La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Los colonos se adelantaron con prudencia hasta la punta norte, marchando por un suelo acribillado de hoyos, que formaban otros tantos nidos de aves acu�ticas. Hacia el extremo del islote aparec�an grandes puntos negros, que nadaban a flor de agua, semejantes a puntas de escollo en movimiento. Eran los anfibios que se trataba de capturar. Hab�a que cazarlos en tierra, porque las focas, con su vientre estrecho, su pelo corto y apretado, su figura fusiforme y su disposici�n excelente para nadar, son dif�ciles de pescar en el mar, mientras que en el suelo sus pies cortos y palmeados no les permiten sino un movimiento de reptil muy pesado.
Pencroff conoc�a las costumbres de estos anfibios y aconsej� esperar a que se hubieran tendido en la arena a los rayos del sol, que no tardar�an en hacerles dormir profundamente. Entonces convendr�a maniobrar de manera que se les cortara la retirada, teniendo cuidado de dirigir los golpes a las fosas nasales.
Los cazadores se escondieron detr�s de las rocas del litoral y esperaron en silencio. Transcurri� una hora antes que las focas vinieran a solazarse por la arena. Hab�a media docena; Pencroff y Harbert salieron entonces para doblar la punta del islote, tomarles la playa y cortarles la retirada, mientras Ciro Smith, Gedeon Spilett y Nab, trepando por las rocas, se dirig�an hacia el futuro teatro del combate. De improviso el marino se irgui� lanzando un grito. El ingeniero y sus dos compa�eros se precipitaron entre el mar y las focas. Dos de aquellos animales quedaron muertos en la arena a fuerza de varios golpes vigorosos, pero los dem�s pudieron llegar al mar y tomar el lago.
-�Aqu� est�n las focas pedidas, se�or Ciro -dijo el marino adelant�ndose hacia el ingeniero.
-�Bien -contest� Ciro Smith-. Haremos de ellas fuelles de fragua.
-��Fuelles de fragua! -exclam� Pencroff-; �vaya unas focas afortunadas!
En efecto, era una m�quina para soplar lo que necesitaba el ingeniero para el tratamiento del mineral, y pensaba fabricarla con la piel de aquellos anfibios.
Su longitud era mediana; no pasaban de seis pies y ten�an la cabeza semejante a la de un perro.
Como era in�til cargarse con un peso tan considerable como el de aquellos animales, Nab y Pencroff resolvieron desollarlos en el mismo sitio, mientras Ciro y el corresponsal acababan de explorar el islote.
El marino y el negro ejecutaron diestramente su operaci�n y, tres horas despu�s, Ciro Smith ten�a a su disposici�n dos pieles de foca, que decidi� utilizar en aquel estado, sin curtirlas.
Los colonos tuvieron que esperar la baja marea, y despu�s atravesaron el canal de regreso a las Chimeneas.
Cost� trabajo sujetar aquellas pieles a marcos de madera destinados a mantenerlas tendidas y coserlas despu�s por medio de fibras, para que pudiesen tomar aire sin dejarlo escapar. Hubo que realizar la operaci�n muchas veces. Ciro Smith no ten�a a su disposici�n m�s que las dos hojas de acero, procedentes del collar de Top, y sin embargo fue tan diestro y sus compa�eros le ayudaron con tanta inteligencia, que tres d�as despu�s los �tiles de la peque�a colonia se hab�an aumentado con un gran fuelle,
destinado a inyectar el aire en el mineral, cuando fuese tratado por el calor, condici�n indispensable para el buen �xito de la operaci�n.
El 20 de abril por la ma�ana comenz� el per�odo metal�rgico, como le llamaba el corresponsal en sus notas. El ingeniero, como hemos dicho, estaba decidido a operar en el yacimiento mismo del carb�n y del mineral. Ahora bien, seg�n sus observaciones, estos dos yacimientos estaban situados al pie de los contrafuertes del nordeste del monte Franklin, es decir, a una distancia de seis millas; por consiguiente no hab�a que pensar en volver todos los d�as a las Chimeneas, y se convino en que la colonia acampar�a bajo una choza de ramas de �rbol a fin de seguir noche y d�a la importante operaci�n.
Aprobado el proyecto, se pusieron en marcha al rayar el d�a. Nab y Pencroff llevaban en unas parihuelas el fuelle y cierta cantidad de provisiones vegetales y animales, que adem�s pod�an renovarse por el camino.
Entraron por los bosques del Jacamar, atraves�ndolos oblicuamente del sudeste al noroeste y en su parte m�s espesa. Hubo que abrir una senda, que deb�a formar en adelante la arteria m�s interesante entre la meseta de la Gran Vista y el monte Franklin. Los �rboles, pertenecientes a las especies ya conocidas, eran magn�ficos. Harbert se�al� otros nuevos, entre ellos varios dragos que Pencroff calific� de puerros presuntuosos, porque, a pesar de su altura, eran de la misma familia de las lili�ceas, a la que pertenecen la cebolla, la cebolleta y el chalote o el esp�rrago. Como estos dragos pod�an dar ra�ces lechosas, que, cocidas, son excelentes y, sometidas a cierta fermentaci�n, producen un licor muy agradable, hicieron bastante provisi�n de ellos.
El camino a trav�s del bosque fue largo y dur� el d�a entero, pero permiti� a los exploradores observar la fauna y la flora. Top, encargado especialmente de la fauna, corr�a entre las hierbas y la espesura levantando indistintamente toda especie de caza. Harbert y Gede�n Spilett mataron dos canguros a flechazos y adem�s un animal que se parec�a mucho a un erizo y a un oso hormiguero; al primero, porque se hac�a bola y erizaba sus p�as; y al segundo, porque ten�a u�as cavadoras, un hocico largo y delgado, que terminaba en pico de ave, y una lengua extensible guarnecida de espinas, que le serv�a para sujetar los insectos.
-��Y a qu� se parecer� cuando est� en la olla? -pregunt� Pencroff con soma. -A excelente carne de vaca -contest� Harbert.
-�No podemos pedirle m�s -a�adi� el marino.
Durante esta excursi�n vieron algunos jabal�es, que no trataron de atacar la caravana; y no parec�a que debiera temerse al encuentro de fieras en una espesura, cuando de improviso el corresponsal crey� ver a pocos pasos, entre las ramas de un �rbol, un animal parecido a un oso y se puso a copiarlo tranquilamente a l�piz. Por fortuna para Spilett, el animal no pertenec�a a esa temible familia de los plant�grados. Era tan s�lo un koula, m�s conocido por el nombre de perezoso, que ten�a el tama�o de un perro grande, el pelo erizado y de color pardo sucio, y las patas armadas de fuertes garras, lo que le permit�a trepar a los �rboles para alimentarse de hojas. Averiguada la identidad del animal, al cual no se trat� de molestar en su ocupaci�n, Gede�n Spilett borr� la palabra oso del pie de su apunte, puso en su lugar koula, y continu� su camino.
A las cinco de la tarde, Ciro Smith daba la se�al de alto. Se encontraban fuera del bosque, al pie de aquellos poderosos contrafuertes que apuntalaban el monte Franklin hacia el este. A pocos centenares de pasos corr�a el arroyo Rojo y por consiguiente el agua potable no estaba lejos.
Organiz� inmediatamente el campamento y, en menos de una hora, al extremo del bosque, entre los �rboles, se levant� una caba�a de ramas mezcladas de bejucos y recubiertas de tierra gredosa, que ofrec�a un abrigo suficiente. Dejaron para el d�a siguiente las investigaciones geol�gicas; se prepar� la cena, se encendi� un buen fuego
delante de la caba�a, se dio vuelta al asador y, a las ocho, mientras uno de los colonos velaba para alimentar la hoguera por si alg�n animal peligroso vagaba por los alrededores, los dem�s dorm�an con sue�o tranquilo.
Al d�a siguiente, 24 de abril, Ciro Smith, acompa�ado de Harbert, fue a buscar los terrenos de formaci�n antigua, donde hab�a ya encontrado muestras de mineral. Hall� el yacimiento a flor de tierra, casi en la fuente misma del arroyo, al pie de la base lateral de uno de los contrafuertes del nordeste. Aquel mineral, muy rico en hierro, contenido en su ganga fusible, conven�a perfectamente al m�todo de reducci�n que el ingeniero pensaba emplear, es decir, el m�todo catal�n, pero simplificado, como se usa en C�rcega.
En efecto, el m�todo catal�n propiamente dicho exige la construcci�n de hornos y crisoles, en los cuales el mineral y el carb�n, colocados en capas alternas, se transformen y reduzcan. Pero Ciro Smith quer�a economizar hornos y crisoles y formar con el mineral y el carb�n una masa c�bica, al centro de la cual se dirig�a el viento de su fuelle. Este era sin duda el procedimiento que emplearon Tubalca�n y los primeros metal�rgicos del mundo habitado. Ahora bien, lo que hab�a dado buenos resultados a los nietos de Ad�n y los daba todav�a en los pa�ses ricos en mineral y en combustible, no pod�a menos de darlo en las circunstancias en que se encontraban los colonos de la isla de Lincoln.