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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Los colonos hab�an bajado unos cincuenta pies m�s, siguiendo la perpendicular, cuando atrajeron su atenci�n sonidos lejanos que ven�an de las profundidades de la roca gran�tica. Se detuvieron y escucharon; aquellos sonidos, llevados por el corredor como la voz a trav�s de un tubo ac�stico, llegaban claramente a sus o�dos.

-�Es Top que ladra -exclam� Harbert. S� -dijo Pencroff-, y el noble animal ladra con furor.

-�Tenemos nuestros venablos -dijo Ciro Smith-. �Alerta y adelante!

-�Esto va siendo cada vez m�s interesante -murmur� Gede�n Spilett al o�do del marino, que hizo una se�al de asentimiento.

Ciro Smith y sus compa�eros se apresuraron para llevar auxilio al perro. Los ladridos de Top iban siendo m�s perceptibles. Se ve�a que los daba con extra�o furor. �Estaba luchando con alg�n animal cuyo retiro hab�a turbado? Sin pensar en el peligro a que se expon�an, los colonos sent�an una irresistible curiosidad. No bajaban ya por el corredor, sino que se dejaban deslizar por el suelo, y en pocos minutos, sesenta pies m�s abajo, llegaron donde estaba Top.

El corredor terminaba en una vasta y magn�fica caverna, y Top, yendo y viniendo, ladraba con furor. Pencroff y Nab sacudieron sus antorchas, que arrojaron grandes resplandores de luz sobre todas las asperidades del granito, y al mismo tiempo Ciro Smith, Gede�n Spilett y Harbert, con los venablos enristrados, se dispusieron a todo acontecimiento.

La enorme caverna estaba vac�a. Los colonos la recorrieron en todos sentidos: no hab�a nada, ni un animal, ni un ser viviente. Sin embargo, Top continuaba ladrando, sin que pudieran hacerlo callar ni caricias ni amenazas.

-�Aqu� hay sin duda una salida por donde las aguas del lago iban al mar -dijo el ingeniero.

-�En efecto -contest� Pencroff-, y tengamos cuidado de no caer en alg�n pozo. -�Adelante Top, adelante! -grit� Ciro Smith.

El perro, excitado por las palabras de su amo, corri� hacia el extremo de la caverna, y all� redoblaron sus ladridos.

Le siguieron y, a la luz de las antorchas, apareci� la boca de un pozo, que se abr�a en el granito. Por all� sal�an las aguas, antes contenidas por el granito, y aquella vez no era un corredor oblicuo y practicable, sino un pozo perpendicular en el cual hubiera sido imposible aventurarse. Inclinaron las antorchas sobre la boca de la sima, pero no vieron nada. Ciro Smith cort� una tea inflamada y la arroj� en aquel abismo. La resina brillante, cuyo poder de iluminaci�n se acrecent� m�s por la rapidez de su ca�da, alumbr� el interior del pozo, pero nada descubrieron los colonos. Despu�s la llama se extingui� con un ligero chisporroteo, se�al indudable que hab�a llegado a una capa de agua, es decir, al nivel del mar.

El ingeniero, calculando el tiempo empleado en la ca�da, dedujo que la profundidad del pozo pod�a ser de noventa pies, poco m�s o menos. El suelo de la caverna estaba, pues, a noventa pies sobre el nivel del mar.

-�Esta ser� nuestra vivienda -dijo Ciro Smith.

-�Pero estaba habitada por alg�n ser viviente -propuso Gede�n Spilett, cuya curiosidad no estaba satisfecha.

-�Pues bien, ese ser viviente, anfibio o de otra especie, ha huido por esta abertura -dijo el ingeniero-y nos ha cedido el sitio.

-�No importa -a�adi� el marino-. Yo hubiera querido estar aqu� hace un cuarto de hora, porque al fin y al cabo no sin raz�n ha ladrado el perro.

Ciro Smith miraba a Top y, si alguno de sus compa�eros se hubiera acercado al ingeniero en aquel momento, le habr�a o�do murmurar:

-�S�, creo que Top sabe mucho m�s que nosotros respecto de muchas cosas.

De todos modos, los deseos de los colonos se hab�an realizado. La casualidad, ayudada por la sagacidad maravillosa de su jefe, les hab�a servido a las mil maravillas. Ten�an a su disposici�n una vasta caverna cuya capacidad no pod�an calcular todav�a a la luz insuficiente de las antorchas, pero que ser�a f�cil dividir en habitaciones por medio de tabiques de ladrillo y arreglarla, si no como una casa, al menos como una espaciosa habitaci�n. Las aguas la hab�an abandonado y ya no pod�an volver. El sitio estaba libre.

