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La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]

Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:

Muy lejos de su planeta madre, la Tierra, dos mundos gemelos, Sainte Anne y Sainte Croix, fueron colonizados en su tiempo por inmigrantes franceses, que aniquilaron a la población nativa del segundo de ellos. Muchos siglos después, tras una guerra que dispersó a los colonos originales y relegó a la leyenda el recuerdo del genocidio original, un etnólogo de la Tierra, John V. Marsch, dedica su vida a buscar las huellas de aquella cultura alienígena, los abos, el Pueblo Libre, los hijos de la Sombra, convertida hoy en una indefinida mitología aplastada bajo un subterráneo sentimiento de culpabilidad que niega incluso la realidad de su existencia…
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Cuando le di alcance, el chico ya había acampado —temprano—, y creo que estaba algo afligido por mí. Esta noche ha intentado secar al fuego una porción de carne de caribú, para conservarla, aunque le he dicho que lo que se nos estropee antes de poder comerlo simplemente lo tiraremos.

Olvidé mencionar que mientras iba tras el chico maté dos venados…»

El oficial dejó de lado la libreta encuadernada en tela, y al cabo de un momento se levantó a estirarse. Un pájaro había entrado brincando en la habitación, y ahora lo descubría, silencioso y perplejo, posado en el marco de un cuadro que había en lo alto de la pared opuesta a la puerta. Le gritó, y como no se movía, intentó pegarle con una escoba que el esclavo había dejado en un rincón. Echó a volar, pero en vez de salir por la puerta abierta dio contra el dintel, cayó medio aturdido al suelo y luego revoloteó ante él y volvió a posarse en el marco, rozándole al pasar la mejilla con las oscuras plumas de un ala. El oficial soltó una maldición, se sentó y tomó una pila de páginas sueltas, éstas al menos transcritas con buena letra de funcionario.

«Tendría que recurrir a un abogado; esto al menos parece evidente. Uno, quiero decir, además del que me asignará el tribunal. Estoy seguro de que la universidad me ayudará a pagar un abogado, y le he pedido al de oficio que se ponga en contacto con la universidad y me lo arregle. Es decir, se lo pediré.

Me parece que mi caso involucra varias cuestiones; las pondré por escrito y discutiré las interpretaciones posibles, lo cual me preparará para el juicio. Ante todo, la cuestión del concepto de culpa, que es central para cualquier proceso penal. ¿Es un concepto de validez amplia?

Si no lo es, existirán ciertas clases de personas que en ninguna circunstancia pueden ser castigadas por razones de culpa, y una breve reflexión me convence de que tales clases realmente existen; por ejemplo: los niños, los débiles de intelecto, los muy ricos, los perturbados mentales, los animales, los parientes cercanos de personas de altos cargos, estas personas mismas, y así de seguido.

La cuestión siguiente, Su Señoría, es si yo, el preso acusado, no pertenezco de hecho a una (o más) de las clases eximidas. Para mí está claro que en realidad pertenezco a todas las que he designado más arriba, pero aquí —a fin de no derrochar el valioso tiempo del tribunal— me concentraré en dos: estoy eximido en razón de ser niño y en razón de ser animal; es decir, en razón de pertenecer a la primera y quinta de las clases que usted acaba de admitir.

Esto nos lleva a una tercera cuestión: qué quiere decirse (en términos de las clases eximidas que ya esbocé) mediante la designación «niño». De entrada, claramente debemos dejar de lado toda cuestión de mera edad. Nada sería más absurdo que suponer a un acusado inocente aunque haya cometido un acto abominable un martes, y culpable si lo ha cometido un miércoles. No, no, Su Señoría: aunque yo mismo tengo poco más de veinte años, confieso que pensar de ese modo es propiciar un carnaval de muerte poco antes de que cada joven, hombre o mujer, cumplan la edad que ustedes establezcan como decisiva. Tampoco puede basarse la niñez en pruebas subjetivas, internas, ya que sería impracticable discernir si tal disposición interior existe o no. No, el hecho de la niñez debe establecerse por el modo en que la propia sociedad ha tratado al individuo. En mi caso personaclass="underline"

No poseo bienes reales, y nunca los he poseído.

Nunca he tomado parte, ni siquiera como testigo, en contrato legal alguno.

Nunca se me ha convocado a rendir testimonio ante un tribunal.

Nunca he contraído matrimonio ni adoptado a otro niño.

Nunca he detentado cargo con remuneración sobre la base del trabajo realizado.

¿Objeta, Su Señoría? ¿Cita Usted contra mí el testimonio que yo mismo he dado sobre mi relación con Columbia? ¿Lo cita la acusación? No, Su Señoría, es un sofisma inteligente pero inválido; mi puesto de tutor en Columbia era una manifiesta sinecura que me ayudaba a completar mi graduación, y para la expedición a Sainte Anne sólo he recibido el dinero de mis gastos. ¿Ve Usted? ¿Y quién lo sabría mejor que yo?

Así pues, Su Señoría, de estos puntos —y podría ofrecer otros mil— se deduce claramente que en el momento del delito, si en realidad soy reo de algún delito, de lo cual dudo, yo era un niño; y por estas pruebas lo sigo siendo, pues todavía no he hecho ninguna de las cosas mencionadas.

En cuanto a mi condición de animal —me refiero al animal como lo opuesto al ser humano, como mera bestia—, la prueba es tan simple que acaso le cause risa que me moleste en presentarla. En nuestra sociedad, ¿son los animales quienes tienen permiso de circular libremente? ¿O son los seres humanos? ¿A quiénes se confina en establos, casillas y conejeras? ¿Cuál de las dos grandes divisiones duerme en mantas sobre el suelo? ¿Cuál en camas bien separadas del suelo? ¿A cuál se le dan baños cómodos y lugares de dormir caldeados, y de cuál se espera que se caliente con su propio aliento y se limpie lamiéndose?

Perdón, Su Señoría; no es mi intención ofender al tribunal.

Cuarenta y siete ha estado golpeando el caño… ¿Te cuento qué dijo? De acuerdo.

Uno cuarenta y tres, uno cuarenta y tres, ¿eres tú? ¿Me escuchas? ¿Quién es el nuevo de tu planta?

La puntuación la he provisto yo. Cuarenta y siete no puntúa, y si le he tergiversado la intención, espero que me perdone.

Yo envié: ¿Qué nuevo? Sería de lo más útil tener una piedra —o un objeto metálico, como tiene Cuarenta y siete (él dice que utiliza el armazón de las gafas)— para golpetear el caño. Me duelen los nudillos.

Cuarenta y siete: Esta mañana lo vi a través de mi puerta. Viejo, pelo blanco largo. Debajo de ti. ¿qué celda?

Yo: No sé.

Si tuviera una piedra podría golpear con fuerza las paredes de mi celda para que me oyeran a los dos costados. El caso es que el preso de la izquierda golpetea el caño —ignoro con qué, aunque hace todo tipo de ruidos raros— pero no sabe el código. La pared de la derecha está callada; posiblemente no haya nadie, o bien alguien que, como yo, no tiene con qué hablar. ¿Te cuento cómo me detuvieron? Me sentía muy cansado. Había estado en el Cave Canem, y en consecuencia me acosté tarde: casi a las cuatro. Tenía una cita con el presidente, y estaba bastante seguro de que me pondrían oficialmente a la cabeza del Departamento, y en términos muy favorables. Pensaba acostarme, y le dejé una nota a Madame Duclose, la mujer en cuya casa me alojaba, para que me despertara a las diez.

Cuarenta y siete envía: Uno cuarenta y tres, ¿eres criminal o político?

Yo: Político (quiero oír qué dice).

Cuarenta y siete: ¿De qué bando?

Yo: ¿Y tú?

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