Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
A las 9 menos diez recibió lo que parecía una nota más larga, sujeta a otros varios papeles. Burnside los estudió cuidadosamente, después anunció:
– Creo, mistress D'Orsey, que usted y yo podemos tomarnos un descanso. Saldremos para cenar y tomar café.
Unos minutos después escoltó a Edwina hacia la puerta de la calle por la que los auditores habían entrado, hacía casi tres horas.
Ya fuera del edificio, el jefe de auditores se disculpó:
– Le pido perdón, pero ha habido un poco de teatro en esta salida. Mucho me temo que la cena, si es que llegamos a hacerla, tendrá que esperar.
Como Edwina pareció intrigada, él añadió:
– Usted y yo vamos a una reunión, pero no quería que se supiera.
Burnside dirigió la marcha y doblaron a la derecha, caminaron media manzana desde el banco, todavía brillantemente iluminado, después siguieron por la acera para volver a la Plaza Rosselli y la Torre del FMA. La noche era fría y Edwina se arrebujaba en su abrigo, mientras pensaba que ir por el túnel hubiera sido más breve y más caliente. ¿Por qué todo este misterio?
Dentro del edificio principal del banco, Hal Burnside firmó un libro de visitantes nocturnos, tras lo cual un guardia le acompañó en un ascensor hasta el piso once. Un cartel y una flecha indicaban: «Departamento de Seguridad». Nolan Wainwright y los dos hombres del FBI que habían participado en el caso de la pérdida de caja, les esperaban.
Casi inmediatamente se les unió otro miembro del grupo de auditores, alguien que evidentemente había seguido a Edwina y a Burnside desde el banco.
Las presentaciones fueron rápidas. El último en llegar fue un joven llamado Gayne, con ojos fríos y alerta detrás de unas gafas de aro pesado, que le daban aire severo. Era Gayne quien había enviado las diversas notas y documentos a Burnside cuando estaba en el escritorio de Edwina.
Por sugerencia de Nolan Wainwright pasaron a una sala de conferencias y se sentaron alrededor de una mesa circular.
Hal Burnside dijo a los agentes del FBI:
– Espero que lo que hemos descubierto justifique haberles llamado, señores, a esta hora de la noche.
La reunión, comprendió Edwina, había sido planeada hacía horas. Preguntó:
– ¿Entonces, han descubierto algo?
– Desgraciadamente mucho más de lo esperado, mistress D'Orsey.
Tras una señal de asentimiento de Burnside, el auditor asistente, Gayne, empezó a tender los papeles.
– Como resultado de su sugerencia -dijo Burnside con tono de conferenciante- se ha realizado un examen de las cuentas personales del banco; ahorros y cuentas corrientes; me refiero a las cuentas de todos los empleados de la sucursal principal. Lo que buscábamos era la prueba de alguna dificultad financiera personal importante. La hemos encontrado de manera concluyente.
Parece un profesor pomposo, pensó Edwina. Pero siguió escuchando con atención.
– Tal vez deba explicar -dijo el auditor jefe a los dos hombres del FBI- que la mayoría de los empleados del banco tienen sus cuentas en la sucursal en la que trabajan. En primer lugar porque las cuentas son «libres»… es decir, sin cargos de servicio. Otro motivo… el más importante… es que los empleados reciben una pequeña ventaja en el interés de los préstamos, generalmente uno por ciento por debajo de la prima.
Innes, el agente más importante del FBI, asintió.
– Sí, sí, ya lo sabemos.
– Comprenderá usted también que una empleada o empleado que haya aprovechado este crédito especial bancario… que haya pedido prestado hasta el límite, de hecho… y después pide otras sumas de otra fuente, por ejemplo, a alguna compañía financiera, donde los intereses son notablemente más altos que en nuestro banco, se ha colocado en una difícil situación financiera.
Innes, con muestras de impaciencia, dijo:
– Naturalmente.
– Y parece que tenemos un empleado de banco a quien ha sucedido exactamente eso… -hizo un gesto hacia el asistente Gayne, que entregó varios cheques cancelados que, hasta ahora, había tenido boca abajo.
– Como observarán ustedes, estos cheques son para tres compañías financieras. Casualmente hemos estado ya en contacto con dos de las compañías y, pese a los pagos que pueden ustedes ver, ambas cuentas están seriamente en falta. Es razonable pensar que, mañana, la tercera compañía nos contará la misma historia.
Gayne interrumpió:
– Y estos cheques son sólo para este mes. Mañana examinaremos los microfilms de varios meses atrás.
– Hay otro factor importante -prosiguió el auditor jefe-. El individuo en cuestión no podía haber hecho esos pagos -hizo un gesto hacia los cheques cancelados- tomando como base el salario de un banco, cuya cantidad conocemos. Por consiguiente en las últimas horas hemos buscado evidencia de robo en el banco, y la hemos encontrado.
Nuevamente el ayudante, Gayne, empezó a colocar papeles sobre la mesa de conferencias.
…evidencia de robo en el banco… y la hemos encontrado. Edwina, que ya apenas escuchaba, tenía los ojos clavados en la firma de cada uno de los cheques cancelados… una firma que veía todos los días, que le era conocida, audaz y clara. El verla aquí, en este momento y circunstancia, la dejaba atónita y la entristecía.
Era la firma de Eastin, del joven Miles, con quien ella simpatizaba tanto, que era tan eficiente como contador ayudante, tan útil y tan incansable, incluso esta noche, y a quien justamente esta semana ella había decidido ascender cuando Tottenhoe se retirara.
El jefe de auditores se acercó ahora.
– Lo que nuestro sigiloso ladrón ha estado haciendo es ordeñar cuentas dormidas. En cuanto descubrimos un patrón fraudulento esta noche, fue fácil descubrir los otros.
Siempre con sus aires de conferenciante, y para beneficio de los hombres del FBI, definió una cuenta dormida. Era una cuenta -ahorros o cuenta corriente, explicó Burnside- que tenía poca o ninguna actividad. Todos los bancos tienen clientes que, por diversos motivos, dejan sin tocar las cuentas por largos períodos, a veces años enteros, con sumas sorprendentemente grandes en ellas. Un interés modesto se acumulaba en las cuentas de ahorros, naturalmente, y mucha gente sin duda había pensado en esto, aunque otros -increíble pero verdad- abandonaban sus cuentas enteramente.
Cuando se observaba que una cuenta corriente estaba inactiva, sin depósitos ni retiros, los bancos cesaban de enviar por correo el estado de cuenta mensual y lo sustituían por uno anual. Incluso estos informes eran devueltos a veces con el sello: «Se ha mudado… dirección desconocida».
Se tomaban precauciones normales para impedir el uso fraudulento de cuentas dormidas, prosiguió el auditor jefe. Los informes de la cuenta eran separados; entonces, si súbitamente ocurría alguna transacción, era analizada por el contador, para asegurarse de que fuera legítima. Normalmente tales precauciones eran efectivas. Como ayudante de contador Miles Eastin tenía autoridad para examinar y aprobar las transacciones con cuentas dormidas. Había usado esta autoridad para cubrir su deshonestidad… el hecho era que había estado robando de esas cuentas.
– Eastin ha sido bastante hábil, y ha seleccionado las cuentas menos aptas para provocar trastornos. Tenemos aquí una serie de retiros de depósitos falsificados, aunque no tan bien como parece, porque hay obvias huellas de su letra, tras lo cual las cantidades fueron transferidas a lo que parece ser una cuenta suya fingida, bajo un nombre falso. También aquí la caligrafía es similar, aunque naturalmente se necesita que la examinen expertos para que sea una evidencia.