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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– ¡Basta de comedia! -Wainwright se acercó, quitó las manos de la cara de Eastin y le echó hacia atrás la cabeza, pero sin dureza, recordando lo que había prometido al hombre del FBI. Nada de patata machacada.

Añadió:

– Usted tiene algo que decir. Empecemos.

– Eh, un poco de tiempo ¿eh? -suplicó Eastin-. Deme un minuto para pensar.

– ¡Ni lo sueñe! -lo que menos quería Wainwright era dar a Eastin tiempo para reflexionar. Era un joven inteligente y capaz de razonar, correctamente, que el silencio era lo que más le convenía. El jefe de Seguridad sabía que en este momento contaba con dos ventajas. Una era de haber hecho perder el equilibrio a Miles Eastin; la otra no estar restringido por reglas.

Si los agentes del FBI estuvieran aquí, tendrían que informar a Eastin de sus derechos legales -el derecho a no contestar preguntas, y a tener presente un abogado. Pero Wainwright, que ya no era policía, no tenía esa obligación.

Lo que el jefe de Seguridad necesitaba era una clara prueba sobre el robo de los seis mil dólares. Una confesión firmada bastaría.

Se sentó frente a Eastin; sus ojos tenían clavado en la picota al joven.

– Podemos hacer esto de una manera dura y difícil, o bien podemos avanzar rápido.

Como no hubo respuesta, Wainwright tomó la pequeña carpeta negra y la abrió.

– Empecemos con esto -puso el dedo en la lista de sumas y fechas; al lado de cada entrada había otras cifras, en código-. Éstas son apuestas, ¿correcto?

En medio de una confusa pesadez, Eastin asintió.

– Explíqueme ésta.

Era una apuesta de doscientos cincuenta dólares, murmuró Miles Eastin sobre el resultado de un partido de fútbol entre Texas y Notre Dame. Explicó los detalles. Había apostado por Notre Dame. Texas había ganado.

– ¿Y ésta?

Otra respuesta entre dientes: otro partido de fútbol. Otra pérdida.

– Siga -persistió Wainwright, manteniendo el dedo en la página, sin cejar la presión.

Las respuestas fueron lentas. Algunas de las entradas eran para partidos de baloncesto. Algunas apuestas estaban del lado ganador, aunque las pérdidas eran mucho mayores. La apuesta mínima era de cien dólares, la mayor de trescientos.

– ¿Apostaba usted solo o con un grupo?

– Un grupo.

– ¿Quiénes forman parte de ese grupo?

– Otros cuatro muchachos. Trabajan. Como yo.

– ¿Trabajan en el banco?

Eastin negó con la cabeza.

– En otros lugares.

– ¿Y también perdieron?

– A veces. Pero su promedio de ganancias era mejor que el mío.

– ¿Cómo se llaman esos cuatro?

No hubo respuesta. Wainwright lo dejó pasar.

– No ha hecho apuestas sobre caballos. ¿Por qué?

– Nos habíamos juntado. Todos saben que en las carreras hay trampa, que están arregladas. El fútbol y el baloncesto son potables. Inventamos un sistema. Con juegos limpios, calculamos que podíamos vencer las malas posibilidades.

El total de pérdidas demostraba hasta qué punto el cálculo había sido equivocado.

– ¿Apostaba usted con un tomador de apuestas o con más?

– Con uno.

– ¿Su nombre?

Eastin siguió mudo.

– El resto del dinero que ha estado robando del banco… ¿dónde está?

El joven torció la boca. Contestó miserablemente.

– Lo he gastado.

– ¿Y alguno más, supongo?

Un movimiento de cabeza abatido, afirmativo.

– Después nos ocuparemos de eso. Ahora hablemos de este dinero -Wainwright tocó los seis mil dólares que estaban entre ellos-. Sabemos que los robó usted el miércoles. ¿Cómo lo hizo?

Eastin vaciló, se encogió de hombros.

– Tanto da que lo sepa…

Wainwright dijo con agudeza:

– Adivina usted correctamente, pero está perdiendo tiempo.

– El miércoles pasado -dijo Eastin- había gente con gripe. Yo reemplacé a un cajero.

