee a la cabina de vuelo y atenderán cualquier cosa que usted diga.

1 ... 52 53 54 55 56 57 58 59 60 ... 131
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)