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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]
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La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]

Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:

Muy lejos de su planeta madre, la Tierra, dos mundos gemelos, Sainte Anne y Sainte Croix, fueron colonizados en su tiempo por inmigrantes franceses, que aniquilaron a la población nativa del segundo de ellos. Muchos siglos después, tras una guerra que dispersó a los colonos originales y relegó a la leyenda el recuerdo del genocidio original, un etnólogo de la Tierra, John V. Marsch, dedica su vida a buscar las huellas de aquella cultura alienígena, los abos, el Pueblo Libre, los hijos de la Sombra, convertida hoy en una indefinida mitología aplastada bajo un subterráneo sentimiento de culpabilidad que niega incluso la realidad de su existencia…
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—No hablaré más —y dando la espalda a todos, volvió la mirada a Océano.

Paso en la Arena dijo:

—Nos vamos. No intentes deternos.

—Espera… —Viento del Este se volvió hacia Ondulante Rama de Cedro—. Dile que espere.

Ella le dijo a Paso en la Arena:

—Él también es hijo mío. Espera.

Paso en la Arena se encogió de hombros y amargamente preguntó:

—Hermano, ¿qué quieres de nosotros?

—Es un asunto de hombres, no de mujeres; y no de los que son como él —miró al último hijo de la Sombra—. Diles que se vayan a la orilla y río arriba. Juro que ningún hombre del pantano se les interpondrá.

Las mujeres se fueron, pero el último hijo de la Sombra sólo dijo:

—Esperaré en la orilla.

Y Viento del Este, vencido, asintió.

—Bien, Hermano —dijo Paso en la Arena—, ¿qué anda por aquí?

—Mientras las estrellas están en su sitio —respondió despacio Viento del Este—, el andariego de estrellas juzga a la gente; pero cuando cae una estrella hay que nublar el río con la sangre del andariego, para que el río pueda olvidar. Esto lo hace el discípulo, ayudado por todos los más próximos.

En la cara de Paso en la Arena había una pregunta.

—Yo sé golpear —dijo Viento del Este— y golpearé. Pero lo amo, y no golpearé lo bastante fuerte. Debes ayudarme. Ven conmigo.

Nadaron juntos en el río, y en la otra orilla encontraron un árbol de corteza blanca, como los que Paso en la Arena había visto en un sueño, ordenados en un gran círculo alrededor de Viento del Este. Las raíces flotaban en el agua cortante, y eligiendo una varilla menos gruesa que un dedo, Viento del Este la separó de un mordisco, la levantó chorreante y se la dio a Paso en la Arena. Era larga como su brazo, con la parte de abajo cargada de pequeños moluscos, con olor a lodo. Mientras Paso en la Arena la examinaba, Viento del Este tomó otra varilla y ambos azotaron a Última Voz hasta que del cuerpo flotante no corrió más sangre, aunque los afilados caparazones le habían abierto la carne en la espalda.

—Era montañés —dijo Viento del Este—. Todos los andariegos de estrellas deben nacer en el país alto.

Paso en la Arena dejó caer al agua el ensangrentado flagelo.

—¿Y ahora qué?

—Se ha acabado —Viento del Este tenía lágrimas en los ojos—. En vez de comer el cuerpo, se lo deja derivar hasta Océano; un sacrificio total.

—¿Yahora tú gobiernas el pantano?

—Deben quemarme la cabeza como fue quemada la suya. Después… sí.

—¿Ypor qué voy a dejarte vivir? Habrías ahogado a nuestra madre. No eres hombre, y puedo matarte…

Antes de que Viento del Este contestara, Paso en la Arena lo tenía aferrado, tirándolo hacia atrás por el pelo.

—Si muere —le susurró el Viejo Sabio a Paso en la Arena— algo de ti muere con él.

—Que muera pues. Es una parte de mí que quisiera matar.

—¿Te mataría él de esta manera?

—Nos habría ahogado a todos.

—Por lo que tenía en la mente. Tú ahora lo matas por odio. ¿Te habría matado él así?

—Es como yo —dijo Paso en la Arena, y dobló a Viento del Este hacia atrás hasta que el agua le cubrió la frente y le lamió los ojos.

—Hay una forma de saberlo —dijo el Viejo Sabio, y Paso en la Arena vio que el último hijo de la Sombra había vuelto a entrar en el río. Cuando advirtió que Paso en la Arena lo miraba, repitió:

—Hay una forma.

—Muy bien, ¿cuál?

—Deja que se enderece —le dijo el hijo de la Sombra, y a Viento del Este—. Vosotros nos coméis, pero sabéis que somos gente mágica.

