La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1978
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-240-7
- Переводчик: Jose Maria Aroca
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:
»¿Lo sorprendo, señor? No, al no ser realmente humanos, ¿comprende?, los abos no pueden manejar esa clase de herramientas. Las pueden tomar y transportar de un lado a otro, pero no pueden llevar nada a cabo. Son animales mágicos, si quiere, pero sólo animales. En verdad (se ríe), para ser antropólogo, sabe usted menos que el diablo. Es la prueba que se supone aplicaban los franceses en el vado llamado Reguero de Sangre: paraban a todo el que pasaba y lo hacían cavar con una pala…»
Al astillado alféizar de la ventana del oficial saltó un gato. Era un gran macho negro con un solo ojo y garras dobles: el gato de cementerio de Viena. El oficial lo maldijo y, como no se iba, lenta y cuidadosamente —para no alterarlo— empezó a alargar la mano hacia la pistola; pero en el instante en que los dedos tocaron la culata, el gato siseó como hierro caliente en aceite y escapó de un salto.
«M. dT: ¿Lugares sagrados, monsieur? Sí, tenían muchos, así se decía al menos… Para ellos todo árbol que creciera en las montañas era sagrado; sobre todo si junto a las raíces había agua, como ocurría comúnmente. Donde el río de aquí, el Tempus, entra en el mar, era para ellos un sitio muy sagrado.
Yo: ¿Dónde había otros?
M. dT: Había una cueva, muy río arriba, en los riscos. Que yo sepa nadie nunca la ha visto. Y cerca de la boca del río un anillo de árboles grandes. Ahora han talado la mayoría, pero todavía están los tocones; Trenchard, el mendigo que dice que es uno de ellos, le mostrará el lugar por unos pocos sous; si no, haga que se lo muestre el hijo.
»¿No había oído hablar de él, monsieur? Oh, sí, cerca de los muelles. Lo conoce todo el mundo; es un farsante, ¿comprende?, un bufón. Como la artritis le ha tullido las manos (levanta las propias) no puede trabajar, y entonces dice que es abo y se hace el loco. Se considera que darle unas monedas trae suerte. No, es un hombre como usted y yo. Está casado con una pobre desdichada que la gente apenas ve, y tienen un hijo de unos quince años…»
El oficial hizo pasar veinte o treinta páginas y volvió a leer en un punto donde el nuevo formato de las entradas indicaba algún cambio en la índole del material.
«Un rifle pesado (cal. 35) para defenderse contra animales grandes. Yo lo llevaré. 200 cartuchos.
Un rifle ligero (cal. 225) para garantizar caza menuda para la olla. Lo llevará el chico. 500 cartuchos.
Una escopeta (cal. 20) para caza menuda y aves. Cargada en la mula guía. 160 cartuchos.
Un cajón (en total 200 cajas) de cerillas.
40 lb. de harina.
Levadura.
2 lb. de té (local).
10 lb. de azúcar.
10 lb. de sal.
Batería de cocina.
Multivitaminas.
Botiquín.
Aleros de tienda, con equipo de reparación y estacas y cuerda de repuesto.
Dos sacos de dormir.
Lona impermeable para el suelo.
Par de botas de recambio (para mí).
Ropa extra, cosas de afeitar, etc.
Caja de libros. Algunos traídos de Tierra, la mayoría comprados en Roncesvalles.
Cinta de grabación, tres cámaras, película y esta libreta. Plumas.
Sólo dos cantimploras, pero viajaremos siempre siguiendo el Tempus.
Y no se me ocurre nada más. Sin duda hay muchas cosas que después desearemos haber llevado, y la próxima vez tendré más experiencia; pero tiene que haber una primera vez. Cuando estudiaba en Columbia solía leer relatos de esas expediciones victorianas de polainas y salacot, que usaban cientos de portadores y zapadores y no sé cuánto más, e impulsado por el coraje de Gutenberg, soñaba con dirigir algo así. Así pues, heme aquí, durmiendo bajo techo por última vez, y mañana partimos: tres mulas, el chico (en harapos) y yo (de pantalones de lona azul y camisa deportiva de Culot). Al menos, salvo que me patee una mula o el chico me degüelle mientras duermo, no tengo que preocuparme porque los subordinados se amotinen…
6 de abril. Primera noche al aire libre. Estoy sentado frente a nuestro pequeño fuego, en el cual el chico cocinó la cena. Es un cocinero de campo de primer orden (¡delicioso descubrimiento!), aunque muy ahorrador con la leña, como deduzco de mis lecturas que son siempre los fronterizos. Me resultaría bastante simpático si no fuera por esos grandes ojos de mirada taimada.
