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La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]

Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:

Muy lejos de su planeta madre, la Tierra, dos mundos gemelos, Sainte Anne y Sainte Croix, fueron colonizados en su tiempo por inmigrantes franceses, que aniquilaron a la población nativa del segundo de ellos. Muchos siglos después, tras una guerra que dispersó a los colonos originales y relegó a la leyenda el recuerdo del genocidio original, un etnólogo de la Tierra, John V. Marsch, dedica su vida a buscar las huellas de aquella cultura alienígena, los abos, el Pueblo Libre, los hijos de la Sombra, convertida hoy en una indefinida mitología aplastada bajo un subterráneo sentimiento de culpabilidad que niega incluso la realidad de su existencia…
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Estaba fechada casi un año antes.

Señor:

Los materiales que le envío se refieren al prisionero —143, actualmente detenido en este establecimiento y que alega ser ciudadano de Tierra. El preso, cuyo pasaporte (que puede haber sido alterado) lo identifica como John V. Marsch, doctor en Filosofía, llegó aquí el 2 de abril del año pasado y fue detenido el 5 de junio del año actual en vinculación con el asesinato de un Corresponsal Espión SGPB Clase AA de esta ciudad. Entretanto el hijo del referido ha sido condenado, pero, como advertirá por el material que adjunto, hay considerables pruebas de que #143 podría ser agente de la junta que actualmente detenta el poder en la esfera hermana; de hecho, esto es lo que yo opino.

Llamo su atención sobre la circunstancia de que en este momento la ejecución del agente de Sainte Anne tendría un excelente efecto en la opinión pública local. Por otro lado, si estamos dispuestos a aceptar la afirmación del preso de que en verdad procede del mundo madre, liberarlo podría tener un efecto igualmente favorable, al menos hasta que ulteriormente se incrimine a sí mismo. Nuestra gente, en particular la clase intelectual, le dispensó una calurosa bienvenida cuando llegó como científico terráqueo…

—Maitre…

El oficial alzó la cabeza. Bostezando, Cassilla estaba a su lado con una bandeja y el esclavo detrás.

—Café, Maitre —dijo.

En la clara luz diurna él le vio las finas arrugas alrededor de los ojos; la muchacha envejecía. Una lástima. Tomó la taza que le estaba ofreciendo, y mientras ella vertía el café, le preguntó cuántos años tenía.

—Veintiuno, Maitre.

La cafetera era una de esas de plata con divisas, lo cual significaba que en la cocina el esclavo había insistido en utilizarla; si no le habrían dado una común de las mesas de suboficiales.

—Tendrías que cuidarte más.

El café estaba caliente, y apenas aromatizado con vainilla. Agregó una cucharada de nata espesa.

—Sí, Maitre. ¿Algo más?

—Puedes irte. Tú —le hizo una seña al esclavo—, ¿cuál es el próximo barco para Port-Mimizon?

—El Lucero de la Tarde, Maitre. Hoy, con la marea alta. Pero antes de llegar a la Mano tocará Bocafría, y a lo mejor comercia un poco con los isleños. El Desmond de la Ciénaga no zarpa hasta la semana que viene, pero debería estar en Port-Mimizon alrededor de un mes antes.

El oficial asintió, sorbió el café y regresó a la carta.

Aunque una cantidad de ítems de los documentos privados del preso dan la impresión de ser significativos, hasta el momento él no ha admitido nada. Seguimos la política habitual de tratamiento alternativamente indulgente y severo con el propósito de producir un colapso. Poco después de que lo alojáramos en la benigna celda, el preso #47, de la planta superior, empezó a comunicarse con el otro preso mediante golpes codificados en un caño que pasa por ambas celdas. En cuanto el preso respondió, persuadimos a #47 (que es político, y blando como todos nuestros políticos autóctonos) de que llevara un registro de los intercambios. Lo ha hecho (archivo #181) y los exámenes han demostrado que es fiel, pero la materia temática no parece importante. Al parecer el preso de la celda adyacente, una mujer analfabeta dada al robo menor, también intenta comunicarse con el preso mediante golpes, pero la pauta es ininteligible y él no contesta.

Dado que la universidad ejerce cierta presión para que #143 sea liberado, apreciaríamos una decisión pronta sobre el caso.

El oficial abrió la cartera y dejó caer la carta, seguida de fajos de hojas sueltas con escritura oficial, los rollos de cinta, el diario encuadernado en tela y el cuaderno de redacción escolar. Luego, sacando de un cajón del escritorio unas hojas de papel sellado y una pluma, se puso a escribir.

Director del SGPB Ciudadela,

Port-Mimizon Departament de la Maine

Señor:

Hemos examinado largamente el caso adjunto. Aunque el preso carece de importancia, las dos opciones propuestas nos parecen totalmente insostenibles. De ser el preso públicamente ejecutado, muchos considerarían que en efecto era ciudadano del mundo madre, como afirmaba, y que se lo habría quemado como chivo emisario. Por otra parte, si fuera puesto en libertad y luego vuelto a detener, la credibilidad del gobierno estaría gravemente dañada.

El estado de la opinión pública en Port-Mimizon no nos concierne, pero, ya que es la única importancia que tiene el caso, le ordenamos continuar esforzándose por asegurar una cooperación total; de paso le advertiríamos que no ponga una confianza prematura en el incipiente afecto por la muchacha CE. En tanto no se consiga esa cooperación total le ordenamos que mantenga al preso detenido.

Tras haber firmado al pie, el oficial dejó caer también este papel en la cartera, y llamando al esclavo, lo instruyó para que la atara como antes. Cuando hubo acabado, el oficial dijo:

—Embarcarás esto en el Lucero de la Tarde. Para Port-Mimizon.

—Sí, Maitre.

—¿Hoy servirás al comandante?

—Sí, Maitre. Desde las doce. Durante la comida para el general, ¿sabe, Maitre?

—Quizá tengas alguna ocasión, una digna ocasión, de hablar con él. Muy probablemente cuando te pida que me transmitas su agradecimiento por haberle prestado tus servicios.

—Sí, Maitre.

—En ese momento podrías ingeniártelas para informarle de que me pasé toda la noche en vela con este caso, y que lo despaché esta mañana por el primer barco con destino a Port-Mimizon. ¿Entiendes?

—Sí, Maitre. Entiendo, Maitre.

Por un instante el esclavo se permitió deponer el aire habitual de deferencia y sonrió; y el oficial, viendo esa sonrisa, comprendió que si le era posible cumpliría las instrucciones, que cierto secreto amor suyo por la intriga y la duplicidad se deleitaba con todo aquello. Y el esclavo, viendo la expresión del oficial, supo que nunca tendría que volver a los telares y los talleres de cardado, habiendo comprendido que el oficial sabía que él haría todo lo posible por el mero placer de hacerlo.

Cargó la cartera al hombro para llevarla al muelle y al barco Lucero de la Tarde, y se separaron muy contentos los dos.

Cuando el esclavo se marchó, el oficial encontró una cinta más que había rodado hasta quedar detrás de la lámpara; fue hasta la ventana y la dejó caer en uno de los descuidados parterres, entre las prominentes trompetas de los ángeles.

FIN
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