Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
– Gracias -Dora Callaghan tomó un trago del Martini, luego dejó el vaso-. Míster Vandervoort, esta tarde he examinado el escritorio de míster Heyward. Pensé que había que retirar algunas cosas, quizá papeles que debían enviarse a otra persona -su voz se puso espesa y se detuvo-. Perdón -murmuró.
Alex le dijo, con suavidad:
– No se preocupe. Hable lentamente.
A medida que recobraba la compostura, ella siguió:
– Había algunos cajones cerrados con llave. Las llaves las teníamos míster Heyward y yo, aunque yo no he usado las mías con frecuencia. Hoy lo he hecho.
Nuevamente un silencio mientras esperaban.
– En uno de los cajones… míster Vandervoort, me enteré que los investigadores van a venir mañana por la mañana… Pensé… que era mejor que usted viera lo que encontré, ya que usted sin duda sabe, mejor que yo, lo que conviene hacer.
Mistress Callaghan abrió el portafolio de cuero y sacó dos grandes sobres. Al tenderlos a Alex, él observó que los sobres habían sido abiertos previamente. Con curiosidad sacó el contenido.
El primer sobre contenía cuatro certificados de valores, de 500 acciones cada uno, de las Inversiones «Q», y estaban firmadas por G. G. Quartermain. Aunque eran certificados nominales, no cabía duda de que pertenecían a Heyward, pensó Alex. Recordó las afirmaciones del periodista del «Newsday» esa tarde. Esto era una confirmación. Se necesitarían mayores pruebas, lógicamente, si el asunto era llevado adelante, pero parecía evidente que Heyward, uno de los administradores, un funcionario de alto grado en el banco había aceptado un sórdido soborno. En caso de estar vivo, el descubrimiento hubiera implicado un juicio en lo criminal.
La primera depresión de Alex se agudizó. Nunca había simpatizado con Heyward. Eran enemigos, casi desde el momento en que Alex había ingresado en el FMA. Sin embargo nunca, en ningún instante, hasta hoy, había dudado de la integridad personal de Roscoe. Quedaba demostrado, pensó, que por más que uno crea conocer bien a un ser humano, realmente nunca es así.
Deseando que nada de esto hubiera sucedido, Alex sacó el contenido del otro sobre. Eran fotografías ampliadas de un grupo de gente junto a una piscina… cuatro mujeres y dos hombres desnudos, y Roscoe Heyward, vestido. En una adivinación instantánea Alex supo que las fotos eran un recuerdo del cacareado viaje de Heyward a las Bahamas, con George Quartermain. Alex contó doce fotografías al tenderlas sobre una mesita de café, mientras Margot y mistress Callaghan miraban. Vio, de reojo, la cara de Dora Callaghan. Tenía las mejillas rojas; estaba ruborizada. ¿Ruborizada? Él creía que ya nadie se ruborizaba.
Mientras examinaba las fotos tuvo tentaciones de reír. Todos los fotografiados parecían ridículos, no había otra palabra para expresarlo. Roscoe, en una de las instantáneas, miraba fascinado a las mujeres desnudas; en otra era besado por una de ellas, mientras sus dedos le acariciaban los pechos. Harold Austin mostraba un cuerpo blando, un pene caído y una sonrisa tonta. Otro hombre, dando el trasero a la cámara, enfrentaba a las mujeres. En cuanto a las mujeres… bueno, pensó Alex, algunos las deben considerar atractivas. Personalmente prefería a Margot, con la ropa puesta, todos los días.
Sin embargo no rió por deferencia hacia Dora Callaghan, que había terminado su Martini y se había puesto de pie.
– Míster Vandervoort, es mejor que me vaya.
– Ha hecho bien en traerme esto -le dijo él-. Se lo agradezco y me ocuparé de la cosa personalmente.
– Yo la acompañaré -dijo Margot. Ayudó a mistress Callaghan a ponerse el abrigo y la acompañó hasta el ascensor.
Alex estaba junto a una ventana, mirando las luces de la ciudad, cuando volvió Margot.
– Una mujer simpática -decidió ella- y leal.
– Sí -dijo él, y pensó: fueran cuales fueran los cambios que se hicieran mañana y los días siguientes, se iba a encargar de que mistress Callaghan fuera tratada con consideración. También había otra gente en quien debía pensar. Alex iba a promover inmediatamente a Tom Straughan al puesto previo del mismo Alex, como vicepresidente ejecutivo. Orville Young podía muy bien ponerse los zapatos de Heyward. Edwina D'Orsey pasaría al cargo de vicepresidente y estaría encargada del departamento de depósitos; era un cargo que Alex había pensado desde hacía tiempo para Edwina, y pronto esperaba hacerla ascender más. Entretanto debía ser nombrada, inmediatamente, miembro de la Dirección.
De pronto se dio cuenta: daba por sentado que iba a aceptar la presidencia del banco. Bueno, Margot se lo acababa de decir. Evidentemente ella tenía razón.
Se apartó de la ventana y de la oscuridad exterior. Margot estaba de pie junto a la mesita para el café, mirando las fotos. Bruscamente se rió, y entonces él hizo lo que tenía ganas de hacer y rió junto con ella.
– ¡Por Dios! -dijo Margot-. ¡Es grotescamente triste!
Cuando dejaron de reír él se inclinó, recogió las fotos y las metió en el sobre. Tuvo tentación de tirar el sobre al fuego, pero comprendió que no debía hacerlo. Era destruir una prueba que podía ser necesaria. Pero iba a hacer todo lo posible para impedir que las fotos fueran vistas por otros ojos… en memoria de Roscoe.
– Grotescamente triste -repitió Margot-. ¿Es eso todo?
– Sí -asintió él y, en aquel momento, comprendió que la necesitaba, que siempre iba a necesitarla.
Le tomó las manos, recordando lo que habían estado hablando cuando llegó mistress Callaghan.
– No importan los abismos entre nosotros -dijo Alex, con premura-, también contamos con una buena cantidad de puentes. Tú y yo nos hacemos bien mutuamente. Vivamos juntos permanentemente, Bracken, a partir de ahora.
Ella objetó.
– Probablemente no dará resultado o no durará. Las posibilidades están en contra.
– Entonces procuraremos demostrar que se equivocan.
– Naturalmente hay una cosa a nuestro favor -los ojos de Margot chispearon con travesura-. La mayoría de las parejas que se comprometen «a amarse y respetarse hasta que la muerte los separe» terminan ante los tribunales de divorcio antes de un año. Tal vez si empezamos sin creer o esperar mucho, nos irá mejor que a los demás.
En el momento de estrecharla entre sus brazos, le dijo:
– A veces los banqueros y los abogados hablan de más.
Arthur Hailey