La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
-��Aqu�, Top! -grit� Ciro Smith, que no quer�a dejar a su perro aventurarse en aquellas aguas sospechosas.
-��Qu� es lo que pasa ah� abajo? -pregunt� Pencroff examinando la superficie del lago. -Top habr� olfateado alg�n anfibio -contest� Harbert. -Alg�n cocodrilo -dijo el corresponsal.
-�No lo creo -replic� Smith-; los cocodrilos s�lo se encuentran en regiones de altitud menos elevada.
Entretanto Top hab�a acudido al llamamiento de su amo y saltado a la orilla, pero no pod�a permanecer tranquilo. Corr�a entre las altas hierbas y, gui�ndole su instinto, parec�a seguir por la orilla alg�n objeto invisible sumergido en las aguas del lago. Sin embargo, las aguas estaban tranquilas sin que nada turbara su superficie. Varias veces los colonos se detuvieron junto a la orilla y observaron con atenci�n. Nada se ve�a: all� hab�a sin duda alg�n misterio.
El ingeniero estaba muy pensativo.
-�Sigamos hasta el fin esta exploraci�n -dijo.
Media hora despu�s hab�an llegado todos al �ngulo sudeste del lago y se hallaban en la meseta misma de la Gran Vista. En aquel punto el examen de las orillas del lago deb�a considerarse como terminado y, sin embargo, el ingeniero no hab�a podido descubrir por d�nde ni c�mo se desaguaba el sobrante de las aguas.
-�Y a pesar de todo, ese desag�e existe -repet�a-; y, puesto que no es exterior, es preciso que est� abierto en el interior de la masa gran�tica de la costa.
-��Pero qu� importancia tiene para usted el saber eso, mi querido Ciro? -pregunt� Gede�n Spilett.
-�Muy grande -contest� el ingeniero-, porque, si el desag�e se verifica a trav�s del muro de granito, es posible que se encuentre alguna cavidad f�cilmente habitable, despu�s de haber desviado el curso de las aguas.
-��Pero no es posible, se�or Ciro -observ� Harbert-, que las aguas se escapen por el fondo mismo del lago y vayan al mar por alg�n conducto subterr�neo?
-�Es posible -contest� el ingeniero-, y, si as� sucede, nos veremos obligados a edificar nuestra casa, puesto que la naturaleza no habr� hecho los primeros gastos de construcci�n.
Los colonos se dispon�an a atravesar la meseta para volver a las Chimeneas, porque eran ya las cinco de la tarde, cuando Top dio otra vez se�ales de agitaci�n. Ladraba con furor y, antes de que. su amo hubiera podido contenerle, se precipit� de nuevo al lago.
Todos corrieron hacia la orilla. El perro estaba a m�s de veinte pies de distancia y Ciro Smith le llamaba a grandes voces, cuando una cabeza enorme sali� de la superficie de las aguas, que no parec�an profundas en aquel sitio.
Harbert conoci� inmediatamente la especie de anfibio a que pertenec�a aquella cabeza c�nica, de ojos grandes, adornada de bigotes de largos pelos sedosos. -�Un manat�! -exclam�.
No era un manat�, sino un individuo de esa especie comprendida en el orden de los cet�ceos, llamado dugongo, porque sus fosas nasales estaban abiertas en la parte superior del hocico.
El enorme animal se hab�a precipitado sobre el perro, que en vano quiso evitar el choque dirigi�ndose hacia la orilla. Su amo no pod�a hacer nada por salvarlo y, antes que a Gede�n Spilett y a Harbert se les ocurriera armar sus arcos, Top, asido por el dugongo, desaparec�a bajo las aguas.
Nab, que ten�a su lanza en la mano, quiso arrojarse en auxilio del perro, decidido a atacar al formidable animal hasta en su elemento.
-�No, Nab -dijo el ingeniero deteniendo a su valiente criado.
Entretanto ten�a lugar bajo las aguas una lucha inexplicable, porque en aquellas condiciones Top evidentemente no pod�a resistir; lucha que deb�a ser terrible por los movimientos de la superficie del agua; lucha, en fin, que no pod�a terminar sino con la muerte del perro.
Mas, de repente, en medio de un c�rculo de espuma se vio reaparecer a Top.
Lanzado al aire por una fuerza desconocida, se levant� diez pasos sobre la superficie del lago, cay� en medio de las aguas movidas y pronto lleg� a la orilla sin herida grave, milagrosamente salvado.
