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La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]

Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:

Muy lejos de su planeta madre, la Tierra, dos mundos gemelos, Sainte Anne y Sainte Croix, fueron colonizados en su tiempo por inmigrantes franceses, que aniquilaron a la población nativa del segundo de ellos. Muchos siglos después, tras una guerra que dispersó a los colonos originales y relegó a la leyenda el recuerdo del genocidio original, un etnólogo de la Tierra, John V. Marsch, dedica su vida a buscar las huellas de aquella cultura alienígena, los abos, el Pueblo Libre, los hijos de la Sombra, convertida hoy en una indefinida mitología aplastada bajo un subterráneo sentimiento de culpabilidad que niega incluso la realidad de su existencia…
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—Sí —dijo Paso en la Arena.

Había disfrutado con los nombres, pero que el Viejo Sabio se refiriese a sí mismo como cinco le había recordado a los otros hijos de la Sombra. Parecían todos despiertos y atentos a la historia, pero estaban lejos, sentados en diversos lugares del foso. Dos, al parecer, habían intentado trepar por los muros movedizos, y ahora esperaban allí donde habían abandonado el esfuerzo, uno a un cuarto de camino arriba, otro casi en la mitad. Todos los humanos dormían salvo él. El borde del foso tamizaba el resplandor azul de la esfera hermana.

—Cuando llegamos éramos como vosotros ahora… —comenzó el Viejo Sabio.

—Pero os quitasteis vuestra apariencia para bañaros —continuó por él Paso en la Arena, pensando en las plumas y flores que a veces los suyos llevaban en el pelo—, y nosotros os la robamos y la venimos usando desde entonces… —una vez Ondulante Rama de Cedro le había contado una historia similar.

—No. Para que tuvierais nuestra apariencia no hizo falta que nosotros la perdiéramos. Vosotros venís de una raza de cambiadores de forma; como esos que en nuestro viejo hogar llamábamos hombres lobo. Cuando llegamos, algunos de vosotros eran como algunas bestias, y otros de formas fantásticas inspiradas por las nubes, o los torrentes de lava, o el agua. Pero nosotros llegamos con energía y majestad y poder, zambulléndonos en vuestro mar con un silbido de mil serpientes, desembarcando como conquistadores con luces ardientes en el puño, y con llamas.

—¡Vaya! —exclamó Paso en la Arena, que disfrutaba con la historia.

—Llamas y luz —repitió el Viejo Sabio, meciéndose atrás y adelante. Tenía los ojos entornados y las mandíbulas se le movían vigorosamente, como si estuviera comiendo.

—¿Y luego qué pasó? —preguntó Paso en la Arena.

—Ahí se acaba. Impresionamos tanto a los de tu especie que os volvisteis como nosotros, y así quedasteis desde entonces. O sea, como nosotros éramos entonces.

—No puede acabar así —dijo Paso en la Arena—. Me has contado cómo nos volvimos iguales, pero no cómo nos volvimos diferentes. Yo ya soy más alto que cualquiera de vosotros, y tengo las piernas derechas.

—Somos más altos que tú, y más fuertes —dijo el Viejo Sabio—. Y nos envuelve una terrible gloria. Cierto que ya no tenemos las cosas de fuego y luz, pero sí una mirada que marchita, y cantamos muerte a los enemigos. Sí, y los arbustos dejan caer frutos en nuestras manos, y con sólo mover una piedra la tierra nos cede a los hijos de madres voladoras.

—Vaya —volvió a decir Paso en la Arena.

Quería decir: «Tenéis huesos doblados y débiles y caras enfermas; huís de los hombres y de la luz», pero calló. Se había titulado amigo de la Sombra; y además, discutir ahora no tenía sentido. Así que dijo:

—Pero de todos modos no somos iguales, porque mi gente no tiene esos poderes; ni nuestras canciones llegan con el viento nocturno a perturbar los sueños.

El Viejo Sabio asintió y dijo:

—Te mostraré.

Y bajando la cabeza se tosió en las manos y las tendió hacia Paso en la Arena.

Paso en la Arena intentó ver qué le estaba mostrando, pero la esfera hermana ya relucía con fuerza y las manos del Viejo Sabio eran telarañas. Había algo —una masa oscura— pero, por más que se inclinó, Paso en la Arena no vio nada más, y cuando intentó tocar lo que el Viejo Sabio le mostraba, sus dedos atravesaron las manos y lo que contenían; de pronto se sintió necio y solo, un niño balbuceándole al aire vacío cuando habría podido dormirse.

