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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Uno a uno examinaron los papeles de retiro de dinero, comparando la escritura con la de los cheques que habían visto antes. Aunque había habido tentativa de disfraz, el parecido era indudable.

El segundo agente del FBI, Dalrymple, había estado escribiendo notas cuidadosas.

Levantando la vista preguntó:

– ¿Hay una cifra total del dinero involucrado?

Gayne contestó:

– Hasta ahora hemos andado cerca de los ocho mil dólares. Pero mañana tendremos acceso a informes más antiguos, por medio del microfilm y la computadora, lo que puede revelar más.

Burnside añadió:

– Cuando nos encaremos con Eastin con lo que ya sabemos, tal vez él decida facilitar las cosas reconociendo el resto. Suele ser común cuando se coge a los estafadores.

Está disfrutando con esto, pensó Edwina; realmente disfruta. Sintió un irracional deseo de defender a Miles Eastin, después preguntó:

– ¿Tiene usted idea de cuánto tiempo hace que está ocurriendo esto?

– Por lo que hemos descubierto hasta ahora -informó Gayne- se diría que un año, quizás más.

Edwina se volvió y se encaró con Hal Burnside.

– Entonces a usted se le escapó totalmente en la última inspección. ¿El examen de cuentas dormidas no forma parte de su trabajo? -lo dijo con voz serena pero enérgica.

Fue como pinchar una burbuja. El jefe de auditores se puso colorado al reconocer:

– Sí, así es, en efecto. Pero incluso a nosotros se nos escapan a veces las cosas, cuando el ladrón ha sabido cubrir bien las huellas.

– Evidentemente. Aunque, usted ha dicho hace un momento que la escritura lo delataba.

Burnside dijo, con tono agrio:

– Bueno, le hemos descubierto ahora.

Ella recordó:

– Después de llamarles yo.

Innes, el agente del FBI, quebró el silencio que se había producido.

– Nada de esto nos hace adelantar mucho en lo que se refiere al dinero que faltó el viernes.

– Fuera del hecho de que convierte a Eastin en el primer sospechoso -dijo Burnside. Pareció aliviado de volver a dirigir la conversación-. Y quizá también lo confiese.

– No lo hará -gruñó Nolan Wainwright-. Ese gato es demasiado hábil.

Además, ¿por qué va a hacerlo? Todavía ignoramos cómo lo hizo.

Hasta ese momento el jefe de Seguridad del banco había dicho muy poco, aunque había mostrado sorpresa; después su cara se había endurecido a medida que los auditores sacaban la serie de documentos como prueba de culpabilidad. Edwina se preguntó si Wainwright recordaba cómo ambos habían presionado a la cajera, Juanita Núñez, sin creer en la inocencia que proclamaba la muchacha. Incluso ahora, pensó Edwina, existía la posibilidad de que la Núñez estuviera confabulada con Eastin, pero parecía poco probable.

Hal Burnside se puso de pie y cerró su portafolio.

– Ha llegado el momento de que se retiren los auditores y la ley se encargue del asunto.

– Necesitamos esos papeles y una declaración firmada -dijo Innes.

– Míster Gayne quedará aquí, a la disposición de ustedes.

– Otra pregunta. ¿Cree usted que Eastin tiene idea de que ha sido descubierto?

– Lo dudo -Burnside miró hacia su ayudante, que movió la cabeza.

– Estoy seguro de que no lo sabe. Tuvimos cuidado de no mostrar lo que estábamos buscando y, para protegernos, preguntamos por muchas cosas que no necesitábamos.

– Yo tampoco lo creo -dijo Edwina. Recordó con tristeza cuán atareado y alegre había parecido Miles Eastin poco antes de que ella dejara la sucursal con Burnside. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué, por qué?

Innes asintió, aprobando.

– Entonces dejemos las cosas así. Interrogaremos a Eastin en cuanto hayamos terminado aquí, pero no hay que prevenirle. ¿Está todavía en el banco?

– Sí -dijo Edwina-. Se quedará por lo menos hasta que regresemos; normalmente es uno de los últimos en irse.

Nolan Wainwright interrumpió, con voz desusadamente dura:

– Corrija esas instrucciones. Que se demore aquí hasta lo más tarde que sea posible. Después dejen que vuelva a su casa, en la creencia de que no ha sido descubierto.

