La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
atm�sfera. Por otra parte, no soplaba el viento, circunstancia que hace infinitamente m�s soportable los fuertes descensos de la temperatura.
El sol brillante, pero sin acci�n calor�fica, sal�a entonces del oc�ano, y su enorme disco se balanceaba sobre el horizonte. El mar formaba una s�bana tranquila y azulada como la de un golfo mediterr�neo cuando el cielo est� puro.
El cabo de la Garra, curvado en forma de yatag�, mostraba claramente su perfil a cuatro millas al sudeste. A la izquierda, la l�nea del pantano terminaba bruscamente por una peque�a punta, que el sol coloreaba a la saz�n con rayos de fuego. Ciertamente en aquella parte de la bah�a de la Uni�n, descubierta a todos los vientos del mar, y que no ten�a siquiera la protecci�n de un banco de arena, los buques batidos por el viento del este no habr�an encontrado abrigo de ninguna especie. Se conoc�a por la tranquilidad del mar, cuyas aguas no turbaba ning�n alto fondo; por su color uniforme, no manchado por ning�n matiz amarillento, y por la ausencia, en fin, de todo arrecife, que aquella costa era acantilada, y que el oc�ano, junto a ella, encubr�a profundos abismos.
En segundo t�rmino, hacia el oeste, se desarrollaban, pero a distancia de cuatro millas, las primeras l�neas del bosque al que los colonos hab�an dado el nombre de Far-West. Los colonos pod�an creerse, por decirlo as�, en la costa desolada de alguna isla de las regiones ant�rticas invadidas por los hielos. Hicieron alto en aquel paraje para almorzar; encendieron una hoguera de maleza y hojarasca y Nab prepar� el almuerzo de carne fiambre con algunas tazas de t� de Oswengo.
Todos miraban a uno y otro lado mientras com�an. Aquella parte de la isla Lincoln era realmente est�ril y contrastaba con toda la regi�n occidental, lo cual indujo a Spilett a reflexionar que, si la casualidad les hubiera arrojado desde el primer d�a en aquella playa, habr�an formado de su futuro dominio una idea muy desfavorable.
-�Y aun creo que no hubi�ramos podido llegar a tierra -respondi� el ingeniero-, porque aqu� el mar es profundo y no nos ofrecer�a ni una roca para refugiarnos. Delante del Palacio de granito, por lo menos, hay bancos de arena y un islote, cosas todas que multiplicar�an las probabilidades de salvaci�n. �Aqu� nada m�s que el abismo!
-�Es muy singular -observ� Gede�n Spilett-que esta isla, relativamente peque�a, presente un suelo tan variado. Esta diversidad de aspecto pertenece l�gicamente a los continentes de cierta extensi�n. Parece que la parte occidental de la isla Lincoln, tan rica y tan f�rtil, est� ba�ada por las aguas c�lidas del golfo de M�xico, y que las orillas del norte y del sudeste se extienden por una especie de mar Artico.
-�Tiene usted raz�n, mi querido Spilett -intervino Ciro Smith-, y es una observaci�n que me he hecho yo tambi�n. Encuentro muy extra�a esta isla tanto en su forma como en su naturaleza; parece un resumen de todos los aspectos que presenta un continente y no me sorprender�a que lo hubiese sido en otros tiempos.
-��C�mo! �Un continente en medio del Pac�fico? -exclam� Pencroff.
-��Por qu� no? -repuso Ciro Smith-. �Por qu� Australia, Nueva Irlanda, todo lo que los ge�grafos ingleses llaman la Australasia, unidas a los archipi�lagos del Pac�fico, no habr�an formado en otro tiempo una sexta parte del mundo tan importante como Europa o Asia, como Africa o las dos Am�ricas? Mi entendimiento no se niega a admitir que todas las islas que sobresalen en este vasto oc�ano no sean cimas de un continente hoy sumergido, pero que dominaba las aguas en las �pocas prehist�ricas.
-��Como en otro tiempo la Atl�ntida? -observ� Harbert.
-�S�, hijo m�o�, si la Atl�ntida ha existido.
-��Y la isla Lincoln habr� formado parte de este continente? -pregunt� Pencroff. -Es probable -respondi� Ciro Smith-, y eso explicar�a suficientemente la diversidad de productos que se observa en su superficie. -Y el n�mero considerable de animales que la habitan todav�a -a�adi� Harbert.
-�S�, hijo m�o -repuso el ingeniero-, y t� me das con esa observaci�n un nuevo argumento en apoyo de mi tesis. Es cierto, por lo que hemos visto, que los animales son muy numerosos en la isla, y lo que es todav�a m�s extra�o, que las especies son muy variadas. Hay para esto una raz�n, a lo que yo entiendo, que la isla Lincoln ha podido formar parte en otro tiempo de alg�n vasto continente que poco a poco se ha ido deprimiendo hasta sumergirse en el Pac�fico.
-��Entonces el mejor d�a -dijo Pencroff, que no parec�a convencido-, lo que resta de este antiguo continente podr� desaparecer y ya no habr� tierra entre Am�rica y Asia?
-�S� -repuso Ciro Smith-, habr� los nuevos continentes que en este momento est�n fabricando millones y millones de animalillos.
