La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1978
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-240-7
- Переводчик: Jose Maria Aroca
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:
Última Voz se alzaba como antes, con zarcillos de vapor blanco enredados a su alta figura. Hoy los hombres del pantano llevaban collares y pulseras y brazaletes y guirnaldas de hierba verde y brillante, y bailaban en la orilla una lenta danza; mujeres, niños y hombres, todos ondulando como una gran serpiente, murmuraban al danzar. Viento del Este relevó a uno de los guardianes y susurró al oído de Paso en la Arena:
—Tal vez ésta sea la última asamblea del pantano. Las estrellas están muy mal.
Despectivo, Paso en la Arena respondió:
—¿Tanto miedo les tienes?
Luego Viento del Este no estuvo más, y los guardias empujaron a Paso en la Arena hasta un grupo tembloroso junto con su madre, el último hijo de la Sombra, y las dos muchachas. Mariposas Rosadas lloraba, y Siete Niñas que Esperan la mecía, consolándola con disparates y pidiendo cosas a Dios. Paso en la Arena la abrazó y ella hundió la cara en el hombro de él.
Junto a Paso en la Arena estaba el último hijo de la Sombra, y al bajar él los ojos, vio que temblaba. Al lado asomaba el Viejo Sabio, tan fino en la niebla que parecía imposible que alguien lo viese salvo Paso en la Arena. De improviso, el último hijo de la Sombra le tocó el brazo y dijo:
—Moriremos juntos. Te amamos.
—Mastica más fuerte —le dijo Paso en la Arena— y no lo creerás.
Y luego, lamentando haber herido a un amigo en un momento así, más amablemente añadió:
—¿Tú cuál eres? ¿No eres el que me mostró lo que mascáis?
—Lobo.
Última Voz había empezado a cantar. Paso en la Arena dijo:
—Anoche vuestro Viejo Sabio me dijo que os llamabais Fuego Astuto, Silbador y no me acuerdo qué más… Pero con ese nombre no había ninguno.
—Tenemos nombres por siete —dijo el hijo de la Sombra— y nombres por cinco. Tú has oído los nombres por tres. Ahora mi nombre es un nombre por uno. El único que nunca cambia es el nombre de él, el del Viejo Sabio.
—Excepto —susurró el Viejo Sabio— cuando me llamo, como de vez en cuando me llamaba en un tiempo, la Norma del Grupo —ahora el Viejo Sabio era apenas una especie de vacío en la niebla, un agujero con forma de hombre.
Paso en la Arena había estado mirando a los guardianes, y tal como había esperado vio una abertura: un momento en que la vigilancia, mientras escuchaban a Última Voz, se distendió. Por todas partes colgaba la niebla y el río era ancho y estaba oculto. Si Dios lo quería, tal vez alcanzara el agua profunda…
Dios, Dios querido, buen Señor…
Se precipitó, los pies chapoteando, luego resbalando en un intento de escurrirse entre dos de los hombres. Lo agarraron del pelo y le golpearon la cara con puños y rodillas antes de empujarlo de nuevo con los demás. Siete Niñas que Esperan, Dulce Boca y su madre trataron de ayudarlo, pero las maldijo y las apartó, lavándose la cara en el agua amarga del río.
—¿Por qué lo has hecho? —preguntó el último hijo de la Sombra.
—Porque quiero vivir. ¿No sabes que en unos minutos nos ahogarán a todos?
—Oigo tu canción —dijo el hijo de la Sombra—, y yo también deseo vivir. Puede que no sea de tu sangre, pero deseo vivir.
—Pero debemos morir —susurró la voz del Viejo Sabio.
—Nosotros debemos morir —dijo rudamente Paso en la Arena—, no tú. No recogerán tus huesos.
—Cuando éste muera, moriré yo —dijo el Viejo Sabio indicando al último hijo de la Sombra—. Mitad estoy hecho como vosotros y mitad como él; pero sin él como eco, vuestra mente no me dará forma.
El último hijo de la Sombra volvió a decir en voz baja:
—También yo deseo vivir. Puede que haya una manera.
—¿Cuál? —Paso en la Arena lo miró.
