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La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]

Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:

Muy lejos de su planeta madre, la Tierra, dos mundos gemelos, Sainte Anne y Sainte Croix, fueron colonizados en su tiempo por inmigrantes franceses, que aniquilaron a la población nativa del segundo de ellos. Muchos siglos después, tras una guerra que dispersó a los colonos originales y relegó a la leyenda el recuerdo del genocidio original, un etnólogo de la Tierra, John V. Marsch, dedica su vida a buscar las huellas de aquella cultura alienígena, los abos, el Pueblo Libre, los hijos de la Sombra, convertida hoy en una indefinida mitología aplastada bajo un subterráneo sentimiento de culpabilidad que niega incluso la realidad de su existencia…
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A Paso en la Arena lo divirtió la idea de que su gente imitaba a los hijos de la Sombra, a quienes de día despreciaban; pero sólo dijo:

—Se ha hecho tarde y debo descansar. Gracias por tu amabilidad.

—¿No probarás?

—Ahora no.

El hijo de la Sombra silencioso, que parecía menos real que la figura de telaraña junto a la cual se había agachado, volvió a ponerse la mascada fibra en la boca y se alejó sin rumbo. Paso en la Arena se estiró, deseando que Dulce Boca fuera de nuevo a tenderse con él. Aunque no se había ido, el Viejo Sabio ya no estaba, y hubo sueños malos: no tenía cuerpo, de modo que ahora veía sin ojos y sentía sin piel, como una desnuda lombriz de conciencia entre glorias ardientes. Alguien gritó.

Volvieron a gritar, y él se incorporó luchando con nada, agitando los brazos; pero tenía las piernas atadas y la boca llena de arena. Ondulante Rama de Cedro gritaba, y Hojas que se Comen y el viejo Dedo de Sangre lo agarraron de los brazos y tiraron tanto que él creyó que lo romperían. Alrededor, en círculo, los hijos de la Sombra observaban, y Dulce Boca estaba llorando.

—Esta suciedad baja del fondo —dijo Dedo de Sangre cuando lo hubieron soltado—, y a veces baja rápido.

Ondulante Rama de Cedro dijo:

—Cuando aún eras chico pero te creías mayor, y ya no querías dormir conmigo, por la noche yo me levantaba e iba a mirar si estabas bien. Esta noche me desperté y pensé en eso.

—Gracias.

Paso en la Arena seguía boqueando y escupiendo arena. Desde las sombras, una voz le dijo:

—Nosotros no sabíamos. En el futuro te vigilarán ojos insomnes.

Se habló más hasta que, uno a uno, los humanos regresaron a sus lugares de descanso y una vez más se echaron a dormir. Paso en la Arena se movió un rato por el suelo del foso, examinando las pisadas y los movimientos de la arena. Sólo oía a Océano, y al fin intentó volver a dormir.

«No puede ser cierto», decía Última Voz. «¡Mira otra vez!» «No puedo… una nube…». Al frente la oleosa superficie del río se estiraba bajo el cielo nocturno; negro, reluciente, ensanchándose. No mostraba estrellas, nada salvo su propia agua y trozos de algas flotantes. «¡Mira otra vez!». Largas manos, suaves pero huesudas, lo aferraron por los hombros.

Alguien lo sacudía, y aún no había luz. Por un momento sintió que se hundía una vez más en la arena, pero no. Junto a él estaban Dedo de Sangre y Dulce Boca, y detrás de ellos otras figuras, desconocidas. Se sentó y vio que eran hombres del pantano con marcas en los hombros y el pelo recogido en nudos. Dulce Boca dijo:

—Tenemos que ir… —los grandes ojos locos miraban a todas partes y a nadie.

Había una liana para que pudieran subir, y con los hombres del pantano detrás treparon a duras penas. Paso en la Arena y Dedo de Sangre primeros, luego Hojas que se Comen, luego las dos mujeres y los hijos de la Sombra.

—¿Quién? —preguntaron Paso en la Arena y Dedo de Sangre, pero el mayor de los hombres se limitó a encogerse de hombros.

En el río Última Voz estaba con los pies en los bajos y la luz del alba detrás. Llevaba en la cabeza una corona de flores —ocultando las heridas allí donde el pelo estaba quemado— y otra guirnalda, de capullos rojos que a la pálida luz parecían negros, sobre los hombros. Cerca de él, Viento del Este observaba, y en la orilla esperaban varios cientos: figuras silenciosas que la luz matinal manchaba de amarillo y rojo, los rasgos cada vez más nítidos: un hombre aquí, allá un niño, de pronto en contraste con la masa de caras inmóviles como máscaras. Paso en la Arena no les hizo caso y miró a Última Voz. Era la primera vez que veía al andariego de estrellas fuera del mundo de los sueños.

