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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-�Ese es tambi�n mi parecer -a�adi� Ciro Smith-, pues, por desgracia, hay que temer que sean piratas malayos los desembarcados en la isla.

-�Se�or Ciro -pregunt� el marino-, �no ser�a conveniente, antes de salir al descubierto, construir una canoa que nos permitiese o remontar el r�o o, en caso contrario, costear la isla? No debemos dejamos coger desprevenidos.

-�Ha tenido usted una buena idea, Pencroff -contest� el ingeniero-, pero no podemos esperar, y necesitar�amos por lo menos un mes para construir una canoa.

-�Una verdadera canoa, s� -replic� el marino-; pero no necesitamos una embarcaci�n para alta mar, y en cinco d�as yo me comprometo a hacer una piragua, suficiente para navegar por el r�o de la Merced.

-��En cinco d�as -exclam� Nab-fabricar un barco? -S�, Nab, un bote a la moda india.

-��De madera? -pregunt� el negro en tono de duda.

-�De madera -contest� Pencroff-o, mejor dicho, de corteza de �rbol. Repito, se�or Ciro, que en cinco d�as tendremos lo que necesitamos.

-��Vaya por los cinco d�as! -dijo el ingeniero. -Pero de aqu� a entonces, hay que vivir alerta -dijo Harbert.

-�Muy alerta, amigos m�os -a�adi� Ciro-, y por lo mismo les ruego que limiten sus excursiones de caza a las inmediaciones del Palacio de granito.

Termin� la comida con menos animaci�n de lo que Pencroff hab�a esperado.

As�, pues, los colonos no hab�an sido los primeros ni los �nicos habitantes de la isla. Desde el incidente del grano de plomo, �ste era un hecho incontestable, y semejante revelaci�n no pod�a menos de suscitar viva inquietud en el �nimo de los colonos.

Ciro Smith y Gede�n Spilett, antes de dormirse, hablaron mucho de estas cosas. Se preguntaron si por acaso este incidente tendr�a conexi�n con las circunstancias inexplicables de la salvaci�n del ingeniero y otras particularidades extra�as que ya muchas veces les hab�a chocado. Sin embargo, Ciro Smith, despu�s de haber discutido el pro y el contra de la cuesti�n, dijo:

-�Bueno, �quiere usted saber mi opini�n, querido Spilett?

-�S�, Ciro.

-�Pues bien, yo creo que por mucho que busquemos y por minuciosamente que exploremos la isla no encontraremos nada.

A la ma�ana siguiente, Pencroff puso manos a la obra. No se trataba de hacer una canoa con cuadernas y tablones de forro, sino s�lo un aparato flotante de fondo plano, que ser�a excelente para navegar por el r�o de la Merced, sobre todo cerca de sus fuentes, donde el agua era poco profunda. Trozos de corteza de �rbol, unidos uno a otro, deb�an bastar para formar la ligera embarcaci�n y, en caso de que por dificultades naturales fuera necesario transportarla a brazo, no ofrecer�a grandes dificultades. Pencroff contaba formar la sutura de las tiras de corteza con clavos remachados, asegurando as� con la perfecta adherencia de unas a otras la completa impermeabilidad del aparato.

Hab�a que elegir �rboles cuya corteza flexible y consistente al mismo tiempo fuese a prop�sito para el objeto. Precisamente el �ltimo hurac�n hab�a abatido bastantes douglasias que conven�an perfectamente a este g�nero de construcci�n. Varios de estos abetos yac�an en el suelo y s�lo hab�a que descortezarlos, si bien esto fue lo m�s dif�cil dada la imperfecci�n de las herramientas que pose�an los colonos, pero al fin se logr� lo deseado.

Mientras el marino, secundado por el ingeniero, se ocupaba sin perder tiempo en esta tarea, Gede�n Spilett y Harbert no estuvieron ociosos. Se hab�an hecho proveedores de la colonia. El periodista no se cansaba de admirar al joven, que hab�a adquirido una destreza notable en el manejo del arco y del venablo. Harbert mostraba tambi�n audacia, unida a esa serenidad, que podr�a llamarse justamente la reflexi�n del valor. Por lo dem�s, aunque los dos compa�eros de caza, teniendo en cuenta las recomendaciones de Ciro Smith, no salieron de un radio de dos millas alrededor del Palacio de granito, las primeras rampas del bosque daban un tributo suficiente de agut�es, de cabiayes, de

canguros, de sa�nos, etc., y, si las trampas produc�an poco desde que hab�a cesado el fr�o, al menos el conejal daba su contingente acostumbrado, y suficiente por s� solo para alimentar a toda la colonia de la isla Lincoln.

