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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Pero el ingeniero no hab�a terminado su peque�o interrogatorio.

-�Y ahora, Pencroff -a�adi�-, �sabe usted cu�ntas fanegas de trigo representan esos 400.000 millones de granos?

-�No -respondi� el marino-; s�lo s� que soy un burro.

-�Pues bien, har�an m�s de un mill�n a raz�n de 390.000 granos por fanega.

-��Un mill�n! -exclam� Pencroff. -�Un mill�n!

-��En cuatro a�os?

-�En cuatro a�os -contest� Ciro-, y aun en dos a�os, si, como espero, podemos en esta latitud obtener dos cosechas al a�o.

A esto, seg�n su costumbre, Pencroff no pudo por menos de contestar con un hurra formidable.

-�As�, pues, Harbert a�adi� el ingeniero-, has hecho un descubrimiento de grand�sima importancia para nosotros. En las condiciones en que estamos, todo, amigos m�os, todo puede servimos; y ruego que no lo olviden.

-�No, se�or Ciro, no lo olvidaremos -dijo Pencroff-, y si alguna vez encuentro uno de esos granos de tabaco que se multiplican por trescientos setenta mil, le aseguro a usted que no lo tirar� por la ventana. Y ahora, �sabe usted lo que debemos hacer?

-�Sembrar este grano -contest� Harbert.

-�S� -a�adi� Gede�n Spilett-, y con todos los miramientos que le son debidos, porque lleva en s� nuestras cosechas del porvenir.

-��Con tal que germine! -exclam� el marino. -Germinar� -afirm� Ciro Smith.

Era el 20 de junio: momento propicio para sembrar aquel �nico y precioso grano de trigo. Primero se trat� de sembrarlo en un puchero; pero, bien pensado, se resolvi� recomendarle m�s a la naturaleza y confiarle a la tierra. Se hizo as� el mismo d�a, y es in�til a�adir que se tomaron todas las precauciones para que la operaci�n tuviese buen �xito.

Habi�ndose aclarado un poco el tiempo, los colonos subieron a las alturas del Palacio de granito, y all�, en la meseta, eligieron un sitio abrigado contra el viento y donde el sol del mediod�a deb�a verter todo su calor. Se limpi� y mull� el terreno, se le registr� para quitar los insectos y gusanos, se ech� en �l una capa de tierra buena mezclada con un poco de cal, se le rode� de una empalizada y se sembr� el grano de trigo despu�s de haber humedecido la tierra.

Parec�a que los colonos sentaban la primera piedra de un edificio, y aquel instante record� a Pencroff el d�a en que hab�a encendido su �nico f�sforo y el cuidado con que hab�a procedido a la operaci�n. Pero entonces la cosa era m�s grave; los n�ufragos siempre hab�an logrado proporcionarse fuego, ya por un procedimiento, ya por otro; pero ning�n poder humano les devolver�a aquel grano de trigo, si por desgracia se perd�a.

21. Exploraci�n y conversaci�n sobre el futuro de la Tierra

Desde aquel momento no pas� un d�a sin que Pencroff visitara lo que llamaba muy formalmente su campo de trigo. �Y desventurados los insectos que se aventuraban a acercarse! No ten�a piedad con ellos.

Hacia finales de junio, despu�s de interminables lluvias, baj� mucho la temperatura, y el 29 un term�metro Fahrenheit hab�a anunciado solamente veinte grados sobre cero (6� 67' cent�grados bajo cero). Al d�a siguiente, 30 de junio, d�a que corresponde al 31 de diciembre en el hemisferio boreal, era viernes. Nab observ� que el a�o conclu�a con un d�a malo. Pero Pencroff le respondi� que "naturalmente" el a�o siguiente comenzar�a por uno bueno, lo que val�a m�s.

Comenz� un fr�o muy vivo. Empezaron a amontonarse los hielos en la desembocadura del r�o de la Merced, y el lago no tard� en helarse en toda su extensi�n. Hubo que renovar muchas veces la provisi�n de combustible. Pencroff no hab�a esperado a que el r�o se helase para conducir enormes cargas de le�a a su destino. La corriente era un motor infatigable y fue empleada para acarrear maderas hasta que el fr�o vino a encadenarla. Al combustible, tan abundantemente suministrado por el bosque, se a�adieron varias carretadas de hulla que hubo que buscar al pie de los contrafuertes del monte Franklin. Aquel poderoso calor del carb�n de piedra fue vivamente apreciado a causa de la baja temperatura, que el 4 de julio descendi� a ocho grados Fahrenheit (13� cent�grados bajo cero). Se puso una nueva chimenea en el comedor y all� trabajaban todos en com�n.

