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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– Esto es para que sepa que no veo nada gracioso en lo que usted ha hecho al banco o a mistress Núñez. Nada gracioso… -otra cosa de la que acababa de darse cuenta era que Miles Eastin tenía miedo a la violencia física.

Se dio cuenta de que era la una de la noche.

– La próxima orden -anunció Nolan Wainwright- es una declaración firmada. Con su propia letra y donde dirá todo lo que acaba de contarme.

– ¡No! ¡No puedo hacer eso! -Eastin estaba ahora lleno de cautela.

Wainwright se encogió de hombros.

– En ese caso no tiene interés que me quede más tiempo -recogió los seis mil dólares y empezó a meterlos en los bolsillos.

– ¡Usted no puede hacer eso!

– ¿No puedo? Procure impedírmelo. Los llevaré de vuelta al banco… a los depósitos nocturnos.

– Oiga… usted no puede probar… -el joven vaciló. Estaba pensando ahora, demasiado tarde, que el número de la serie de billetes no había sido registrado.

– Tal vez pueda probar que es el mismo dinero que fue robado el miércoles, y tal vez no pueda probarlo. Si no es así, siempre podrá poner un pleito al banco para que se lo devuelvan.

Eastin suplicó:

– Lo necesito ahora… hoy…

– Ah, claro, parte para el tomador de apuestas y parte para el otro tiburón. O para los matones que ellos manden. Bueno, procure explicarles cómo lo perdió, aunque dudo que le escuchen… -por primera vez el jefe de Seguridad miró a Eastin con sorna divertida-. Realmente está usted en dificultades. Tal vez vengan ambos a la vez, y uno le rompa un brazo y otro una pierna. Son capaces de hacer cosas de ese tipo. ¿No lo sabía?

Miedo, verdadero miedo apareció en los ojos de Eastin.

– Sí, lo sé. ¡Ayúdeme, por favor!

Desde la puerta del apartamento, Wainwright dijo con frialdad.

– Lo pensaré. Después que haya escrito la declaración.

El jefe de Seguridad del banco dictó y Eastin escribió obediente las palabras:

Yo, Miles Eastin, hago voluntariamente esta declaración. No he sido forzado a hacerla. No se han empleado contra mí ni violencias ni amenazas.

Confieso haber robado del First Mercantile American la suma de seis mil dólares en efectivo aproximadamente a la 1,30 de la tarde, el miércoles, octubre…

Obtuve y oculté el dinero de la siguiente manera….

Un cuarto de hora antes bajo la amenaza de Wainwright de irse, Miles Eastin se había venido enteramente abajo, había quedado anonadado y cooperaba.

Y, mientras Eastin continuaba escribiendo su confesión, Wainwright telefoneó a Innes, el hombre del FBI, a su casa.

15

En la primera semana de noviembre la condición física de Ben Rosselli empeoró. Desde que el presidente del banco había revelado su enfermedad mortal, cuatro semanas antes, su fuerza se escapaba, su cuerpo se agotaba a medida que nuevas e invasoras células cancerosas oprimían lo que aún le quedaba de vida.

Los que habían visitado al viejo Ben en su casa -incluidos Roscoe Heyward, Alex Vandervoort, Edwina D'Orsey, Nolan Wainwright y otros directores del banco- quedaron atónitos ante la extensión y la velocidad de su deterioro. Era obvio que le quedaba muy poco tiempo de vida.

Después, a mediados de noviembre, cuando una tormenta salvaje con viento y granizo azotaba la ciudad, Ben Rosselli fue llevado en una ambulancia al pabellón privado del Mount Adams Hospital, viaje breve que iba a ser el último de su vida. Estaba ahora casi continuamente bajo sedantes, de manera que sus momentos de conciencia y de coherencia eran menores día a día.

Los últimos vestigios del control del First Mercantile American habían escapado de sus manos, y un grupo de los principales directores del banco, reunidos en privado, se pusieron de acuerdo en que había que convocar a todos los miembros de la Dirección y nombrar sucesor para la presidencia.

La decisiva reunión se fijó para el 4 de diciembre.

Los directores empezaron a llegar poco antes de las 10 de la mañana. Se saludaron cordialmente entre sí, cada uno con fácil confianza… la pátina de un brillante hombre de negocios en medio de sus pares.

