La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1978
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-240-7
- Переводчик: Jose Maria Aroca
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:
»Muchas veces obtenía menos aún. Y me preguntaba por qué tanto de lo que se decía estaba en números: DOS DOCE A LAS MONTAÑAS… Después me di cuenta de que normalmente se llaman —nos llamamos— por el número de celda, que indica la localización y, al fin y al cabo, supongo que es lo más importante de un preso».
La página terminaba. En vez de mirar la siguiente, el oficial se levantó empujando la silla hacia atrás. Al cabo de un momento traspuso el umbral abierto; fuera había ahora una leve brisa, y Sainte Anne, alta sobre su cabeza, envolvía el mundo en una triste luz verde. A una milla o más, en el puerto, se divisaban los palos de los barcos. El aire traía el dulzor penetrante de las flores nocturnas que el comandante anterior había hecho plantar alrededor de la construcción. A cincuenta pies, en cuclillas bajo la sombra de un eucalipto, el esclavo apoyaba la espalda en el tronco, lo bastante escondido para sostener la ficción de que era invisible y no lo necesitaban, lo bastante cerca para oír si el oficial lo llamaba o batía las palmas. El oficial lo miró significativamente y el esclavo cruzó corriendo la reseca hierba calada de verdor e hizo una reverencia.
—Cassilla —dijo el oficial.
El esclavo inclinó la cabeza.
—Con el mayor respeto… Tal vez, Maitre, una chica de la ciudad…
Mecánicamente el oficial, que era más joven que él, abrió la mano izquierda y golpeó la mejilla derecha del esclavo. No menos mecánicamente, el esclavo cayó de rodillas y se puso a sollozar. El oficial lo empujó con el pie hasta dejarlo tendido en la hierba medio muerta y volvió al cuarto que le servía de oficina. Cuando se marchó, el esclavo se puso de pie, se sacudió la ropa raída y volvió a su puesto bajo el eucalipto. Pasarían dos horas o más hasta que el mayor terminara con Cassilla.
Hubo una raza nativa. Son historias demasiado conocidas, con demasiados pormenores, demasiado bien documentadas para que el asunto sea un mito infantil de nuevo planeta. Queda por averiguar el porqué de la ausencia de artefactos legítimos, pero tiene que haber alguna explicación.
Para este pueblo indígena, la humanidad y la cultura tecnológica fueron sin duda más tóxicas que para cualquier otro grupo aborigen de la historia. En un lapso de no mucho más de un siglo, de primitivos ubicuos aunque poco dispersos, han pasado a ser algo menos que un recuerdo; esto sin una catástrofe específica peor que la destrucción de las crónicas de las primeras partidas francesas, desembarcadas durante la guerra.
Mi problema, entonces, es enterarme de todo lo que haya por aprender sobre un pueblo muy primitivo que ha dejado muy pocos rastros físicos —hasta donde se sabe— y ciertas leyendas muy elaboradas. Estaría desalentado si no fuera porque el paralelo con esos pigmeos paleolíticos, caucasoides, que se dieron en llamar la Gente Buena —y sobrevivieron, como se mostró finalmente, en Escandinavia y Eire hasta los últimos años del siglo dieciocho— me parece casi exacto.
¿Hasta qué fecha, pues, aguantaron los anneses? Aunque he estado haciendo preguntas a todos los implicados, y escuchando todo lo que quisieran contarme —de tercera, de enésima mano; siempre pienso que de algo me enteraré, y es absurdo convertir en enemigo a quien quizá más tarde me conduzca a una información mejor—, he estado especialmente atento a los relatos de primera mano, con fecha. Los tengo todos en cintas, pero tal vez sea sensato transcribir aquí algunos de los más interesantes; al fin y al cabo las cintas pueden estropearse o perderse. Para evitar confusiones doy todas las fechas según el calendario local.
