Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
1 ... 47 48 49 50 51 52 53 54 55 ... 142
Перейти на страницу:

Por un instante Harbert crey� ver una leve humareda subir de la parte oeste, pero una observaci�n m�s atenta le demostr� que se equivocaba. Mir� con cuidado extremo, y su vista era excelente� No, decididamente no hab�a nada.

Baj�, pues, del kauri y los dos cazadores volvieron al Palacio de granito. All� Ciro Smith oy� la relaci�n del joven, movi� la cabeza y guard� silencio. Era evidente que no ser�a posible resolver la cuesti�n sino despu�s de una exploraci�n completa de la isla.

Dos d�as despu�s, el 28 de octubre, se produjo otro incidente cuya explicaci�n insinuaba preocupaci�n.

Paseando por la playa a dos millas del Palacio de granito, Harbert y Nab tuvieron la fortuna de dar con un magn�fico ejemplar del orden de los quelonios. Era una tortuga del g�nero midas, cuyo caparaz�n ofrec�a admirables reflejos verdes. Harbert la vio cuando se met�a entre las rocas para ganar el mar.

-��Aqu�, Nab, aqu�! -exclam�. El negro acudi� y dijo:

-��Hermoso animal!, �pero c�mo haremos para cogerlo?

-�Muy sencillo, Nab -contest� Harbert-. Volveremos esta tortuga boca arriba y no podr� huir. Tome usted su venablo y haga lo que yo.

El reptil, presintiendo el peligro, se hab�a metido en su caparaz�n; no se le ve�an ni la cabeza ni las patas, y se manten�a inm�vil como una roca.

Harbert y Nab introdujeron sus venablos de uno y otro lado, y no sin grande esfuerzo lograron poner el animal patas arriba. La tortuga med�a tres pies de longitud y deb�a pesar m�s de cuatrocientas libras.

-��Bueno! -exclam� Nab-, �qu� alegre sorpresa vamos a dar al amigo Pencroff!

En efecto, el amigo Pencroff no podr�a menos de alegrarse, porque la carne de esas tortugas, que se alimentan de hierbas marinas, es sabros�sima. En aquel momento, �sta no deja entrever m�s que su cabeza peque�a, achatada y bastante desarrollada en la parte posterior a causa de sus grandes fosas temporales, ocultas bajo una b�veda huesosa.

-��Y ahora, qu� haremos de nuestra caza? -dijo Nab-. No podemos llevarla al Palacio de granito.

-�Dej�smola aqu�, puesto que no puede volverse, y vendremos por ella con el carret�n. -Comprendido.

Sin embargo, para mayor precauci�n, Harbert se tom� el cuidado, que Nab consider� superfluo, de calzar al animal con gruesos cantos; hecho lo cual, los dos cazadores volvieron al Palacio de granito siguiendo la playa, que la baja marea dejaba descubierta en una buena extensi�n. Harbert, queriendo dar una sorpresa a Pencroff, no le dijo nada del "soberbio ejemplar de quelonios" que hab�a dejado en la arena; pero dos horas despu�s estaba de vuelta con Nab y el carret�n en el sitio donde lo hab�an dejado. El "soberbio ejemplar de quelonios" no estaba all�.

Nab y Harbert se miraron sorprendidos y despu�s observaron alrededor. Aqu�l era, sin embargo, el sitio donde hab�an dejado la tortuga. El joven encontr� los cantos de que se hab�a servido; por consiguiente, estaba seguro de no haberse enga�ado.

-��Caramba! -exclam� Nab-. �Esos animales saben volverse a su posici�n natural!

-�As� parece -repuso Harbert, que no comprend�a la desaparici�n de la tortuga y contemplaba los cantos esparcidos por la arena. -�No creo que se alegre mucho Pencroff de este acontecimiento!

-�El se�or Smith me parece que tendr� alguna dificultad en explicarlo pens� Harbert.

-�Bueno -repuso Nab, que quer�a ocultar su contrariedad-, no hablemos del asunto. -Al contrario, Nab, hay que hablar de ello -dijo Harbert. Y ambos volvieron con el carret�n al Palacio de granito.

Al llegar al arsenal donde el ingeniero y el marino trabajaban, Harbert refiri� lo que hab�a ocurrido.

-��Ah, torpes! -exclam� el marino-. �Haber dejado escapar por lo menos cincuenta sopas!

-�Pero, Pencroff -dijo Nab-, si el animal se escap� no es culpa nuestra, pues ya te he dicho que lo volvimos patas arriba.

-�Pues no la volver�ais bien -dijo el obstinado marino. -�Vaya si la volvimos! -exclam� Harbert.

