La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Por m�s que corrieron los cazadores y el perro, aquellos roedores se escaparon f�cilmente. El corresponsal, sin embargo, estaba resuelto a no salir del sotillo sin haber capturado al menos una docena de aquellos cuadr�pedos. Quer�a, en primer lugar, abastecer la despensa sin perjuicio de domesticar a los que pudiera cazar posteriormente. Con algunos lazos tendidos a las entradas de las madrigueras, la operaci�n no podr�a menos de tener un buen �xito; pero en aquel momento no hab�a lazos ni medios de fabricarlos. Tuvo que resignarse a registrar con un palo cada madriguera y conseguir a fuerza de paciencia lo que no pod�a hacerse de otro modo.
En fin, despu�s de una hora de registro, se cazaron cuatro roedores. Eran conejos muy semejantes a sus cong�neres de Europa y conocidos vulgarmente con el nombre de conejos de Am�rica.
El producto de la caza fue llevado al Palacio de granito y figur� en la cena de aquella noche. Los hu�spedes del sotillo no eran de desde�ar, porque constitu�an un manjar delicioso y fueron un precioso recurso para la colonia, recurso que parec�a inagotable.
El 31 de mayo estaban acabados los tabiques. S�lo faltaba amueblar las habitaciones, lo cual ser�a obra de los largos d�as de invierno. Se estableci� una chimenea en la primera habitaci�n, que serv�a de cocina. El tubo destinado a conducir el humo al exterior dio algo que hacer a los fumistas improvisados. Pareci� m�s sencillo a Ciro Smith fabricarlo de ladrillo; y como no hab�a que pensar en darle salida por la meseta superior, se abri� un agujero en el granito, por encima de la ventana de dicha cocina, y a ese agujero se dirigi� el tubo oblicuamente como el de una estufa de hierro.
Quiz� y sin quiz�, cuando soplasen los grandes vientos del este, que azotaban directamente la fachada, la chimenea har�a humo, pero aquellos vientos eran raros en la isla y, por otra parte, Nab el cocinero no reparaba en esas peque�eces.
Cuando estuvieron acabados estos arreglos interiores, el ingeniero se ocup� en tapar el orificio del antiguo desag�e de manera que fuera imposible el acceso por aquella v�a. Se llevaron grandes trozos de roca junto a la abertura y se cimentaron fuertemente. Ciro Smith no realiz� todav�a el proyecto que hab�a formado de tapar aquel orificio con las aguas del lago volvi�ndolas a su nivel primitivo por medio de un dique; se content� con disimular la obstrucci�n con hierbas, arbustos y malezas plantados en los intersticios de las rocas y que a la primavera siguiente deb�an desarrollarse con exuberancia.
Sin embargo utiliz� el desag�e de manera que pudiese llevar a la nueva casa un chorro de agua dulce del lago. Una peque�a sangr�a hecha por debajo de su nivel produjo este resultado, y aquella derivaci�n de un manantial puro e inagotable dio una cantidad de agua de veinticinco a treinta galones por d�a. El agua no faltar�a en el Palacio de granito.
En fin, todo qued� terminado, y ya era tiempo, porque el invierno llegaba a grandes pasos. Construyeron fuertes postigos, que permitieron cerrar los huecos de la fachada mientras el ingeniero fabricaba ventanas de vidrio.
Gede�n Spilett hab�a dispuesto art�sticamente en los salientes de la roca, alrededor de las ventanas, plantas de diversas especies y largas hierbas flotantes, y de esta manera los huecos ten�an un marco de verdor pintoresco y de un efecto delicioso.
Los habitantes de aquella mansi�n s�lida, sana y segura, deb�an estar satisfechos de su obra. Las ventanas permit�an a sus miradas recrearse en un horizonte extens�simo, cerrado al norte por los dos cabos Mand�bulas, y al sur por el cabo de la Garra. Toda la bah�a de la Uni�n se extend�a magn�ficamente delante de sus ojos. S�, los buenos colonos ten�an raz�n para estar satisfechos, y Pencroff no escaseaba los elogios a lo que �l llamaba riendo: "su habitaci�n de quinto piso con entresuelo". 20. Resuelven el problema de la luz
El invierno comenz� con el mes de junio, que corresponde al mes de diciembre del hemisferio boreal, y se�al� su entrada con grandes lluvias y fuertes vientos, que se sucedieron sin interrupci�n. Los moradores del Palacio de granito pudieron apreciar las ventajas de una mansi�n adonde no pod�a llegar la intemperie. El abrigo de las Chimeneas habr�a sido realmente insuficiente contra los rigores de un invierno y posiblemente las grandes masas, impulsadas por los vientos del mar, invadiesen su interior. Ciro Smith, previendo esta eventualidad, tom� algunas precauciones para preservar en lo posible la fragua y los hornos all� instalados.
