La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Las focas abundaban en el islote, y los cazadores, armados de sus jabalinas, mataron f�cilmente media docena. Nab y Pencroff las desollaron y s�lo llevaron al Palacio de granito la grasa y la piel, la primera para las buj�as y la segunda para la fabricaci�n de s�lido calzado.
El resultado de aquella caza fueron trescientas libras de grasa, que deb�an emplearse enteramente en la elaboraci�n de las buj�as.
La operaci�n fue muy sencilla y, si no dio productos absolutamente perfectos, al menos los dio utilizables. Aunque Ciro Smith no hubiera dispuesto m�s que de �cido sulf�rico, calentando este �cido con los cuerpos grasosos neutros, como la grasa de foca, pod�a aislar la glicerina; despu�s habr�a separado f�cilmente de la nueva combinaci�n la ole�na, la margarina y la estearina, empleando agua hirviendo. Pero, a fin de simplificar la operaci�n, prefiri� saponificar la grasa por medio de la cal, y as� obtuvo un jab�n calc�reo f�cil de descomponer por el �cido sulf�rico, que precipit� la cal en estado de sulfato y dej� libres los �cidos grasos.
De estos tres �cidos: oleico, marg�rico y este�rico, el primero, como l�quido, fue separado por una presi�n suficiente, y los otros dos quedaron formando la sustancia misma que iba a servir para modelar las buj�as.
La operaci�n no dur� m�s de veinticuatro horas. Despu�s de varios ensayos se hicieron mechas con fibras vegetales y, empapadas en la sustancia licuefacta, formaron verdaderas buj�as este�ricas, que se moldearon con la mano, y a las cuales no faltaba ni blancura ni pulimento. No ofrec�an, sin duda, la ventaja que tienen las mechas impregnadas de �cido b�rico, de vitrificarse a medida que se efect�a la combusti�n y de
consumirse enteramente; pero Ciro Smith fabric� un hermoso par de despabiladeras, y aquellas buj�as fueron muy estimadas durante las grandes veladas del Palacio de granito.
Durante aquel mes no falt� trabajo en el interior de la casa. Los carpinteros tuvieron mucho que hacer: se perfeccionaron los �tiles, que eran muy rudimentarios, y tambi�n se hicieron otros para completar la herramienta. Se fabricaron tijeras y los colonos pudieron cortarse el pelo y, si no afeitarse, por lo menos arreglarse la barba. Harbert no la ten�a; Nab, tampoco; pero sus compa�eros estaban bastante erizados para justificar la construcci�n de dichas tijeras.
La fabricaci�n de un serrucho cost� trabajos infinitos, pero al fin se obtuvo un instrumento que, vigorosamente manejado, pod�a dividir las fibras le�osas de la madera. Hicieron mesas, sillas, armarios, que amueblaron las principales habitaciones, y camas, cuyas ropas �nicas consistieron en jergones de fucos. La cocina, con sus vasares para los utensilios de barro, su horno de ladrillos y su fregadero, ten�a muy buen aspecto, y Nab actuaba en ella como si fuera un laboratorio qu�mico.
Los ebanistas debieron ser reemplazados por los carpinteros. En efecto, el nuevo desag�e, a fuerza de minas, necesitaba la construcci�n de dos puentecillos, uno sobre la meseta de la Gran Vista y otro sobre la misma playa. Pues la meseta y la playa estaban cortadas transversalmente por una corriente de agua que hab�a que atravesar cuando se quer�a ir al norte de la isla. Para evitarlos, los colonos se ve�an obligados a dar un rodeo muy grande y subir hacia el oeste hasta m�s all� de las fuentes del arroyo Rojo. Lo m�s sencillo era, pues, tender sobre la meseta y la playa dos puentecillos de veinte a veinticinco pies de longitud, y con algunos �rboles, escuadrados con el hacha, se formar�a el armaz�n. Fue asunto de pocos d�as; tendidos los puentes, Nab y Pencroff los aprovecharon para ir hasta el criadero de ostras descubierto junto a las dunas. Arrastraron consigo una especie de carrito, que reemplazaba al antiguo ca�izo, verdaderamente demasiado inc�modo, y llevaron algunos millares de ostras, cuya aclimataci�n se hizo r�pidamente en medio de aquellas rocas, que formaban otros tantos bancos naturales en la desembocadura del r�o de la Merced. Aquellos moluscos eran de calidad excelente y los colonos hicieron de ellos un consumo casi cotidiano.