Y refiri� el cuidado que hab�a tenido de calzar con cantos el caparaz�n de la tortuga. -Entonces se ha escapado por milagro -replic� Pencroff. -Yo cre�a, se�or Ciro -dijo Harbert-, que las tortugas, una vez vueltas sobre el caparaz�n, no pod�an recobrar su posici�n natural, sobre todo si eran muy grandes. -As� es, hijo m�o -contest� Ciro Smith. -Entonces, �c�mo se explica�?

-��A qu� distancia del mar dejasteis la tortuga? -pregunt� el ingeniero, que, habiendo suspendido su trabajo, reflexionaba sobre aquel incidente.

-�A unos quince pies, al m�ximo -respondi� Harbert. -�Y la marea estaba baja?

-�S�, se�or.

-�Entonces -dijo el ingeniero-, lo que la tortuga no pudo hacer en la arena, lo habr� podido hacer en el agua. Se habr� vuelto al subir la marea y llegado tranquilamente al mar.

-��Ah, qu� torpes hemos sido! -exclam� Nab.

-�Eso es precisamente lo que he tenido el honor de deciros -repuso Pencroff.

Ciro Smith hab�a dado aquella explicaci�n, que era, sin duda, admisible. �Pero estaba perfectamente convencido de su explicaci�n? No nos atrever�amos a asegurarlo.

2. Frecuentaron un despojo �til

El 29 de octubre la canoa de corteza de �rbol estaba acabada. Pencroff, cumpliendo su promesa, hab�a construido en cinco d�as una especie de piragua, cuyo casco ten�a por cuadernas unas varillas flexibles. Un banco en la popa, otro en medio para mantener el escarpe, un tercero a proa, una regala para sostener los toletes de los remos y una espadilla para gobernar, complementaban esta embarcaci�n que med�a doce pies de larga y pesaba doscientas libras. La operaci�n de botarla fue sencilla: la llevaron a brazo hasta el litoral delante del Palacio de granito y, cuando subi� la marea, qued� a flote. Pencroff, que salt� dentro inmediatamente, maniobr� con la espadilla y se cercior� de que servir�a perfectamente para el uso a que se la destinaba.

-��Hurra! -grit� el marino, que no se olvid� de celebrar as� su propio triunfo-. Con esto se podr�a dar la vuelta�

-��Al mundo? -pregunt� Gede�n Spilett.

-�No, a la isla. Con algunos cantos por lastre, un m�stil a proa y el cachito de vela que el se�or Smith nos har� un d�a, podremos ir lejos. Ahora bien, se�or Ciro, y usted, se�or

Spilett, y vosotros, Harbert y Nab, �no quieren probar nuestro nuevo buque? �Qu� diantre! Es preciso ver si puede llevamos a los cinco.

En efecto, hab�a que hacer este experimento. Pencroff, manejando la espadilla, llev� la embarcaci�n cerca de la playa por un estrecho paso entre dos rocas, y se convino en que aquel mismo d�a se har�a la prueba, siguiendo la orilla hasta la primera punta que terminaban las rocas del sur.

En el momento de embarcarse grit� Nab:

-��Hace agua tu buque, Pencroff!

-�No es nada, Nab -a�adi� el marino-. Es preciso que la madera se estanque. Dentro de dos d�as habr� menos agua en esta canoa que en el est�mago de un borracho. �Adelante!

Se embarcaron todos y Pencroff hizo tomar el largo a la canoa. El tiempo era magn�fico, el mar tranquilo como si sus aguas hubiesen estado contenidas por las estrechas orillas de un lago, y la piragua pod�a confiarse a las olas con tanta seguridad como si hubiera remontado la tranquila corriente del r�o de la Merced.

Nab tom� un remo, Harbert el otro, y Pencroff permaneci� a popa de la embarcaci�n, para dirigirla con la espadilla.

El marino atraves� primero el canal y pas� rasando la punta sur del islote. Una ligera brisa soplaba del sur; no hab�a oleaje ni en el canal ni en alta mar; s�lo algunas largas ondulaciones apenas sensibles para la piragua, que iba muy cargada, hinchaban a intervalos regulares la superficie del mar. Se alejaron una media milla de la costa, de modo que pudiera verse todo el desarrollo del monte Franklin, y despu�s Pencroff, virando de bordo, volvi� hacia la desembocadura del r�o.

La piragua sigui� la orilla, que, redonde�ndose hasta la punta extrema, ocultaba toda la llanura pantanosa de los Tadornes.

Esta punta, aumentada por la curvatura de la costa, estaba a tres millas del r�o de la Merced. Los colonos resolvieron no pasar m�s all� de lo puramente necesario para obtener una r�pida vista del litoral hasta el cabo de la Garra.

1 ... 47 48 49 50 51 52 53 54 55 ... 142
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)