– Ya lo sé. Diga lo que pasó.

– Antes de que se abriera el banco fui a la cámara del tesoro para sacar una caja fuerte… una de las que estaban libres. Juanita Núñez estaba presente. Ella abrió su camión-caja. Yo estaba al lado. Sin que ella lo notara, vi la combinación.

– ¿Y?

– La recordé de memoria. En cuando pude la anoté.

Ante la urgencia de Wainwright los condenados hechos se multiplicaban.

La cámara del tesoro en la sucursal era muy grande. Durante el día un contador del tesoro trabajaba en un recinto como una jaula, allí dentro, cerca de la pesada puerta de control mecánico. El contador del tesoro estaba invariablemente ocupado, contando los billetes, entregando paquetes de dinero o recibiéndolos, controlando a los pagadores y a los camiones-caja que entraban y salían. Aunque nadie podía pasar frente al cajero del tesoro sin ser visto, una vez que estaba dentro, él apenas les prestaba atención.

Aquella mañana, aunque ostensiblemente estaba muy contento, Miles Eastin necesitaba dinero desesperadamente. Había sufrido pérdidas en las apuestas la semana anterior, y le exigían el pago de deudas acumuladas.

Wainwright interrumpió:

– Usted ya había pedido un préstamo como empleado del banco. Debía dinero a compañías financieras. También al tomador de apuestas. ¿Correcto?

– Correcto.

– ¿Debía algo más a alguien?

Eastin asintió, afirmativamente.

– ¿A algún prestamista?

El joven vaciló, después asintió:

– Sí.

– ¿Y ese prestamista le estaba amenazando?

Miles Eastin se mojó los labios.

– Sí, y también el tomador de apuestas. Los dos me amenazan todavía… -su mirada se dirigió a los seis mil dólares.

El rompecabezas empezaba a unirse. Wainwright señaló el dinero.

– ¿Usted había prometido al prestamista y al tomador de apuestas pagarles eso?

– Sí.

– ¿Cuánto a cada uno?

– Tres mil.

– ¿Cuándo?

– Mañana -Eastin miró nerviosamente el reloj de pared y se corrigió-. Hoy.

Wainwright interrumpió:

– Volvamos al miércoles. Así que usted sabía la combinación de la caja de Juanita Núñez. ¿Cómo la usó?

A medida que Miles Eastin revelaba los detalles, la cosa parecía increíblemente sencilla. Tras trabajar toda la mañana, había salido a almorzar al mismo tiempo que Juanita Núñez. Antes de salir ambos llevaron sus camiones-caja a la cámara. Las dos cajas quedaron una junto a otra, ambas cerradas.

Eastin volvió del almuerzo más temprano y se dirigió a la cámara. El cajero del tesoro controló su entrada, y siguió trabajando. No había nadie más en la cámara.

Miles Eastin fue directamente al camión-caja de Juanita Núñez y la abrió, usando la combinación que había escrito. Sólo tardó unos segundos en retirar tres paquetes de billetes por un total de seis mil dólares, después cerró y volvió a cerrar con la combinación. Se metió los paquetes de dinero en los bolsillos interiores; el bulto apenas se notaba. Después sacó su propio camión-caja de la cámara y volvió al trabajo.

Hubo un silencio, después Wainwright dijo:

– Así que, cuando se hacían los interrogatorios el miércoles por la tarde… algunos hechos por usted mismo, y cuando usted y yo hablamos más tarde ese mismo día… todo ese tiempo: ¿tenía usted el dinero encima?

– Sí -dijo Miles Eastin. Al recordar cuán fácil había sido, una leve sonrisa cruzó su cara.

Wainwright vio la sonrisa. Sin vacilar, en un solo movimiento, se inclinó y abofeteó con fuerza a Eastin a los dos lados de la cara. Usó la palma para el primer golpe, el dorso de la mano para el segundo. El doble golpe fue tan fuerte que la mano de Wainwright quedó ardiendo. En la cara de Miles Eastin aparecieron dos manchas escarlata brillantes. Se echó hacia atrás en el sofá y parpadeó, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

El jefe de Seguridad, dijo torvamente:

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