Como se ve, la isla Lincoln, aunque sus habitantes no hab�an explorado sino una peque��sima parte, satisfac�a ya casi todas sus necesidades, y probablemente, registrada hasta sus m�s secretos rincones, sobre todo la parte llana del bosque que se extend�a desde el r�o de la Merced al promontorio del Reptil, les prodigase nuevos tesoros.
Una sola privaci�n notaban todav�a los colonos de la isla Lincoln. No les faltaba alimento azoado, ni tampoco echaban de menos los productos vegetales que deb�an moderar el uso de aquel alimento; las ra�ces le�osas de los dragos, sometidas a fermentaci�n, les daban una bebida acidulada, especie de cerveza preferible al agua pura; hab�an hecho tambi�n az�car sin ca�as ni remolacha, recogiendo el licor que destila el Acer saccharinum, especie de arce de la familia de las acer�neas, que prospera en todas las zonas medias y que crec�a abundantemente en la isla; hac�an un t� muy agradable con las monardas llevadas del sotillo; ten�an sal, que es el �nico de los productos minerales que entra en la alimentaci�n; pero les faltaba pan.
Tal vez m�s adelante los colonos podr�an reemplazar este alimento por alg�n equivalente, harina de sag� o f�cula del �rbol del pan; y era posible, en efecto, que entre los �rboles de los bosques del sur se encontrasen algunas de esas preciosas especies, pero hasta entonces no las hab�an descubierto.
Sin embargo, la Providencia deb�a en aquella ocasi�n acudir directamente en auxilio de los colonos, en una proporci�n infinitesimal, pero que no hubiera podido ser producida por Ciro Smith con toda su inteligencia y toda su sutileza de ingenio. Lo que
el ingeniero no hubiera podido crear nunca, Harbert lo encontr� por casualidad un d�a en el forro de su chaleco, que remendaba.
Aquel d�a llov�a torrencialmente y los colonos estaban reunidos en el sal�n del Palacio de granito, cuando el joven exclam� de repente:
-��Caramba, se�or Ciro, un grano de trigo!
Y ense�� a sus compa�eros un grano, que de su bolsillo agujereado se hab�a introducido en el forro del chaleco. La presencia de aquel grano se explicaba por la costumbre que ten�a Harbert, estando en Richmond, de echar trigo a algunas palomas que Pencroff le hab�a regalado.
-��Un grano de trigo! -dijo el ingeniero.
-�� S�, se�or Ciro, pero uno solo, nada m�s que uno!
-��Pues s� que hemos adelantado mucho, hijo m�o! -exclam� Pencroff sonri�ndose-. �Qu� podremos hacer con un grano de trigo? -Haremos pan -respondi� Ciro Smith.
-�Pan, pasteles y galletas -replic� el marino-. El pan que nos d� este grano no nos hartar�.
Harbert, dando muy poca importancia a su descubrimiento, se dispon�a a tirar por la ventana el grano, cuando Ciro Smith lo tom�, lo examin� y reconoci� que se hallaba en buen estado y, mirando al marino, le pregunt� tranquilamente:
-�Pencroff, �sabe usted cu�ntas espigas puede producir un grano de trigo?
-�Supongo que producir� una -repuso el marino, sorprendido por la pregunta.
-�Diez, Pencrof. �Y sabe usted cu�ntos granos tiene una espiga?
-�No.
-�Ochenta por t�rmino medio -dijo Ciro Smith-. As�, pues, recogeremos 800, los cuales, en la segunda cosecha, producir�n 640.000; en la tercera, 512 millones, y en la cuarta, m�s de 400.000 millones de granos. Esta es la proporci�n.
Los compa�eros de Ciro Smith le escuchaban sin responder. Aquellos n�meros les dejaban estupefactos. Eran, sin embargo, muy exactos.
-�S�, amigos m�os -repuso el ingeniero-, tales son las progresiones aritm�ticas de la fecunda naturaleza. �Qu� es, despu�s de todo, esa multiplicaci�n del grano de trigo, cuyas diez espigas no tienen m�s que 800 granos, comparada con la de esos pies de adormideras, que llevan 32.000, o con los de tabaco, que producen 460.000? En pocos a�os, si no fuera por las muchas causas de destrucci�n que ponen l�mite a su fecundidad, esas plantas invadir�an toda la tierra.