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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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produjo ning�n ruido que pareciera sospechoso. Si alg�n monstruo marino hab�a sido sorprendido inopinadamente por la retirada de las aguas, hab�a ya vuelto al mar, sin duda, por el conducto subterr�neo que se prolongaba hasta la playa, y por donde desaguaba el sobrante del lago antes que se hubiera abierto la nueva salida.

Sin embargo, el ingeniero, inm�vil, con el o�do atento y con la mirada fija en el abismo, no pronunciaba una sola palabra. El marino se acerc� a �l entonces y, toc�ndole el brazo, dijo:

-��Se�or Smith?

-��Qu� quiere, amigo? -pregunt� el ingeniero, como si hubiera despertado de un ensue�o.

-�Las antorchas van a apagarse pronto. -En marcha -contest� Ciro Smith.

La comitiva sali� de la caverna y comenz� su ascensi�n a trav�s del oscuro conducto. Top cerraba la marcha y lanzaba todav�a singulares gru�idos. La subida fue muy penosa; los colonos se detuvieron algunos instantes en la gruta superior, que formaba una especie de meseta a la mitad de aquella larga escalera de granito; despu�s continuaron subiendo.

En breve se sinti� un aire m�s fresco; las gotitas, secadas por evaporaci�n, ya no centelleaban en las paredes; la claridad fuliginosa de las antorchas iba palideciendo; la que llevaba Nab se extingui� y fue preciso apresurar el paso para no quedar en medio de una oscuridad profunda. Poco antes de las cuatro de la tarde, en el momento en que se apagaba la �ltima antorcha, que era la del marino, Ciro Smith y sus compa�eros sal�an por el orificio del desag�e.

19. Transforman el "Palacio de granito" en c�moda morada

Al d�a siguiente, 22 de mayo, comenzaron las obras de arreglo de la nueva morada. Los colonos estaban impacientes por cambiar su insuficiente refugio de las Chimeneas por aquel vasto y sano retiro, abierto en medio de la roca, al abrigo de las aguas del mar y del cielo.

Las Chimeneas, sin embargo, no deb�an abandonarse completamente y el proyecto del ingeniero era convertirlas en taller de las grandes obras.

La primera preocupaci�n de Ciro Smith fue reconocer el punto preciso que ocupaba la fachada del Palacio de granito.

March� a la playa, al pie de la enorme muralla, y como el pico hab�a escapado de las manos del corresponsal y hab�a debido caer perpendicularmente, bastaba encontrar el pico para conocer el sitio donde se hab�a abierto el boquete.

Encontr� f�cilmente el pico y, en l�nea perpendicular, por encima del punto donde hab�a ca�do a la arena, a ochenta pies sobre el nivel de la playa, estaba la abertura. Algunas palomas entraban y sal�an ya por ella, como si verdaderamente se hubiera descubierto para su uso el Palacio de granito.

La intenci�n del ingeniero era dividir la parte derecha de la caverna en varios cuartos, precedidos de un corredor de entrada, e iluminarlos con cinco ventanas y una puerta, abiertas en la fachada. Pencroff admit�a sin reparo las cinco ventanas, pero no comprend�a la utilidad de la puerta, porque el antiguo conducto de desag�e ofrec�a una escalera natural, por la cual ser�a siempre f�cil el acceso al Palacio de granito.

-�Amigo -le dijo Ciro Smith-, si nos es f�cil llegar a nuestra morada por el desag�e, tambi�n podr�n otros llegar del mismo modo. Yo, por el contrario, quiero obstruir esa entrada en su mismo orificio, taparla herm�ticamente, y, si es preciso, disimularla por completo elevando por medio de un dique las aguas del lago.

-��Y c�mo entraremos? -pregunt� Pencroff.

-�Por una escalera exterior -dijo Ciro Smith-; una escalera de cuerda, que, una vez retirada, har� imposible el acceso a nuestra casa.

-��Y para qu� tantas precauciones? -repuso Pencroff-. Hasta ahora los animales no nos han parecido temibles. En cuanto a ind�genas, la isla no contiene ninguno.

-��Est� usted seguro, Pencroff? -pregunt� el ingeniero mirando al marino.

-�No podemos estar completamente seguros -contest� Pencroff-hasta que hayamos explorado toda la isla.

