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La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]

Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:

Muy lejos de su planeta madre, la Tierra, dos mundos gemelos, Sainte Anne y Sainte Croix, fueron colonizados en su tiempo por inmigrantes franceses, que aniquilaron a la población nativa del segundo de ellos. Muchos siglos después, tras una guerra que dispersó a los colonos originales y relegó a la leyenda el recuerdo del genocidio original, un etnólogo de la Tierra, John V. Marsch, dedica su vida a buscar las huellas de aquella cultura alienígena, los abos, el Pueblo Libre, los hijos de la Sombra, convertida hoy en una indefinida mitología aplastada bajo un subterráneo sentimiento de culpabilidad que niega incluso la realidad de su existencia…
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Cuarenta y siete: Político.

Yo: ¿De qué bando?

Cuarenta y siete: Uno cuarenta y tres, es ridículo. ¿te da miedo responderme? ¿qué más te pueden hacer? Ya estás aquí.

Yo: ¿Por qué voy a confiar en ti si tú no confías en mí? Empieza tú (lastimándome los nudillos).

Del cinco de setiembre.

Cuando consiga piedra. Me duele mano.

¡Cobarde! (esto envía Cuarenta y siete, muy fuerte. Se romperá las gafas).

¿Por dónde iba? Ah, sí, mi detención. La casa entera estaba en silencio; pensé que por la hora avanzada, pero ahora comprendo que casi todos debían estar despiertos, pues sabían que me aguardaban en mi habitación, en la cama, y atreviéndose apenas a respirar mientras esperaban los disparos y los gritos. Madame Duclose quizá estaba allí, afligida por el gran espejo de marco dorado sobre el cual me había prevenido repetidas veces. He descubierto que en Port-Mimizon los espejos son muy caros; hablo de los buenos, los de cristal azogado, no los hechos de trozos de metal pulido. De modo pues que no había ronquidos, nadie tropezaba pasillo abajo rumbo a los retretes, ningún ahogado suspiro de pasión llegaba del cuarto de una Mademoiselle Etienne entretenida con los frutos de su imaginación y una vela de sebo.

No me anuncié. Garabateé mi nota (otros creen que tengo muy mala mano, pero yo no pienso lo mismo; cuando reciba el nombramiento haré —si tengo que dar alguna clase— que mis alumnos escriban por mí en la pizarra, o distribuiré apuntes ya impresos en tinta púrpura sobre papel amarillo) dirigida a Mme. Duclose y subí, como pensaba, a la cama.

Eran muy confiados. Tenían una luz ardiendo en mi habitación, y vi la banda de fulgor al pie de la puerta. Por cierto, si realmente hubiera cometido algún delito, al ver la luz habría dado media vuelta y huido de puntillas. El caso es que pensé que me había llegado una carta o un mensaje, acaso del presidente de la universidad, o posiblemente del administrador del burdel Cave Canem, que esa noche me había pedido ayuda para tratar con su «hijo». Decidí que si era él, no contestaría hasta la noche siguiente; estaba muy cansado. Además había bebido suficiente brandy para sentirme agotado, y buscando la llave tomé consciencia de la ineficacia de mis movimientos; entonces descubrí que la puerta no estaba cerrada.

Los que me esperaban, todos sentados, eran tres. Dos vestían uniforme; el tercero un traje oscuro que había sido bueno pero ahora estaba raído y tenía manchas de comida y de aceite de lámpara, y además le quedaba algo pequeño, de modo que parecía el valet de un avaro. Estaba sentado en mi mejor silla, la del asiento bordado, con un brazo colgando negligentemente por detrás del respaldo y junto a la lámpara de globo con rosas pintadas y pantalla de flecos, como si hubiera estado leyendo. Detrás tenía el espejo de Mme. Duclose, y vi que llevaba el pelo corto y cicatrices en la cabeza, como si lo hubieran torturado u operado del cerebro o hubiera luchado contra alguien provisto de un arma cortante. Por encima de su hombro me vi a mí mismo, con el sombrero alto que había comprado aquí en Port-Mimizon después de mi llegada, mi segunda mejor capa y una estúpida cara de sorpresa.