-��Y qu� clase de alba�iles son �sos? -pregunt� Pencroff.
-�Los infusorios del coral -contest� Ciro Smith-. Ellos han fabricado, por medio de un trabajo continuo, la isla de Clermont-Tonnerre, los atolones y otras muchas islas de coral que cuenta el oc�ano Pac�fico. Se necesitan cuarenta y siete millones de esos infusorios para formar el peso de un grano, y sin embargo, con las sales marinas que absorben, con los elementos s�lidos de agua que asimilan, esos animalillos producen la calc�rea, y esa calc�rea forma enormes construcciones submarinas, cuya dureza y solidez son iguales a las del granito. En otro tiempo, en las primeras �pocas de la creaci�n, la naturaleza, por medio del fuego, ha producido las tierras por levantamiento; pero ahora encomienda a los animales microsc�picos la tarea de reemplazar a aquel agente, cuyo poder din�mico en el interior del globo ha disminuido evidentemente, como lo prueba el gran n�mero de volcanes hoy extinguidos en la superficie de la tierra. Creo yo que sucedi�ndose los siglos a los siglos y los infusorios a los infusorios, este mar Pac�fico podr� convertirse un d�a en un vasto continente, que vendr� a ser habitado y civilizado por nuevas generaciones.
-��Para largo va eso! -repuso Pencroff.
-�La naturaleza tiene tiempo para todo -a�adi� el ingeniero.
-��Mas para qu� han de salir nuevos continentes? -pregunt� Harbert-. Me parece que la extensi�n actual de los pa�ses habitables es suficiente para la humanidad y la naturaleza no hace nada in�til.
-�En efecto, no hace nada in�til -replic� el ingeniero-; pero voy a decir c�mo podr�a explicarse en el futuro la necesidad de nuevos continentes y precisamente en esta zona tropical, ocupada por las islas coral�genas. A lo menos esta explicaci�n me parece plausible.
-�Escuchamos a usted con atenci�n, se�or Ciro -dijo Harbert.
-�Mi pensamiento es �ste. Los sabios admiten generalmente que nuestro globo morir� un d�a, o m�s bien, que no ser� posible en �l la vida animal y vegetal, a consecuencia del enfriamiento intenso que ha de sobrevenir. El punto sobre el que no est�n de acuerdo es la causa del enfriamiento. Unos piensan que provendr� del descenso de la temperatura que experimentar� el sol al cabo de millones de a�os; otros juzgan que proceder� de la extinci�n gradual del fuego interior de nuestro globo, que tiene sobre �l una influencia mayor de la que se supone generalmente. Estoy por esta �ltima hip�tesis, y me fundo en el hecho de que la luna es verdaderamente un astro enfriado no habitable, aunque el sol contin�a todav�a vertiendo en su superficie la misma suma de calor. Si la luna se ha enfriado, es porque sus fuegos interiores, a los cuales, como todos los astros del mundo estelar, ha debido su origen, se ha extinguido completamente. En fin, cualquiera que sea la causa, nuestro globo se enfriar� un d�a, pero este enfriamiento se verificar� poco a poco. �Qu� suceder� entonces? Que las zonas templadas, en una �poca m�s o menos lejana, no ser�n m�s habitables que hoy las regiones polares. As�, pues, los hombres y los animales refluir�n hacia las latitudes m�s directamente sometidas a la
influencia solar. Habr� una inmensa emigraci�n; Europa, Asia central, Am�rica del Norte ser�n poco a poco abandonadas lo mismo que Australasia y las partes bajas de Am�rica del Sur. La vegetaci�n seguir� a la emigraci�n humana; la flora retroceder� hacia el Ecuador al mismo tiempo que la fauna, y las partes centrales de Am�rica meridional y de Africa ser�n continentes habitados. Los lapones y los samoyedos encontrar�n las condiciones clim�ticas del mar Polar en las orillas del Mediterr�neo. �Qui�n nos dice que en esa �poca las regiones ecuatoriales no ser�n demasiado peque�as para contener a la humanidad terrestre y alimentarla? �Y por qu� la Naturaleza, previsora para dar refugio a toda la emigraci�n animal y vegetal, no ha de poder, desde ahora y bajo el Ecuador, echar los fundamentos de un nuevo continente, encargando a los infusorios el cuidado de construirlo? Muchas veces he reflexionado sobre estas cosas, amigos m�os, y creo ciertamente que el aspecto de nuestro globo ser� un d�a completamente transformado y que, a consecuencia de la elevaci�n de nuevos continentes, los mares cubrir�n los antiguos. As�, en los siglos futuros, otros colonos ir�n a descubrir las islas del Chimborazo, del Himalaya o del Monte Blanco, restos de una Am�rica o de un Asia o de una Europa sumergidas. Despu�s, esos nuevos continentes se har�n a su vez inhabitables; el calor se extinguir� como el de un cuerpo abandonado por el alma, y la vida desaparecer� del globo, si no definitiva, al menos moment�neamente. Quiz� entonces nuestro esferoide descansar� y se reformar� durante la muerte, para resucitar un d�a en condiciones superiores. Pero todo esto, amigos m�os, es el secreto del Autor de todas las cosas y, hablando del trabajo de los infusorios, me he dejado llevar un poco lejos hasta escudri�ar los secretos del futuro.