La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1978
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-240-7
- Переводчик: Jose Maria Aroca
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:
¿Quién sabía leer las estrellas? Era una noche clara, y la esfera hermana, muy menguada ahora, aún no había asomado; las estrellas brillaban gloriosamente. Tal vez el viejo Dedo de Sangre lo supiera, pero él nunca le había pedido hacerlo. Recordó que ése era el foso llamado El Otro Ojo. En algún lugar al otro lado del río, Viento del Este y Última Voz también estarían estudiando las estrellas. Se movió, intranquilo; la próxima vez se hundiría en el río e intentaría escapar. Libre, acaso pudiera ayudar a los otros. Si acaso quedaban otros después de la próxima vez…
Pensó en Ondulante Rama de Cedro empujada bajo la superficie (el sufrimiento del rostro visto a través de las ondas). Deseó que Siete Niñas que Esperan o Dulce Boca fueran a echarse con él y lo distrajeran, pero ellas estaban durmiendo juntas, las manos estiradas y tocándose. La Canción de la lágrima se alzaba y caía; luego se fue apagando hasta morir. Paso en la Arena se sentó.
—¡Viejo Sabio! ¿Puedes leer las estrellas?
El Viejo Sabio cruzó la arena hasta él. Parecía más tenue que nunca pero más alto, como si la ilusión se le hubiera estirado.
—Sí —dijo—. Aunque no siempre leo lo que leen los tuyos.
—¿Puedes andar entre ellas?
—Puedo hacer lo que elija.
—¿Qué dicen, pues? ¿Morirán más?
—¿Mañana? La respuesta es sí y no.
—¿Yeso qué quiere decir? ¿Quiénes?
—Cada día muere alguien —respondió el Viejo Sabio. Y luego—. Soy lo que tú llamas hijo de la Sombra, recuerda. Si las estrellas me hablan, hablan de nuestros asuntos. Pero todo eso es adivinación necia: la verdad es lo que uno cree.
—¿Será Ondulante Rama de Cedro?
El Viejo Sabio sacudió la cabeza.
—Ella no. No mañana.
Con un suspiro de alivio Paso en la Arena volvió a acostarse.
—Por los otros no te preguntaré. No quiero saberlo.
—Eso es sabio.
—Entonces ¿por qué andar entre estrellas?
—En verdad, ¿por qué? Acabamos de cantar la Canción de la lágrima para nuestros muertos. Tanto pensamos en los que murieron, que no nos enfada que tú no te hayas unido… Pero la Canción de la lágrima es mejor que esa clase de pensamientos.
—No los traerá de vuelta.
—¿Lo desearíamos nosotros?
—¿Desear qué? —con cierta punzada de sorpresa, Paso en la Arena descubrió que sentía rabia, rabia consigo mismo por sentirla. Como el Viejo Sabio no contestaba, añadió—. ¿De qué estás hablando?
Las constelaciones relampagueaban con desdén glacial, haciendo caso omiso de los dos.
—Sólo quise decir —respondió despacio el Viejo Sabio— que si nuestra canción pudiera devolver a Cazador y Hachero, ¿cantaríamos acaso? Si retornaran de la muerte, ¿no los mataríamos?
Paso en la Arena notó que el Viejo Sabio parecía más joven que antes. Los fantasmas eran raros. Y se ofendían con facilidad, recordó.
—Lo siento, si parecí descortés —dijo con toda la cortesía posible—. ¿Cazador y Hachero eran los nombres de tus amigos? Si soy amigo de la Sombra eran amigos míos, y lo mismo Dedo de Sangre y Hojas que se Comen. También por ellos deberíamos hacer algo: sentarnos por ahí y contar historias de ellos hasta tarde… Pero no creo que éste sea el lugar adecuado. No me encuentro bien.
—Comprendo. Te pareces muchísimo al hombre llamado Dedo de Sangre.
—La madre de su madre era hermana de la de mi madre, probablemente, o algo así.
—Observas a mis camaradas, los otros hijos de la Sombra. ¿Por qué?
—Porque nunca pensé que los hijos de la Sombra tuvieran nombres. Sólo pensaba en ellos como hijos de la Sombra.
—Lo sé.
