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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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No hab�a sido in�til renovar la provisi�n de combustible� Los colonos ten�an que sufrir a�n fr�os muy rigurosos. Sabido es que en el hemisferio boreal el mes de febrero se se�ala generalmente por un descenso de temperatura; y lo mismo deb�a suceder en el hemisferio austral a finales de agosto, que es el febrero de Am�rica del Norte. La isla Lincoln no se libr� de esta ley climatol�gica.

Hacia el 25, despu�s de una nueva alternativa de nieve y de lluvia, el viento salt� al sudeste y el fr�o se hizo intenso. Seg�n los c�lculos del ingeniero, la columna mercurial de un term�metro Fahrenheit no hubiera marcado menos de ocho grados bajo cero (220 22' cent�grados bajo cero), y esta intensidad de fr�o que un viento agudo hac�a m�s doloroso, se mantuvo por espacio de muchos d�as. Los colonos debieron encerrarse de nuevo en el Palacio de granito y, como fue preciso obstruir herm�ticamente todas las aberturas de la fachada, no dejando m�s que el paso puramente necesario para la renovaci�n del aire, el consumo de buj�as fue grande. Para economizarlas, los colonos se limitaron con frecuencia a alumbrarse con la llama de los hogares, donde no se economizaba el combustible. Muchas veces uno u otro bajaron a la playa entre los t�mpanos de hielo que el flujo arrojaba a cada marea, pero pronto sub�an al Palacio de granito, y no sin trabajo ni sin dolor pod�an sus manos asir los montantes de la escala. En aquel fr�o intenso los escalones quemaban los dedos.

Fue preciso otra vez ocupar los ocios del retiro forzoso dentro del Palacio. Ciro Smith emprendi� entonces una operaci�n que pod�a practicarse a puerta cerrada.

Ya sabemos que los colonos no ten�an a su disposici�n m�s az�car que aquella sustancia l�quida del arce, haciendo en el �rbol incisiones profundas. Bast�bales, pues, recoger en vasos el licor que los �rboles destilaban y en tal estado lo empleaban en

diversos usos culinarios, tanto m�s f�cilmente cuanto que con el tiempo el licor tend�a a volverse blanco y a tomar una consistencia de jarabe.

Pero todav�a hab�a algo m�s que hacer. Un d�a Ciro Smith anunci� a sus compa�eros que se iban a transformar en refinadores de az�car.

-��Refinadores! -intervino Pencroff-. �Me parece que �se es un oficio un poco c�lido!

-��Muy c�lido! -dijo el ingeniero.

-�Entonces ser� propio de la estaci�n -replic� el marino.

La palabra "refinaci�n" no debe despertar en el �nimo de los lectores el recuerdo de esas f�bricas llenas de m�quinas y obreros. No. Para cristalizar aquel licor bastaba depurarlo mediante una operaci�n muy sencilla. Puesto al fuego en grandes recipientes de barro, se le someti� a cierta evaporaci�n, y pronto subi� una espuma a la superficie. Cuando esta espuma comenz� a espesarse, Nab tuvo cuidado de removerla con una esp�tula e impedir al mismo tiempo que adquiriese un sabor empireum�tico. Tras algunas horas de ebullici�n a fuego vivo, tan favorable para los operadores como para la sustancia operada, �sta se transform� en un jarabe espeso. Aquel jarabe fue depositado en moldes de barro, previamente fabricados en el horno mismo de la cocina y a los cuales se hab�an dado formas diversas. Al d�a siguiente aquel jarabe enfriado formaba panes y tablillas. Era az�car de color un poco rojo, pero casi transparente y de buen sabor.

El fr�o continu� hasta mediados de septiembre y los prisioneros del Palacio de granito comenzaban a encontrar demasiado largo su cautiverio. Casi todos los d�as intentaban alguna salida, que no pod�a prolongarse mucho. Trabajaban, pues, constantemente en el arreglo de la casa y conversaban durante el trabajo. Ciro Smith instru�a a sus compa�eros en todo y les explicaba principalmente las aplicaciones pr�cticas de la ciencia. Los colonos no ten�an biblioteca, pero el ingeniero era un libro vivo, siempre dispuesto y siempre abierto en la p�gina que cada cual necesitaba. Un libro que les resolv�a todas las cuestiones y que con frecuencia era hojeado por todos. As� pasaba el tiempo y los honrados colonos no parec�a que deb�an temer el porvenir.

