La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1978
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-240-7
- Переводчик: Jose Maria Aroca
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:
Ayer debí mencionar (pero me olvidé) que al montar la tienda descubrimos que no hemos traído un hacha, ni implemento alguno con el que clavar las estacas. Regañé un poco al chico, pero él se limitó a reírse y arregló el asunto martillando con una piedra. Encuentra abundante madera muerta para el fuego, y la parte con la rodilla, con una fuerza asombrosa. Para encender el fuego hace una especie de casita o enramada de varillas, que llena con hojas y hierba secas, alzando la construcción entera en menos de lo que me ha llevado escribirlo. Siempre (es decir, anoche y hoy) me pide que la encienda yo, aparentemente porque lo considera una función superior que ha de ser desempeñada por el jefe de la expedición. Imagino que una hoguera tiene algo de sagrado, si es que el mandato de Dios rige tan lejos de Sol; pero, tal vez para no abrumarnos con el santo misterio del humo, piadosamente la mantiene tan reducida que me asombra que pueda cocinar. Aun así, muy a menudo se quema los dedos, he advertido, y cada vez se los mete infantilmente en la boca y empieza a dar saltos alrededor del fuego, farfullando.
8 de abril. El chico es el peor tirador que he visto en mi vida; hasta ahora, prácticamente es lo único que he descubierto que no hace bien. Hasta ahora lo hacía llevar el rifle ligero, pero después de tres días se lo he quitado; al parecer no se le ocurre otra cosa que apuntar vagamente el arma hacia el animal que yo le señalo, cerrar los ojos y apretar el gatillo. Sinceramente pienso que en el fondo del corazón (si el chico tiene tal cosa) cree que lo que mata es el ruido. Las piezas que hemos cazado hasta ahora las maté yo, bien arrebatándole el rifle después del primer disparo y disparando enseguida por segunda vez, antes de que el blanco se perdiera de vista, o bien usando el rifle pesado, lo que es un desperdicio tanto de munición cara como de carne.
Por otro lado el chico (realmente no sé por qué lo llamo así, salvo porque lo hacía su padre; es casi un hombre, y ahora que lo pienso, al menos fisiológicamente sólo ocho o nueve años menor que yo) tiene el mejor ojo que he visto para las piezas heridas. Es mejor que un buen perro, ya sea para localizar como para cobrar —lo que ya es bastante— y ha viajado mucho por «el fondo de más allá», aunque nunca ha remontado el río tanto como para llegar a la cueva sagrada (espero que no mítica) que estamos buscando. En todo caso, parece haber vivido largas temporadas en el páramo con la madre. Tengo la impresión de que a ella no le entusiasmaba mucho el tipo de vida que su marido le daba en Playa del Francés, de lo cual no diré que la culpo. De cualquier manera, con el olfato del chico para la sangre y mi puntería, no creo que nos escasee la carne.
¿Qué más hoy? Ah, sí, la gata. Nos viene siguiendo una, al menos desde que pasamos por «Los gabachos». Hoy al mediodía la entreví, y por un instante (el reverbero del sol acentuaba la engañosa, fantástica extensión que tiene el paisaje verde bajo este cielo oscuro) pensé que era un tigre tedio. La bala se fue alta, naturalmente, y cuando vi la polvareda, en un tris todo cobró perspectiva: mis «matorrales» eran arbustos, y la distancia que me había parecido de unas doscientas cincuenta yardas era tres veces menor; con lo que mi tigre tedio se convirtió en una mera gata doméstica de raza terráquea, sin duda salida de alguna granja. Parece seguirnos con toda deliberación, manteniéndose ahora a un cuarto de milla. Esta tarde le disparé un par de tiros de largo alcance (doscientas a trescientas yardas), lo que contrarió tanto al chico que me arrepentí de mis intenciones felinicidas y le dije que si lograba atraer el animal al campamento lo podría tener de mascota. Supongo que nos sigue por los restos de comida que dejamos. Mañana habrá en cantidad: hoy cacé un venado chinche.
