Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
– Sí -dijo él-, recuerdo…
– La verdad -dijo ella con tristeza- es que no esperaba que todo llegara tan pronto al punto que ha llegado.
Él tendió los brazos hacia ella, como había hecho antes tantas veces, pero Margot se apartó y movió la cabeza.
– No. Arreglemos antes esto.
Él comprendió que, sin aviso, y sin que ninguno de los dos lo quisiera, su relación había llegado a una crisis.
– Volverá a pasar de nuevo, Alex. No nos engañemos creyendo que no pasará. Oh, no con el banco, pero con otras cosas relacionadas. Y quiero estar segura de que podremos afrontarlo cuando se presente, y no sólo una vez, esperando que sea la última.
Él sabía que lo que ella había dicho era verdad. La vida de Margot era una vida de confrontaciones; y habría otras. Y, aunque algunas fueran remotas a sus propios intereses, otras no lo serían.
También era verdad, como Margot había señalado, que antes habían hablado del asunto… hacía una semana y media. Pero entonces la discusión había sido en abstracto, la elección era menos clara, no estaba agudamente definida como lo exigían ahora los acontecimientos de la semana anterior.
– Una cosa que tú y yo podríamos hacer -dijo Margot- es separarnos ahora, cuando nos divertimos juntos, cuando todavía lo tenemos en la mano… Sin rencores de ninguna de las dos partes; simplemente una conclusión inteligente. Si lo hacemos, si dejamos de vernos y de que nos vean juntos, el comentario correrá rápido. Siempre es así. Y, aunque no borre lo que ha pasado en el banco, facilitará para ti las cosas.
Alex comprendió que aquello también era verdad. Sintió la rápida tentación de aceptar el ofrecimiento, de exorcizar -limpia y rápidamente- aquella complicación de su vida, una complicación que probablemente se volvería mayor y no menor, con el correr de los años. Otra vez se preguntó: ¿Por qué los problemas, las presiones, llegan todos juntos?… Celia había empeorado; Ben Rosselli había muerto; había una lucha en el banco; el inmerecido hostigamiento de hoy. Y ahora Margot. ¿Por qué?
La pregunta le recordó algo que había pasado años atrás, en una visita a la ciudad canadiense de Vancouver. Una mujer joven se había suicidado saltando desde el piso veinticuatro de un cuarto de hotel y, antes de saltar, había garabateado con lápiz de labios en el cristal de la ventana: ¿Por qué, oh, por qué? Alex no la conocía y no supo más tarde cuáles habían sido sus problemas; que ella suponía sin solución. Pero se había alojado en el mismo piso del hotel y un asistente de la gerencia, muy charlatán, le había mostrado la triste ventana, manchada con lápiz de labios. El recuerdo nunca lo había abandonado.
¿Por qué, oh, por qué, elegimos como elegimos? ¿O por qué la vida nos obliga a hacerlo? ¿Por qué se había casado con Celia? ¿Por qué ella se había vuelto loca? ¿Por qué seguía retrocediendo ante la catarsis del divorcio? ¿Por qué tenía Margot que ser una activista? ¿Por qué consideraba ahora la idea de perder a Margot? ¿Hasta qué punto deseaba ser presidente del FMA?
¡No tanto!
Tomó una decisión forzada, controlada, y expulsó de sí el pesar. ¡Qué se fuera al diablo! Por ningún FMA, por ninguna Dirección, por ninguna ambición personal, iba a entregar, nunca, su libertad privada de acción y su independencia. Y no iba a dejar tampoco a Margot.
– Lo más importante -dijo- es si tú quieres lo que acabas de sugerir ahora… si quieres una «conclusión razonable».
Margot habló en medio de las lágrimas.
– Claro que no.
– Pues yo tampoco la quiero, Bracken. Y no creo que jamás llegue a desearlo. Alegrémonos pues de que haya pasado esto, porque hemos probado algo y ninguno de los dos tendrá que volver a demostrarlo.