Con frecuencia, durante estas cacer�as, Harbert hablaba con Gede�n Spilett del incidente del grano de plomo y de las consecuencias que hab�a sacado el ingeniero. Un d�a, era el 28 de octubre, le dijo:

-�Se�or Spilett, �no le parece raro que, si han desembarcado algunos n�ufragos en esta isla, no se les haya visto por las inmediaciones del Palacio de granito?

-�Muy raro, si est�n aqu� todav�a -contest� el periodista-, pero muy natural, si se marcharon.

-��De manera que cree que han abandonado la isla?

-�Es lo m�s probable, porque, si su estancia se hubiera prolongado y sobre todo si estuviesen aqu� todav�a, tarde o temprano, cualquier incidente nos habr�a dado indicios de su presencia.

-�Pero si han podido salir de aqu� -observ� el joven-, es se�al de que no eran n�ufragos.

-�Cierto, Harbert, o por lo menos no eran n�ufragos provisionales. En efecto, es muy posible que un golpe de viento les haya arrojado a la isla sin obligarlos a dejar su embarcaci�n, y que una vez calmado el temporal se hayan vuelto a hacer a la mar.

-�Hay que confesar una cosa -dijo Harbert-: el se�or Smith parece temer, m�s que desear, la presencia de seres humanos en nuestra isla.

-�As� es, y con raz�n -contest� el periodista-, pues no creo que puedan frecuentar estos mares m�s que malayos, y esa gente es una compa��a que se debe evitar.

-��Y no podremos encontrar un d�a u otro -dijo Harbert-se�ales de su desembarco, y tal vez obtener bastantes indicios para averiguar la verdad de este punto?

-�No digo que no. Un campamento abandonado, una hoguera apagada, pueden ponernos sobre la pista, y eso es lo que buscaremos en nuestra exploraci�n pr�xima.

El d�a en que ten�an esta conversaci�n los dos cazadores, se hallaban en una parte del bosque inmediato al r�o de la Merced, y notable por la belleza de sus �rboles. Entre ellos se levantaban a una altura de unos doscientos pies del suelo algunas magn�ficas con�feras, a las cuales los ind�genas de Nueva Zelanda dan el nombre de kauris.

-�Se me ocurre una idea, se�or Spilett -dijo Harbert-; si subiera a la cima de uno de esos kauris, creo que podr�a echar una ojeada por un radio bastante extenso.

-�La idea es buena -respondi� el corresponsal-; pero �podr�as trepar hasta la copa de uno de esos gigantes?

-�Lo intentar� -repuso Harbert.

El joven, �gil y diestro, se lanz� a las primeras ramas, cuya disposici�n facilitaba la subida, y en pocos minutos lleg� a la cima de un kauri, que sobresal�a entre la inmensa llanura de verdor formada por las ramas redondeadas de la selva.

Desde aquel punto elevado, la mirada pod�a extenderse sobre la parte meridional de la isla, desde el cabo de la Garra al sudeste hasta el promontorio del Reptil al sudoeste. Al noroeste se levantaba el monte Franklin, que ocultaba m�s de una cuarta parte del horizonte.

Pero Harbert, desde lo alto de su observatorio, pod�a examinar precisamente toda la parte a�n desconocida de la isla que hab�a podido dar o daba en aquel momento asilo a los extranjeros, cuya presencia se sospechaba.

El joven mir� con atenci�n. En el mar, primer objeto que atrajo sus miradas, nada se ve�a, ni una vela en el horizonte ni en las calas de la isla. Sin embargo, como la frondosidad de los �rboles ocultaba el litoral, era posible que hubiera alg�n buque; sobre todo si estaba desarbolado junto a tierra y por lo tanto invisible para Harbert.

En medio del bosque Far-West tampoco se divisaba nada. Los �rboles formaban una c�pula impenetrable de muchas millas cuadradas de superficie, sin un claro ni una hendidura. Era imposible seguir el curso del r�o de la Merced y ver el punto de la monta�a en que nac�a. Tal vez hab�a otras corrientes hacia el oeste, pero era imposible desde all� averiguarlo.

Pero, al menos, si Harbert no pod�a observar ning�n indicio, �no podr�a sorprender en el aire humo que descubriese la presencia del hombre? La atm�sfera estaba pura y el menor vapor se habr�a destacado sobre el l�mpido fondo del cielo.

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