La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1978
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-240-7
- Переводчик: Jose Maria Aroca
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:
—Dormiré hasta tarde. De todos modos, estoy de franco.
—Siempre fuiste una lechuza, ¿no?
El oficial hermano salió bostezando. El oficial se sirvió una copa de vino, no más fresco ahora que el cuarto, y se puso de nuevo a leer donde el viento había dejado el libro.
Mr. D: No lo sé. Puede que haga unos quince años, puede que no. Aquí tenemos años más largos, ¿lo sabía?
Yo: Sí, no hace falta que lo explique.
Mr. D: Bien, esos franceses contaban toda clase de historias sobre ellos; la mayoría nunca me las creí.
Yo: ¿Qué clase de historias?
Mr. D: Uh, disparates. Los franceses son gente ignorante, vaya si lo son.
(Fin de la entrevista)
Me habían dicho que uno de los últimos sobrevivientes de los primeros colonos franceses había sido un tal Robert Culot, muerto hacía unos cuarenta años. Pregunté por él y me enteré de que a veces su nieto —llamado también Robert Culot— refería historias que le oyera a su abuelo en los primeros tiempos de Sainte Anne. Este Robert Culot, el joven, parece tener unos veinticinco años terráqueos. Administra una tienda de ropa, la mejor de Playa del Francés.
Mr. Culot: Sí, el viejo solía contar historias sobre los que usted llama anneses, doctor Marsch. Tenía muchas historias sobre ellos, de todas clases. Correcto, pensaba que eran de muchas razas. Quizá los demás, decía, pensaran que eran todos una misma cosa, pero los demás sabían menos que él. Habría dicho que para los ciegos todos los gatos son pardos. ¿Habla usted francés, doctor? Qué lástima.
Yo: ¿Puede decirme la fecha aproximada en que su abuelo vio por última vez un annés vivo, monsieur Culot?
Mr. C: Unos años antes de morir. A ver… Sí, tres años antes de morir, creo. Al año siguiente quedó postrado en cama, y dos años después se lo llevó la muerte.
Yo: ¿Hace unos cuarenta y tres años, entonces?
Mr. C: Vaya, no le cree a un viejo, ¿no? ¡Qué crueldad! En estos franceses no se puede confiar, piensa usted.
Yo: Al contrario, estoy intrigado.
Mr. C: Mi abuelo había asistido al entierro de un amigo y tenía el ánimo abatido, así que se fue a dar un paseo. De joven había caminado muchísimo, ¿comprende? Luego, unos años antes de la última enfermedad, dejó esa costumbre. Pero ahora, como tenía problemas de corazón, caminaba de nuevo. Estábamos con mi padre, el hijo de él jugando a las damas, cuando volvió.
Yo: ¿Qué aspecto dijo que tenía su indígena?
Mr. C: ¡Caray! (se ríe). Esperaba que no me lo preguntase. Mire, mi padre también se rió, y eso lo puso furioso. Por eso le echó en cara a mi padre su mal inglés, para hacerlo enfadar, y dijo que mi padre se pasaba el día sentado y en consecuencia no veía nada. Mi padre había perdido las dos piernas en la guerra… Qué suerte para mí, ¿no?, que no perdiera también otras cosas.
»Entonces le hice esa pregunta que usted me ha hecho a mí: qué aspecto tenían. Le diré qué fue lo que respondió, pero hará que desconfíe de él.
Yo: ¿No cree que quizá simplemente lo engañara, a usted o a su padre?
Mr. C: Era el viejo más honrado del mundo. No le contaba una mentira a nadie, ¿entiende? Pero podía… decir la verdad de tal manera, que sonara impertinente. Le pregunté qué aspecto tenía la criatura, y dijo que a veces parecía un hombre, pero a veces el poste de una cerca.
Yo: ¿El poste de una cerca?
Mr.C: O un árbol muerto… Algo por el estilo. Déjeme recordar. Es posible que haya dicho: «A veces un hombre, a veces madera vieja». No, realmente no puedo decirle qué quiso decir.
(Fin de la entrevista)
Monsieur Culot me dirigió a varios miembros más de la comunidad francesa de Playa del Francés que, según él, quizá desearan cooperar conmigo. También mencionó a un doctor Hagsmith, médico, que a su entender había hecho cierto esfuerzo por recopilar tradiciones respecto a los anneses. Pude acordar una entrevista con el doctor Hagsmith esa misma noche. Es angloparlante, y me dijo que se consideraba folklorólogo aficionado.
