Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
Lógicamente la historia de Miles Eastin de haber visto a Carlos Núñez en el banco el mismo día de la pérdida de caja, era una falsedad destinada a lanzar más sospechas sobre Juanita.
¡Despreciable hijo de puta! ¿Qué clase de hombre era, primero al dirigir la culpa hacia la muchacha, después al querer aumentarla? El jefe de Seguridad sintió que se le cerraban los puños, pero recordó que no debía dejarse llevar por sus sentimientos.
El aviso era necesario, y él sabía bien por qué. Era una causa de un incidente hacía tiempo enterrado en su mente, y que raras veces desenterraba. Sin quererlo realmente, empezó a recordar.
Nolan Wainwright, que ahora tenía casi cuarenta años, se había criado en los suburbios de la ciudad, y desde el nacimiento había descubierto que las posibilidades de la vida estaban en su contra. Creció con la supervivencia como una provocación diaria y con el crimen -minúsculo y del otro- como norma que lo rodeaba. En la adolescencia había formado parte de un grupo del ghetto, para quienes los choques con la ley eran prueba de virilidad.
Como otros, antes y después, y con el mismo origen de barrio, era movido por la urgencia de ser alguien, ser notado de alguna manera, por la necesidad de liberar una ira interna contra la oscuridad. No tenía experiencia ni filosofía para pesar las alternativas y, por eso, la participación en el crimen callejero parecía el único camino inevitable. Parecía muy posible que se graduara, como muchos de sus contemporáneos, para un prontuario policial y la cárcel.
Que no lo hiciera se debió, en parte, a la suerte; en parte a Bufflehead Kelly.
Bufflehead era un policía viejo, no muy vivo, siempre amable, que había aprendido que la supervivencia de un policía en el ghetto se prolongaba cuando hábilmente uno se encontraba en otra parte del lugar en el que se iniciaba la trifulca, y actuaba sólo cuando un problema se le presentaba directamente ante las narices. Los superiores se quejaban de que su récord de detenciones era el menor de la comisaría, pero en contra de esto -desde el punto de vista de Bufflehead- su retiro y su jubilación avanzaban satisfactoriamente año tras año.
Pero el adolescente Nolan Wainwright había caído bajo las narices de Bufflehead, la noche de una intentona de atraco de la banda a un almacén de mercancías, que la policía había turbado sin querer, de modo que todos tuvieron que huir, escaparon, excepto Nolan Wainwright, que tropezó y cayó a los pies de Bufflehead.
– Ah, mono imbécil -se quejó Bufflehead-. Esta noche me vas a traer toda clase de líos, papeles, tribunales…
Kelly detestaba los papeleos y las comparecencias ante el tribunal, que cortaban terriblemente el tiempo libre de un policía.
Al final hizo un compromiso. En lugar de detener y acusar a Wainwright, lo llevó, esa misma noche, al gimnasio policial y allí, según sus propias palabras, «le sacó el alma» en el cuadrilátero de boxeo.
Nolan Wainwright, moreteado, herido, y con un ojo muy hinchado -aunque todavía sin haber sido detenido- reaccionó con odio. En cuanto pudiera iba a hacer trizas a Bufflehead Kelly, objetivo que volvió a llevarle al gimnasio policial… y a Bufflehead… para que le enseñara cómo hacer la cosa. Según comprendió Wainwright más adelante, aquella había sido la escapada necesaria para su ira contenida. Aprendió rápido. Cuando llegó el momento de convertir a aquel policía medio idiota y haragán en una castigada bolsa de boxeo, descubrió que el deseo de hacerlo se había evaporado. En lugar de esto había tomado afecto al viejo, emoción que sorprendió profundamente al mismo muchacho.
Pasó un año en el cual Wainwright continuó boxeando, siguió en el colegio y se las arregló para no meterse en líos. Después, una noche, cuando estaba de guardia, por casualidad, Bufflehead, interrumpió un asalto en un almacén. Indudablemente el policía había quedado más sorprendido que los dos vagabundos en cuestión, y ciertamente no hubiera interrumpido, tanto más estando ambos armados. Como lo demostró después la investigación, Bufflehead ni siquiera intentó sacar el revólver.