El Viejo Sabio escrutaba de nuevo el cielo, recordándole a Paso en la Arena que antes le había dicho que podía andar por ahí. Paso en la Arena se había acostado de nuevo sobre su estómago y con la cabeza sobre los brazos, donde olía el tenue olor salado de su propia carne. Tras un rato que pareció largo, el Viejo dijo:
—Sus nombres son Llama Astuta, Cisne y Silbador.
—Igual que la gente.
—Antes de que los hombres vinieran del cielo no teníamos nombres —dijo el Viejo Sabio, soñador—. Eramos sobre todo largos, y vivíamos en agujeros entre las raíces de los árboles.
—Creía que ésos éramos nosotros —dijo Paso en la Arena.
—Estoy confundido —admitió el Viejo Sabio—. Sois tantos ahora, y nosotros tan pocos…
—¿Oís nuestras canciones?
—Yo estoy hecho de canciones vuestras. Hubo una vez unas gentes que utilizaban las manos, cuando tenían manos, sólo para tomar comida; y un día llegaron a visitarlos otras gentes, que navegaban de estrella a estrella. Entonces se descubrió que las primeras oían las canciones de las segundas y se las enviaban otra vez: más grandes, más y más grandes que antes. Luego las segundas sintieron las canciones con más fuerza, en todos los huesos; pero tocadas, quizá, por las primeras. En un tiempo yo estaba seguro de cuáles eran las primeras gentes, y las segundas; ahora ya no lo sé.
—Y yo ya no sé de qué hablas —le dijo Paso en la Arena.
—Como una chispa que brota de la bóveda sin ecos del vacío —continuó el Viejo Sabio—, la brillante forma se deslizó vaporosa por el mar…
Pero Paso en la Arena ya no escuchaba. Había ido a tenderse entre Dulce Boca y Siete Niñas que Esperan, dándole una mano a cada una.
El día siguiente, antes del amanecer, volvieron a arrojar la liana por la pared del foso. Esta vez no hizo falta que los hombres del pantano bajaran a hacer subir a los montañeses. Alguien gritó desde el borde y ellos treparon, aunque despacio y de mala gana. Arriba esperaba Viento del Este, y Paso en la Arena, que había subido con los otros tres hijos de la Sombra, le preguntó:
—¿Cómo estaban anoche las estrellas?
—Mal. Muy mal. Última Voz está alterado.
Paso en la Arena dijo:
—Ya pensé yo que tenían mal aspecto… Vencejo brillaba justo sobre el cabello de la Mujer de Pelo Ardiente. No creo que Hojas que se Comen y Dedo de Sangre hayan entregado el mensaje que les diste. Hojas que se Comen siempre hace cosas que nadie le ha pedido, pero probablemente el viejo Dedo de Sangre le ha dicho a todo el mundo que te mereces una suerte peor. Lo mismo haré yo si me mandas.
Viento del Este exclamó «¡Idiota!» e intentó derribarlo de un golpe. Como no pudo, dos de los hombres del pantano se encargaron de la tarea.
Había niebla, y a causa de la niebla estaba oscuro. Cuando se hubo levantado, Paso en la Arena pensó que la oscuridad y la fría bruma, que preveía más espesa a pocos pies por sobre el agua del río, sería excelente para escapar; pero al parecer los hombres del pantano pensaban lo mismo. A cada lado de él caminaba uno, agarrándole los brazos. Hoy el camino hasta el río parecía más largo que de costumbre. Tropezó, y los guardias lo apremiaron a alcanzar a los otros. Delante aparecieron las pequeñas espaldas oscuras de los hijos de la Sombra y las anchas, pálidas de los hombres del pantano, y enseguida se desvanecieron otra vez.
—Buena comida anoche —dijo uno de los hombres—. Tú no estuviste invitado, pero esta noche sí.
Amargamente, Paso en la Arena dijo:
—Pero tenéis mal las estrellas.
Miedo y cólera se atrepellaron en los ojos del hombre, y dio a Paso en la Arena un violento tirón del brazo. Delante, en la niebla, hubo gritos no del todo humanos; después silencio.
—Quizá tengamos mal las estrellas —dijo el otro hombre—, pero esta noche comeremos hasta reventar.
Dos más volvieron por donde habían ido, cada uno cargando el cuerpo lacio de un hijo de la Sombra. Paso en la Arena podía oler el río y oír, en el siniestro silencio de la bruma, el ruido que hacían las ondas al dar contra la orilla.