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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-Mi querido Ciro -respondi Geden Spilett-, esas teoras son para m profecas y creo que se cumplirn con el tiempo.

-Ese es el secreto de Dios -dijo el ingeniero.

-Todo esto est muy bien -interrumpi Pencroff, que haba escuchado con atencin-, pero podra usted decirme, seor Ciro, si la isla Lincoln ha sido construida por infusorios?

-No -contest Ciro Smith-, es de origen volcnico. -Entonces, desaparecer algn da? -Es probable.

-Espero que para entonces no estemos aqu.

-No estaremos, tranquilcese, Pencroff, porque no tenemos ningn deseo de morir en ella y acabaremos por encontrar un medio de abandonarla.

-Entretanto -dijo Geden Spilett-, instalmonos aqu como para una eternidad. Las cosas no deben hacerse a medias.

Aqu termin la conversacin y al mismo tiempo el almuerzo. Continu la exploracin y los colonos llegaron al lugar donde comenzaba la regin pantanosa.

Era un verdadero pantano, cuya extensin hasta la costa circular, que terminaba la isla al sudeste, podra ser de veinte millas cuadradas. El suelo estaba formado de un barro arcillosilceo, mezclado con muchos restos vegetales. Confervceas, juncos, crices, ac y all algunas capas de hierba, espesas como una tupida alfombra, cubran el terreno; charcos helados brillaban a los rayos del sol en muchos parajes. Ni la lluvia, ni las crecidas de ningn ro haban podido formar aquellos depsitos de agua; de donde deba deducirse que el pantano estaba alimentado por las filtraciones del suelo. Era tambin de temer que el aire, durante el calor, se cargase en sus inmediaciones de los miasmas que engendran las fiebres paldicas.

Sobre las hierbas acuticas y sobre la superficie de las aguas estancadas revoloteaban una infinidad de aves. Cazadores habituados a tales parajes pantanosos no habran podido perder all ni un solo tiro. Los patos silvestres, las cercetas, las becasinas, las

abubillas, vivan a bandadas y eran tan poco tmidas, que dejaban a los cazadores fcilmente acercarse.

Una perdigonada habra matado una docena de aquellas aves. Fue preciso, sin embargo, contentarse con abatirlas a flechazos. El resultado fue menor, pero la flecha tena la ventaja de no espantar a las aves, mientras que la detonacin de arma de fuego las habra hecho huir de todos los puntos del pantano. Los cazadores se contentaron, por esta vez, con una docena de patos de cuerpo blanco, rodeado de un cinturn de color canela, cabeza verde, alas negras, blancas y rojas y pico achatado, a los cuales Harbert dio el nombre de tadornes.

Top concurri diestramente a su captura y aquella parte pantanosa de la isla recibi el nombre de los voltiles encontrados en ella.

Los colonos tenan, pues, una abundante reserva de caza acutica; y, cuando llegase el tiempo oportuno, haba que explotarla convenientemente, siendo adems probable que muchas especies de aquellas aves pudieran, ya que no domesticarse, por lo menos aclimatarse en las cercanas del lago, lo cual las pondra ms directamente al alcance de su mano.

Hacia las cinco de la tarde, Ciro Smith y sus compaeros tomaron el camino de vuelta y atravesaron el pantano de los Tadornes, repasando el ro de la Merced, por el puente de hielo.

A las ocho de la noche todos estaban ya en el Palacio de granito.

22. Pasa el invierno y salen de su Palacio de granito

Aquellos fros intensos duraron hasta el 15 de agosto, sin traspasar el mnimo de grados Fahrenheit observado hasta entonces. Cuando la atmsfera estaba tranquila, los colonos soportaban fcilmente aquella temperatura baja; pero, cuando soplaba el viento, les molestaba, por la reducida vestimenta. Pencroff se lamentaba de que la isla Lincoln no diera asilo a algunas familias de osos, con preferencia a las zorras o a las focas, cuya piel no le serva mucho.

-Los osos -deca-van generalmente bien vestidos y yo me alegrara mucho de tomarles prestado para el invierno el abrigo que llevan en el cuerpo.

-Pero -aadi Nab, rindose-quiz los osos no consentiran, Pencroff, en darte su abrigo. No creo yo que esos animales sean imitadores de San Martn.

-Ya les obligaramos, Nab -repuso Pencroff en tono completamente autoritario.

Pero aquellos formidables carnvoros no existan en la isla o por lo menos no se haban dejado ver hasta entonces.

Harbert, Pencroff y Spilett se ocuparon, sin embargo, en establecer trampas en la meseta de la Gran Vista y en los alrededores del bosque. Segn la opinin del marino, todo animal, cualquiera que fuese, sera buena presa, y roedores o carnvoros que estrenaran los nuevos lazos seran bien recibidos en el Palacio de granito.

Aquellas trampas eran muy sencillas: se componan de hoyos abiertos en el suelo y cubiertos de ramas y hierba, que disimulaban el orificio, en cuyo fondo haba algn cebo, cuyo olor pudiese atraer a los animales. Debemos decir tambin que no se haban abierto al acaso, sino en ciertos sitios, donde las huellas de cuadrpedos anunciaban el frecuente paso de animales. Todos los das eran visitadas, y por tres veces durante los primeros das se encontraron ejemplares de aquellos culpeos descubiertos en la orilla derecha del ro de la Merced.

-Cspita! No hay ms que zorras en este pas! -exclam Pencroff la tercera vez que sac una del hoyo donde estaba encerrada-. Animales que no sirven para nada! -Se equivoca usted -dijo Geden Spilett-. Sirven para algo.

-Y para qu?

-Nos servirn de cebo para atraer a otros.

El corresponsal tena razn y las trampas fueron cebadas desde entonces con aquellos cadveres de zorras.

El marino haba fabricado tambin lazos, empleando las fibras de juncos, los cuales dieron mejor resultado que las trampas. Era raro que pasase da sin que cayera en aquellos lazos algn conejo del sotillo. Era siempre conejo lo que coman, es verdad, pero Nab saba variar las salsas, y los colonos no pensaban quejarse.

Sin embargo, una o dos veces en la segunda semana de agosto, los lazos proporcionaron a los cazadores animales distintos de los culpeos y ms tiles, como fueron algunos jabales vistos ya en el norte del lago. Pencroff no tuvo necesidad de preguntar si aquellos animales eran comestibles: se comprenda perfectamente que lo eran en vista de su semejanza con el cerdo de Amrica o de Europa.

-Pero stos no son cerdos -dijo Harbert-, te lo prevengo, Pencroff.

-Muchacho -repuso el marino inclinndose sobre la trampa y sacando por el pequeo apndice que le serva de rabo a uno de aquellos representantes de la familia de los suideos-, djame creer que lo son. -Por qu?

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