Sin embargo, la prisi�n que sufr�an les impacientaba demasiado y todos ten�an ansias de volver a ver, si no la hermosa primavera, al menos el final de aquel fr�o insoportable. � Si por ventura hubieran tenido vestidos de abrigo para poder afrontarlo! �Qu� excursiones no habr�an intentado a las dunas, al pantano de los Tadornes! La caza deb�a ser f�cil y hubiera sido fructuosa sin duda alguna. Pero Ciro Smith no quer�a que nadie comprometiese su salud, porque necesitaba de todos los brazos, y sus consejos fueron seguidos.

El m�s impaciente de los prisioneros, despu�s de Pencroff, se entiende, era Top. El fiel perro encontraba muy estrecho para �l el Palacio de granito. Iba y ven�a de un cuarto a otro y manifestaba a su manera el aburrimiento que le causaba el hallarse acuartelado.

Ciro Smith observ� con frecuencia que, cuando se acercaba a aquel pozo oscuro, que estaba en comunicaci�n con el mar y cuyo orificio se abr�a a un extremo del almac�n, lanzaba gru�idos singulares, dando vueltas alrededor de aquella abertura que estaba tapada por unas tablas. Algunas veces trataba de introducir sus patas debajo de la tapa como si hubiera querido levantarla y gru��a entonces de un modo particular, que indicaba al mismo tiempo c�lera e inquietud.

El ingeniero observ� muchas veces aquellas maniobras del perro. �Qu� hab�a en aquel abismo que pudiera impresionar hasta tal punto al inteligente animal? El pozo terminaba en el mar, esto era indudable. �Se ramificaba por estrechos canales? �Estaba en comunicaci�n con otra cavidad interior? �Vendr�a de cuando en cuando alg�n monstruo marino a respirar en el fondo de aquel pozo? El ingeniero no sab�a qu� pensar y no

pod�a menos de meditar sobre las complicaciones extra�as que pudieran sobrevenir. Acostumbrado a adelantarse por el terreno de las realidades cient�ficas, no pod�a sobreponerse a aquel movimiento que le arrastraba el dominio de lo extra�o y casi de lo sobrenatural. �Pero c�mo explicarse que Top, uno de esos perros sensatos que jam�s han perdido su tiempo en ladrar a la luna, se obstinase en sondear con el olfato y el o�do aquel abismo si nada pasaba en �l que debiera despertar su inquietud? La conducta de Top intrigaba a Ciro Smith m�s de lo que �l mismo supon�a. Pero el ingeniero no comunic� sus impresiones nada m�s que a Gedeon Spilett, creyendo in�til iniciar a sus compa�eros en las reflexiones involuntarias que le obligaba a hacer aquel capricho de Top.

Por fin, cesaron los fr�os. Hubo nubes, vientos mezclados de nieve, nubarrones, r�fagas de aire puro, pero de corta duraci�n. El hielo se hab�a disuelto, la nieve se hab�a fundido, la playa, la meseta, la orilla del r�o de la Merced y el bosque volvieron a ser transitables. La vuelta de la primavera llen� de satisfacci�n a los hu�spedes del Palacio de granito y pronto se limitaron a pasar en �l tan s�lo las horas de sue�o y de la comida.

En la segunda mitad de septiembre cazaron mucho, lo cual indujo a Pencroff a reclamar con nueva insistencia las armas de fuego, que, seg�n dec�a, le hab�a prometido Smith. El ingeniero, sabiendo perfectamente que sin instrumentos especiales le ser�a casi imposible construir un fusil que pudiera prestar alg�n servicio, aplazaba siempre la operaci�n para m�s adelante. Por otra parte, les advert�a que Harbert y Gede�n Spilett se hab�an hecho h�biles arqueros; que, de todos modos, excelentes animales como agut�es, canguros, cabiayes, palomas, avutardas, patos y cercetas, en fin, caza de pelo o caza de pluma, ca�an al impulso de sus flechas, y que, por consiguiente, bien pod�a esperarse ocasi�n m�s oportuna. Pero el obstinado marino no entend�a de reflexiones y no dejaba de importunar al ingeniero para que satisficiese su deseo. El mismo Gede�n Spilett apoyaba a Pencroff en esto, diciendo:

-�Si la isla, como es de sospechar, contiene animales feroces, es necesario pensar en combatirlos y exterminarlos. Puede llegar un momento en que �se sea nuestro primer deber.

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