La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
-Ese es tambin mi parecer -aadi Ciro Smith-, pues, por desgracia, hay que temer que sean piratas malayos los desembarcados en la isla.
-Seor Ciro -pregunt el marino-, no sera conveniente, antes de salir al descubierto, construir una canoa que nos permitiese o remontar el ro o, en caso contrario, costear la isla? No debemos dejamos coger desprevenidos.
-Ha tenido usted una buena idea, Pencroff -contest el ingeniero-, pero no podemos esperar, y necesitaramos por lo menos un mes para construir una canoa.
-Una verdadera canoa, s -replic el marino-; pero no necesitamos una embarcacin para alta mar, y en cinco das yo me comprometo a hacer una piragua, suficiente para navegar por el ro de la Merced.
-En cinco das -exclam Nab-fabricar un barco? -S, Nab, un bote a la moda india.
-De madera? -pregunt el negro en tono de duda.
-De madera -contest Pencroff-o, mejor dicho, de corteza de rbol. Repito, seor Ciro, que en cinco das tendremos lo que necesitamos.
-Vaya por los cinco das! -dijo el ingeniero. -Pero de aqu a entonces, hay que vivir alerta -dijo Harbert.
-Muy alerta, amigos mos -aadi Ciro-, y por lo mismo les ruego que limiten sus excursiones de caza a las inmediaciones del Palacio de granito.
Termin la comida con menos animacin de lo que Pencroff haba esperado.
As, pues, los colonos no haban sido los primeros ni los nicos habitantes de la isla. Desde el incidente del grano de plomo, ste era un hecho incontestable, y semejante revelacin no poda menos de suscitar viva inquietud en el nimo de los colonos.
Ciro Smith y Geden Spilett, antes de dormirse, hablaron mucho de estas cosas. Se preguntaron si por acaso este incidente tendra conexin con las circunstancias inexplicables de la salvacin del ingeniero y otras particularidades extraas que ya muchas veces les haba chocado. Sin embargo, Ciro Smith, despus de haber discutido el pro y el contra de la cuestin, dijo:
-Bueno, quiere usted saber mi opinin, querido Spilett?
-S, Ciro.
-Pues bien, yo creo que por mucho que busquemos y por minuciosamente que exploremos la isla no encontraremos nada.
A la maana siguiente, Pencroff puso manos a la obra. No se trataba de hacer una canoa con cuadernas y tablones de forro, sino slo un aparato flotante de fondo plano, que sera excelente para navegar por el ro de la Merced, sobre todo cerca de sus fuentes, donde el agua era poco profunda. Trozos de corteza de rbol, unidos uno a otro, deban bastar para formar la ligera embarcacin y, en caso de que por dificultades naturales fuera necesario transportarla a brazo, no ofrecera grandes dificultades. Pencroff contaba formar la sutura de las tiras de corteza con clavos remachados, asegurando as con la perfecta adherencia de unas a otras la completa impermeabilidad del aparato.
Haba que elegir rboles cuya corteza flexible y consistente al mismo tiempo fuese a propsito para el objeto. Precisamente el ltimo huracn haba abatido bastantes douglasias que convenan perfectamente a este gnero de construccin. Varios de estos abetos yacan en el suelo y slo haba que descortezarlos, si bien esto fue lo ms difcil dada la imperfeccin de las herramientas que posean los colonos, pero al fin se logr lo deseado.
Mientras el marino, secundado por el ingeniero, se ocupaba sin perder tiempo en esta tarea, Geden Spilett y Harbert no estuvieron ociosos. Se haban hecho proveedores de la colonia. El periodista no se cansaba de admirar al joven, que haba adquirido una destreza notable en el manejo del arco y del venablo. Harbert mostraba tambin audacia, unida a esa serenidad, que podra llamarse justamente la reflexin del valor. Por lo dems, aunque los dos compaeros de caza, teniendo en cuenta las recomendaciones de Ciro Smith, no salieron de un radio de dos millas alrededor del Palacio de granito, las primeras rampas del bosque daban un tributo suficiente de agutes, de cabiayes, de
canguros, de sanos, etc., y, si las trampas producan poco desde que haba cesado el fro, al menos el conejal daba su contingente acostumbrado, y suficiente por s solo para alimentar a toda la colonia de la isla Lincoln.