Boqueando, Viento del Este respondió:

—Lo sabemos.

—Por nuestro poder hice que cayeran las estrellas; pero ahora hago una magia todavía más grande. Te hago a ti Paso en la Arena y a Paso en la Arena lo hago tú —dijo el hijo de la Sombra, y rápido como una culebra se lanzó hacia adelante y clavó los dientes en el brazo de Viento del Este. Paso en la Arena vio cómo la cara de su gemelo se aflojaba y los ojos miraban cosas nunca vistas—. Lo que nadaba en mi boca ahora nada en sus venas —dijo el hijo de la Sombra, limpiándose de los labios la sangre de Viento del Este—. Y porque hablé con él y me creyó, en su pensamiento ahora él es tú.

A Paso en la Arena le dolía el brazo de azotar a Última Voz, y se lo frotó.

—Pero ¿cómo sabremos qué hace?

—Pronto hablará.

—Esto es un juego de niños. Debería morir.

Paso en la Arena pateó los pies de Viento del Este, para que cayera al agua, y allí lo mantuvo hasta que el cuerpo se aflojó. Después de enderezarse le dijo al último hijo de la Sombra:

—Hablé.

—Sí.

—Pero ahora no sé si soy Paso en la Arena o un sueño de Viento del Este.

—Y yo tampoco —dijo el hijo de la Sombra—. Pero allá en la playa está pasando algo. ¿Vamos a ver?

La niebla se consumía. Paso en la Arena miró adonde señalaba el hijo de la Sombra y vio que allí donde el río se unía gimiendo a Océano algo verde cabeceaba en el agua. Cerca, en la arena, tres hombres con los miembros cubiertos de hojas señalaban el cuerpo varado de Última Voz y hablaban con palabras que Paso en la Arena no comprendía. Cuando se acercó a ellos extendieron las manos, abiertas, y sonrieron; pero él no entendió que las manos abiertas querían decir —o habían querido decir en un tiempo— que no llevaban armas. La gente de él no conocía las armas. Esa noche Paso en la Arena soñó que estaba muerto, pero los largos días de sueño habían terminado.

V.R.T.

Pero no pienses que estoy interesado en ti. Me has dado calor, y ahora saldré de nuevo a escuchar las voces oscuras.

Karel Capek

Era una caja marrón, una caja de correo, de corroído cuero marrón oscuro y cantoneras doradas. Cuando la caja era nueva, el metal había estado pintado de verde castaño; pero casi toda la pintura había desaparecido, y la agonizante luz de la ventana mostraba un empañado lustre verdoso alrededor de las brillantes marcas de boquetes recientes. El esclavo depositó la caja cuidadosamente, casi sin ruido, junto a la lámpara del oficial subalterno.

—Ábrela —dijo el oficial.

Hacía mucho que la cerradura se había roto; la caja estaba sujeta con sogas de trapo bien trenzado. El esclavo —una criatura alta de hombros y mentón afilado, con un tumulto de pelo oscuro— miró al oficial y éste asintió con la cabeza de pelo corto, moviendo la barbilla un par de milímetros. El esclavo sacó la daga del oficial del cinturón que colgaba en el respaldo de la silla, cortó la soga, besó la hoja con reverencia y volvió a enfundarla. Una vez que el esclavo se fue, el oficial se frotó las palmas en los muslos del pantalón reglamentario —que le llegaba a las rodillas—, levantó la tapa y volcó el contenido en la mesa.

Libretas, carretes y cintas. Informes, impresos, cartas. Vio un cuaderno de redacción escolar de papel amarillo barato, con la cubierta medio arrancada, y lo sacó de la caja. Una mano inhábil lo había monogramado: V.R.T. Las adornadas iniciales eran muy grandes pero en cierto modo estaban mal hechas, como si un salvaje las hubiera imitado de la firma que le mostraban en una carta.

Pájaros he visto hoy. Hoy vi dos pájaros. Una era un alcaudón-cráneo, y el otro era un pájaro que el alcaudón había…

El oficial arrojó el cuaderno de redacción al otro lado de la mesa. Había identificado entre el montón la precisa escritura inclinada hacia atrás que propiciaba el Servicio de Funcionarios.

Señor: los materiales que le envío… es mi opinión personal… de Tierra.

El oficial alzó levemente las cejas, dejó la carta y tomó de nuevo el cuaderno de redacción. Al pie de la cubierta, en borrosas letras oscuras, leyó: Suministros Medallion, Playa del Francés, Sainte Anne. En la cara interna de la contracubierta:

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