Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
A las 11,45 de la mañana Seth Orinda informó personalmente a Margot. Sonreía ampliamente y enarbolaba en la mano una temprana edición del periódico de la tarde.
– ¡Caramba! -Margot desdobló y leyó la primera plana.
La actividad del banco ocupaba la mayor parte del espacio disponible. Le prestaban mucha, mucha más atención de la que se había atrevido a esperar.
El titular principal decía:
GRAN BANCO INMOVILIZADO POR LOS DEL
FORUM EAST
Y debajo:
¿ESTA EN DIFICULTADES EL FIRST MERCANTILE AMERICAN?
MUCHOS HAN IDO A «AYUDARLO»
CON PEQUEÑOS DEPÓSITOS .
Seguían fotografías y un artículo a dos columnas.
– ¡Hermano! -exhaló Margot-. ¡Esto no va a gustarle nada al FMA!
No les gustó.
Poco después de mediodía tuvo lugar una conferencia rápidamente convocada en el piso treinta y seis de la Torre de la Casa Central del First Mercantile American, en las oficinas de la presidencia.
Jerome Patterton y Roscoe Heyward estaban allí, con las caras torcidas. Alex Vandervoort se les unió. Él también estaba serio, aunque a medida que la discusión progresaba, Alex pareció menos preocupado que los otros, su expresión era por momentos pensativa, con algún chispazo divertido. El cuarto asistente era Tom Straughan, el estudioso y joven jefe de los economistas del banco; el quinto era Dick French, vicepresidente de relaciones públicas.
French, corpulento y ceñudo, caminaba a zancadas masticando un cigarro sin encender; traía un montón de diarios de la tarde que fue echando uno tras otro, ante los presentes.
Jerome Patterton, sentado detrás de su escritorio, abrió un periódico. Cuando leyó las palabras: «¿Está en dificultades el FMA?», estalló:
– ¡Ésta es una inmunda mentira! ¡Habría que poner pleito a ese diario!
– No hay motivo para ponerle pleito -dijo French, con su acostumbrada rudeza-. El periódico no lo afirma como un hecho. Está puesto como un interrogante y, en todo caso, está citando a otro. Y la frase original no era maligna -guardó silencio en una actitud que significaba «hay que aceptar la cosa como es», con las manos cruzadas a la espalda y el cigarro proyectándose como un torpedo acusador.
Patterton se puso colorado de rabia.
– ¡Claro que es maligna! -exclamó Roscoe. Había permanecido desdeñosamente junto a una ventana y se volvió ahora hacia los otros cuatro-. Todo el asunto está hecho con malignidad. Cualquier imbécil puede verlo.
French suspiró:
– Está bien, tendré que deletrear la cosa. Quienquiera que esté detrás de esto, es alguien que conoce bien la ley y las relaciones públicas. El asunto, como usted lo dice, está hábilmente planeado para dar la impresión de algo amistoso y cooperativo hacia el banco. Claro, sabemos que no es así. Pero es algo que nunca podrá probarse y sugiero que dejemos de perder tiempo hablando de intentar hacerlo.
Recogió uno de los diarios y lo tendió mostrando la primera página.
– Uno de los motivos por el que gano mi principesco salario es porque soy experto en noticias y en el ambiente. Y en este momento mi experiencia me dice que esta historia… que está bien escrita y preciosamente presentada, ¿para qué negarlo?… está corriendo por todos los servicios telegráficos del país y será utilizada. ¿Por qué? Porque es una historia de David y Goliat, que apesta a interés humano.
Tom Straughan, sentado junto a Vandervoort, dijo tranquilamente:
– Puedo confirmar eso en parte. La historia ha estado en el servicio de noticias del Dow Jones y casi en seguida nuestros valores han bajado un punto.
– Otra cosa -Dick French siguió como si no lo hubieran interrumpido- es conveniente que nos preparemos esta noche para las noticias en la televisión. Habrá mucho en las emisoras locales, seguramente y mi entrenamiento en estas cosas me dice que habrá información en cadena en los tres canales mayores. Y afirmo que si algún guionista puede resistirse a hacer algo con la frase «Banco en dificultades», estoy dispuesto a tragarme un sapo.
