Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
Y como para confirmar sus palabras, unos momentos después acertó su tercer golpe -con un hermoso palo ocho- y fue a parar directamente a la banderilla.
Stonebridge, delgado y esbelto, de movimientos fluidos, jugaba hoy un partido espectacular. Había empezado la vida como hijo de un granjero, y trabajado largas horas en una pequeña propiedad familiar; ahora, a través de los años, conservaba su cuerpo ágil. En este momento sus facciones domésticas de campesino irradiaron al ver caer la pelota, que rodó después a un palmo del hoyo.
– No está mal -reconoció el Gran George a medida que su carrito se acercaba-. Washington no te tiene muy ocupado, ¿verdad, By?
– Oh, la verdad es que no puedo quejarme. Hice un inventario de recortes de la Administración el mes pasado. Y ha habido algunas noticias que se han filtrado desde la Casa Blanca… parece que tendré que afilar los lápices pronto.
Los otros rieron como correspondía. No era un secreto que Stonebridge, exgobernador del estado, exdirigente de la minoría en el Senado, estaba inquieto y angustiado en su papel actual. Antes de la elección que le había llevado a su cargo, su compañero de fórmula, el candidato presidencial, declaró que su vicepresidente debía -en una era nueva, post Watergate- desempeñar un papel lleno de sentido y ocuparse del gobierno. Pero, como siempre después de la toma del mando, las promesas no se cumplieron.
Heyward y Quartermain pasaron al «green», después esperaron con Stonebridge, mientras el Honorable Harold, que había estado jugando a la deriva, marchaba, reía, fluctuaba y finalmente los siguió.
Los cuatro hombres formaban un grupo muy diverso. G. G. Quartermain, enorme y por encima de los otros, estaba costosamente inmaculado en unos pantalones de tartán, un cardigan de Lacoste, unos zapatos de cabritilla de la marina. Llevaba una gorra de golf roja, con una escarapela que proclamaba el codiciado status de miembro del Fordly Cay Club.
El vicepresidente estaba vestido pulcramente y con estilo: pantalones de doble punto, una camisa suavemente coloreada, y su calzado de golf era de un ambivalente blanco y negro. En dramático contraste estaba Harold Austin, vestido de la manera más deslumbrante, en un estudiado rosa fuerte y lavanda. Roscoe Heyward parecía eficientemente práctico en unos pantalones gris oscuro, una camisa de «vestir» blanca, de mangas cortas y zapatos negros. Incluso en un campo de golf recordaba al banquero.
Su progreso, desde el principio, había sido una especie de cabalgata. El Gran George y Heyward compartían un carrito eléctrico para llevar los palos; Stonebridge y el Honorable Harold ocupaban otro. Otros seis habían sido tomados por la escolta del Servicio Secreto del vicepresidente y ahora los rodeaba -a ambos lados, por adelante y por atrás- como una escuadra de guerra.
– Si tuvieras libre elección, By -dijo Roscoe Heyward-, libre elección para establecer algunas prioridades gubernamentales, ¿cuáles serían?
El día anterior, Heyward se había dirigido a Stonebridge formalmente, llamándolo «Señor Vicepresidente», pero pronto quedó tranquilizado.
– Olvidemos las formalidades. Me tienen harto. Es mejor que me tutee y me llame «By», -había dicho, y Heyward, que apreciaba el tuteo con personas importantes, quedó encantado.
Stonebridge contestó:
– Si pudiera elegir me concentraría en la economía… en restablecer el saneamiento fiscal, en una contabilidad nacional equilibrada.
G. G. Quartermain, que había escuchado, señaló:
– Algunos valientes lo han intentado, By. Pero fracasaron. Y tú llegas demasiado tarde.
– Es tarde, George, pero no tan tarde.
– Ya discutiremos eso -el Gran George abrió las piernas, calculando la línea de su golpe-. Después de las nueve. Por el momento la prioridad es acertar este golpe.
Desde que se había iniciado el partido Quartermain había estado más tranquilo que los otros, y más concentrado. Tenía un handicap de tres, y siempre jugaba para ganar. Ganar o mejorar un tanteo le gustaba tanto (según decía) como adquirir una nueva compañía para la Supranational.
