Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
Después de la comida el vicepresidente Stonebridge y Krista decidieron quedarse en casa, pero los otros ocuparon un trío de Rolls Royces -los mismos coches que los habían esperado antes en el aeropuerto de Nassau- y se dirigieron hacia el casino Paradise Island. Allí el Gran George jugó fuerte y aparentemente ganó. Austin participó con cautela, y Roscoe no jugó. A Heyward no le gustaba el juego, pero estaba interesado en la descripción que hacía Avril de los mejores puntos en el chemin de fer, en la ruleta y en el punto y banca que eran nuevos para él. Debido al murmullo de las otras conversaciones Avril mantenía su cara cerca de la de Heyward mientras hablaba y, como antes en el avión, él descubrió que la sensación no era desagradable.
Después, con desconcertante brusquedad, su cuerpo empezó a tomar conocimiento de Avril, de manera que ideas e inclinaciones que él sabía reprensibles eran cada vez más difíciles de desvanecer. Sintió que Avril estaba divertidamente consciente de su lucha, en la que no le ayudó. Finalmente, ante la puerta de su cuarto, hasta donde ella le acompañó a las 2 de la mañana, hizo un gran esfuerzo de voluntad -particularmente cuando ella demostró deseo de quedarse- para no invitarla a pasar.
Antes de dirigirse a su cuarto, dondequiera que estuviera, Avril sacudió su pelo rojo y le dijo, sonriendo:
– Hay un intercomunicador junto a la cama. Si desea usted cualquier cosa apriete el botón número siete y yo vendré -esta vez ya no había duda de lo que significaba «cualquier cosa». Y parecía que el número siete era un número clave para llamar a Avril, dondequiera que ella estuviera.
Inexplicablemente la voz de él se había puesto pastosa y su lengua parecía agrandada cuando le dijo:
– No, muchas gracias. Buenas noches.
Pero ni siquiera entonces terminó su conflicto interno. Mientras se desvestía sus pensamientos volvieron a Avril y comprobó, apenado, que su cuerpo estaba minando la resolución de su voluntad. Hacía mucho tiempo que, sin que lo quisiera, no le sucedía una cosa así.
Fue entonces cuando cayó de rodillas y rogó a Dios que le protegiera del pecado y le librara de la tentación. Y después de un rato, según pareció, la plegaria fue escuchada. Su cuerpo cayó, agotado. Un poco más tarde, dormía.
Ahora, cuando hacían el sexto hoyo, el Gran George insinuó:
– Oye, si quieres, esta noche te mandaré a Rayo de Luna. Nadie puede imaginar las tretas que conoce ese pimpollo de loto.
La cara de Heyward se puso colorada. Decidió mostrarse firme:
– George, disfruto mucho de tu compañía y quiero ser tu amigo. Pero debo comunicarte que, en ciertos terrenos, nuestras ideas son diferentes.
Las facciones del enorme individuo se endurecieron:
– ¿En qué terrenos?
– Supongo que en los morales.
El Gran George meditó, pero su cara era una máscara. Después de pronto, gruñó:
– ¿Moral? ¿Qué es la moral? -detuvo el juego mientras el Honorable Harold se preparaba a golpear desde un montículo a la izquierda-. Bueno, Roscoe, como quieras. Pero avísame si cambias de idea.
Pese a la firmeza de su resolución, durante las próximas dos horas, Heyward descubrió que su imaginación volaba hacia la frágil y seductora muchacha japonesa.
Al final de los nueve hoyos, cuando tomaban un refresco, el Gran George continuó su discusión iniciada en el quinto hoyo con Byron Stonebridge.
– El gobierno de los Estados Unidos y otros gobiernos -declaró el Gran George- están en manos de gente que no entiende o no quiere entender los principios económicos. Es uno de los motivos; el único motivo por el que padecemos una continua inflación. Por eso el sistema monetario mundial se está desmoronando. Por eso todo lo que tenga que ver con el dinero sólo puede empeorar.
