Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
– Señores, como ésta es una reunión privada y cerrada, que no será comentada en la prensa ni conocida por otros accionistas, creo tener hoy razón al recalcar que considero como primera responsabilidad, y de la Dirección, el problema de los beneficios para el First Mercantile American -repitió con énfasis-: Los beneficios, señores, nuestra prioridad número uno.
Heyward lanzó una rápida mirada a su texto.
– En mi opinión, muchas decisiones bancarias y en los negocios en general están excesivamente influidas hoy en día por los problemas sociales y las controversias de nuestro tiempo. Como banquero considero que esto está mal. Quiero recalcar que en modo alguno disminuyo la importancia de la conciencia social del individuo; la mía, espero, está bien desarrollada. Acepto también que cada uno de nosotros debe reexaminar sus valores personales de vez en cuando, haciendo ajustes a la luz de nuevas ideas y ofreciendo las contribuciones privadas que pueda. Pero la política corporativa es otra cosa. No debe estar sujeta a cualquier viento o capricho social. Si así fuera, si este tipo de pensamiento pudiera dirigir nuestras acciones comerciales, sería peligroso para la empresa libre norteamericana y desastroso para este banco el hacerle perder fuerza, retardar el crecimiento y reducir las ganancias. En una palabra, como otras instituciones, nuevamente debemos mantenernos apartados del panorama social político, que no nos interesa, fuera de la forma en que este escenario afecte los negocios financieros de nuestros clientes.
El orador dejó deslizar una débil sonrisa en medio de su gravedad.
– Concedo que, si estas palabras fueran dichas públicamente, serían poco diplomáticas e impopulares. Iré más lejos y reconoceré que nunca las había pronunciado en un lugar público. Pero aquí entre nosotros, donde se hace la política y se toman las verdaderas decisiones, las considero totalmente realistas.
Varios directores aprobaron con la cabeza. Uno, entusiasmado, golpeó la mesa con el puño. Otros, incluido el hombre del acero, Leonard Kingswood, permanecieron impertérritos.
Alex Vandervoort reflexionó: Roscoe Heyward había decidido un enfrentamiento directo, un choque de puntos de vista. Como Heyward evidentemente sabía, todo lo que acababa de decir estaba en contra de las convicciones de Alex, al igual que las de Ben Rosselli, demostradas con la creciente liberalidad que Ben había otorgado al banco en los últimos años. Era Ben quien había metido al FMA en asuntos cívicos, tanto en la ciudad como en el estado, incluido proyectos como el Forum East. Pero Alex no se engañaba. Una parte substancial de la Dirección había estado inquieta, a la que desagradaba a veces con la política de Ben y daría la bienvenida a la línea dura y totalmente consagrada a los negocios de Heyward. La cuestión era: ¿qué fuerza tenía ese sector?
Con una declaración hecha por Roscoe Heyward, Alex estuvo totalmente de acuerdo. Heyward había expresado: Esta reunión es privada y cerrada… aquí se toman las verdaderas decisiones y se hace política.
La palabra operativa era lo «real».
Los accionistas y el público recibían una versión soporífera y azucarada de la política del banco en informes anuales elaboradamente preparados y por otros medios, pero aquí, detrás de las puertas cerradas de la sala de conferencias, se decidían los verdaderos objetivos en términos no comprometidos. Por este motivo la discreción y cierto silencio eran requisitos para cualquier director de compañía.
– Hay un paralelo bastante cercano -explicaba Heyward- entre lo que he dicho y lo que ha pasado en la iglesia, a la que pertenezco y para la que he hecho algunas contribuciones sociales, a título personal.
