La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1978
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-240-7
- Переводчик: Jose Maria Aroca
- Жанр: Научная фантастика
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RmE2S 14 Asiento 18 nombre
Escuela Armstrong escuela
Playa del Francés ciudad
Tomando una de las cintas buscó en vano alguna etiqueta. Las etiquetas estaban sueltas entre otros materiales, con el adhesivo estropeado por la humedad, aunque con título, fecha y firma todavía claros.
Segundo interrogatorio.
Quinto interrogatorio.
Séptimo interrogatorio — Tercer rollo.
El oficial las dejó caer entre los dedos; luego eligió una cinta al azar y la puso en el magnetófono.
R: ¿Está encendido?
P: Sí. Nombre, por favor.
R: Ya les he dado mi nombre; está en todos sus archivos.
P: Nos ha dado su nombre algunas veces.
R: Sí.
P: ¿Quién es usted?
R: Soy el preso de la celda 143.
P: Ah, es filósofo. Creíamos que era antropólogo, y no parece tener edad para las dos cosas.
R:…
P: Se me ha ordenado que me familiarice con el caso. Habría podido hacerlo sin sacarlo de la celda… ¿Se da cuenta? Por usted me estoy exponiendo al peligro del tifus y varias otras enfermedades. ¿Quiere volver al sótano? Hace un momento pareció que apreciaba el cigarrillo. ¿Querría alguna otra cosa?
R: (ansiosamente) Otra manta. ¡Más papel! Más papel, y algo para apoyarme. Una mesa.
El oficial sonrió entre dientes y paró la cinta. Había disfrutado con la ansiedad de la voz de A y ahora lo complacía especular sobre la posible respuesta. Hizo retroceder la cinta unos centímetros y volvió a ponerla en marcha.
P: ¿Quiere volver al sótano? Hace un momento pareció que apreciaba el cigarrillo. ¿Querría alguna otra cosa?
R: (ansiosamente) Otra manta. ¡Más papel! Más papel, y algo para apoyarme. Una mesa.
P: Le hemos dado papel, mucho. Ymire para qué lo ha usado: para llenarlo de garabatos. ¿Se da cuenta de que si alguna vez estos archivos se elevan a una instancia superior habrá que transcribirlos? Alguien tendrá semanas de trabajo.
R: Se podrían fotocopiar…
P: Ah, eso le gustaría, ¿no?
El oficial tocó el control de volumen, reduciendo las voces a murmullos, y hurgó en el revoltijo de la mesa. Una libreta inusual y excepcionalmente maciza le llamó la atención. La tomó.
Tenía unos treinta y cinco por treinta centímetros y tres de grosor, y estaba encuadernada en tela de un color pardo, que el tiempo y el sol habían aclarado en los bordes. Las hojas eran rígidas y pesadas, pautadas por tenues líneas azules, y la primera página empezaba en medio de una frase. Poniendo más atención, el oficial vio que del principio de la libreta habían quitado tres hojas, con una navaja o cuchillo muy afilado. Sacó la daga y probó el filo contra la cuarta. La daga era filosa —así la mantenía el esclavo— pero no cortaba con la misma limpieza que la hoja empleada por alguien antes que él. Leyó:
«…incluso a la luz del día una cualidad engañosa que alimenta la imaginación, de modo que a veces me pregunto cuánto de lo que veo aquí no existe sólo en mi mente. Me da una sensación de desequilibrio, que los días demasiado largos y las noches estiradas no alivian. Me despierto —aun en Roncesvalles me pasaba— horas antes del amanecer.
»De todos modos, el clima es templado —eso me dice el termómetro—, pero no parece templado: el efecto general es el de los trópicos. El sol, este increíble sol rosa, arde, todo luz y nada de calor, con tan poca intensidad en el extremo azul del espectro que detrás el cielo queda casi negro, y esta misma negrura es —o me parece a mí— tropical como un sudoroso rostro africano, o las verdinegras sombras de mediodía en la jungla; y todo, las plantas, los animales e insectos, hasta esta disparatada ciudad, todo abona ese sentimiento. Me hace pensar en el langur de las nieves, el mono que vive en los valles helados del Himalaya; o en esos elefantes y rinocerontes peludos que durante las glaciaciones se mantuvieron en los bordes helados de Europa y Norteamérica. Del mismo modo, cuando el suelo se eleva y alcanza a librarse de la monótona sujeción de las saladas cañas de las marismas, hay aquí una profusión de aves coloridas y plantas de hojas anchas y flores amarillas, como si fuera Martinica o Tumaco.
