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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Heyward observó, con cautela.

– Todo esto sobrepasa un poco mi experiencia normal.

– Ya lo sé. A veces produce ese efecto en la gente, aunque es sorprendente lo rápido que uno se adapta -nuevamente le lanzó una mirada directa y una sonrisa deslumbrante-. Tenemos cuatro cabinas privadas como esta, que pueden convertirse fácilmente en dormitorios. Basta con apretar unos botones. Se lo mostraré si quiere.

Él movió la cabeza.

– Por el momento me parece innecesario.

– Como usted guste, míster Heyward.

Ella aflojó su cinturón y se puso de pie.

– Si quiere hablar con míster Austin, él está en la cabina de atrás. Más adelante está la sala principal, donde queda invitado cuando esté listo. Además hay un comedor, oficinas y, más allá, el compartimiento privado de míster Quartermain.

– Gracias por los datos geográficos -Heyward se quitó sus lentes sin aro y sacó un pañuelo para limpiarlos.

– Oh, deje que yo lo haga -amablemente pero con firmeza Avril le quitó los lentes de la mano, sacó un pedazo de seda cuadrado y los limpió. Después volvió a colocarle los lentes en la cara, y sus dedos viajaron levemente por detrás de las orejas de Roscoe. Heyward tuvo la sensación de que debía protestar, pero no lo hizo.

– Mi tarea en este viaje, míster Heyward, es ocuparme exclusivamente de usted para que no le falte nada.

¿Era acaso su imaginación, se preguntó, o la muchacha había puesto un sutil énfasis en las palabras «que no le falte nada»? Bruscamente se recordó a sí mismo que esperaba que no fuera así. Sí lo era, la implicación era de lo más sorprendente.

– Dos cosas más -dijo Avril. Suntuosa y esbelta, con el pelo rojo moviéndose, había ido hacia la puerta dispuesta a partir-. Si me necesita para algo no dude y apriete el botón número siete que verá en el intercomunicador.

Heyward contestó gruñendo:

– Gracias, señorita, pero me parece difícil que lo haga.

Ella quedó impertérrita.

– La otra cosa: en el trayecto a las Bahamas haremos un corto aterrizaje en Washington. El vicepresidente se nos unirá allí.

– ¿El vicepresidente de la Supranational?

Los ojos de ella fueron burlones.

– No, tonto. El vicepresidente de los Estados Unidos.

Unos quince minutos después el Gran George Quartermain gritó a Roscoe Heyward:

– ¡Por todos los diablos! ¿Qué mierda está tomando? ¿Leche de madre?

– Es limonada -Heyward levantó el vaso, inspeccionando el líquido insípido-. Más bien me gusta.

El presidente de la Supranational encogió los macizos hombros.

– Cada adicto con su propio veneno. ¿Las chicas les han atendido bien?

– En ese sector no hay quejas -confesó el Honorable Harold Austin, con una risita. Al igual que los otros estaba cómodamente reclinado en el espléndido salón principal del 707, con la rubia, cuyo nombre era Rhetta, acurrucada en una alfombrilla a sus pies.

Avril dijo con dulzura:

– Hacemos lo que podemos -estaba de pie detrás del sillón de Heyward y dejó que su mano se deslizara ligeramente por la espalda de él. Él sintió los dedos que le tocaban la nuca, se abandonó un instante, después se movió.

Unos momentos antes G. G. Quartermain había llegado al salón resplandeciente en una bata de toalla colorada rayada en blanco y la inevitable «Q» ampliamente bordada. Como un senador romano era asistido por sus acólitos -un hombre de cara dura y silenciosa, con un jersey blanco, probablemente el masajista, y la azafata, en su bien cortado uniforme beige, de facciones delicadamente japonesas. El masajista y la muchacha supervisaron la entrada del Gran George en un amplio sillón semejante a un trono, que le estaba claramente reservado. Después, una tercera figura -el mayordomo del principio- como por magia, sacó un Martini frío y lo tendió a la ávida mano de G. G. Quartermain.

Incluso más que en las ocasiones previas que se habían visto, Heyward decidió que el apodo «Gran George» era adecuado en todo sentido. Físicamente el anfitrión era un hombre como una montaña, de por lo menos un metro ochenta y cinco de estatura, el pecho, los hombros y el torso de un herrero de pueblo. Su cabeza era el doble de las de otros hombres y sus rasgos faciales hacían juego: eran prominentes, los ojos grandes, se movían con rapidez y oscura audacia, y la boca era de labios gruesos y fuertes, acostumbraba a dar órdenes como un sargento de la marina, aunque por asuntos más amplios. También era evidente que la jovialidad superficial podía desvanecerse en un instante, si algo le desagradaba profundamente.

Sin embargo estaba lejos de ser grosero y no había en él señales de estar gordo de más o de blandura. A través de la tela de toalla que lo envolvía, abultaban los músculos. Heyward observó también que en la cara del Gran George no había capas de grasa, y que su mandíbula maciza no tenía rollos de papada. Su vientre parecía tenso y chato.

En cuanto a otras grandezas la amplitud de sus corporaciones y de su apetito eran diariamente comentadas en la prensa comercial. Y su estilo de vida en este avión de doce millones de dólares era indudablemente regio.

El masajista y el mayordomo desaparecieron en silencio. Para reemplazarlos, otra vez como un nuevo personaje que surge en el escenario, apareció un chef -un hombre pálido, preocupado, con un lápiz, inmaculado en sus ropas de cocina, con un gorro alto que rozaba el techo de la cabina. Heyward se preguntó cuánto personal habría a bordo. Más adelante se enteró que eran en total dieciséis.

El chef se plantó tieso ante el sillón del Gran George, y sacó una gran carpeta de cuero negro adornada con una «Q» dorada. El gran George lo ignoró.

– Esas dificultades que han tenido en el banco -dijo Quartermain dirigiéndose a Roscoe Heyward-. Las manifestaciones. Todo lo demás. ¿Está todo arreglado? ¿Son ustedes sólidos?

– Siempre hemos sido sólidos -contestó Heyward-. Eso nunca estuvo en tela de juicio.

– El mercado no opinaba eso.

– ¿Desde cuándo ha sido el mercado de Bolsa un barómetro preciso para algo?

El Gran George sonrió vagamente, después se volvió hacia la pequeña camarera japonesa:

– Rayo de Luna, tráeme la última cotización del FMA.

– Sí, señol «Q» -dijo la muchacha. Salió por una puerta delantera.

El Gran George hizo una señal hacia la dirección por la que ella había salido.

– Todavía no he logrado que pronuncie «Quartermain». Siempre me llama «Señol» -mostró los dientes a los otros-. Pero se porta muy bien en todo lo demás.

Roscoe Heyward dijo con rapidez:

– Los informes que pueda usted haber oído sobre nuestro banco se refieren a un incidente trivial, exagerado más allá de su importancia. Sucedió también en un momento de transición de la dirección.

– Pero la gente de ustedes no se ha mantenido firme -insistió el Gran George-. Han dejado que agitadores de afuera se salgan con la suya. Se han ablandado y han cedido.

– Sí, es cierto. Y confieso sinceramente que no me gustó la idea. La verdad es que me opuse.

– ¡Hay que darles la cara! ¡Hay que destrozar a esos hijos de puta de una u otra manera! Nunca hay que echarse atrás -el presidente de la Supranational vació su Martini y el mayordomo reapareció no se sabía de dónde, retiró el vaso y colocó otro en la mano del Gran George. Que la bebida estaba perfectamente fría era visible por el grado de congelación exterior.

El chef seguía de pie, esperando. Quartermain siguió ignorándole.

Murmuró reminiscente:

– Yo tenía una fábrica de repuestos cerca de Denver. Muchas dificultades de trabajo. Demandas de aumento de salario más allá de toda razón. A principios de año el sindicato llamó a la huelga, la última de una serie. Le dije a nuestra gente, a la subsidiaria que dirige la fábrica, prevenga a esos hijos de puta que cerraremos la fábrica. Nadie nos creyó. Hicimos estudios, planeamos acuerdos. Embarcamos los instrumentos y máquinas a otra de nuestras compañías. Distribuimos los restos inactivos. Y cerramos la fábrica de Denver. De pronto ya no hubo ni fábrica, ni trabajo, ni salario. Y ahora todos… empleados, sindicato, la ciudad de Denver, el gobierno del estado, usted lo ha dicho… están de rodillas suplicando que volvamos a abrirla… -examinó su Martini, después dijo con magnanimidad-: Bueno, tal vez lo hagamos. Fabricaremos otras cosas y en nuestros términos. Pero no hemos retrocedido.

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