»En el sesenta y tantos nuestra iglesia gastó dinero, tiempo y esfuerzos en causas sociales, particularmente la del avance de los negros. En parte se debió a presiones externas; y también algunos miembros de nuestra congregación consideraron que era "lo que había que hacer". De muchas maneras nuestra iglesia se convirtió en un agente social. Pero más recientemente algunos hemos recobrado el control, y hemos decidido que tal activismo es inapropiado, y volveremos a las bases de la adoración religiosa. Por lo tanto hemos aumentado las ceremonias religiosas… lo que consideramos, tal como lo vemos, la primera función de nuestra iglesia, y dejamos el activismo social para el gobierno y otros agentes, a los cuales corresponde esa misión, en opinión nuestra.»
Alex se preguntó si a otros directores, al igual que a él, les resultaría difícil pensar que las causas sociales no «correspondían» a una iglesia.
– He hablado de la ganancia como de nuestro principal objetivo -prosiguió Roscoe Heyward-. Sé que hay algunos que pondrán objeción a esto. Dirán que la búsqueda predominante de las ganancias es una tarea crasa, miope, egoísta, fea y sin valor social que la redima… -el orador sonrió con tolerancia-. Ustedes, señores, ya han oído argumentos de este tipo.
»Bueno, como banquero estoy profundamente en desacuerdo. La búsqueda del beneficio no es una cosa miope. Y, en lo que a este banco o a cualquier otro se refiere, el valor social de las ganancias es alto.
»Permítanme extenderme sobre esto.
»Todos los bancos miden las ganancias en términos de beneficios por participación. Tales ganancias, que son de conocimiento público, son ampliamente estudiadas por los accionistas, los depositantes, los inversores y la comunidad de negocios, nacional e internacionalmente. Un aumento o caída en las ganancias de su banco se considera como muestra de fuerza o de debilidad.
»Cuando las ganancias son fuertes, la confianza en el banco es elevada. Pero, si algunos grandes bancos demuestran disminución en las ganancias y participación, ¿qué pasará? Una desconfianza general, que rápidamente se convertirá en alarma… una situación en la cual los depositantes retirarán los fondos y los accionistas las inversiones, de manera que caerán las reservas bancarias y los bancos mismos estarán en peligro. En una palabra: una crisis pública de las más graves.»
Roscoe Heyward se quitó los lentes y los limpió con un pañuelo de hilo blanco.
– Que ninguno diga: esto no puede suceder. Ha sucedido antes, en la depresión que se inició en 1929; hoy en día, que los bancos son mucho más grandes, el efecto sería un cataclismo.
»Por eso un banco como el nuestro debe estar alerta en su deber de hacer dinero para sí mismo y para sus accionistas.»
Nuevamente se oyeron murmullos aprobatorios alrededor de la sala. Heyward pasó a otra página de su texto.
– ¿De qué manera, como banco, alcanzamos el máximo de beneficios? Primero les diré cómo no los conseguimos.
»No los conseguimos si nos metemos en proyectos que, aunque sean admirables por la intención, no son financieramente seguros o atan los fondos bancarios a intereses bajos, durante muchos años. Me refiero, naturalmente, a las fundaciones de casas de renta de bajo alquiler. No debemos, en ningún caso, colocar más que una mínima porción de los fondos del banco en las hipotecas bancarias de cualquier tipo, que son notorias por el bajo rendimiento que proporcionan.
»Otra manera de no obtener beneficios es hacer concesiones y disminuir el tipo de interés, por ejemplo, con los llamados préstamos menores para negocios. Ésta es un área hoy en día en la que los bancos están sometidos a enormes presiones y debemos resistirlas, no por motivos sociales, sino por agudeza de hombres de negocios. Lógicamente haremos los préstamos menores cuando sea posible, pero que los términos y las reglas sean tan estrictas en éste como en cualquier otro caso.
«Tampoco como banco, debemos preocuparnos indebidamente con vagos asuntos ambientales. No es asunto nuestro juzgar la manera en que nuestros clientes llevan sus asuntos vis-à-vis con la ecología; lo único que les pedimos es que estén en buena salud financiera.
»En una palabra, no obtenemos beneficios siendo el guardián de nuestro hermano, como quien dice… o su juez, o su carcelero.