Ahora ya duerme, pero yo pienso quedarme despierto anotando lo que ha ocurrido en esta primera jornada de viaje y mirando las estrellas. Él me ha estado indicando las constelaciones, y creo que tal vez ya conozco más el cielo nocturno de Sainte Anne de lo que conocí nunca el de Tierra, lo cual no es una hazaña. Como sea, el chico afirma conocer todos los nombres anneses, y aunque hay buenas posibilidades de que sean meros inventos del padre, los registraré aquí esperando encontrar más tarde confirmación independiente. Están Mil Tentáculos y el Pez (una nebulosa que parece esforzarse por atrapar a una sola estrella brillante), la Mujer de Pelo Ardiente, la Lagartija Guerrera (con Sol como una de las estrellas de la cola), los hijos de la Sombra. Ahora no consigo encontrar a los hijos de la Sombra, pero seguro que el chico me los señaló: dos pares de ojos fulgurantes. Había más, pero ya las he olvidado; tendré que empezar a grabar las conversaciones con el chico.
Pero empecemos por el principio. Esta mañana nos pusimos temprano en movimiento; el chico me ayudó a cargar las mulas, o mejor yo lo ayudé a él. Es muy listo con las cuerdas, y hace grandes nudos de aspecto complicado que parecen sujetar bien hasta que él quiere soltarlos; entonces se le deshacen en los dedos. El padre vino a despedirnos (lo que me sorprendió) y me sometió a una copiosa retórica de desocupado, destinada a hacerme soltar algún dinero y a que lo compensara por la ausencia del muchacho. Al final le di un poco, pensando que me traería suerte.
Las mulas marchan bien, y de momento parecen todas bestias robustas y no más tercas de lo que razonablemente cabría esperar. Son más grandes que caballos y mucho más fuertes, con cabezas más largas que mi brazo y grandes dientes cuadrados, amarillentos, que muestran cuando pliegan los labios para comer los cardos del borde del camino. Dos grises y una negra. Cuando paramos el chico las maneó, y ahora las oigo rondando el campamento; y de vez en cuando veo el humo del aliento de las bestias suspendido en el aire frío como un espíritu pálido.
7 de abril. Ayer pensé que habíamos empezado el viaje de veras, pero hoy comprendo que simplemente andábamos de excursión por las tierras colonizadas —o medio colonizadas, al menos— de los alrededores de Playa del Francés, y que, de haber subido anoche a una de las colinas cercanas al campamento, casi seguramente habríamos visto las luces de alguna granja. Esta mañana pasamos incluso por un minúsculo poblado que el chico llamó «Los gabachos», nombre que, supongo, no admitirían de buen grado los habitantes. Le pregunté si no lo avergonzaba usar semejante nombre cuando él desciende de franceses, y con gran seriedad me dijo que no, que él tiene a medias sangre del Pueblo Libre —nombre que da a los anneses— y que es leal a ese pueblo. En suma, cree en su padre; aunque quizá sea la única persona del mundo que cree en él. No obstante, es un chico brillante; tal es el poder de la educación paterna.
Una vez que dejamos atrás «Los gabachos», el camino simplemente desapareció. Habíamos llegado a la frontera de «el fondo de más allá» y las mulas lo percibieron en seguida: se volvieron más porfiadas y nerviosas… en otras palabras, menos gente y más animales. Vamos cortando hacia el oeste y el norte, debería explicar, buscando el río en una larga diagonal en vez de acercarnos directamente. De este modo pensamos evitar la mayor parte de las marismas (en manos del mendigo ya las he visto lo suficiente como para no querer intentar cruzarlas) y dar con los arroyuelos que lo alimentan hasta llegar a satisfacer nuestras necesidades de agua. En cualquier caso el Tempus, eso me han dicho, es demasiado salobre aun muy lejos de la costa.