Los guardias los internaron en el agua hasta que les llegó a las rodillas. Entonces Última Voz levantó los brazos, y de frente a las estrellas agonizantes se puso a cantar. El canto era blasfemia, y al cabo de unos momentos Paso en la Arena se cerró los oídos, rogando a Dios poder zambullirse, nadar muy hondo y así huir; pero entonces los otros quedarían atrás, y en la orilla había muchísimos hombres del pantano, y él siempre había oído que eran buenos nadadores. Le pidió ayuda al sacerdote, pero el sacerdote no estaba allí.

De pronto Última Voz dejó de cantar, mucho antes de lo que él esperaba.

Hubo un silencio, y Última Voz apuñaló el aire con las manos. De los observadores brotó un sonido, un gimoteo que quizá fuera de placer. Unos hombres se abalanzaron a agarrar a Dedo de Sangre y Hojas que se Comen, arrastrándolos a aguas más profundas. Paso en la Arena saltó a ayudarlos, pero lo golpearon por detrás; perdió pie, luchando, pensando que intentarían mantenerlo bajo el agua, pero nadie lo molestó. Pudo incorporarse y salió del agua tosiendo, quitándose el largo pelo de los ojos. Aún había hombres apiñados sobre Hojas que se Comen y el viejo Dedo de Sangre, pero el agua ya se aquietaba, las ondas coronadas de oro por el sol ascendente.

—Hoy dos —dijo alguien, a espaldas de Paso en la Arena—. La gente está encantada.

Paso en la Arena se volvió y vio a Viento del Este, que se abría paso junto a él y alzando las rodillas se alejaba con zancadas de garza peluda.

—De vuelta al foso —anunció un guardia, y junto con Ondulante Rama de Cedro y Dulce Boca, Paso en la Arena dio media vuelta y chapoteó hasta la orilla, seguido por los hijos de la Sombra.

Acababa de salir del agua cuando oyó un crujido de huesos rotos, y al mirar atrás vio que dos hijos de la Sombra habían muerto, y que unos hombres los cargaban, las cabezas colgando. Se detuvo, furioso como no lo habían puesto las otras muertes. Un guardia lo empujó.

—¿Por qué los matasteis? —dijo Paso en la Arena—. No eran ni parte de la ceremonia.

Dos lo agarraron y le torcieron los brazos a la espalda. Uno dijo:

—No son gente. Nos los podemos comer cuando sea.

El otro añadió:

—Esta noche gran festín.

—Soltadlo —era Viento del Este, que lo tomó por el codo—. De nada vale pelear, hermano. Sólo conseguirás que te rompan los brazos.

—Está bien.

Los hombros de Paso en la Arena habían estado ya a punto de romperse. Balanceó los brazos. Viento del Este decía:

—Habitualmente sacrificamos uno sólo por vez; por eso hoy la gente está entusiasmada. Con los dos hombres y los otros dos alcanzará para que todo el mundo tenga un buen trozo, así que están contentos.

—Las estrellas fueron benignas, pues —dijo Paso en la Arena.

—Cuando las estrellas son benignas —respondió como un eco Viento del Este, con una voz también inexpresiva—, no enviamos al río ningún mensajero.

Antes de que Paso en la Arena advirtiese que estaban cerca, habían llegado al foso. Dio unas zancadas hasta el borde decidido a bajar en vez de caer empujado. Ya había allí alguien, una figurita que parecía sostener otra más pequeña; se detuvo sorprendido, le agarraron los brazos por detrás y rodó ignominiosamente.

La recién llegada era Siete Niñas que Esperan.

Esa noche el Viejo Sabio y los otros hijos de la Sombra cantaron la Canción de la lágrima por los amigos muertos. Echado de espaldas, Paso en la Arena intentó leer las estrellas para ver si el mensaje llevado por el viejo Dedo de Sangre y Hojas que se Comen había tenido algún efecto, pero no era mucho lo que sabía y sólo le parecieron las constelaciones conocidas. Siete Niñas que Esperan se había pasado el día contándoles a todos cómo lo había seguido río abajo y la habían capturado, y la pena que él sintiera en un principio se había ido trocando, al escucharla, en una suerte de tenue rabia por la estupidez de ella. Por su parte ella parecía más contenta que asustada, pues en el foso encontraba reemplazantes para la compañía que la había abandonado. Paso en la Arena recordó que Siete Niñas que Esperan no había visto las muertes en el río.

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