Uno de los uniformados se levantó a cerrar la puerta detrás de mí, echando el cerrojo. Llevaba chaqueta y pantalón de color gris y gorra con visera, y a la cintura una ancha correa marrón con un revólver enfundado, muy grande y que parecía antiguo. Cuando volvió a sentarse noté que los zapatos eran corrientes, de obrero, no de gran calidad y ya muy gastados. El segundo uniformado dijo:

—Puede colgar el sombrero y el abrigo, si quiere.

Yo dije:

—Claro —y, como solía, los colgué de los ganchos que había detrás de la puerta.

—Nos será preciso registrarlo —éste era también el segundo uniformado, que vestía una chaqueta verde de manga corta, con muchos bolsillos, y amplios pantalones verdes con tiras en los tobillos, como si parte de sus deberes fuera montar en bicicleta—. Lo haremos de una de dos maneras, de acuerdo con las preferencias de usted. Puede, si quiere, desvestirse; luego registraremos la ropa y le permitiremos vestirse de nuevo; no obstante, debe desvestirse ante nosotros para no tener oportunidad de esconder algo que pueda llevar encima. O podemos registrarlo aquí y ahora, tal como está. ¿Cuál de las dos prefiere?

Pregunté si era la policía quien me había detenido. El que estaba en la silla bordada contestó:

—No, profesor, tenga la seguridad de que no.

—No soy profesor, al menos no hasta ahora, que yo sepa. Si no estoy detenido, ¿por qué me registran? ¿Qué se supone que he hecho?

El que había cerrado la puerta dijo:

—Lo registraremos para ver si hay motivos para detenerlo —y miró al de traje negro buscando confirmación.

El otro uniformado dijo:

—Tiene que elegir. ¿Cómo lo registraremos?

—¿Y si no me someto a que me registren?

El de traje negro dijo:

—Entonces lo tendremos que llevar a la ciudadela. Lo registrarán allí.

—¿Quiere decir que me detendrán?

—Monsieur…

—No soy francés. Soy de Norteamérica, Tierra.

—Profesor, se lo digo como amigo: no nos obligue a que lo detengamos. Aquí un arresto es asunto serio; pero es posible ser registrado, interrogado, y hasta incluso, podría ocurrir, demorado por un tiempo…

—Y hasta quizá juzgado y ejecutado —lo relevó el de chaqueta verde.

—…sin haber sido detenido. No nos obligue a detenerlo, se lo ruego.

—Pero tendrán que registrarme.

—Sí —dijeron los dos uniformados.

—Entonces prefiero que me registren como estoy, sin desvestirme.

Los uniformados se miraron entre sí como si eso fuera significativo. Con aire aburrido, el de negro tomó el libro que había estado leyendo, que vi era uno de los míos: la Guía de campo de los animales de Sainte Anne.

El de la pistola en el cinturón, a medias disculpándose, se acercó a registrarme, y por primera vez advertí que el uniforme era de la Dirección de Tránsito Urbano.

—Usted es cochero de tranvía, ¿no? ¿Por qué lleva ese revólver?

El de negro dijo:

—Porque llevarlo es su deber. Yo podría preguntarle por qué está armado usted.

—Yo no estoy armado.

—Al contrario, acabo de examinar este libro de usted… En la solapa de atrás hay escritas con lápiz unas tablas de cifras. ¿Puede decirme qué son?

—Las dejó algún propietario anterior —le dije— y no tengo idea de qué son. ¿Me está acusando de ser algo así como un espía? Si se fija verá que son viejas como el libro y muy borrosas.

—Son cifras interesantes; pares de números de los cuales el primero significa metros y el segundo centímetros.

—Las he visto.

El del uniforme de Tránsito Urbano me estaba palmeando los bolsillos; cada cosa que encontraba, el reloj, dinero, la libretita, se las iba entregando al de negro con un breve gesto obsequioso.

—No tengo cabeza para las matemáticas —dijo.

—Qué afortunado.

—He analizado estas cifras… se aproximan mucho a la sección cónica llamada parábola.

—Eso no significa nada para mí. Como antropólogo trato más a menudo con la curva de distribución normal.

—Qué afortunado —dijo el hombre de negro, devolviéndome el sarcasmo de un momento antes.

Hizo una seña a los uniformados, que se acercaron a él. Estuvieron un momento susurrando, y noté lo similares que eran las caras: las tres de mentón puntiagudo, cejas negras y ojos pequeños, tanto que podrían haber sido hermanos. El de negro el mayor y quizá también el más inteligente, el de Tránsito Urbano el menos imaginativo, pero los tres de la misma familia.

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