Los otros miraron al jefe de Seguridad del banco, intrigados y sorprendidos. Especialmente los ojos de los dos hombres del FBI buscaron la cara de Wainwright. Un mensaje pareció cruzarse entre ellos.

Innes vaciló, después concedió:

– Bien. Hagámoslo de ese modo.

Unos minutos después Edwina y Burnside tomaban el ascensor.

Innes, después de que los demás se hubieran ido, dijo cortésmente al auditor que se había quedado:

– Antes de recibir su declaración le agradecería que nos dejara solos unos momentos.

– ¡Cómo no! -y Gayne salió de la sala de conferencias.

El segundo agente del FBI cerró su libreta y guardó el lápiz.

Innes miró a Wainwright.

– ¿Tiene usted alguna idea?

– La tengo… -Wainwright vaciló, luchando mentalmente entre lo que debía elegir y su conciencia. La experiencia le decía que en la acusación contra Eastin había fallos que debían ser llenados. Sin embargo, para llenarlos, la ley tendría que doblarse de una manera que iba contra sus propias convicciones. Preguntó al hombre del FBI:

– ¿Está seguro de qué quiere saber?

Los dos se miraron. Hacía años que se conocían y se tenían mutuo respeto.

– Conseguir pruebas hoy en día es una cosa delicada -dijo Innes-. No podemos tomarnos algunas de las libertades que nos tomábamos y, si lo hacemos, la cosa puede volverse contra nosotros.

Hubo un silencio, después el segundo agente dijo:

– Diga sólo lo que usted cree que debe decirnos.

Wainwright cruzó los dedos y miró atentamente a los dos. Su cuerpo transmitía tensión, al igual que su voz un poco antes.

– Bueno, tenemos bastante como para clavar a Eastin con una acusación de robo. Digamos que la suma robada es más o menos de ocho mil dólares. ¿Cuánto creen ustedes que le impondrá un juez?

– Como primer delito tendrá una sentencia en suspenso -dijo Innes-. El tribunal no se preocupará por el dinero perdido. Suponen que el banco tiene cantidades y que, de todos modos, está asegurado.

– ¡Basta! -los dedos de Wainwright se apretaron visiblemente-. Pero si podemos demostrar que se apoderó del otro dinero… de los seis mil dólares que faltaron el miércoles; si demostramos que procuró echar la culpa a la muchacha, y que casi lo logró…

Innes gruñó, comprendiendo.

– Si usted puede probar eso, cualquier juez razonable lo mandará directamente a la cárcel. Pero, ¿puede probarlo?

– Lo intentaré. Personalmente quiero que ese hijo de puta esté entre rejas.

– Comprendo lo que usted quiere decir -dijo pensativo el hombre del FBI-, a mí también me gustaría.

– En ese caso hagan lo que yo digo. No busquen a Eastin esta noche. Denme tiempo hasta mañana.

– No estoy seguro -murmuró Innes-, no estoy seguro de poder hacerlo.

Los tres esperaron, conscientes del conocimiento, del deber, de un tironeo y retortijón dentro de sí mismos. Los otros dos adivinaban en términos generales lo que Wainwright tenía en la mente. Pero: ¿cuándo y en qué medida el fin justificaba los medios? Y también estaba la cuestión: ¿cuánta libertad puede permitirse hoy en día un funcionario de la ley y seguir adelante?

Sin embargo, los hombres del FBI trabajaban en el caso y compartían el punto de vista de Wainwright en cuanto a los objetivos.

– Si esperamos hasta mañana -dijo con cautela el segundo agente- no quiero que Eastin se escape. Eso podría acarrear molestias para todos.

– Y yo tampoco quiero una patata machacada -dijo Innes.

– No escapará. No lo machacaremos. Lo garantizo.

Innes miró hacia su colega, que se encogió de hombros.

– Bien entonces -dijo Innes-. Hasta mañana. Pero comprenda una cosa, Nolan… esta conversación… no existe -se dirigió a la puerta de la sala de conferencias y la abrió-. Puede usted venir, míster Gayne. Míster Wainwright ya se retira y nosotros recibiremos su declaración.

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