La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1978
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-240-7
- Переводчик: Jose Maria Aroca
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:
A la última pregunta no hubo respuesta. El chico rompió en lágrimas, incomodándome a tal extremo que, después de abrazarle los hombros un largo rato, tuve que alejarme del fuego y dejarlo sollozar más de media hora mientras yo daba tumbos entre las matas, donde unos gusanos enormes, luminosos pero de un color lívido de labios de muerto, se retorcían bajo mis pies en la noche. Confieso que fue una pregunta infeliz y estúpida. ¿Qué va a hacer este chico, hijo de un mendigo y a duras penas semieducado? Lee bien, sí; me ha pedido que le prestase los textos de antropología, e interrogándolo he obtenido respuestas mejores que las que habría esperado de un universitario medio; pero, según he visto en un viejo cuaderno de escuela (uno de sus escasos efectos personales), tiene una escritura lamentable.
11 de abril. Día lleno de incidentes. Veamos si puedo curarme el hábito de saltar atrás y adelante y ordenar todo lo interesante tal como ocurrió. Cuando anoche volví al campamento (veo que al cierre de la entrada de ayer me dejé trastabillando entre matas), el chico dormía en su saco. Eché más leña al fuego, rebobiné la cinta, transcribí el material en la última página y me acosté. Alrededor de una hora antes del amanecer nos despertó una conmoción de las mulas y fuimos a ver qué ocurría; yo con una linterna y el rifle pesado, el chico con dos varas encendidas. No se veía nada, pero apestaba a carne podrida y oímos huir un animal grande; realmente no creo que fuese una de las mulas. Cuando las encontramos, las mulas estaban cubiertas de sudor, y una había roto la manea —por suerte no se alejó mucho, y en cuanto hubo luz el chico pudo atraparla aunque le llevó casi una hora—, y las dos que se habían quedado parecían muy contentas de reclamar la protección que se debe a los animales domésticos.
Cuando al fin examinamos los alrededores y resolvimos que no había nada que encontrar, no tenía sentido seguir durmiendo. Bajamos la tienda, cargamos las mulas y yo insistí en que pasáramos la primera hora remontando nuestro rastro del día anterior a ver si encontrábamos pistas de algún depredador grande. Vimos a la gata (cada vez más atrevida ahora que ya no le disparo) y huellas de lo que el niño llama zorro fuego, y que, comparando su descripción con las de mi Guía de campo de los animales de Sainte Anne, he decidido que se trata probablemente de un fennec de Hutchenson o una criatura zorruna o coyote, con orejas enormes, aficionada a las aves y la carroña.
Tras este breve interludio avanzamos un buen trecho, y alrededor de una hora antes del mediodía hice el mejor disparo del viaje hasta el momento, abatiendo una bestia descomunal —no descrita en la Guía de campo— similar al carabú del Asia terráquea, con un solo tiro del rifle pesado a la cabeza. Conté los pasos hasta donde estaba el animal ¡y descubrí que había trescientas yardas!
Sentí un orgullo infernal, como es lógico, y examiné cuidadosamente el resultado de mi disparo, que le había dado al enorme individuo justo detrás de la oreja derecha. Incluso allí el cráneo era tan macizo que la bala no había logrado entrar del todo; de modo que, probablemente, mientras yo medía la distancia, el animal había seguido viviendo un buen rato; algo como una densa corriente de fluido lacrimal había dejado franjas de humedad en el polvo, debajo de cada ojo. Tras haber mirado la herida alcé un párpado con los dedos y noté que los ojos tenían dos pupilas, como los de ciertos peces terrestres; el segmento inferior de un ojo se movió levemente con el tacto, indicando quizá que aún entonces el animal seguía vivo. Puesto que las pupilas dobles no parecen características de la mayor parte de la vida de aquí, supongo que serán una adaptación inducida por los hábitos de la criatura, en buena medida acuáticos.
Ansié conservar esa cabeza como pieza de caza, pero ni pensarlo; el caso es que el chico estaba al borde de las lágrimas (tiene los ojos, que son grandes, de un verde pasmoso) imaginando que yo querría cargar en las mulas el cuerpo entero, que debía pesar mil quinientas libras, y me aseguró que no podía pedírseles tanto. Al fin pude convencerlo de que pensaba dejar las vísceras, la cabeza (¡pero qué pena esos cuernos!), el pellejo y las pezuñas, así como el costillar y en verdad todo menos la carne más selecta. Aun así las mulas no apreciaron ni el peso añadido ni el olor de la sangre, y tuvimos más dificultades de las que yo había esperado.
Más o menos una hora después de ponernos en marcha llegamos a la ribera del Tempus. Es un río muy diferente del que yo había visto cuando el padre del chico me mostró el «templo» annés. Tenía cerca de una milla de ancho, era salobre y apenas se veía la corriente, pues allí no desembocaba un único río sino una maraña tortuosa de arroyos anodinos que se arrastran por un sofocante delta de barro y cañas. Aquí todo es distinto: el agua casi no tiene tinte amarillo, y fluye lo bastante rápido como para quitar un leño de vista en pocos segundos.
Hemos dejado las marismas totalmente atrás y este nuevo Tempus, rápido y claro, corre entre ondulantes colinas de pasto esmeralda, moteadas de árboles y matorrales. Comprendo que mi plan original de remontar el río en bote era —como mis conocidos de Playa del Francés me previnieron— completamente impracticable, por muy cómodo que hubiera sido buscar cuevas ribereñas de ese modo. No sólo es el agua ya aquí tan rápida que gastaríamos la mayor parte del combustible sólo en pelear con la corriente, sino que el río da todos los signos de tener más arriba, en las montañas, saltos y cataratas. Quizá un aliscafo sería ideal, pero dada la exigua capacidad industrial de Sainte Anne no debe haber más de dos docenas en el planeta entero, y (seguramente) serán prerrogativa de los militares.
Pero no me quejaré. Quizá en un aliscafo ya habríamos encontrado la cueva, pero ¿con qué posibilidad de hacer contacto con los anneses que hubieran sobrevivido? Esperanzas de contacto puede tener nuestra partida, pequeña y espero que no inhibitoria, si es que todavía quedan anneses.
Además, permítanme confesarlo, disfruto. Después de topar con el río y remontar la corriente una milla, el chico se excitó mucho y dijo que habíamos llegado a un punto importante que él había visitado a menudo con su madre. A mí no me parecía en absoluto inusual —un leve declive con unos pocos árboles (muy grandes) sobre el vacío y una roca de forma algo extraña—, pero él insistió en que era un paraje hermoso y especial, mostrándome qué cómoda era la roca, donde uno podía sentarse o yacer en diversas posturas, y cómo los árboles ocultaban el sol; habrían protegido de la lluvia y aun en invierno, cubiertos de nieve, habrían formado una especie de choza. A lo largo de la orilla, al pie de la roca, en las pozas profundas siempre había peces, encontraríamos mejillones y caracoles comestibles —¡esa madre francesa!— y, en suma, el lugar era un auténtico vergel.
Tras escucharlo unos minutos hablar de ese modo comprendí que mira el paisaje —al menos ciertas zonas especiales, como ésta— tal como mucha gente tiene la costumbre de mirar edificios o habitaciones, idea ésta bien extraña. De todos modos hacía rato que yo quería estar unos minutos solo; decidí pues mimarle el inocuo entusiasmo, y le pedí que se adelantara con las mulas mientras yo me quedaba atrás contemplando la belleza del fabuloso lugar que él me había presentado. La propuesta le encantó, y en unos momentos estuve más completamente solo de lo que a la mayoría de los terráqueos nos es dado estar nunca, sin nada más frente a mí que el viento y el sol y los grandes árboles cuyas raíces ondeaban en el agua rumorosa.
Salvo por nuestro gata seguidora, que se acercó maullando y hubo que enviar tras las mulas a fuerza de pedradas.
Tuve tiempo para pensar en el animal parecido a un caribú que cobré esta mañana (y que, si sólo hubiera podido llevar el cráneo a la civilización, habría sido sin duda una especie de trofeo récord) y en todo este viaje. No es que importe tanto como antes mostrar que los anneses no se han extinguido todavía, y dejar registrado, antes de que desaparezcan del saber de la humanidad, todo cuanto pueda de sus costumbres y forma de pensar. Sí me importa, pero por razones nuevas. Cuando llegué a Sainte Anne, lo único que me interesaba de veras era adquirir, mediante trabajo de campo, la reputación necesaria para obtener en Tierra un cargo universitario decente. Ahora sé que el trabajo de campo puede y debe ser un fin en sí mismo; que esos viejos profesores altamente distinguidos, cuya reputación yo solía envidiar, no buscaban (como creía yo) regresar al campo —ni siquiera a trabajar una vez más la pobre y manida Melanesia— para acrecentar su dignidad académica; y que, antes bien, su posición era una herramienta que usaban para garantizar apoyo al trabajo de campo. ¡Y bien que hacían! Cada uno de nosotros encuentra su camino, su lugar; traqueteamos por el universo hasta que todo encaja; esto es la vida; esto es la ciencia, o algo mejor que la ciencia.