13 de marzo. Guiado por el señor Judson, conserje del hotel, que me presentó con un prolongado discurso, pude hablar con la señora Mary Blount, una octogenaria que vive con su nieta y el marido de ésta en una granja a unas veinte millas de Playa del Francés. Antes de presentarme a la anciana, el marido me previno de que a veces los pensamientos se le confundían, y con el propósito de mostrármelo puso como ejemplo que unas veces afirmaba haber nacido en Tierra, mientras que otras insistía en que había sido en una nave colonizadora. Empecé la entrevista preguntándole por esto; la respuesta confirma, me temo, cuan poco se escucha a la gente de edad en nuestra cultura.
Sra. Blount: Dónde nací. En la nave. Sí. Fui la primera que nació en la nave y la última nacida en el viejo mundo… ¿Qué le parece, joven? No admitían a bordo mujeres embarazadas, ¿sabe?, pero lo cierto es que entraron a montones. Mi madre quería ir, y decidió no decir nada. Era una mujer robusta, ya se imaginará usted, y supongo que yo era un bebé pequeñito. Sí, para todo aquel montaje había exámenes físicos, pero eso había sido tres meses antes, porque el despegue se retrasó. Todas las mujeres debían ponerse ese cubretodo que llamaban traje espacial, igual que los hombres, y cuando mamá sintió que yo llegaba les dijo que quería aflojárselo, y armó una de mil diablos. O sea que no sabían. Ya había tenido dolores, decía, al subir a la torre de lanzamiento, pero la médica de la nave era una de ellas y no dijo nada a nadie, y nos puso a las dos a dormir como hacían con algunos, y cuando me desperté habían pasado veintiún años. La nave en que vinimos era la nueve-ocho-seis, que no era la número uno pero sí una de las primeras. He oído que antes les ponían nombres, y pienso que sería más bonito.
»Sí, cuando vinimos todavía quedaban aquí algunos franceses; a la mayoría salvo los niños más pequeños les faltaban las piernas o los brazos y tenían unas cicatrices terribles. Sabían que habían perdido y nosotros sabíamos que habíamos ganado, y nuestros hombres se apoderaron de tierras y animales, así de simple, lo que se les antojara, eso me contó después mamá. Yo era pequeña, ¿sabe?, y no me di cuenta de nada. En el tiempo en que yo me criaba también crecían las francesitas, y no vea lo graciosas que eran. Se conseguían los chicos más guapos, ¿sabe?, y los ricos. Ya podía una ir a un baile con su mejor vestido, que llegaba una gabacha, en harapos, ¿se da cuenta?, pero con una cinta y una flor en el pelo, y todo el mundo se volvía a mirarla.
»¿Anneses? ¿Qué son los anneses? Ah, ellos. Nosotros los llamábamos abos, o salvajes. No eran gente de verdad, ya entiende, sólo animales con forma de gente. Claro que los he visto. Pues cuando yo era chica jugaba con los niños, los pequeños, ¿sabe? Mamá no quería, pero cuando yo salía a jugar sola me iba al fondo de nuestro prado y ellos venían a jugar conmigo. Mamá decía que me iban a comer (se ríe), pero yo no diría que alguna vez lo intentaron.
»¡Pero caray si robaban! Cualquier cosa de comer; tenían hambre todo el tiempo. Se acostumbraron a saquear nuestro ahumadero, y una noche papá mató a tres, con la escopeta. Con uno yo había jugado a veces, y lloré; los niños son así. No, no sé dónde los enterró, si es que lo hizo; supongo que los arrastró fuera del terreno, y se los dejó a las fieras.
Entró un oficial hermano. El oficial apartó la libreta y un soplo de viento revolvió las páginas.
—Ah, qué sensación —dijo el oficial hermano—. ¿Por qué no soplará de día, cuando nos hace falta?
El oficial se encogió de hombros.
—Te quedas despierto hasta tarde.
—No tanto como tú… Ya me voy a la cama.
—Fíjate lo que me han dado —los labios del oficial se curvaron en una sonrisa agria. Señaló la jungla de papeles y citas que tenía sobre la mesa.
—¿Político?
—Criminal.
—Díles que le sacudan el polvo al garrote y vete a dormir un poco.
—Antes tengo que descubrir de qué se trata. Ya conoces al comandante.
—Mañana estarás para el arrastre.