Esta vez, cuando él tendió los brazos, ella no retrocedió.
6
– Roscoe, viejo -dijo por teléfono el Honorable Harold Austin, con tono de estar muy satisfecho consigo mismo-. He estado hablando con el Gran George. Nos invita a ti y a mí a jugar al golf en las Bahamas el viernes.
Roscoe Heyward contrajo los labios, dudoso. Estaba en su casa de Shaker Heights, en el despacho, una tarde de sábado en el mes de marzo. Antes de atender el teléfono había estado examinando un portafolio con declaraciones financieras, junto a otros papeles desparramados en el suelo, alrededor de su sillón de cuero.
– No creo poder salir tan pronto y tan lejos -dijo al Honorable Harold-. ¿No sería mejor organizar un encuentro en Nueva York?
– Claro que podríamos intentarlo. Aunque sería estúpido, porque el Gran George prefiere Nassau; y porque al Gran George le gusta arreglar los negocios en un campo de golf… nuestro tipo de negocios, que él atiende personalmente.
Era innecesario para cualquiera de los dos identificar al «Gran George». La verdad era que pocos, en la industria, en los bancos o en la vida privada lo juzgaban necesario.
G. G. Quartermain, presidente del consejo Director y jefe ejecutivo de la Supranational Corporation -SuNatCo- era un toro bravo, que poseía más poder que muchos jefes de Estado y lo ejercía como un rey. Sus intereses y su influencia se extendían por el mundo entero, como los de la corporación cuyo destino dirigía. Dentro de la SuNatCo y fuera era invariablemente admirado, odiado, cortejado, agasajado y temido.
Su fuerza estaba en su ficha personal. Ocho años atrás -en base a alguna magia financiera previa- G. G. Quartermain había sido llamado para rescatar a la Supranational en el momento enferma y cargada de deudas. A partir de entonces había recuperado la fortuna de la compañía, la había agrandado en un conglomerado espectacular, tres veces, había dividido las acciones y cuadriplicado los dividendos. Los accionistas, a quienes el Gran George había vuelto más ricos, le adoraban; también le concedían la libertad de acción que deseaba. Es verdad que algunas Casandras afirmaban que había construido un imperio de cartón. Pero los informes financieros de la SuNatCo y sus muchas sucursales -que Roscoe Heyward estudiaba cuando el Honorable Harold había telefoneado- las contradecían ruidosamente.
Heyward había visto dos veces al presidente de la SuNatCo: una vez brevemente, entre mucha gente; la segunda en Washington, en la suite de un hotel, con Harold Austin.
El encuentro de Washington tuvo lugar cuando el Honorable Harold informó a Quartermain acerca de una misión que había llevado a cabo para la Supranational. Heyward no tenía idea de cuál había sido la misión -los otros dos casi habían terminado la conversación cuando él se les untó- salvo que, en cierto modo, se relacionaba con el gobierno.
La Agencia Austin estaba encargada de la publicidad de la Hepplewhite Distillers, gran sucursal de la SuNatCo, aunque parecía que la relación personal del Honorable Harold con G. G. Quartermain se extendía más allá de eso.
Fuera cual fuese el informe, aparentemente puso de buen humor al Gran George. Cuando le presentaron a Heyward, observó:
– Harold me dice que es usted director de su pequeño banco y que ustedes dos desearían probar una cucharada de nuestra salsa. Bueno, en algún momento, pronto, hablaremos de eso.
El jefe de la Supranational había palmeado a Heyward en el hombro y había hablado de otras cosas.
Fue aquella conversación en Washington con G. G. Quartermain la que había decidido a Heyward a mediados de enero -hacía dos meses- a informar al comité de política financiera del FMA que había posibilidad de hacer negocios con la SuNatCo. Más adelante comprendió que se había apresurado. Ahora parecía que el proyecto renacía.
– Bueno -concedió Heyward en el teléfono-, tal vez pueda partir el jueves por uno o dos días.