Heyward preguntó con frialdad:
– ¿Ha terminado?
– No del todo. Sólo quiero añadir que, si yo hubiera desperdiciado todo el presupuesto de relaciones públicas del año en una sola cosa, nada más que en una, para presentar mal a este banco, no podría igualar el daño que han hecho ustedes, sin ayuda de nadie.
Dick French tenía una teoría personal. Era que un buen encargado de relaciones públicas debe estar cada día preparado para actuar. Si el conocimiento y la experiencia requerían de él que dijera a sus superiores hechos desagradables, que hubieran preferido no oír, y si era necesario ser brutalmente franco al hacerlo, lo hacía. La sinceridad formaba también parte de las relaciones públicas… era una treta para llamar la atención. Hacer menos, o procurar ganar favores por medio del silencio o el sigilo, hubiera sido faltar a sus responsabilidades.
Algunos días requerían más rudeza que la habitual. Éste era uno de ellos.
Frunciendo el ceño, Roscoe Heyward preguntó:
– ¿Sabemos ya quiénes son los organizadores?
– No concretamente -dijo French-. He hablado con Nolan Wainwright que se está ocupando de eso. No es que vaya a importar mucho.
– Y si le interesa conocer las últimas noticias de la sucursal -añadió Tom Straughan- le diré que he ido allí por el túnel, antes de venir aquí. La plaza está todavía repleta de manifestantes. Casi nadie puede entrar para hacer transacciones regulares.
– No son manifestantes -corrigió Dick French-. Que esto también quede claro, ya que estamos en ello. No hay un cartel ni ninguna consigna, como no sea, quizás «Acto de Esperanza». Son clientes, y ése es el problema.
– Está bien -dijo Jerome Patterton-, ya que está usted tan enterado: ¿qué sugiere?
El vicepresidente de relaciones públicas se encogió de hombros:
– Son ustedes los que retiraron la alfombra del Forum East. Es a ustedes a quienes corresponde volverla a poner.
Las facciones de Roscoe Heyward se endurecieron.
Patterton se volvió hacia Vandervoort.
– ¿Qué opina, Alex?
– Ustedes conocen mis sentimientos -dijo Alex; era la primera vez que hablaba-. Yo estuve, en principio, en contra de que se cortaran los fondos. Sigo estándolo.
Heyward dijo con sarcasmo:
– Entonces probablemente estará usted encantado con lo que está ocurriendo. Y supongo que cedería de buena gana ante esa chusma y sus intimidaciones.
– No, no estoy en modo alguno encantado -los ojos de Alex llamearon enojados-. Lo que estoy es turbado y ofendido de ver al banco colocado en esta situación. Creo que lo que está ocurriendo podía haber sido previsto… es decir, podía haberse previsto alguna respuesta, alguna oposición. Pero lo que importa en este momento es arreglar cuanto antes la situación.
Heyward dijo, con desprecio:
– Por lo tanto usted cede ante la intimidación. Tal como he dicho.
– Ceder o no ceder no tiene aquí importancia -contestó Alex con frialdad-. La cuestión real es: ¿Teníamos razón o no al cortar los fondos al Forum East? Si estábamos equivocados, debemos rectificar y tener el valor de reconocer nuestro error.
Jerome Patterton observó:
– Rectificaciones o no, si ahora retrocedemos, haremos el papel de idiotas.
– Jerome -dijo Alex- en primer lugar, no creo eso. En segundo lugar: ¿qué importa?
Dick French intervino:
– La parte financiera de todo esto no es asunto mío. Lo sé. Pero les diré algo: si decidimos ahora cambiar nuestra política con respecto al Forum East, quedaremos bien y no mal.
Roscoe Heyward dijo agriamente a Alex:
– Si el valor es aquí un factor, yo diría que usted carece de él enteramente. Lo que usted hace es negarse a hacer frente a unos patanes.
Alex movió la cabeza, con impaciencia.