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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– ¡Bravo, George! -dijo el Honorable Harold-. Necesitamos que haya más gente capaz de plantarse así. Pero el problema en nuestro banco ha sido algo distinto. En cierto modo estamos todavía en una situación interina, que empezó, como usted sabe, con la muerte de Ben Rosselli. Pero, para la primavera próxima, muchos de los que estamos a bordo de ese barco esperamos que Roscoe tenga firmemente el timón.

– Me alegro de oírlo. No me gusta tratar con gente que no está en lo más alto. Las personas con las que hago negocios deben tener capacidad para decidir y después mantener las decisiones.

– Le aseguro, George -dijo Heyward-, que cualquier decisión a la que lleguemos usted y yo, será sostenida por el banco.

Heyward percibió que, de manera muy hábil, el anfitrión les había colocado a él y a Harold Austin en situación de suplicantes… que es lo contrario del papel habitual de un banquero. Pero estaba el hecho de que, cualquier préstamo para la Supranational estaría libre de preocupaciones, y sería un prestigio para el FMA. Igualmente importante era el hecho de que podía ser precursor de nuevas cuentas industriales, ya que la Supranational Corporation marcaba el paso, y otros seguían el ejemplo.

El Gran George preguntó bruscamente al chef:

– ¿Bueno, qué hay?

La figura de blanco quedó galvanizada en la acción. Tendió la carpeta negra que había tenido desde su llegada.

– El menú del almuerzo, monsieur. Para que lo apruebe.

El Gran George no hizo ademán de tomar la carpeta, pero echó un vistazo al contenido que tenía a la vista. Señaló con un dedo:

– Cambie esa ensalada a la Waldorf por una a la César.

– Oui, monsieur.

– Y el postre. Nada de Glacé Martinique. Un Soufflé Grand Marnier.

– Perfectamente, monsieur.

Lo despidió con un movimiento de cabeza. Después, cuando el chef se dio vuelta, el Gran George lanzó chispas:

– Y cuando pida un filete, recuerde cómo lo quiero.

– Monsieur -el chef hizo un ademán de imploración con la mano que tenía libre-. Ya me he disculpado dos veces por la desgracia de anoche.

– Eso no importa. La cuestión es: ¿«Cómo lo quiero»?

Con un gálico encogimiento de hombros, repitiendo una lección aprendida, el chef canturreó:

– Ligeramente hecho por fuera y crudo por dentro.

– No lo olvide.

El chef preguntó, desesperado:

– ¿Cómo voy a olvidarlo, monsieur? -Y con la cresta caída, se fue.

– Otra cosa importante -recordó el Gran George a sus invitados- es no dejar que la gente se salga con la suya. Pago una fortuna a ese sapo para que sepa exactamente cómo me gusta la comida. Se equivocó anoche… no mucho, pero lo bastante como para reprenderle de manera que la próxima vez no lo olvide. ¿Cuál es la cotización? -Rayo de Luna había vuelto con una hoja de papel.

La muchacha leyó con bastante acento:

– El FMA está ahora a cuarenta y cinco y tres cuartos.

– Ahí tiene -dijo Roscoe Heyward-, hemos subido otro punto.

– Pero todavía no tanto como cuando era Rosselli quien mandaba -dijo el Gran George. Hizo una mueca-. Aunque la verdad es que, cuando se corra la voz de que ustedes están ayudando las finanzas de la Supranational, la cotización se irá a las nubes.

Podía ser peor, pensó Heyward. En el revuelto mundo de las finanzas y las cotizaciones de bolsa sucedían cosas inexplicables. Que alguien prestara dinero a alguien no parecía significar mucho, sin embargo el mercado respondería.

Pero era aún más importante que el Gran George había declarado positivamente que algún tipo de negocio iba a realizarse entre el First Mercantile American y la SuNatCo. Sin duda iban a entrar en detalles en los próximos dos días. Sintió que su excitación aumentaba.

Sobre sus cabezas sonó una suave campanilla. Afuera el jet disminuyó la marcha.

– ¡Washington! -dijo Avril. Ella y las otras muchachas empezaron a sujetar a los hombres en sus asientos con pesados cinturones y dedos leves y acariciantes.

El tiempo que permanecieron en tierra, en Washington, fue todavía más breve que en la parada anterior. Con un pasajero importante como un brillante de 14 quilates, todas las prioridades para aterrizar, navegar y despegar eran axiomáticas.

Así que en menos de veinte minutos habían vuelto a la altitud de viaje, en ruta para las Bahamas.

La instalación del vicepresidente quedó a cargo de la morena, Krista, arreglo que evidentemente él aprobó.

Los hombres del Servicio Secreto que custodiaban al vicepresidente, quedaron acomodados en alguna parte en el fondo.

Poco después, el Gran George Quartermain, vestido ahora con un llamativo traje de una sola pieza de seda color crema, jovialmente les guió desde el salón del avión hasta el comedor -un apartamento ricamente decorado, predominantemente en plata y azul real. Allí los cuatro hombres, sentados ante una mesa de roble tallada, y bajo una lámpara de cristal, con Rayo de Luna, Avril, Rhetta y Krista atendiéndolos deliciosamente desde atrás, almorzaron en un estilo y una cocina que cualquiera de los grandes restaurantes del mundo hubiera tenido dificultades para igualar.

Roscoe Heyward, mientras saboreaba la comida, no compartió los diversos vinos ni el coñac de treinta años de antigüedad que se sirvió al final. Pero observó que las pesadas copas bordeadas de oro omitían la tradicional y decorativa «N» de Napoleón por una «Q».

7

El caliente sol de un cielo sin nubes brillaba en el lustroso césped verde del campo de golf en el Fordly Cay Club de las Bahamas.

El campo y el lujoso edificio del club figuraban entre la media docena de los más exclusivos del mundo.

Más allá del césped, una playa de arena blanca, bordeada de palmeras, desierta, se extendía como una franja del paraíso hacia la lejanía. En el borde de la playa, un translúcido mar color turquesa mordía con suavidad la costa, en pequeñas olitas. A menos de un kilómetro de la costa una línea de rompientes ponía una nota crema sobre los arrecifes de coral.

Muy cerca, junto al sendero, una exótica alfombra de flores -hibiscos, Santa Rita, peonías, frangipani- competían en una orgía de colores. El aire fresco, claro, se agitaba levemente por un céfiro, que traía el aroma de los jazmines.

– Imagino -observó el vicepresidente de los Estados Unidos- que estamos tan cerca del cielo como puede estarlo un político.

– Mi idea del cielo -dijo el Honorable Harold Austin- no incluiría divisiones -hizo una mueca y golpeó mal con su palo-. Debe haber manera de mejorar en este juego.

Los cuatro jugaban un partido… el Gran George y Roscoe Heyward contra Harold Austin y el vicepresidente.

– Lo que debería usted hacer, Harold -dijo Byron Stonebridge, el vicepresidente- es volver al Congreso y trabajar para ocupar el cargo que yo ocupo. Una vez que llegue, lo único que tendrá que hacer es jugar al golf; pero podrá tener todo el tiempo que quiera para mejorar su juego. Es un hecho histórico aceptado que todos los vicepresidentes, desde hace medio siglo, dejan el cargo convertidos en mejores jugadores de golf que cuando lo asumieron.

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Главный герой
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