Con frecuencia, durante estas caceras, Harbert hablaba con Geden Spilett del incidente del grano de plomo y de las consecuencias que haba sacado el ingeniero. Un da, era el 28 de octubre, le dijo:
-Seor Spilett, no le parece raro que, si han desembarcado algunos nufragos en esta isla, no se les haya visto por las inmediaciones del Palacio de granito?
-Muy raro, si estn aqu todava -contest el periodista-, pero muy natural, si se marcharon.
-De manera que cree que han abandonado la isla?
-Es lo ms probable, porque, si su estancia se hubiera prolongado y sobre todo si estuviesen aqu todava, tarde o temprano, cualquier incidente nos habra dado indicios de su presencia.
-Pero si han podido salir de aqu -observ el joven-, es seal de que no eran nufragos.
-Cierto, Harbert, o por lo menos no eran nufragos provisionales. En efecto, es muy posible que un golpe de viento les haya arrojado a la isla sin obligarlos a dejar su embarcacin, y que una vez calmado el temporal se hayan vuelto a hacer a la mar.
-Hay que confesar una cosa -dijo Harbert-: el seor Smith parece temer, ms que desear, la presencia de seres humanos en nuestra isla.
-As es, y con razn -contest el periodista-, pues no creo que puedan frecuentar estos mares ms que malayos, y esa gente es una compaa que se debe evitar.
-Y no podremos encontrar un da u otro -dijo Harbert-seales de su desembarco, y tal vez obtener bastantes indicios para averiguar la verdad de este punto?
-No digo que no. Un campamento abandonado, una hoguera apagada, pueden ponernos sobre la pista, y eso es lo que buscaremos en nuestra exploracin prxima.
El da en que tenan esta conversacin los dos cazadores, se hallaban en una parte del bosque inmediato al ro de la Merced, y notable por la belleza de sus rboles. Entre ellos se levantaban a una altura de unos doscientos pies del suelo algunas magnficas conferas, a las cuales los indgenas de Nueva Zelanda dan el nombre de kauris.
-Se me ocurre una idea, seor Spilett -dijo Harbert-; si subiera a la cima de uno de esos kauris, creo que podra echar una ojeada por un radio bastante extenso.
-La idea es buena -respondi el corresponsal-; pero podras trepar hasta la copa de uno de esos gigantes?
-Lo intentar -repuso Harbert.
El joven, gil y diestro, se lanz a las primeras ramas, cuya disposicin facilitaba la subida, y en pocos minutos lleg a la cima de un kauri, que sobresala entre la inmensa llanura de verdor formada por las ramas redondeadas de la selva.
Desde aquel punto elevado, la mirada poda extenderse sobre la parte meridional de la isla, desde el cabo de la Garra al sudeste hasta el promontorio del Reptil al sudoeste. Al noroeste se levantaba el monte Franklin, que ocultaba ms de una cuarta parte del horizonte.
Pero Harbert, desde lo alto de su observatorio, poda examinar precisamente toda la parte an desconocida de la isla que haba podido dar o daba en aquel momento asilo a los extranjeros, cuya presencia se sospechaba.
El joven mir con atencin. En el mar, primer objeto que atrajo sus miradas, nada se vea, ni una vela en el horizonte ni en las calas de la isla. Sin embargo, como la frondosidad de los rboles ocultaba el litoral, era posible que hubiera algn buque; sobre todo si estaba desarbolado junto a tierra y por lo tanto invisible para Harbert.
En medio del bosque Far-West tampoco se divisaba nada. Los rboles formaban una cpula impenetrable de muchas millas cuadradas de superficie, sin un claro ni una hendidura. Era imposible seguir el curso del ro de la Merced y ver el punto de la montaa en que naca. Tal vez haba otras corrientes hacia el oeste, pero era imposible desde all averiguarlo.
Pero, al menos, si Harbert no poda observar ningn indicio, no podra sorprender en el aire humo que descubriese la presencia del hombre? La atmsfera estaba pura y el menor vapor se habra destacado sobre el lmpido fondo del cielo.