La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
-�Mi querido Ciro -respondi� Gede�n Spilett-, esas teor�as son para m� profec�as y creo que se cumplir�n con el tiempo.
-�Ese es el secreto de Dios -dijo el ingeniero.
-�Todo esto est� muy bien -interrumpi� Pencroff, que hab�a escuchado con atenci�n-, �pero podr�a usted decirme, se�or Ciro, si la isla Lincoln ha sido construida por infusorios?
-�No -contest� Ciro Smith-, es de origen volc�nico. -Entonces, �desaparecer� alg�n d�a? -Es probable.
-�Espero que para entonces no estemos aqu�.
-�No estaremos, tranquil�cese, Pencroff, porque no tenemos ning�n deseo de morir en ella y acabaremos por encontrar un medio de abandonarla.
-�Entretanto -dijo Gede�n Spilett-, instal�monos aqu� como para una eternidad. Las cosas no deben hacerse a medias.
Aqu� termin� la conversaci�n y al mismo tiempo el almuerzo. Continu� la exploraci�n y los colonos llegaron al lugar donde comenzaba la regi�n pantanosa.
Era un verdadero pantano, cuya extensi�n hasta la costa circular, que terminaba la isla al sudeste, podr�a ser de veinte millas cuadradas. El suelo estaba formado de un barro arcillosil�ceo, mezclado con muchos restos vegetales. Conferv�ceas, juncos, c�rices, ac� y all� algunas capas de hierba, espesas como una tupida alfombra, cubr�an el terreno; charcos helados brillaban a los rayos del sol en muchos parajes. Ni la lluvia, ni las crecidas de ning�n r�o hab�an podido formar aquellos dep�sitos de agua; de donde deb�a deducirse que el pantano estaba alimentado por las filtraciones del suelo. Era tambi�n de temer que el aire, durante el calor, se cargase en sus inmediaciones de los miasmas que engendran las fiebres pal�dicas.
Sobre las hierbas acu�ticas y sobre la superficie de las aguas estancadas revoloteaban una infinidad de aves. Cazadores habituados a tales parajes pantanosos no habr�an podido perder all� ni un solo tiro. Los patos silvestres, las cercetas, las becasinas, las
abubillas, viv�an a bandadas y eran tan poco t�midas, que dejaban a los cazadores f�cilmente acercarse.
Una perdigonada habr�a matado una docena de aquellas aves. Fue preciso, sin embargo, contentarse con abatirlas a flechazos. El resultado fue menor, pero la flecha ten�a la ventaja de no espantar a las aves, mientras que la detonaci�n de arma de fuego las habr�a hecho huir de todos los puntos del pantano. Los cazadores se contentaron, por esta vez, con una docena de patos de cuerpo blanco, rodeado de un cintur�n de color canela, cabeza verde, alas negras, blancas y rojas y pico achatado, a los cuales Harbert dio el nombre de tadornes.
Top concurri� diestramente a su captura y aquella parte pantanosa de la isla recibi� el nombre de los vol�tiles encontrados en ella.
Los colonos ten�an, pues, una abundante reserva de caza acu�tica; y, cuando llegase el tiempo oportuno, hab�a que explotarla convenientemente, siendo adem�s probable que muchas especies de aquellas aves pudieran, ya que no domesticarse, por lo menos aclimatarse en las cercan�as del lago, lo cual las pondr�a m�s directamente al alcance de su mano.
Hacia las cinco de la tarde, Ciro Smith y sus compa�eros tomaron el camino de vuelta y atravesaron el pantano de los Tadornes, repasando el r�o de la Merced, por el puente de hielo.
A las ocho de la noche todos estaban ya en el Palacio de granito.
22. Pasa el invierno y salen de su Palacio de granito
Aquellos fr�os intensos duraron hasta el 15 de agosto, sin traspasar el m�nimo de grados Fahrenheit observado hasta entonces. Cuando la atm�sfera estaba tranquila, los colonos soportaban f�cilmente aquella temperatura baja; pero, cuando soplaba el viento, les molestaba, por la reducida vestimenta. Pencroff se lamentaba de que la isla Lincoln no diera asilo a algunas familias de osos, con preferencia a las zorras o a las focas, cuya piel no le serv�a mucho.
-�Los osos -dec�a-van generalmente bien vestidos y yo me alegrar�a mucho de tomarles prestado para el invierno el abrigo que llevan en el cuerpo.
-�Pero -a�adi� Nab, ri�ndose-quiz� los osos no consentir�an, Pencroff, en darte su abrigo. No creo yo que esos animales sean imitadores de San Mart�n.
-�Ya les obligar�amos, Nab -repuso Pencroff en tono completamente autoritario.
Pero aquellos formidables carn�voros no exist�an en la isla o por lo menos no se hab�an dejado ver hasta entonces.
Harbert, Pencroff y Spilett se ocuparon, sin embargo, en establecer trampas en la meseta de la Gran Vista y en los alrededores del bosque. Seg�n la opini�n del marino, todo animal, cualquiera que fuese, ser�a buena presa, y roedores o carn�voros que estrenaran los nuevos lazos ser�an bien recibidos en el Palacio de granito.
Aquellas trampas eran muy sencillas: se compon�an de hoyos abiertos en el suelo y cubiertos de ramas y hierba, que disimulaban el orificio, en cuyo fondo hab�a alg�n cebo, cuyo olor pudiese atraer a los animales. Debemos decir tambi�n que no se hab�an abierto al acaso, sino en ciertos sitios, donde las huellas de cuadr�pedos anunciaban el frecuente paso de animales. Todos los d�as eran visitadas, y por tres veces durante los primeros d�as se encontraron ejemplares de aquellos culpeos descubiertos en la orilla derecha del r�o de la Merced.
-��C�spita! �No hay m�s que zorras en este pa�s! -exclam� Pencroff la tercera vez que sac� una del hoyo donde estaba encerrada-. �Animales que no sirven para nada! -Se equivoca usted -dijo Gede�n Spilett-. Sirven para algo.
-��Y para qu�?
-�Nos servir�n de cebo para atraer a otros.
El corresponsal ten�a raz�n y las trampas fueron cebadas desde entonces con aquellos cad�veres de zorras.
El marino hab�a fabricado tambi�n lazos, empleando las fibras de juncos, los cuales dieron mejor resultado que las trampas. Era raro que pasase d�a sin que cayera en aquellos lazos alg�n conejo del sotillo. Era siempre conejo lo que com�an, es verdad, pero Nab sab�a variar las salsas, y los colonos no pensaban quejarse.
Sin embargo, una o dos veces en la segunda semana de agosto, los lazos proporcionaron a los cazadores animales distintos de los culpeos y m�s �tiles, como fueron algunos jabal�es vistos ya en el norte del lago. Pencroff no tuvo necesidad de preguntar si aquellos animales eran comestibles: se comprend�a perfectamente que lo eran en vista de su semejanza con el cerdo de Am�rica o de Europa.
-�Pero �stos no son cerdos -dijo Harbert-, te lo prevengo, Pencroff.
-�Muchacho -repuso el marino inclin�ndose sobre la trampa y sacando por el peque�o ap�ndice que le serv�a de rabo a uno de aquellos representantes de la familia de los suideos-, d�jame creer que lo son. -�Por qu�?