Durante este per�odo de fr�o, Ciro Smith tuvo ocasi�n de felicitarse de haber derivado hasta el Palacio de granito un peque�o chorro de las aguas del lago Grant. Tomadas bajo nivel de la helada superficie y conducidas por el antiguo desag�e, se conservaban

l�quidas y llegaban a un dep�sito interior que se hab�a abierto en el �ngulo formado detr�s del almac�n, cuyo sobrante bajaba por el pozo al mar.

Hacia aquella �poca, habi�ndose puesto el tiempo muy seco, los colonos, abrigados lo mejor posible, resolvieron dedicar un d�a a la exploraci�n de la parte sudeste de la isla, entre el r�o de la Merced y el cabo de la Garra. Era un vasto terreno pantanoso y probablemente exist�a en �l muy buena caza, pues deb�an pulular las aves acu�ticas.

La distancia era de ocho o nueve millas de ida y otras tantas de vuelta; por consiguiente, hab�a que empezar bien el d�a. Como se trataba tambi�n de la exploraci�n de la porci�n desconocida de la isla, toda la colonia deber�a tomar parte en ella. Por eso el 15 de julio, desde las seis de la ma�ana, cuando apenas hab�a amanecido, Ciro Smith, Gede�n Spilett, Harbert, Nab y Pencroff, armados de venablos, lazos, arcos y flechas, y provistos de comida abundante, salieron del Palacio de granito, precedidos de Top, que saltaba delante de ellos.

Tomaron el camino m�s corto, para lo cual atravesaron el r�o de la Merced, por los hielos que le obstru�an entonces.

-�Pero -observ� justamente el corresponsal-esto no puede reemplazar un puente verdadero.

Por eso la construcci�n de un puente verdadero estaba registrada entre las obras a realizar.

Era la primera vez que los colonos pon�an el pie en la orilla derecha del r�o de la Merced y que se aventuraban entre aquellas grandes y soberbias con�feras, entonces cubiertas de nieve. No hab�an andado media milla, cuando de una grande espesura se escap� toda una familia de cuadr�pedos, que hab�an elegido aquel domicilio y hu�an ante los ladridos de Top.

-��Parecen zorras! -exclam� Harbert, cuando vio aquella bandada huyendo.

Eran zorras, en efecto, pero zorras de gran tama�o, que desped�an una especie de ladrido que parec�a admirar el mismo Top, porque se detuvo y dio a aquellos r�pidos animales el tiempo necesario para desaparecer.

El perro ten�a motivo para sorprenderse, pues no sab�a historia natural; pero por sus ladridos, aquellas zorras, de pelo gris rojizo y cola negra terminada en una especie de penacho blanco, hab�an descubierto su origen. Harbert les dio sin vacilar su verdadero nombre de culpeos. Estos culpeos se encuentran frecuentemente en Chile, en las islas Malvinas y en todos los parajes americanos atravesados por los paralelos treinta y cuarenta. Harbert sinti� mucho que Top no hubiera podido apoderarse de uno de aquellos carn�voros.

-��Y eso se come? -pregunt� Pencroff, que no consideraba jam�s a los representantes de la fauna de la isla sino desde un punto de vista especial.

-�No -respondi� Harbert-; los zo�logos no han averiguado todav�a si la pupila de esas zorras es diurna o nocturna y si conviene o no clasificarlas en el g�nero perro propiamente dicho.

Ciro Smith no pudo menos de sonre�rse al o�r la reflexi�n del joven, que revelaba su esp�ritu dado a los estudios serios. En cuanto al marino, poco le importaba la cuesti�n zool�gica desde el momento en que aquellas zorras no pod�an ser clasificadas en el g�nero de comestible. Sin embargo, observ� que, cuando hubiera un corral en el Palacio de granito, no habr�a que olvidar tomar algunas precauciones contra la visita probable de aquellos ladrones de cuatro patas, observaci�n a la cual nadie replic�.

Despu�s de haber doblado la punta de los N�ufragos, los colonos siguieron una larga playa. Eran entonces las ocho de la ma�ana y el cielo estaba muy puro, como sucede durante los grandes y prolongados fr�os; pero, habiendo entrado en calor a consecuencia de la marcha, Ciro Smith y sus compa�eros no sent�an demasiado lo picante de la

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