Pero uno de los ladrones, sorprendido, se asustó y, antes de huir, disparó una ráfaga de tiros, a quemarropa, en el vientre del viejo policía Bufflehead Kelly.
La noticia del tiroteo corrió rápidamente y se reunió la gente. Nolan Wainwright estaba entre los curiosos.
Siempre iba a recordar -como recordaba ahora- la vista y el ruido del indefenso y perezoso Bufflehead, consciente, retorciéndose, gimiendo, chillando en loca agonía mientras la sangre y las entrañas se derramaban por la espaciosa herida mortal.
La ambulancia tardó mucho en llegar. Momentos antes de que llegara, Bufflehead, aullando sin cesar, murió.
El incidente dejó para siempre una marca en Nolan Wainwright, aunque no había sido la muerte de Bufflehead lo que más lo había afectado. Y tampoco le trastornó demasiado la detención y ejecución del ladrón que había disparado y de su compañero, cosa que le pareció fuera de lugar.
Lo que le había chocado e influido por encima de todas las cosas había sido el desperdicio aterrador, sin sentido. El crimen original era mezquino, tonto, condenado al fracaso, y, sin embargo, en su fracaso, la devastación que producía era vergonzosamente inmensa. En la mente del joven Wainwright aquel simple pensamiento, aquel razonamiento persistió. Fue una catarsis a través de la cual llegó a ver todo crimen como igualmente negativo, igualmente destructivo… y, más tarde, como un mal que había que combatir. Tal vez, desde el principio, una huella de puritanismo había existido en él, siempre latente, profunda. En todo caso, salió a la superficie.
Pasó de la juventud a la edad madura como un individuo sin reglas de compromiso y, quizá por esto, se convirtió en una especie de solitario, entre sus amigos y eventualmente cuando se hizo policía. Pero era un policía eficiente que aprendió y subió con rapidez, y que era incorruptible, como supieron alguna vez Ben Rosselli y sus ayudantes.
Y más tarde aún, cuando ya estaba en el First Mercantile American, los fuertes sentimientos de Wainwright persistían.
Es posible que el jefe de Seguridad se hubiera amodorrado, pero una llave en la cerradura del apartamento le alertó. Con cautela se incorporó. El reloj luminoso de su muñeca le mostró que era poco después de medianoche.
Entró una figura, en sombras, un rayo de la luz exterior reveló que era Eastin. Luego la puerta se cerró y Wainwright supo que Eastin buscaba la luz. La luz se encendió.
Eastin vio en seguida a Wainwright, y su sorpresa fue total. Se quedó con la boca abierta, y la sangre abandonó totalmente su cara. Procuró hablar pero se atragantó y no se presentaron las palabras.
Wainwright permaneció allí mirando furioso. Su voz fue cortante como un cuchillo.
– ¿Cuánto ha robado hoy?
Antes que Eastin pudiera contestar o recobrarse, Wainwright lo agarró por las solapas, le dio la vuelta y lo empujó. El otro cayó despatarrado en el sofá.
A medida que la sorpresa se convertía en indignación, el joven estalló:
– ¿Cómo ha entrado aquí? ¿Qué diablos…? -sus ojos vieron el dinero, la pequeña carpeta negra y se interrumpió.
– Así es -dijo con dureza Wainwright-, he venido a buscar el dinero del banco, o lo poco que quede… -hizo un gesto hacia los billetes amontonados en la mesa-. Sabemos que esto es lo que usted robó el miércoles. Y en caso de que dude, debo decirle que hemos descubierto el ordeñar de las cuentas y lo demás.
Miles Eastin miraba fijamente, con expresión helada, atónito. Un temblor convulsivo lo atravesó. En una nueva sacudida su cabeza se abatió, sus manos cubrieron su cara.