10 de abril. Dos días de caminata ininterrumpida durante los cuales vimos buena cantidad de caza, pero ni un rastro de anneses sobrevivientes. Hemos cruzado tres riachos que el chico llama Serpiente Amarilla, Niña que Corre y Fin de los Días, pero que según mi mapa son arroyo Milla Cincuenta, río Johnson y Rougette. Con ninguno hubo problemas; los primeros dos pudimos vadearlos por donde nos topamos con ellos, y unos pocos cientos de yardas más arriba pasamos el Rougette (que pintó mis botas, las piernas del chico y las patas de las mulas). Mañana espero ver el Tempus (que el chico llama simplemente «El Río»); me asegura que la cueva sagrada de los anneses ha de estar un buen trecho más adelante; dice, por cierto, que las orillas por las que ha pasado nuestra ruta no son de piedra sino de barro, y no pueden albergar una cueva.
Finalmente se me ocurrió que si el chico ha vivido (como dice) buena parte de su vida en tierras vírgenes, tal vez sea —pese a la influencia corruptora del padre y su propia, perseverante convicción de ser medio annés— una magnífica fuente de información. Tengo la entrevista grabada, pero —como hago siempre con el material más interesante— la transcribo aquí.
Yo: Me has dicho que a menudo, especialmente en primavera y verano, has vivido con tu madre en «el fondo de más allá»; en ocasiones durante meses. Me han informado que hace unos cincuenta años, en las granjas ganaderas más remotas, niños anneses solían venir a jugar con los humanos. ¿A ti te pasó algo así? ¿Hubo alguien aquí, además de tu madre y tú? Al fin y al cabo, en cuatro días nosotros no hemos visto a nadie.
V.R.T.: Casi cada día de estos cuatro días de viaje, como usted dice, vimos muchísima gente, muchos animales y pájaros, árboles que estaban vivos… Aunque esto todavía no es el fondo de más allá donde uno ve a los dioses bajar por el río flotando en troncos, y árboles que se van de viaje, y a los dioses de cabeza grande y pequeña y capullos de hidrangeas de agua en el pelo; o a los hombres alce que tenían la cabeza y el pelo y la barba y los brazos y el cuerpo como los de los hombres, y las patas de cuerpo de alce rojo, y que por eso necesitaban aparearse con mujeres vaca una vez como hacen las bestias y una vez como hacen los hombres, y toda la primavera luchaban gritando en las laderas, y luego cuando las gentes de la laguna volvieron del sur, huyendo, en seguida se reconciliaron y andaban de nuevo abrazados y robaban huevos de picapinos o pateaban piedras contra mí; y claro, los hijos de la Sombra también venían a robar cada noche montados en burbujas y en la espuma de los manantiales, y entonces después de que se ponía el sol mi madre me guardaba bajo sus cabellos y no me dejaba salir, porque en esa época yo era muy chico, pero cuando me hice más grande, ¡yo salía y gritaba y los hacía escapar!
»Es que ellos creen, siempre creen, que obtendrán lo que quieren, y entonces en seguida vienen corriendo a morder; pero si uno se vuelve deprisa y grita, no lo hacen nunca, y nunca son tantos como ellos piensan, porque algunos sólo están en la mente de los otros, así que a la hora de pelear se disuelven unos en otros y no son más que uno solo.
Yo: ¿Por qué nosotros no hemos visto ninguna de estas cosas raras?
V.R.T.: Yo he visto.
Yo: ¿Qué? Estando conmigo, quiero decir.
V.R T.: Pájaros y animales y árboles vivos, y a los hijos de la Sombra.
Yo: Te refieres a las estrellas. Si ves algo extraordinario me lo dirás, ¿no?
V.R.T.: (Asiente).
Yo: Eres un muchacho fuera de lo común. Cuando estás con tu padre en Playa del Francés, ¿vas al colegio?
V.R.T.:A veces.
Yo: Ya eres casi un hombre. ¿Has pensado un poco en qué harás dentro de unos años?
V.R.T.: (Llora).