Dr. Hagsmith: Usted y yo, señor, tenemos enfoques diferentes. No es mi intención menospreciar lo que hace… pero yo hago otras cosas. Usted quiere encontrar lo verdadero, y me temo que encontrará endemoniadamente poco; yo quiero lo falso, y he encontrado mucho. ¿Comprende?
Yo: ¿Quiere decir que su recopilación incluye muchos relatos sobre los anneses?
Dr. H: Miles, señor. Llegué aquí siendo un joven médico, hace ya veinte años. En aquellos tiempos creíamos que a estas alturas tendríamos una gran ciudad; no me pregunte por qué lo creíamos, pero así era. Proyectábamos de todo: museos, parques, un estadio. Pensábamos que había todo lo necesario, y era cierto… excepto gente y dinero. Todavía hay de todo (se ríe). Empecé a transcribir las historias en el curso de mi práctica. Me daba cuenta, fíjese, que esos cuentos sobre los abos tenían efecto en las mentes, y las mentes tenían efecto en las enfermedades.
Yo: Pero… usted mismo, ¿no ha visto nunca un aborigen?
Dr. H: No, señor. Pero probablemente soy el mayor experto vivo que pueda encontrar. Pregúnteme lo que sea y le citaré capítulo y verso.
Yo: De acuerdo. ¿Existen todavía los anneses?
Dr. H: Tanto como siempre (se ríe).
Yo: Entonces ¿dónde viven?
Dr. H: ¿En qué localidad, quiere decir? Los que viven al fondo de más allá llevan una existencia errante. Los que viven en granjas por lo general tienen sus habitaciones en las partes más alejadas, pero de tanto en tanto alguno se instala en un establo, o bajo el alero de la casa.
Yo: ¿Y no los ven?
Dr. H: Ah, ver un annés trae muy mala suerte. Por lo general, sin embargo, cuando alguien los mira toman la forma de algún utensilio hogareño… Se transforman en una gavilla de paja, o lo que sea.
Yo: ¿De veras cree la gente que pueden hacer esas cosas?
Dr. H: ¿Y usted no? Si no pueden, ¿dónde andan todos? (se ríe).
Yo: ¿No dijo que la mayoría vive «al fondo de más allá»?
Dr. H: Los páramos, el yermo. Es un término que usamos aquí.
Yo: ¿Y cómo son ellos?
Dr. H: Como la gente; pero del color de las piedras, con grandes matas de pelo salvaje… Excepto los que no tienen pelo. Algunos son más altos que usted o yo, y muy fuertes; otros más bajos que niños. No me pregunte cómo son los niños de bajos.
Yo: Suponiendo por un momento que los anneses fueran reales y yo quisiera verlos, ¿dónde me aconsejaría que fuera a buscarlos?
Dr. H: Podría ir a los embarcaderos (se ríe). O a los lugares sagrados, supongo. ¡Ah, ahí lo pillé! No sabía que tienen lugares sagrados, ¿verdad? Pues tienen varios, señor, y una religión bien organizada y muy desconcertante. Cuando llegué también oía mucho sobre un alto sacerdote… un gran jefe, como quiera usted llamarlo. En todo caso, un abo más mágico que lo habitual. Por entonces acababan de construir el ferrocarril, y por supuesto, los animales de caza no estaban acostumbrados y el tren mató a muchos. A este sujeto se lo veía recorriendo los raíles por la noche, devolviéndolos a la vida, de modo que la gente lo llamaba Cenizante y otros nombres por el estilo. No, Cenicienta no, ya sé qué está pensando… Cenizante.
»Una vez el tren le cortó el brazo a la mujer de un arriero. Sospecho que estaba borracha, y tumbada en la vía, y el arriero corrió a traerla aquí, al ambulatorio. Bien, señor, sacaron del banco de órganos un brazo congelado y se lo injertaron; pero Cenizante encontró el brazo perdido e hizo crecer una mujer nueva, así que el arriero tuvo dos esposas. Naturalmente la segunda, la que había hecho Cenizante, era abo salvo por aquel brazo, de modo que a la parte abo le daba por robar, y luego la parte humana devolvía lo que había robado. Bien, al fin los dominicos de aquí la tomaron contra el pobre arriero por tener demasiadas esposas, y el hombre decidió que la hecha por Cenizante tendría que irse… Como le faltaba el brazo humano, no cortaba bien la leña, ¿comprende?