—Aquí —dijo el Viejo Sabio, e hizo una seña.

Un segundo hijo de la Sombra fue a agacharse junto a él, sólido y real.

—¿Realmente es contigo con quien hablo? —preguntó Paso en la Arena, pero el otro no respondió ni lo miró.

Al cabo de un rato Paso en la Arena alzó las manos y tosió sobre ellas, como había hecho el Viejo Sabio, y las tendió hacia adelante.

—Hablas con todos nosotros cuando hablas conmigo —dijo el Viejo Sabio—. Sobre todo con nosotros cinco; pero también con todos los hijos de la Sombra. Aunque débiles, sus canciones vienen de lejos para ayudarme a dar forma a lo que soy. Pero mira lo que te estamos mostrando.

Por un momento Paso en la Arena miró al hijo de la Sombra. Habría podido ser joven, pero el oscuro rostro estaba en silencio y parecía impenetrable. Tenía los ojos casi cerrados, aunque a través de los párpados Paso en la Arena sintió la mirada, amistosa, incómoda y asustada.

—Toma un poco —invitó el Viejo Sabio.

Paso en la Arena pinchó la masticada materia con un dedo y la olió: repulsiva.

—Por esto hemos abandonado todo, porque esto es más que cualquier cosa, aunque sólo sea una hierba de este mundo. Las hojas son anchas, desparejas y grises; las flores, amarillas; las semillas, espinosos huevos rosados.

—Lo he visto —dijo Paso en la Arena—. Cuando era joven, Hojas que se Comen me previno. Es una planta venenosa.

—Eso creen los tuyos, y así es si te la tragas… Aunque morir de ese modo quizá sea mejor que la vida. Pero una vez, entre una fase nueva de la esfera hermana y la fase siguiente, un hombre puede tomar las hojas frescas y doblándolas bien ponérselas en la mejilla. Entonces no hay para él mujer, ni carne de comer ninguna; entonces es sagrado, pues Dios anda en él.

—Yo conocí uno de ésos —dijo Paso en la Arena—. Lo habría matado, pero me compadecí.

No había pretendido alzar la voz, y supuso que el Viejo Sabio se enfadaría, pero lo único que hizo fue asentir con la cabeza.

—También nosotros lo compadecimos —dijo—, y lo envidiamos. Él es Dios. Comprende que él también se compadeció de ti.

—Me habría matado.

—Porque te vio como lo que eres, y al verte sintió tu vergüenza. Pero sólo en una ocasión, cuando la esfera hermana vuelve a aparecer, puede un hombre buscar la planta y arrancar hojas nuevas, escupiendo lo que ha llevado y masticado hasta el momento en que dejó de consolarlo. Si toma hojas frescas más a menudo, morirá.

—Pero ¿la planta no hace daño así como la usáis?

—A nosotros nos ha dado calor desde que éramos muy jóvenes, y tal como ves estamos todos sanos. ¿No luchamos bien? Vivimos hasta gran edad.

—¿Cuánto? —Paso en la Arena era curioso.

—¿Importa acaso? Es grande en términos de experiencia; sentimos muchas cosas. Cuando al fin morimos hemos sido más grandes que Dios y menos que las bestias. Pero cuando no somos grandes, todo lo que llevamos a la boca es en verdad un consuelo. Es carne cuando tenemos hambre y no hay peces, y también leche cuando tenemos sed y no hay agua. El hombre joven busca mujer y la encuentra y es grande y muere para el mundo. Después nunca vuelve a ser tan grande, pero la mujer le da consuelo, pues le recuerda el tiempo que fue, y vuelve a ser tan pequeño con ella como una vez fue entero. Lo mismo con nosotros, hasta que las hojas que escupimos en las palmas se han puesto blancas y ya no dan ningún consuelo. Entonces miramos el rostro de la esfera hermana para ver cuánto tiempo ha pasado, y cuando vuelve la fase encontramos esposas nuevas, y somo jóvenes, y Dios.

Paso en la Arena dijo:

—Pero ya no sois como nosotros ahora.

—Éramos eso, y lo hemos cambiado por esto. Tiempo atrás en nuestro hogar, antes de que un necio encendiera una hoguera, éramos así… Errantes sin nada que se pueda nombrar salvo el sol, la noche, y cada uno de nosotros. Ahora somos así de nuevo, pues somos dioses, y las cosas hechas con manos no nos conciernen. Y así como somos sois vosotros, porque sólo andáis según nos veis andar, y hacéis como nosotros.

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