Quedaban dos dificultades por resolver: en primer lugar, la posibilidad de alumbrar aquella excavaci�n abierta en una roca maciza; en segundo lugar, la necesidad de hacer m�s f�cil su acceso. En cuanto al alumbrado, no hab�a que pensar establecerlo por la parte superior, porque el espesor del techo de granito era enorme; pero quiz� podr�a perforarse la pared inferior que daba frente al mar. Ciro Smith, que durante el descenso hab�a apreciado con bastante aproximaci�n la oblicuidad, y por consiguiente la longitud del desag�e, cre�a con fundamento que la pared interior del muro deb�a ser poco espesa.

Si se obten�a la iluminaci�n de esta manera, el acceso quedar�a logrado, porque era tan f�cil abrir una puerta como abrir una ventana y establecer una escalera exterior. Ciro Smith comunic� estas ideas a sus compa�eros.

-�Vamos, se�or Ciro, manos a la obra -propuso Pencroff-. Tengo mi pico y sabr� con �l encontrar una salida a trav�s de este muro. �D�nde debo trabajar?

-�Aqu� -indic� el ingeniero, mostrando al vigoroso marino una depresi�n bastante grande de la pared, que deb�a disminuir su espesor.

Pencroff atac� el granito y durante media hora, al resplandor de las antorchas, se vieron volar los trozos de granito alrededor de �l. La roca chispeaba bajo su pico; Nab lo relev�, despu�s Gede�n Spilett y de nuevo Nab.

El trabajo duraba ya dos horas y empezaba a temerse que en aquel paraje el espesor del muro de granito fuera mayor que la longitud del piso, cuando, al dar Gede�n Spilett un golpe, el instrumento pas� a trav�s del muro y cay� al exterior.

-��Hurra! -exclam� Pencroff.

La pared no pasaba de tres pies de espesor.

Ciro Smith se asom� a la abertura, que estaba a unos ochenta pies del suelo. Delante de �l se extend�a la playa, m�s all� el islote y m�s all� a�n la inmensidad del mar.

Por aquella abertura bastante grande, porque la roca se hab�a desunido notablemente, la luz entr� a torrentes y produjo un efecto m�gico, inundando aquella espl�ndida caverna. Si en su parte izquierda s�lo med�a treinta pies de altura y de anchura por unos cien pies de largo, en la derecha, por el contrario, era enorme y el techo ten�a m�s de ochenta pies de alto. En algunos sitios, pilares de granito, irregularmente dispuestos, sosten�an la b�veda formando como una nave de catedral, que, apoyada sobre pies derechos naturales, aqu� elev�ndose en cintras, all� en arcos ojivales, perdi�ndose sobre oscuros travesa�os, cuyos arcos caprichosos se entreve�an en la sombra, adornada con una profusi�n de salientes, que formaban como otras tantas pechinas, ofrec�a una mezcla pintoresca de todo lo que en la arquitectura bizantina, la romana y la g�tica ha producido el hombre.

Y aqu�lla, sin embargo, era obra de la naturaleza, hab�a excavado aquella fant�stica Alhambra en el centro de una masa de granito.

Los colonos estaban estupefactos de admiraci�n. Donde no cre�an hallar m�s que un estrecho conducto, encontraban una especie de palacio maravilloso, y Nab se hab�a quitado la gorra, como si estuviera en un templo.

Gritos de admiraci�n partieron de todas las bocas. Los hurras resonaron e iban a perderse de eco en eco hasta el fondo de las naves sombr�as.

-�Amigos m�os -exclam� Ciro Smith-, cuando hayamos iluminado ampliamente el interior de esta roca, cuando hayamos dispuesto nuestros cuartos, nuestro almac�n, nuestra cocina en la parte derecha, nos quedar� todav�a esta espl�ndida caverna, de la cual haremos nuestro estudio, nuestro sal�n y nuestro museo.

-��Y la llamaremos�? -pregunt� Harbert.

-�Palacio de granito -a�adi� Ciro, nombre que sus compa�eros saludaron con tres hurras.

En aquel momento las antorchas estaban casi consumidas y, como para volver hab�a que subir otra vez por el corredor hasta llegar a la cima de la meseta, se decidi� aplazar para el d�a siguiente las obras relativas al arreglo de la nueva morada.

Antes de marchar, Ciro Smith quiso examinar otra vez el oscuro pozo que se hund�a perpendicularmente hasta el nivel del mar. Se asom� a su boca y escuch� con atenci�n; ning�n ruido se produjo, ni siquiera el de las aguas que las ondulaciones del mar deb�an agitar alguna vez en aquellas profundidades; arroj� otra tea de resina inflamada, que ilumin� por un instante las paredes del pozo, pero, lo mismo que la vez primera, no se

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