Ciro Smith y sus compa�eros contemplaban el espect�culo sin comprender la causa; y, circunstancia no menos inexplicable: despu�s de haber vuelto Top a tierra, parec�a que la lucha continuaba todav�a bajo las aguas.
Sin duda el dugongo, atacado por alg�n poderoso animal, despu�s de haber soltado al perro, combat�a con otro enemigo.
Pero aquello no dur� largo tiempo. Las aguas se ti�eron en sangre, y el cuerpo del dugongo, saliendo entre una s�bana escarlata, que se propag� anchamente, vino pronto a encallar en una peque�a playa en el �ngulo sur del lago.
Los colonos corrieron hacia aquel paraje. El dugongo estaba muerto; era un enorme animal, de quince a diecis�is pies de largo, que deb�a pesar de tres a cuatro mil libras. Ten�a en el cuello una herida, que parec�a hecha con una hoja cortante.
�Qu� anfibio hab�a podido con aquel golpe terrible destruir al formidable dugongo? Nadie pod�a decirlo y muy preocupados por este incidente Ciro Smith y sus compa�eros volvieron a las Chimeneas.
17. Abren una brecha en el lago con nitroglicerina
A la ma�ana del d�a siguiente, 7 de mayo, Ciro Smith y Gede�n Spilett, dejando a Nab preparar el almuerzo, subieron a la meseta de la Gran Vista, mientras Harbert y Pencroff marchaban r�o arriba a fin de renovar la provisi�n de le�a.
El ingeniero y el corresponsal llegaron pronto a la peque�a playa, situada junto a la punta sur del lago y donde hab�a ido a parar el anfibio.
Bandadas de aves se hab�an abatido sobre aquella masa carnosa y fue preciso ahuyentarlas a pedradas, porque Ciro Smith deseaba conservar la grasa del dugongo y utilizarla para las necesidades de la colonia. En cuanto a la carne del animal, no pod�a menos de suministrar un alimento excelente, pues en ciertas regiones de Malasia se reserva especialmente para la mesa de los ind�genas importantes. Pero era asunto de la incumbencia de Nab.
En aquel momento Ciro Smith ten�a en su cabeza otros proyectos. El incidente de la v�spera no se hab�a borrado de su memoria y no dejaba de preocuparlo. Quer�a penetrar en el misterio de aquel combate submarino, y saber cu�l era el cong�nere de los mastodontes, o de otros monstruos marinos, que hab�a causado al dugongo una herida tan extra�a.
Estaba en la orilla del lago, mirando, observando, pero nada aparec�a bajo las aguas tranquilas, que resplandec�an heridas por los primeros rayos del sol.
En aquella playa, donde estaba el cuerpo del dugongo, las aguas eran poco profundas, pero desde aquel punto el fondo del lago iba bajando poco a poco, y era probable que en el centro la profundidad fuese muy grande. El lago pod�a considerarse como una ancha cuenca llenada con las aguas del arroyo Rojo.
-�Y bien, Ciro -dijo el corresponsal-; me parece que esas aguas no ofrecen nada sospechoso.
-�No, querido Spilett -contest� el ingeniero-; no acierto a explicar el incidente de ayer.
-�Confieso -dijo Gede�n Spilett-que la herida hecha al anfibio es por lo menos extra�a y tampoco he podido explicarme c�mo Top fue lanzado tan vigorosamente fuera de las aguas. Parece como si un brazo poderoso lo lanzara y el mismo brazo, armado de un pu�al, diera en seguida muerte al dugongo.
-�S� -contest� el ingeniero, que se hab�a quedado pensativo-. Hay aqu� algo que no puedo comprender. Pero �comprende, querido Spilett, c�mo he sido yo salvado, c�mo he podido ser sacado del agua y trasladado a las dunas? No lo comprende, �verdad? Por eso yo presiento alg�n misterio que descubriremos sin duda alg�n d�a. Observemos, pues, pero no hablemos ante nuestros compa�eros de estos incidentes singulares. Guardemos nuestras observaciones para nosotros y continuemos nuestra tarea.
Como hemos dicho, el ingeniero no hab�a podido descubrir por d�nde se escapaba el sobrante de las aguas del lago; pero, como no hab�a visto tampoco ning�n indicio de desbordamiento, era forzoso que existiera el desag�e en alguna parte. Precisamente en aquel momento Ciro Smith qued� sorprendido al distinguir una corriente bastante pronunciada, que se o�a en el sitio donde ambos se hallaban. Arroj� algunos pedacitos de le�a y vio que se dirig�an hacia el �ngulo sur. Sigui� aquella corriente, marchando por la orilla, y lleg� a la punta meridional del lago.