La cordialidad era levemente más restringida que de costumbre en deferencia al moribundo Ben Rosselli, que todavía se aferraba débilmente a la vida a una milla de distancia. Pero los directores ahora reunidos eran almirantes y mariscales del comercio, como lo había sido Ben, quien sabía que, fuera cual fuera la obstrucción, los negocios que mantenían lubricada la sociedad debían continuar. El tono parecía querer decir: El motivo de las decisiones que debemos tomar hoy es lamentable, pero nuestro solemne deber hacia el sistema debe cumplirse.

Avanzaron con decisión hacia la sala con paneles de nogal, donde colgaban cuadros y fotografías de predecesores seleccionados, alguna vez importantes, que ya no existían.

Una reunión de directores de cualquier corporación mayor parece un club exclusivo. Fuera de tres o cuatro dirigentes ejecutivos de máxima categoría, que trabajan todo el tiempo, la Dirección comprende una cantidad de notables hombres de negocios -con frecuencia ellos mismos presidentes o consejeros- en otros campos diversos.

Generalmente los dirigentes externos son invitados a unirse al consejo rector por una o varias razones -sus propios logros en otra parte, el prestigio de la institución que representan, o una fuerte conexión generalmente financiera -con la compañía de cuya Dirección forman parte.

Entre los hombres de negocios se considera un alto honor ser director de compañía, y cuanto más prestigiosa es la compañía, mayor es la gloria. Por eso algunos individuos coleccionan direcciones como coleccionaban los indios cueros cabelludos. Otro motivo es que los directores son tratados con una deferencia que satisface al yo, y también generosamente retribuidos- las compañías más importantes pagan a cada director entre mil y dos mil dólares por cada reunión a la que asisten, normalmente diez por año.

Particularmente prestigioso es ser director de algún banco importante. Para un hombre de negocios ser invitado a servir en el alto consejo Director de un banco es en términos generales equivalente a ser nombrado caballero por la reina de Inglaterra; por lo tanto la incorporación es ampliamente buscada. El First Mercantile American, como correspondía a un banco que figuraba entre los veinte mayores de la nación, poseía un grupo de directores particularmente impresionante.

O eso creían ellos.

Alex Vandervoort, al contemplar a los otros directores cuando ocupaban sus asientos alrededor de la larga y ovalada mesa de reuniones, decidió que había un buen porcentaje de leña seca. También había conflictos de intereses, ya que algunos directores, o sus compañías, eran grandes deudores de dinero al banco. Uno de los objetivos a largo plazo que había planeado, si llegaba a ser presidente, era que la dirección del FMA fuera más representativa y se pareciera menos a un cómodo club.

¿Pero iban a elegirle a él como presidente? ¿O elegirían a Heyward?

Ambos eran hoy candidatos. Ambos, dentro de un rato, como cualquier buscador de empleo, iban a exponer sus puntos de vista. Jerome Patterton, viceconsejero de la Dirección, que iba a presidir la reunión de hoy, se había acercado dos días antes a Alex.

– Usted sabe tan bien como todos que debemos decidir entre usted y Roscoe. Ambos son buenos; no es fácil elegir. Ayúdenos. Hable de sus sentimientos hacia el FMA, como le dé la gana; cómo y por qué, queda a su cargo.

Roscoe Heyward, comprendió Alex, había sido abordado de la misma manera.

Heyward, típicamente, llevaba un texto preparado. Sentado directamente frente a Alex, lo estudiaba ahora, con su rostro aguileño concentrado en una expresión grave, los ojos grises detrás de los anteojos sin aro clavados sin vacilar en las palabras escritas a máquina. Entre las capacidades de Heyward estaba la de una intensa concentración mental, el poder ser como un bisturí, especialmente para las cifras. Un colega había observado una vez: «Roscoe es capaz de leer el informe de una pérdida o de una ganancia como un director de orquesta lee el pentagrama… percibiendo los tonos, las notas falsas, los pasajes incompletos, los crescendos y las potencialidades que otros no ven». Sin duda las cifras iban a estar incluidas en lo que Heyward iba a decir hoy.

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