—Los hombres cruzan entre las estrellas torciendo el cielo para acortar el camino. Desde que llegamos aquí…
—Desde que ellos llegaron —lo corrigió amablemente el Viejo Sabio—. Pues yo soy medio hombre, y sé que nosotros estuvimos aquí siempre, escuchando un pensamiento que no llegaba; escuchando sin pensamiento propio para ser hombres. O tal vez todos sean una sola estirpe, a medias recuerdo y mengua, a medias olvido y florecimiento.
—Tengo en la mente la canción de la muchacha del niño —dijo el último hijo de la Sombra—, y el que llaman Última Voz está cantando. Y no me importa si somos uno o dos. Hemos cantado para detener a los navegantes de las estrellas. Deseábamos vivir como quisiéramos, olvidados de lo que fue y es; y aunque ellos han torcido el cielo, nosotros les hemos torcido el pensamiento. Imagina que ahora nuestro canto los llama y vienen. Los atraparán los hombres del pantano y habrá muchos para elegir. Tal vez no seremos elegidos nosotros.
—¿Tanto puede hacer uno?
—Somos tan pocos que entre nosotros ni siquiera uno es un número mezquino. Y los otros cantan para que los navegantes de las estrellas no vean lo que quieren ver. Por un latido mi canción les limpiará la vista, y aquí el cielo torcido está cerca en muchos puntos. Serán rápidos.
—Es malo —dijo el Viejo Sabio—. Largo tiempo hemos andado despreocupados en el único paraíso. Mejor sería que todos aquí murieran.
Con firmeza, el último hijo de la Sombra dijo entonces:
—No hay nada peor que mi muerte —y algo que había envuelto al mundo desapareció.
Se fue en un instante y dejó el río y la niebla, a los estremecidos hombres danzantes, al cantor Última Voz y a ellos mismos inmutados, pero había sido más grande que cualquier cosa y Paso en la Arena no lo había visto porque había estado siempre allí, pero ahora recordaba qué había sido. El cielo estaba abierto, sin nada en absoluto entre los pájaros y el sol; la niebla que se arremolinaba en torno a Última Voz podía llegar hasta la Mujer de Pelo Ardiente. Paso en la Arena miró al último hijo de la Sombra y vio que estaba llorando y que sus ojos no contenían nada. Así se sentía él mismo y, volviéndose hacia Ondulante Rama de Cedro, le preguntó:
—Madre, ¿de qué color tengo ahora los ojos?
—Verdes —le respondió Ondulante Rama de Cedro—. Con esta luz parecen grises, pero los tienes verdes. Los ojos son de ese color.
Detrás de ella Siete Niñas que Esperan y Dulce Boca murmuraron:
—Verde.
Y Siete Niñas que Esperan añadió:
—También los tiene verdes Mariposas Rosadas.
Entonces, roja y destellando como vieja sangre por entre la bruma, apareció una chispa; muy alto al norte, donde Océano se movía como una anguila bajo el color gris. Paso en la Arena la vio antes que nadie. Se fue haciendo más grande, más furiosa, y por encima del agua llegó un silbido y un zumbido; en la orilla una mujer gritó, señalando la gota de fuego rojo que siseaba cada vez más cerca. Hacía el ruido que se oye cuando el rayo mata un árbol. Cayendo con ella había ya dos estrellas más, y las seguían los alaridos de toda la gente, y cuando golpearon el suelo los hombres del pantano escaparon. Dulce Boca y Siete Niñas que Esperan se echaron en los brazos de Paso en la Arena y hundieron la cara en su pecho. Los hombres que los habían vigilado corrían, arrojando los brazaletes y coronas de hierba.
Sólo Última Voz no se movía. Había dejado de cantar, pero no escapaba. Paso en la Arena le vio en los ojos una desesperación como la de la bestia exhausta que al fin se vuelve y desnuda la garganta a las fauces del tigre tedio.
—Vamos —dijo Paso en la Arena, apartando a las muchachas y tomando a su madre del brazo; pero al oído el Viejo Sabio le dijo:
—No.
Detrás de ellos hubo un chapoteo de pies en el agua del río. Era Viento del Este, y al verlo Última Voz comentó:
—Escapaste.
Viento del Este respondió:
—Sólo por un momento. Luego recordé.
Parecía avergonzado. Última Voz dijo: