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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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-��Con ventanas para darles luz! -dijo Harbert, ri�ndose.

-�Y una escalera para subir -a�adi� Nab.

-�Ustedes se r�en -exclam� el marino-sin motivo. �Qu� hay de imposible en lo que propongo? �No es verdad, se�or Ciro, que har� usted p�lvora el d�a que la necesitemos?

El ingeniero hab�a escuchado al entusiasta Pencroff mientras desarrollaba sus proyectos algo fant�sticos. Atacar aquella masa de granito, aun por medio de una mina, era un trabajo herc�leo, y �l�stima que la naturaleza no se hubiera encargado de la parte m�s dura de la tarea! Pero Smith respondi� al marino proponiendo que se examinase m�s atentamente la meseta desde la desembocadura del r�o hasta el �ngulo que la cerraba al norte.

Salieron, pues, y con mucho cuidado hicieron la exploraci�n en una extensi�n de dos millas poco m�s o menos, pero en ning�n sitio la pared recta y unida presentaba cavidad alguna. Los nidos de las palomas silvestres que revoloteaban en su cima no eran en realidad m�s que agujeros abiertos en la cresta de la misma y en las esquinas irregularmente formadas de granito.

Era una circunstancia desgraciada, y no hab�a que pensar siquiera en atacar aquella masa con el pico o con la p�lvora para abrir una vivienda.

La casualidad hab�a hecho que en toda aquella parte del litoral Pencroff descubriese el �nico asilo provisionalmente habitable, es decir, aquellas Chimeneas que, sin embargo, se trataba de abandonar.

Terminada la exploraci�n, los colonos se hallaban en el �ngulo norte de la muralla, donde �sta terminaba por una de las pendientes prolongadas, que iban a morir en la playa. Desde aquel sitio hasta su extremo l�mite al oeste no formaba m�s que una especie de talud, espesa aglomeraci�n de piedras, de tierra y de arena, unidas por plantas, arbustos y hierbas, e inclinada bajo un �ngulo de cuarenta y cinco grados solamente. Ac� y all� el granito surg�a todav�a sobresaliendo con puntas agudas en aquella ribera escarpada. Sobre sus laderas crec�an grupos de �rboles y una hierba

bastante espesa los alfombraba. Pero el esfuerzo vegetal no iba m�s all� y una gran llanura de arena, que comenzaba al pie del talud, se extend�a hasta el litoral.

Ciro Smith pens�, no sin raz�n, que por aquel lado deb�a desaguar el sobrante del lago en forma de cascada. En efecto, era necesario que el exceso de agua del arroyo rojo se perdiese en un punto cualquiera, y aquel punto no hab�a sido encontrado todav�a por el ingeniero en ninguna parte de las orillas ya exploradas, es decir, desde la desembocadura del arroyo al oeste hasta la meseta de la Gran Vista.

El ingeniero propuso, pues, a sus compa�eros la ascensi�n al talud que ten�an delante y la vuelta a las Chimeneas por las alturas, explorando de paso las orillas septentrional y oriental del lago.

La proposici�n fue aceptada y en pocos minutos Harbert y Nab llegaron a la meseta superior, sigui�ndoles Ciro Smith, Gede�n Spilett y Pencroff con paso m�s reposado.

A doscientos pies a trav�s del follaje resplandec�a a los rayos solares la hermosa sabana de agua; el paisaje era delicioso en aquel sitio. Los �rboles de tonos amarillentos se agrupaban maravillosamente para recrear la vista. Algunos enormes troncos de �rboles, abatidos por la edad, se destacaban por su corteza negruzca sobre la verde alfombra que cubr�a el suelo. All� gritaba una infinidad de cacat�as ruidosas, verdaderos prismas movibles, que saltaban de una rama a otra. Parec�a que la luz no llegaba sino descompuesta a trav�s de aquel paraje singular.

Los colonos, en vez de seguir derechos hacia la orilla norte del lago, adelantaron por el extremo de la meseta con el objeto de llegar a la desembocadura del arroyo en su orilla izquierda. El rodeo que ten�an que dar no era m�s que de milla y media, un paso f�cil, porque los �rboles muy esparcidos dejaban entre s� un paso libre. Se conoc�a a primera vista que en aquel l�mite se deten�a la zona f�rtil, pues all� la vegetaci�n era menos vigorosa que en toda la parte comprendida entre la corriente del arroyo y el r�o de la Merced.

Ciro Smith y sus compa�eros marchaban con bastante precauci�n por aquel terreno nuevo para ellos; sus �nicas armas consist�an en flechas y palos con puntas de hierro agudas y tem�an las fieras; sin embargo, ninguna se mostr� en aquel sitio; probablemente frecuentaban con preferencia los espesos bosques del sur.

Los colonos tuvieron la desagradable sorpresa de ver a Top detenerse ante una serpiente que med�a de cartorce a quince pies. Nab la mat� de un palo; Ciro Smith examin� el reptil y declar� que no era venenoso, porque pertenec�a a la especie de serpientes diamantes, de la cual suelen alimentarse los ind�genas en la Nueva Gales del Sur; pero era posible que existiesen otras cuya mordedura fuera mortal, como v�boras sordas de cola hendida, que atacan al que las pisa, o esas serpientes aladas provistas de dos anillas, que les permiten lanzarse con una rapidez extrema. Top, pasado el primer momento de sorpresa, se dio a cazar reptiles con un encarnizamiento que hac�a temer por su vida, por lo cual su amo ten�a que llamarle a cada instante.

En breve llegaron a la desembocadura del arroyo Rojo, al punto donde desaguaba en el lago. En la orilla opuesta reconocieron los exploradores el sitio que hab�an visitado ya al bajar del monte Franklin. Ciro Smith se cercior� de que el agua que el arroyo suministraba al lago era abundante y, por tanto, necesariamente deb�a haber un lugar por donde la naturaleza hubiese abierto un desag�e para el lago. Hab�a que descubrir aquel desag�e porque sin duda formaba una cascada, cuya fuerza mec�nica ser�a posible utilizar.

Los colonos, marchando al azar, pero sin apartarse mucho unos de otros, comenzaron a dar vueltas al lago, cuyas orillas eran muy escarpadas. Las aguas parec�an contener abundant�sima pesca y Pencroff se propuso construir algunos aparejos de pescar para explotarla.

Fue preciso, ante todo, doblar la punta aguda del nordeste. Hubiera podido suponerse que el desag�e se verificaba en aquel sitio, porque el extremo del lago ven�a casi a rozar con el de la meseta; pero no suced�a as�, y los colonos tuvieron que continuar explorando la orilla, que despu�s de una ligera curva bajaba paralelamente al litoral.

Por aquel lado el terreno estaba m�s despejado, pero algunos grupos de �rboles plantados ac� y all� a�ad�an nuevos atractivos a lo pintoresco del paisaje. El lago Grant se presentaba entonces a la vista en toda su extensi�n, sin que el menor soplo de viento rizase la superficie de sus aguas.

Top, penetrando entre la espesura, levant� diversas bandas de aves, a las que Spilett y Harbert saludaron con sus flechas. Uno de aquellos vol�tiles cay� en medio de las hierbas pantanosas herido por el joven con una flecha disparada con mucha destreza. Top se precipit� hacia �l y llev� a los colonos una hermosa ave nadadora, color pizarra, de pie corto, de hueso frontal muy desarrollado, dedos ensanchados por un fest�n de plumas que los rodeaban y alas orilladas con una raya blanca. Era una f�lica del tama�o de una perdiz, perteneciente a ese grupo de los macrod�ctilos, que forma la transici�n entre el orden de las zancudas y el de las palm�pedas; pobre caza y de un gusto que deb�a dejar mucho que desear. Pero Top ser�a sin duda menos delicado que sus amos y se convino que la f�lica sirviera para su cena.

Los colonos segu�an entonces la orilla oriental del lago; no deb�an tardar en llegar a la parte ya reconocida. El ingeniero se mostraba muy sorprendido de no ver ning�n indicio de desag�e. El corresponsal y el marino hablaban con �l y tampoco disimulaban su asombro.

En aquel momento Top, que hab�a estado muy tranquilo hasta entonces, dio se�ales de agitaci�n. El inteligente animal iba y ven�a hacia la orilla, se deten�a de repente, miraba las aguas y levantaba una pata como si espiase alguna caza invisible; despu�s ladraba con furor como si la divisara y luego callaba.

Ni Ciro Smith ni sus compa�eros pusieron atenci�n al principio en los movimientos de Top, pero los ladridos del animal llegaron a ser tan frecuentes, que intrigaron al ingeniero.

-��Qu� has visto, Top? -pregunt�.

El perro dio varios saltos hacia su amo manifestando verdadera inquietud y se lanz� de nuevo hacia la orilla. Despu�s, de repente, se precipit� en el lago.

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