»La humanidad colabora. Nuestra ciudad (como ves, pocos días en una de estas metrópolis recién construidas y desvencijadas te vuelven un viejo residente, y se me consideró Colono Temprano ya antes de transferir el contenido de mi bolso al astillado armario de la habitación) está construida en gran parte con leños de unos árboles similares a cipreses que motean las tierras bajas circundantes, y techada con láminas de plástico corrugado; así que sólo nos falta un jadeo de tambores nativos a lo lejos. ¡Y vaya si oír unos cuantos no me facilitaría el trabajo! De hecho, se afirma que algunos de los primeros exploradores del lejano sur hablaron de anneses que lanzaban señales tamborileando troncos de árboles huecos; se dice que no usaban palillos, que golpeaban el tronco con la mano abierta como si fuese un tom-tom y que, como todos los primitivos, presumiblemente se habrían comunicado imitando, con el ruido de los golpes, su propia lengua: tambores parlantes».
El oficial volvió las hojas con el pulgar. Había páginas y páginas del mismo tipo de material, y arrojó la libreta de lado para tomar unos pocos papeles sueltos, sujetos originariamente —echó una mirada a la parte superior de la carta adjunta: Port-Mimizon— con una endeble grapa de estaño que ya se había desprendido. Esta vez la letra era nítida, de escribiente profesional; las páginas estaban numeradas, pero no se molestó en encontrar la primera.
«Ahora que vuelvo a tener papel se ha demostrado posible, tal como predije, descifrar los golpeteos de mis compañeros de prisión. Cómo, preguntarás. Muy bien, te lo diré. No porque deba hacerlo, sino para que puedas admirar mi inteligencia. Tendrías que admirarme, ¿sabes?, y a mí me hace falta.
»Escuchando los golpeteos no era difícil separar grupos codificados, y cada uno de ellos —me di cuenta— representaba una carta. Admito que me ayudó mucho saber que la intención del código era ser entendido, no despistar, y que a menudo los lectores eran hombres incultos. Llevando cuentas pude determinar la frecuencia de uso de cada grupo; hasta aquí era fácil y cualquiera habría podido hacerlo. Pero ¿cuáles eran las frecuencias de las cartas? Nadie lleva tal información en la cabeza salvo un criptógrafo, y es aquí donde se me ocurrió una solución a la cual —me adulo— tú nunca habrías llegado si hubieras tenido que estar en esta celda, como parece que tendré que estar yo, hasta que las paredes se desmoronen: analicé mi propia conversación. Siempre he tenido una memoria excelente para lo que he oído decir, y mejor aún para lo que he dicho yo mismo: todavía recuerdo, por ejemplo, ciertas conversaciones que tuve con mi madre a los cuatro años, y lo raro es que ahora comprendo cosas que ella dijo y en su momento me parecieron totalmente opacas, bien porque ni siquiera conocía las simples palabras que ella usaba, bien porque las ideas que transmitía, y sus emociones, escapaban a la aprehensión de un niño.
»Pero te estaba contando sobre las frecuencias. Sentado aquí en mi colchón, hablaba conmigo mismo, como ahora; pero, para impedir que mi inconsciente favoreciera ciertas letras, no escribía nada. Luego imprimía el alfabeto y, mentalmente, repasaba todo lo que había dicho, deletreando las palabras y poniendo cifras bajo las letras.
»Y ahora puedo aplicar la oreja al tubo de desagüe que pasa por mi celda y entender. Al principio fue muy difícil, claro. Tenía que garabatear los golpes, luego desentrañarlos, y a menudo el fragmento de mensaje que había logrado registrar no tenía significado alguno: OÍSTE LO QUE ELLOS…