Durante todo el mes de junio se emple� el tiempo en diversas tareas, que no exclu�an ni la caza ni la pesca, y las reservas de la despensa pudieron reponerse y renovarse abundantemente. Pencroff, cuando era �til, pon�a trampas. Hab�a hecho lazos con fibras le�osas y no hab�a d�a en que el cotillo no suministrase su contingente de roedores. Nab empleaba casi todo su tiempo en salar o ahumar carnes, lo que le aseguraba excelentes conservas.
Entonces se discuti� la cuesti�n de los vestidos. Los colonos no ten�an m�s ropas que las que llevaban cuando el aerostato los arroj� a la isla. Aquellos vestidos eran s�lidos y buenos contra el fr�o; los hab�an cuidado, as� como con la ropa blanca, y los conservaron limpios, pero hab�a que reemplazarlos. Adem�s, si el invierno era riguroso, los colonos tendr�an que pasar mucho fr�o.
Sobre este punto el ingeniero Ciro Smith no hab�a tomado precauciones. Hab�a tenido que ocuparse primero de lo m�s urgente, hacer la casa y asegurar los alimentos, y el fr�o ven�a a sorprenderles antes de haber resuelto la cuesti�n del vestido. Era preciso, pues, resignarse a pasar aquel invierno sin muchas comodidades. Cuando llegase la primavera, se har�a una caza en regla de aquellos moruecos, cuya presencia hab�a sido se�alada cuando la exploraci�n del monte Franklin, y una vez recogida la lana, el ingeniero sabr�a fabricar telas s�lidas y de abrigo� �C�mo? Ya discurrir�a sobre ello.
-�Nos asaremos en el Palacio de granito y nos tostaremos las pantorrillas -dijo Pencroff-; el combustible abunda y no hay raz�n para que lo economicemos.
-�Por otra parte -repuso Gede�n Spilett-, la isla Lincoln no est� situada en una latitud muy elevada y es probable que los inviernos no sean en ella muy crudos. �No ha dicho usted, se�or Ciro, que este paralelo 35 corresponde al de Espa�a en el otro hemisferio?
-�As� es -contest� el ingeniero-, pero en Espa�a ciertos inviernos son muy fr�os. No faltan ni nieve ni hielo, y la isla Lincoln puede tambi�n estar sometida a esas pruebas rigurosas. Sin embargo, es una isla y, como tal, espero que la temperatura sea m�s moderada.
-��Porqu�, se�or Ciro? -pregunt� Harbert.
-�Porque el mar, hijo m�o, puede ser considerado como un inmenso dep�sito en el que se almacenan los calores del est�o y, al llegar el invierno, restituye esos calores. Esto asegura a las regiones inmediatas a los oc�anos una temperatura media menos elevada en verano, pero menos baja en invierno.
-�Ya lo veremos -dijo Pencroff-; no me preocupa si har� o no har� fr�o. Sin embargo, los d�as son cortos y las noches largas; por consiguiente, hay que tratar la cuesti�n del alumbrado.
-�Nada m�s f�cil -respondi� Ciro Smith. -�De tratar? -pregunt� el marino. -De resolver.
-��Y cu�ndo empezaremos? -Ma�ana, organizando una caza de focas. -�Para hacer velas de sebo? -No, para hacer buj�as este�ricas.
Este era el proyecto del ingeniero, proyecto realizable, pues ten�a cal y �cido sulf�rico y los anfibios del islote le dar�an la grasa necesaria para la fabricaci�n.
Era el 4 de junio, domingo de Pentecost�s, y se acord� un�nimemente observar aquella fiesta. Suspendieron todos los trabajos y elevaron oraciones al cielo; pero aquellas preces eran acciones de gracias, porque los colonos de la isla Lincoln no eran ya los miserables n�ufragos arrojados al islote; no ped�an m�s y daban gracias al Alt�simo.
Al d�a siguiente, 5 de junio, con un tiempo muy vario, se verific� su expedici�n al islote. Fue preciso aprovechar la marea baja, pasar a pie el canal, y con este motivo se convino en que se construir�a como mejor se pudiera una canoa que hiciese las comunicaciones m�s f�ciles y permitiera tambi�n subir por el r�o de la Merced cuando se hiciera la gran exploraci�n al sudoeste de la isla, que se hab�a aplazado para los primeros d�as de buen tiempo.