– Estoy contigo en parte -le dijo Stonebridge-. La manera en que el Congreso gasta dinero haría creer que los fondos son inagotables. Tenemos gente aparentemente sensata entre los diputados y en el Senado, que cree que, por cada dólar que entra, fácilmente pueden sacarse cuatro o cinco.
El Gran George dijo con impaciencia:
– Todos los hombres de negocios lo saben. Lo saben desde hace una generación. La cuestión no es si se vendrá abajo la economía norteamericana, sino cuándo.
– No estoy convencido de que sea así. Todavía podremos evitarlo.
– Podrían, pero no lo harán. El socialismo, que está gastando dinero que ustedes no tienen y nunca tendrán, está demasiado arraigado. Vendrá un momento en el que el gobierno se quedará sin crédito. Los tontos creen que no puede pasar. Pero pasará.
El vicepresidente suspiró:
– En público niego esa verdad. Aquí, entre nosotros, en privado, no puedo hacerlo.
– La secuencia que llega -dijo el Gran George- es fácil de predecir. Será semejante a como sucedieron las cosas en Chile. Muchos creen que lo de Chile es diferente y remoto. No lo es. Es un modelo en pequeña escala de lo que pasará en Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña.
El Honorable Harold se aventuró a decir, pensativo:
– Estoy de acuerdo contigo en eso de la secuencia. Primero una democracia… sólida, reconocida por el mundo, y efectiva. Después un socialismo, suave al principio, pero que pronto aumentará. Y el dinero se gastará a tontas y a locas, hasta que no quede nada. Después de eso, la ruina financiera, la anarquía, la dictadura.
– Por mucho que nos metamos en el agujero -dijo Byron Stonebridge-, no creo que lleguemos tan lejos.
– No será necesario -contestó el Gran George-. No si algunos de nosotros, con inteligencia y poder, pensamos de antemano, y planeamos. Cuando llegue el colapso financiero, en los Estados Unidos tenemos dos brazos fuertes que nos salvarán de la anarquía. Uno, son los grandes negocios. Me refiero a un plantel de compañías multinacionales, como la mía, y grandes bancos como el suyo y otros, Roscoe… que podrían dirigir el país financieramente, ejerciendo disciplina fiscal. Seremos solventes, porque operamos en el mundo entero; hemos puesto nuestros recursos donde la inflación no nos tragará. El otro brazo poderoso son los militares y la policía. En unión con los grandes negocios, mantendrán el orden.
El vicepresidente dijo con sequedad:
– En otras palabras, un estado policial. Pero se puede encontrar oposición.
El Gran George se encogió de hombros.
– Alguna, es posible; pero no mucha. La gente aceptará lo inevitable. Especialmente cuando la llamada democracia se haya dividido, cuando el sistema monetario esté quebrado, cuando el poder individual de compra sea nulo. Además de esto, los norteamericanos ya no creen en las instituciones democráticas. Sus políticos las han minado.
Roscoe Heyward había guardado silencio, y escuchaba. Ahora dijo:
– Lo que tú prevés, George, es una ampliación del complejo actual militar-industrial en un gobierno de elite.
– Exactamente. Y lo industrial-militar… prefiero en ese orden… se está volviendo más fuerte a medida que se debilita la economía norteamericana. Y tenemos organización. Está floja, pero se aprieta con rapidez.
– Eisenhower fue el primero en reconocer la estructura militar-industrial -dijo Heyward.
– Y nos previno contra ella -añadió Byron Stonebridge.
– Caramba, sí -asintió el Gran George-. Y le engañaron más. Ike, entre todos, debían haber visto las posibilidades de fuerza. ¿No te parece?
El vicepresidente sorbió su Planters's Punch.
– Eso no está en la orden del día. Pero sí, estoy de acuerdo.
– Y yo digo una cosa -aseguró el Gran George-, tú eres de los que deberían unirse a nosotros.