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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Por un instante Harbert crey ver una leve humareda subir de la parte oeste, pero una observacin ms atenta le demostr que se equivocaba. Mir con cuidado extremo, y su vista era excelente No, decididamente no haba nada.

Baj, pues, del kauri y los dos cazadores volvieron al Palacio de granito. All Ciro Smith oy la relacin del joven, movi la cabeza y guard silencio. Era evidente que no sera posible resolver la cuestin sino despus de una exploracin completa de la isla.

Dos das despus, el 28 de octubre, se produjo otro incidente cuya explicacin insinuaba preocupacin.

Paseando por la playa a dos millas del Palacio de granito, Harbert y Nab tuvieron la fortuna de dar con un magnfico ejemplar del orden de los quelonios. Era una tortuga del gnero midas, cuyo caparazn ofreca admirables reflejos verdes. Harbert la vio cuando se meta entre las rocas para ganar el mar.

-Aqu, Nab, aqu! -exclam. El negro acudi y dijo:

-Hermoso animal!, pero cmo haremos para cogerlo?

-Muy sencillo, Nab -contest Harbert-. Volveremos esta tortuga boca arriba y no podr huir. Tome usted su venablo y haga lo que yo.

El reptil, presintiendo el peligro, se haba metido en su caparazn; no se le vean ni la cabeza ni las patas, y se mantena inmvil como una roca.

Harbert y Nab introdujeron sus venablos de uno y otro lado, y no sin grande esfuerzo lograron poner el animal patas arriba. La tortuga meda tres pies de longitud y deba pesar ms de cuatrocientas libras.

-Bueno! -exclam Nab-, qu alegre sorpresa vamos a dar al amigo Pencroff!

En efecto, el amigo Pencroff no podra menos de alegrarse, porque la carne de esas tortugas, que se alimentan de hierbas marinas, es sabrossima. En aquel momento, sta no deja entrever ms que su cabeza pequea, achatada y bastante desarrollada en la parte posterior a causa de sus grandes fosas temporales, ocultas bajo una bveda huesosa.

-Y ahora, qu haremos de nuestra caza? -dijo Nab-. No podemos llevarla al Palacio de granito.

-Dejsmola aqu, puesto que no puede volverse, y vendremos por ella con el carretn. -Comprendido.

Sin embargo, para mayor precaucin, Harbert se tom el cuidado, que Nab consider superfluo, de calzar al animal con gruesos cantos; hecho lo cual, los dos cazadores volvieron al Palacio de granito siguiendo la playa, que la baja marea dejaba descubierta en una buena extensin. Harbert, queriendo dar una sorpresa a Pencroff, no le dijo nada del "soberbio ejemplar de quelonios" que haba dejado en la arena; pero dos horas despus estaba de vuelta con Nab y el carretn en el sitio donde lo haban dejado. El "soberbio ejemplar de quelonios" no estaba all.

Nab y Harbert se miraron sorprendidos y despus observaron alrededor. Aqul era, sin embargo, el sitio donde haban dejado la tortuga. El joven encontr los cantos de que se haba servido; por consiguiente, estaba seguro de no haberse engaado.

-Caramba! -exclam Nab-. Esos animales saben volverse a su posicin natural!

-As parece -repuso Harbert, que no comprenda la desaparicin de la tortuga y contemplaba los cantos esparcidos por la arena. -No creo que se alegre mucho Pencroff de este acontecimiento!

-El seor Smith me parece que tendr alguna dificultad en explicarlo pens Harbert.

-Bueno -repuso Nab, que quera ocultar su contrariedad-, no hablemos del asunto. -Al contrario, Nab, hay que hablar de ello -dijo Harbert. Y ambos volvieron con el carretn al Palacio de granito.

Al llegar al arsenal donde el ingeniero y el marino trabajaban, Harbert refiri lo que haba ocurrido.

-Ah, torpes! -exclam el marino-. Haber dejado escapar por lo menos cincuenta sopas!

-Pero, Pencroff -dijo Nab-, si el animal se escap no es culpa nuestra, pues ya te he dicho que lo volvimos patas arriba.

-Pues no la volverais bien -dijo el obstinado marino. -Vaya si la volvimos! -exclam Harbert.