-�Exacto -contest� el ingeniero-, puesto que no conocemos de ella m�s que una corta porci�n. Pero en todo caso, si no tenemos enemigos interiores, pueden venir de fuera, porque son malos parajes estos del Pac�fico. Tomemos, pues, nuestras precauciones contra toda eventualidad.

Ciro Smith hablaba prudentemente, y Pencroff, sin hacer ninguna otra objeci�n, se prepar� a ejecutar sus �rdenes.

La fachada del Palacio de granito deb�a ser iluminada con cinco ventanas y una puerta, que sirviera para lo que constitu�a la vivienda propiamente dicha, y por una ancha claraboya y otras m�s peque�as que permitiesen entrar la luz con profusi�n en aquella maravillosa nave que deb�a servir de sal�n. La fachada, situada, como hemos dicho, a ochenta pies sobre el nivel del suelo, estaba expuesta al este, y el sol saliente la saludaba con sus primeros rayos. Se hallaba comprendida en la parte de la cortina que estaba entre el saliente que formaba �ngulo sobre la desembocadura del r�o de la Merced y una l�nea perpendicular trazada sobre la aglomeraci�n de rocas que formaban las Chimeneas. As�, los malos vientos, es decir, los del nordeste, no la her�an sino de trav�s, porque estaba protegida por la orientaci�n misma del saliente. Por otra parte, mientras se hac�an los bastidores de las ventanas, el ingeniero ten�a intenci�n de cerrar las aberturas con gruesos postigos, que no dejar�an pasar el viento ni la lluvia, y cuya existencia podr�a disimularse en caso de necesidad.

El primer trabajo consisti� en hacer las aberturas. La maniobra del pico sobre aquella roca dura habr�a sido demasiado lenta y Ciro Smith era hombre de grandes recursos. Ten�a todav�a cierta cantidad de nitroglicerina a su disposici�n y la emple� �tilmente. El efecto de la sustancia explosiva fue localizado convenientemente, y bajo su esfuerzo el granito se abri� en los sitios elegidos por el ingeniero. Despu�s el pico y el azad�n acabaron la forma ojival de las cinco ventanas, de la gran claraboya, de las otras m�s peque�as y de la puerta y desbastaron los huecos, cuyos perfiles quedaron en formas caprichosas. Algunos d�as despu�s de haber empezado estas tareas, el Palacio de granito estaba ampliamente iluminado por la luz de levante, que penetraba hasta las profundidades m�s secretas.

Seg�n el plan concebido por Ciro Smith, la casa deb�a dividirse en cinco departamentos con vistas al mar; a la derecha, una entrada con puerta, de donde arrancar�a la escalera; despu�s, una cocina de treinta pies de ancha; luego, un comedor de cuarenta pies, un dormitorio de igual anchura y, por fin, la habitaci�n de los hu�spedes, reclamada por Pencroff y que confinaba con el sal�n.

Estas habitaciones, o m�s bien esta serie de cuartos que formaban aquel departamento del Palacio de granito, no deb�an ocupar toda su profundidad.

Hab�a que entrar por un corredor formado por sus paredes y los tabiques de un gran almac�n para los utensilios, provisiones y reservas. Todos los productos recogidos en la isla, tanto los de la flora como los de la fauna, estar�an all� en condiciones excelentes de conservaci�n y completamente al abrigo de la humedad. No faltaba espacio y cada objeto podr�a tener ordenada y met�dica colocaci�n. Adem�s, los colonos dispon�an de una gruta peque�a situada encima de la gran caverna y que podr�a servir de granero para la nueva morada.

Acordado el plan, no quedaba m�s que ponerlo en pr�ctica. Los mineros volvieron a ser alba�iles, y empezaron por transportar ladrillos al pie del Palacio de granito.

Hasta entonces Ciro Smith y sus compa�eros hab�an entrado en la caverna por el antiguo desag�e. Este m�todo de comunicaci�n les obligaba primero a subir a la meseta de la Gran Vista dando un rodeo por la orilla del r�o, a bajar doscientos pies por corredores y despu�s a subir otros tantos, cuando quer�an volver a la meseta: esto ocasionaba p�rdida de tiempo y fatiga considerable. Ciro Smith resolvi� proceder a la construcci�n de una s�lida escalera de cuerda, que una vez levantada hiciera absolutamente inaccesible la entrada del Palacio de granito.

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