Heyward jugaba con competencia; su actuación no era espectacular, pero tampoco como para tener que avergonzarse.
Cuando todos marcharon hacia el sexto hoyo el Gran George previno:
– No pierdas de vista, con tus ojos de banquero, el tanteo de estos dos. En un político y un publicista, la precisión no suele ser una costumbre.
– Mi exaltado status requiere que yo gane -dijo el vicepresidente-. Por cualquier medio.
– Oh, tengo los tanteos -Roscoe Heyward se golpeó la frente-. Todos están aquí. En el uno, George y By tuvieron cuatro, Harold seis, y yo uno sobre el par. Todos tuvimos par en el dos, excepto By, con un increíble uno bajo el par. Lógicamente Harold y yo también tuvimos allí lo mismo. Todos fuimos par en el tres, con excepción de Harold; él tuvo otro seis. El cuarto hoyo fue bueno para nosotros, cuatro para George y para mí (y yo di allí un solo golpe), cinco para By, siete para Harold. Y, naturalmente, este último hoyo ha sido un desastre para Harold, aunque su compañero se apuntó otro uno bajo el par. Por lo tanto, en lo que al partido se refiere, hasta el momento estamos empatados.
Byron Stonebridge le clavó la mirada.
– Parece magia. Lo juro.
– Te equivocaste conmigo en el primer hoyo -dijo el Honorable Harold-, lo hice en cinco, no en seis.
Heyward dijo con firmeza:
– No es así, Harold. Recuerda que te metiste en ese bosquecillo de palmeras, saliste, llegaste al sendero lejos del «green», te demoraste e hiciste dos golpes.
– Tienes razón -confirmó Stonebridge-, lo recuerdo.
– Maldición, Roscoe -gruñó Harold Austin-, ¿de quién eres amigo?
– ¡De mí, caramba! -exclamó el Gran George. Echó el brazo amistosamente sobre los hombros de Heyward-. Empiezas a gustarme, Roscoe, especialmente por tu handicap -Heyward se puso radiante, y el Gran George bajó la voz hasta un tono confidencial-. ¿Todo fue de tu gusto anoche?
– Perfectamente, gracias. Me gustó mucho el viaje, la velada, y dormí maravillosamente bien.
Al principio no había dormido bien. En el curso de la velada anterior en la mansión de G. G. Quartermain en las Bahamas, había quedado en claro que Avril, la esbelta y preciosa pelirroja, estaba a la disposición de Roscoe Heyward para cualquier cosa que él quisiera. Aquello había sido deducido por los otros, y la creciente cercanía de Avril durante el día, convertido ya en noche, había progresado. No perdía ocasión de recostarse contra Heyward, de manera que, a veces, su suave pelo le rozaba la cara, y buscaba los menores pretextos para estar en contacto físico con él. Y él, aunque no la alentaba, tampoco protestaba.
También quedó en claro que la suntuosa Krista estaba a la disposición de Byron Stonebridge, y la deslumbrante rubia, Rhetta, a la de Harold Austin.
La exquisitamente bella japonesa, Rayo de Luna, rara vez se alejaba unos metros de G. G. Quartermain.
La propiedad de Quartermain, una entre la media docena que poseía el presidente de la Supranational en varios países, quedaba en Próspero Ridge, por encima de la ciudad de Nassau, con una vista panorámica sobre la tierra y el mar. La casa quedaba en un terreno que formaba un hermoso paisaje, detrás de altas paredes de piedra. El cuarto de Heyward, en el segundo piso, donde Avril lo acompañó cuando llegaron, enfrentaba todo el panorama. También permitía echar un vistazo, entre los árboles, a la casa de un vecino cercano: el primer ministro, cuya intimidad estaba protegida por la Policía Real de las Bahamas, que patrullaba.
Al terminar la tarde estuvieron bebiendo junto a una piscina con columnas. Siguió la cena, servida en una terraza al aire libre, a la luz de las velas. Esta vez las muchachas, que se habían quitado el uniforme y estaban magníficamente vestidas, se unieron a ellos en la mesa. Atentos camareros de guantes blancos servían, en tanto que dos orquestas, sobre un atril portátil, tocaban música. La amistad y la conversación fluían.