Y refiri el cuidado que haba tenido de calzar con cantos el caparazn de la tortuga. -Entonces se ha escapado por milagro -replic Pencroff. -Yo crea, seor Ciro -dijo Harbert-, que las tortugas, una vez vueltas sobre el caparazn, no podan recobrar su posicin natural, sobre todo si eran muy grandes. -As es, hijo mo -contest Ciro Smith. -Entonces, cmo se explica?

-A qu distancia del mar dejasteis la tortuga? -pregunt el ingeniero, que, habiendo suspendido su trabajo, reflexionaba sobre aquel incidente.

-A unos quince pies, al mximo -respondi Harbert. -Y la marea estaba baja?

-S, seor.

-Entonces -dijo el ingeniero-, lo que la tortuga no pudo hacer en la arena, lo habr podido hacer en el agua. Se habr vuelto al subir la marea y llegado tranquilamente al mar.

-Ah, qu torpes hemos sido! -exclam Nab.

-Eso es precisamente lo que he tenido el honor de deciros -repuso Pencroff.

Ciro Smith haba dado aquella explicacin, que era, sin duda, admisible. Pero estaba perfectamente convencido de su explicacin? No nos atreveramos a asegurarlo.

2. Frecuentaron un despojo til

El 29 de octubre la canoa de corteza de rbol estaba acabada. Pencroff, cumpliendo su promesa, haba construido en cinco das una especie de piragua, cuyo casco tena por cuadernas unas varillas flexibles. Un banco en la popa, otro en medio para mantener el escarpe, un tercero a proa, una regala para sostener los toletes de los remos y una espadilla para gobernar, complementaban esta embarcacin que meda doce pies de larga y pesaba doscientas libras. La operacin de botarla fue sencilla: la llevaron a brazo hasta el litoral delante del Palacio de granito y, cuando subi la marea, qued a flote. Pencroff, que salt dentro inmediatamente, maniobr con la espadilla y se cercior de que servira perfectamente para el uso a que se la destinaba.

-Hurra! -grit el marino, que no se olvid de celebrar as su propio triunfo-. Con esto se podra dar la vuelta

-Al mundo? -pregunt Geden Spilett.

-No, a la isla. Con algunos cantos por lastre, un mstil a proa y el cachito de vela que el seor Smith nos har un da, podremos ir lejos. Ahora bien, seor Ciro, y usted, seor

Spilett, y vosotros, Harbert y Nab, no quieren probar nuestro nuevo buque? Qu diantre! Es preciso ver si puede llevamos a los cinco.

En efecto, haba que hacer este experimento. Pencroff, manejando la espadilla, llev la embarcacin cerca de la playa por un estrecho paso entre dos rocas, y se convino en que aquel mismo da se hara la prueba, siguiendo la orilla hasta la primera punta que terminaban las rocas del sur.

En el momento de embarcarse grit Nab:

-Hace agua tu buque, Pencroff!

-No es nada, Nab -aadi el marino-. Es preciso que la madera se estanque. Dentro de dos das habr menos agua en esta canoa que en el estmago de un borracho. Adelante!

Se embarcaron todos y Pencroff hizo tomar el largo a la canoa. El tiempo era magnfico, el mar tranquilo como si sus aguas hubiesen estado contenidas por las estrechas orillas de un lago, y la piragua poda confiarse a las olas con tanta seguridad como si hubiera remontado la tranquila corriente del ro de la Merced.

Nab tom un remo, Harbert el otro, y Pencroff permaneci a popa de la embarcacin, para dirigirla con la espadilla.

El marino atraves primero el canal y pas rasando la punta sur del islote. Una ligera brisa soplaba del sur; no haba oleaje ni en el canal ni en alta mar; slo algunas largas ondulaciones apenas sensibles para la piragua, que iba muy cargada, hinchaban a intervalos regulares la superficie del mar. Se alejaron una media milla de la costa, de modo que pudiera verse todo el desarrollo del monte Franklin, y despus Pencroff, virando de bordo, volvi hacia la desembocadura del ro.

La piragua sigui la orilla, que, redondendose hasta la punta extrema, ocultaba toda la llanura pantanosa de los Tadornes.

Esta punta, aumentada por la curvatura de la costa, estaba a tres millas del ro de la Merced. Los colonos resolvieron no pasar ms all de lo puramente necesario para obtener una rpida vista del litoral hasta el cabo de la Garra.

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