La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Pero entonces la cuestin de las armas de fuego no ocupaba la mente de Ciro Smith, le preocupaban los vestidos. Los que llevaban los colonos haban pasado el invierno, pero no podan durar hasta el invierno prximo. Haba que proporcionarse a toda costa pieles de carnvoros o lana de rumiantes; y puesto que no faltaban muflas, convena pensar en los medios de formar un rebao para las necesidades de la colonia. Un recinto destinado a los animales domsticos, un corral para los voltiles, en una palabra, una especie de granja establecida en cualquier punto de la isla, deberan ser los dos proyectos importantes en cuya ejecucin se ocuparan durante la buena estacin.
Por consiguiente, para llevar a cabo la idea de estos futuros establecimientos, era urgente emprender un reconocimiento de toda la parte ignorada de la isla Lincoln, es decir, de aquellas grandes selvas que se extendan a la derecha del ro de la Merced, desde su desembocadura hasta el extremo de la pennsula Serpentina, lo mismo que toda la costa occidental. Pero era preciso que el tiempo estuviese asegurado y todava deba transcurrir un mes antes de que pudiera emprenderse tilmente la expedicin.
Esperaban con impaciencia, cuando ocurri un incidente que vino, a excitar ms el deseo que tenan los colonos de visitar completamente su dominio.
Era el 14 de octubre. Aquel da Pencroff haba ido a visitar las trampas, que tena siempre convenientemente cebadas, y en una de ellas encontr tres animales, que entraran en la despensa como llovidos del cielo. Eran una hembra de sano y sus dos lechoncillos.
Pencroff volvi, pues, al Palacio de granito satisfecho de su captura, y, como siempre, hizo gran ostentacin de su caza.
-Vamos! Hoy haremos una suculenta comida, seor Ciro -exclam-, y usted, seor Spilett, participar de ella.
-Con mucho gusto -dijo el corresponsal-. Pero qu es lo que vamos a comer?
-Lechoncillo.
-Lechoncillo, Pencroff? Al orle a usted, cre que nos traa una perdiz con trufas. -Cmo! Hara usted ascos al lechn?
-No -repuso Geden Spilett, sin mostrar ningn entusiasmo-, y con tal que no se abuse de ese manjar
-Bueno, bueno, seor periodista -dijo el marino, a quien no gustaba que despreciasen su caza-, veo que se hace usted el melindroso. Hace siete meses, cuando desembarcamos en esta isla, se habra tenido usted por dichoso encontrando una cabeza semejante.
-Qu le vamos a hacer! -exclam Geden-. El hombre jams es perfecto y nunca est contento.
-En fin -repuso Pencroff-, espero que Nab se lucir. Vean ustedes: estos dos sanos pequeos apenas tienen tres meses de edad, estarn tan tiernos como codornices. Vamos, Nab, vamos, yo mismo vigilar la cocina.
Y el marino entr en la cocina, absorbindose en seguida en sus tareas culinarias.
Le dejaron que se arreglase a su modo. Nab y l prepararon una comida magnfica compuesta de los dos sanos, de una sopa de canguro, un jamn ahumado, piones, bebida de drago, t de Oswego y de todo lo mejor que haba en la despensa, pero entre todos los platos deban figurar en primer trmino los sabrosos sanos en estofado.
A las cinco se sirvi la comida en la sala del Palacio de granito. La sopa de canguro humeaba sobre la mesa y todos la hallaron excelente. A la sopa sucedieron los sanos, que Pencroff quiso trinchar por s mismo, y de los cuales sirvi porciones monstruosas a cada uno de los comensales. Los lechoncillos estaban verdaderamente deliciosos, y Pencroff devoraba su parte con glotonera, cuando de repente dej escapar un grito y un taco.
-Qu pasa? -pregunt Ciro Smith.
-Ay, Ay, acabo de romperme una muela! -contest el marino. -Cmo? Tienen piedras los sanos que usted caza? -dijo Geden Spilett. -Habr que creerlo -aadi Pencroff sacando de la boca el objeto que le haba costado una muela. No era una piedra, sino un grano de plomo.
II. EL ABANDONADO
1. Sntoma de que estn acompaados
Haban transcurrido siete meses justos desde que los pasajeros del globo haban sido arrojados a la isla Lincoln. Desde entonces, todas las investigaciones hechas no haban dado como resultado el descubrir ningn ser humano. El humo tampoco haba dado indicio de la presencia del hombre en la superficie de la isla: ni un producto de trabajo manual haba ofrecido testimonio alguno de su paso en ninguna poca prxima ni remota. La isla, no slo pareca no habitada, sino que deba creerse que no lo haba estado nunca. Pero, a la sazn, todo este cmulo de deducciones desapareca ante un simple grano de plomo, hallado en el cuerpo de un inofensivo roedor.
En efecto, aquel plomo haba salido de un arma de fuego, y quin ms que un ser humano habra podido disparar?
Cuando Pencroff puso el grano de plomo sobre la mesa, sus compaeros lo miraron con profundo asombro. Las consecuencias de aquel incidente, considerable a pesar de su
apariencia insignificante, cruzaron rpidamente por su imaginacin. La aparicin de un ser sobrenatural no les habra impresionado ms.
Ciro Smith no vacil en formular desde el primer momento la hiptesis de aquel suceso tan sorprendente como inesperado. Tom el grano de plomo, lo volvi y revolvi en la mano, lo palp entre el ndice y el pulgar, y despus, dirigindose a Pencroff, dijo:
-Est seguro de que el sano herido por este grano de plomo apenas poda tener tres meses?
-Apenas, seor Ciro. Mamaba todava a los pechos de su madre, cuando lo encontr en la trampa.
-En ese caso -dijo el ingeniero-, tenemos la prueba de que hace, al mximo, tres meses, se ha disparado un tiro de fusil en la isla Lincoln.
-Y que un grano de plomo -aadi Geden Spilett-ha herido, aunque no mortalmente, a este animalito.
-Es indudable -repuso Ciro Smith-; y de este incidente debemos deducir las siguientes consecuencias: o la isla estaba habitada antes de que nosotros llegsemos, o algunos hombres han desembarcado hace no ms de tres meses. Esos hombres, han llegado voluntaria o involuntariamente, por haber tomado tierra o por haber sido arrojados a ella en un naufragio? Este punto no podr ser dilucidado hasta ms adelante. Tampoco podemos saber si son europeos o malayos, amigos o enemigos de nuestra raza; ni podemos adivinar si habitan todava en la isla o se han marchado ya de ella. Pero estas cuestiones nos interesan demasiado para que permanezcamos mucho tiempo en la incertidumbre.
-No, cien veces no, mil veces no! -exclam el marino levantndose de la mesa-. No hay ms hombres que nosotros en la isla Lincoln. Qu diablo! No es tan grande y, si estuviese habitada, ya habramos visto algn habitante.
-Lo contrario sera muy raro -dijo Harbert.
-Pero todava sera ms raro -repuso Geden Spilett-que este sano hubiese nacido con un perdign de plomo en el cuerpo. -A no ser -dijo seriamente Nab-que Pencroff tuviera
-Qu ests diciendo, Nab? Tendra yo, por ventura, sin saberlo, un grano de plomo en las mandbulas? Y dnde podra haberse ocultado por espacio de siete meses? -aadi abriendo la boca para ensear los magnficos treinta y dos dientes que la guarnecan-. Mira bien, Nab, y, si encuentras un diente hueco en esta dentadura, te permito que me arranques una docena.
-La hiptesis de Nab es inadmisible -respondi Ciro Smith, que, a pesar de la seriedad de los pensamientos que lo agitaban, no pudo contener una sonrisa-. Es indudable que en estos ltimos tres meses se ha disparado un tiro de fusil en la isla; pero me inclino a creer que los hombres, cualesquiera que sean, que han tomado tierra en esta costa, o son recin venidos o no han hecho ms que una corta estancia en ella; porque, si, cuando explorbamos el monte Franklin, hubiera estado habitada, nos habran visto o nosotros les habramos visto a ellos. Es probable que en una de las semanas anteriores alguna tempestad, seguida de naufragio, haya arrojado a los nufragos a la costa. De todos modos, nos importa poner en claro lo sucedido.
-Me parece que debemos obrar con prudencia -dijo el periodista.